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Hoy, independencia de Ecuador

El territorio actual del Ecuador correspondía a la jurisdicción de la Audiencia de Quito y formaba parte, desde 1542, del Virreinato del Perú; a partir de 1739, pasó a pertenecer al Virreinato de Nueva Granada. Su independencia tuvo dos momentos bien diferenciados: el inicial o de la “Revolución Quiteña” (1809-1812), en el cual se declara pero no se consigue la independencia; y el final, en el cual las fuerzas patriotas terminan por imponerse (1820-1822).

a. La “revolución quiteña”.- Se desató en el contexto de la invasión napoleónica de España cuando Juan Pío Montúfar y el doctor Francisco Eugenio de Santa Cruz y Espejo encabezaron los movimientos que desembocaron en el 9 de agosto de 1809, en el que un grupo de patriotas organizó, en la casa de doña Manuela Cañizares, la Junta Soberana de Quito presidida por Juan Pío Montúfar, marqués de Selva Alegre. El 10 de agosto de 1809, el presidente de la Audiencia recibía un oficio donde se le informaba su deposición en el cargo, por lo que tenía que abandonar el lugar; al mismo tiempo que se proclamaba la independencia de los territorios de Quito.

Los patriotas ecuatorianos hicieron realidad en este día los derechos de libertad que conformaban el ideario de los patriotas ilustrados. Los virreyes del Perú y de Nueva Granada enviaron expediciones militares que hicieron que la Junta Soberana de Quito permitiera la entrada del ejército español a la ciudad, desencadenando una activa persecución contra los patriotas ecuatorianos, y logrando así dominar la sublevación. El 2 de agosto de 1810 llega a un punto culminante la rebelión popular, que seguía manteniendo su proyecto independentista, y fue así que un grupo de ciudadanos desarmados asaltaron las prisiones para liberar a los presos; los motines se volcaron también en las calles y ocasionaron sangrientos enfrentamientos.

Para comprender el sentido y alcance de ese movimiento, así como las razones de su fracaso, es necesario mencionar uno de sus factores más importantes: los recortes de jurisdicción territorial. Durante los últimos años del periodo colonial, el control de Quito sobre sus provincias más periféricas se fue debilitando y éstas comenzaron a ser gobernadas cada vez más directamente desde Lima o Bogotá, las capitales virreinales. Ese fue el caso, por ejemplo, de la actual provincia de Esmeraldas, cuyo gobierno, por lo menos en la práctica, fue segregado de Quito entre 1764 y 1807 y ejercido desde Bogotá a través de Popayán. Algo similar sucedió, a partir de 1802, con la región de Maynas, que comprendía ambas márgenes del río Amazonas. La Real Cédula del 15 de julio de 1802 creó el Obispado y la Comandancia General de Maynas y los hizo depender de las autoridades religiosas y militares de Lima; asimismo, por la Real Orden de 7 de julio de 1803, el gobierno militar y político y los asuntos comerciales de Guayaquil y su provincia pasaron a depender también de Lima.

Por lo tanto, la autoridad de Quito sobre la Costa y gran parte del Oriente quedó muy debilitada. Las elites quiteñas jamás se resignaron ante tal situación y llegaron a proponer que la Presidencia de Quito, con inclusión de todas sus provincias, fuera elevada a Capitanía General, independiente de la pesada tutela de Bogotá y Lima. Ese proyecto era viable y representaba una vieja aspiración de Quito, pero el gobierno de Madrid no se decidió a aprobarlo. Por ello, cuando ese gobierno entró en crisis por la invasión de Napoleón a España, las elites quiteñas creyeron que no les quedaba otro recurso que el de tomar el poder para satisfacer sus aspiraciones geopolíticas. En síntesis, Quito sentía que el control de sus provincias se le iba de las manos y procuraban reafirmarlo, a la vez que procuraba aflojar los lazos que le sujetaban a las sedes virreinales. Algo parecido ocurría en cada región: cada capital veía con desagrado los intentos centralistas de Quito, pero al mismo tiempo insistía en su propia hegemonía interregional, que a la vez causaban resentimiento en las ciudades menores. Dentro de este marco, la Revolución Quiteña de agosto de 1809 puede entenderse como un intento de la capital por recuperar todos sus territorios y reafirmar su autoridad en todas sus provincias. En suma, esta fue la etapa más original del proceso independentista “quiteño”. Derrotada ésta, la independencia ecuatoriana se dio como parte de un movimiento continental, cuyas causas serían generales para toda la región y cuyos resultados, asimismo, tendrían caracteres similares en todos los nuevos estados.

b. El triunfo patriota y la creación de Ecuador.- A pesar de los tempranos movimientos separatistas, el ejército libertador, al mando del General Antonio José de Sucre, logró imponerse recién en 1822 en la batalla de Pichincha. Tras la victoria, la Real Audiencia de Quito se incorporó a la Gran Colombia, de la que también formaban parte Venezuela, Colombia y Panamá. Tras muchos alzamientos e intentos, y después de lograda la paz de la Gran Colombia en 1829, Ecuador alcanzaría realmente su independencia en 1830, habiendo sido designado presidente de la República el general venezolano Juan José Flores quien gobernó durante cinco años, reafirmando la emancipación y el espíritu de la declaración del 10 de agosto de 1809; asimismo, se realizó la redacción de su Constitución. La República quedaba dividida en tres departamentos: Quito, Guayaquil y Cuenca, durante la reunión de la primera Asamblea Constituyente en la ciudad de Riobamba, el 23 de septiembre de 1830. El general venezolano Antonio José de Sucre se dirigía hacia Quito para asumir la Presidencia, cuando fue asesinado el 30 de junio de 1830.

Ecuador nacía como un espacio desarticulado en lo geográfico, social, económico y político. Para comenzar, extensas zonas apenas si estaban conectadas con la “civilización”: tal era el caso de casi todo el Oriente y la Costa norte, donde la presencia del nuevo estado era tenue. Pero también la zona “central” estaba profundamente dividida en cuatro regiones, articuladas por otras tantas ciudades: La Sierra norte (Popayán), la Sierra centro (Quito), la Sierra sur (Cuenca) y la Costa centro¬sur (Guayaquil). Cada región tenía su propia economía, sus propias relaciones de trabajo, sus propios ritmos demográficos y la autoridad del gobierno quiteño sobre ellas era limitada.


Quito (siglo XIX)

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Mario Vargas Llosa y La guerra del fin del mundo

Comparto con ustedes mi texto que acaba de ser publicado en “Las guerras de este mundo. Sociedad, poder y ficción en la obra de Mario Vargas LLosa” (Lima: Planeta, 2008):

VARGAS LLOSA Y LA GUERRA DEL FIN DEL MUNDO

Juan Luis Orrego Penagos
Pontificia Universidad Católica del Perú

Hablar de La guerra del fin del mundo es sumergirnos en uno de los momentos más simbólicos de la historia del Brasil: el tránsito de la Monarquía a la República. Un país que se debatía en dos grandes causas: el abolicionismo y el republicanismo. En efecto, una de las tareas de la República fue emancipar a los esclavos en una sociedad donde Río de Janeiro, por ejemplo, tenía más esclavos que la Roma imperial. Convertir a esa masa humana, sin empleo ni instrucción, en ciudadanos era el objetivo central. En otras palabras, se trataba de transformar una sociedad y un sistema económico jerárquicos, basado en la esclavitud, en un estado-nación moderno definido por el territorio, con una constitución escrita y con ciudadanos iguales ante la ley y conscientes de sus derechos y responsabilidades.

El centro de la novela es un hecho histórico: Canudos era una hacienda abandonada al norte del Estado de Bahía donde, en 1893, se establecieron Antonio Vicente Mendes Maciel, más conocido como Antonio Conselheiro, y sus seguidores. En el corazón del sertao (tierras del interior) surgió una ciudad con una población que osciló entre los 20 mil y 30 mil habitantes. Estos derrotaron a varias expediciones militares enviadas para aplastarlos, a pesar de la desigualdad de fuerzas. En octubre de 1897, finalmente, tras una lucha de varios meses, Canudos fue destruida. Sus defensores, unos 5 mil en la fase apocalíptica de la guerra, murieron en combate o fueron capturados y ejecutados luego.

La “Guerra de Canudos”, sin embargo, no fue un movimiento aislado. Pertenece al fascinante escenario del mesianismo brasileño que, entre 1800 y 1936, originó unos 7 movimientos debidamente registrados. Entre ellos podríamos mencionar:

1. El de Silvestre José dos Santos, llamado el Profeta, que estalló en Pernambuco en 1817, en una localidad llamada Rodeador con el propósito de fundar la Ciudad del Paraíso Terrenal. Según el Profeta, allí se produciría el advenimiento del Rey Dom Sebastiao con su ejército. En este lugar dominó a sus seguidores usando códigos y simbolismos católicos hasta 1820, año en que fueron masacrados por el Gobernador del Estado.

2. El segundo mesianismo apareció en vísperas de 1836, también en Pernambuco. Su líder fue otro “peregrino” quien predicaba que Dom Sebastiao estaba a punto de desembarcar y traer una gran riqueza a sus seguidores. De esta manera se creó una comunidad con sus propias leyes; la más polémica de ellas fue la que autorizaba a los hombres tener varias esposas. Las bodas, además, era celebradas por un sacerdote quien decía que el “peregrino”, Joao Ferreira, tenía derecho de pasar la primera noche con la desposada. El 14 de mayo de 1838, Ferreira empezó a realizar sacrificios humanos para “romper el encantamiento” y decapitó a su propio padre, derramando su sangre sobre unas rocas encantadas. Al día siguiente varios miembros de la secta habían muerto y las rocas estaban bañadas con la sangre de 13 niños.

3. El tercer movimiento, y el más grande y complejo de todos, fue el de Canudos. Como las biografías de los anteriores líderes, Conselheiro revela el perfil típico del renunciante. Sus dos matrimonios fueron desafortunados y su segunda esposa lo abandonó por un policía. Conselheiro vagó por el interior de Bahía reparando muros de cementerios e iglesias vestido con túnica, con la típica cabellera y una larga barba. Se creó todo un mito en torno a su vida.

4. Finalmente tenemos el movimiento de Contestado al sur del país, en una zona fronteriza disputada por los estados de Paraná y Santa Catarina. Se inició en 1911 bajo el liderazgo de José María quien murió en los primeros choques y fue proclamado santo por los rebeldes. A diferencia de Canudos, el movimiento no se limitó a un centro concreto, sino que se desplazó por diferentes puntos debido a la presión de las fuerzas militares. La rebelión fue sofocada en 1915, cuando los rebeldes fueron atacados y destruidos por 6 mil soldados del ejército y la policía, ayudados por mil civiles que se unieron a la represión.

Estos movimientos, especialmente los de Canudos y Contestado eran intentos a la vez populistas, heroicos, trágicos y, por qué no decirlo, absurdos de crear una forma alternativa, y fueron lo suficientemente peligrosos como para que tuvieran que ser aplastados brutalmente por las fuerzas militares. Sin embargo, esto no quiere decir que fueron totalmente opuestos a la estructura de poder de los coroneles. Recordemos que Antonio Conselheiro, antes de establecerse en Canudos, había sido miembro practicante del catolicismo, viviendo una vida ascética y nómada. Convocaba gente para construir y reconstruir iglesias. También construyó muros en torno a los cementerios y mostró interés por las pequeñas iglesias parroquiales del interior. También tenemos evidencias que, en esta fase de su vida era visto con buenos ojos por los coroneles, para los cuales sus disciplinadas huestes construyeron carreteras y pequeñas presas. Incluso el propio pueblo de Canudos no era muy diferente al tipo de asentamiento del interior. En él había un cierto grado de diferenciación económica y social, un nivel considerable de comercio con la las zonas circundantes y vínculos religiosos con las parroquias vecinas. En las coyunturas electorales, por último, Canudos era una fuente de votos e influencias.

Lo mesiánico de estos movimientos, tal como lo señala el antropólogo brasileño Roberto Da Matta, es que estuvieron formados y sostenidos por un liderazgo carismático y por la fidelidad de las masas. Se sitúan en la religiosidad popular y recrean cultos de origen africano y espiritistas, así como en estilos rústicos del cristianismo. Todos, prácticamente, tienen algunos elementos comunes:

1. Líder carismático y absoluto, como “madre”, “padre” o “santo” que es el responsable de su “familia” de seguidores que viven en una comunidad basada en normas especiales en contraste a las leyes universales de la vida social y, por lo tanto, opuestas a la vida nacional.
2. La “familia” cree que el líder está en contacto directo con fuerzas sobrenaturales debido a una experiencia extraordinaria.
3. La “familia” acepta que las normas establecidas por el líder serán seguidas por todos.
4. La “familia” cree que el líder posee facultades sobrenaturales (curar enfermedades o predecir el futuro) y tiene una comprensión infalible sobre la vida y la muerte. Esto lo hace capaz de guiar a sus seguidores, establecer un culto o formular planteamientos políticos.
5. Al rechazar las normas oficiales requieren establecer un espacio especial (templo, casa, ciudad) que sirve de escenario para los rituales de la secta.

Todos estos movimientos mesiánicos estallaron antes o después del advenimiento de la República. Pero la República, podríamos decir, fue un movimiento mesiánico creado por un golpe militar cuyo objetivo fue la unificación política del Brasil; su líder mesiánico era Augusto Comte y su lema rezaba: orden y progreso. Se trataba e transformar una sociedad y un sistema económico jerárquicos, basado en la esclavitud, en un estado-nación moderno definido por el territorio, con una constitución escrita y con ciudadanos iguales ante la ley y conscientes de sus derechos y responsabilidades.

No podemos sorprendernos, entonces, de que algunos sectores populares reaccionaran violentamente. En 1889, por ejemplo, el estado y la iglesia decidieron ejercer un control más severo sobre sus instituciones y personal; para ello fue necesario hacer observar normas escritas por oposición a la autoridad personal. De otro lado, en 1874, se impuso el servicio militar obligatorio que fue visto como una invasión autoritaria del hogar y un síntoma de que la meta de los republicanos era la destrucción de las costumbres tradicionales. Más adelante, en 1891, se institucionalizó el matrimonio civil; muchos interpretaron que esa ley abolía las antiguas preferencias tradicionales, como la unión de parientes cercanos; también se pensó que era subversiva porque no reconocía la validez del matrimonio religioso si no estaba acompañado del civil. En suma, se establecían leyes escritas y una serie de formalidades que eran administradas por anónimos funcionarios estatales y no por sacerdotes o los patrones como era lo tradicional. El mismo Conselheiro reaccionó contra esta última ley.

Por último, la construcción acelerada de ferrocarriles permitió la penetración de nuevas formas de comercio y estilos de vida al interior del país. Se terminaron de unificar los sistemas de pesos y medidas y los negocios e intercambios directos; también los nuevos precios y otros mecanismos de medida que permitieron calificar la pobreza y la riqueza. Todo esto, sin considerar, el establecimiento de nuevos impuestos para la joven República.

La “desgracia”, entonces, consistió en que ya no se podía vivir en una comunidad de personas compuesta de parientes, padrinos, amigos cercanos y enemigos bien reconocidos. Ahora la gente se enfrentaba a un nuevo sistema compuesto por extraños y una población flotante de personas, incluidos los inmigrantes, desvinculadas de la política local a los que solo le interesaban los negocios. En síntesis, el crecimiento de lo impersonal quebró la antigua moral familiar. Los republicanos tenían la ilusión que bastaba con emitir decretos para transformar un país tan vasto y complejo como el Brasil. No debemos sorprendernos, pues, que miles de personas, sobre todo del interior, no pudieron hacer frente a estos cambios y se cobijaron en alguien que renunciara a todo.

Los rebeldes de Canudos fueron acusados inicialmente de “monárquicos”. Luego vino a sumarse otro elemento: el rostro desconocido del enemigo. La opinión pública no entendía quién era, qué pretendía, qué lo motivaba, por qué resistía, en nombre de qué luchaba, qué lo hacía apegarse con tanta furia a ese desierto de piedra y cactos tan alejado de cualquier camino. Con seguridad no eran brasileños: eran bandidos, fanáticos, herejes, perversos, animalescos, traicioneros, reaccionarios… Había que aplastarlos al grito de ¡Viva la República! ¡La República es inmortal!

Sin embargo, el final de la guerra y la manera cómo ese final fue conseguido causaron un trauma indeleble en el sector ilustrado de los brasileños. Las noticias fueron llegando: como el poblado no se rendía, fue ocupado lentamente en sangrientas batallas y la “solución final” fue lograda por el uso de una forma primitiva de napalm. Sistemáticamente se arrojó kerosene encima de los ranchos, después de lo cual se tiraban bombas de dinamita cuya explosión causaba grandes incendios. Periodistas y soldados vieron a sus habitantes incinerados, vieron cuerpos en llamas, vieron mujeres con sus hijos en brazos arrojándose al fuego.

Todo el mundo se escandalizó: ahora los canudenses eran “brasileños” y “hermanos”. Muertos se volvieron compatriotas. Rui Barbosa, una gloria republicana, que antes se había referido a ellos como “horda de mentecatos y galeotes”, los llama ahora “mis clientes” y declara que va a pedir el habeas corpus para ellos, para los muertos, claro. Hay un proceso generalizado de mea culpa, es decir, una perturbación causada, en mucho, por el famoso libro de Euclides da Cunha, Os sertoes que relató así el final del conflicto: Canudos no se rindió. Ejemplo único en toda la historia, resistió hasta el agotamiento completo …. cayó el día cinco (de octubre), al atardecer, cuando cayeron sus últimos defensores, porque murieron todos. Eran sólo cuatro: un viejo, dos hombres adulto y un niño, delante de los cuales rugían rabiosamente 5 mil soldados.

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Mario Vargas Llosa no escogió la Historia como quehacer académico, sin embargo, a lo largo de su trayectoria intelectual siempre ha estado vinculado a ella como método de investigación para entregarnos grandes novelas. Conversación en la catedral, La guerra del fin del mundo, Historia de Mayta o La fiesta del chivo son algunos ejemplos de un, a veces, colosal trabajo de reconstrucción histórica; incluso en sus memorias, El pez en el agua, o en sus ensayos periodísticos de la serie Piedra de toque, podemos notar lo que llamamos “ejercicio historiográfico”.

Esta inclinación por la Historia, creo, se consolidó por su relación, allá entre 1954 y 1955, con Raúl Porras Barrenechea, cuando tuvo que leer y fichar en la casa del célebre erudito las crónicas de los siglos XVI y XVII. Allí descubriría, como anota en El pez en el agua: “la aparición de una literatura escrita en Hispanoamérica, y fijan ya, con su muy particular mezcla de fantasía y realismo, de desalada imaginación y truculencia verista, así como por su abundancia, pintoresquismo, aliento épico prurito descriptivo, ciertas características de la futura literatura de América Latina”.

Por ello, me parece pertinente referirme al trabajo de reconstrucción histórica que dio como resultado La guerra del fin del mundo, acaso la novela más total de Vargas Llosa. Me centro en aquella novela porque el trabajo historiográfico fue también “total”, es decir, reunir y consultar un inmenso material documental, entrevistar a decenas de personas vinculadas por alguna razón con el hecho histórico y, finalmente, la visita al lugar de los acontecimientos.

Escribir la novela le tomó cuatro años. Inicialmente se enfrentó a un vértigo de información pues consultó, prácticamente, todo lo que se había escrito sobre la “Guerra de Canudos”. El vértigo se inició al leer en portugués Os Sertoes de Euclides da Cunha, un manual de latinoamericanismo como confiesa el mismo Vargas Llosa. Si bien es cierto esa lectura fue para elaborar un abortado proyecto cinematográfico de Ruy Guerra la historia de Canudos atrapó a nuestro novelista. Siguió reuniendo material y, gracias a la ayuda desinteresada de mucha gente, tomó forma el proyecto literario. Una de esas personas fue Alfredo Machado, presidente de la editorial brasileña Record, quien le fotocopió centenares de páginas de artículos y libros sobre Canudos; asimismo Nélida Piñón y el historiador José Calazans, quizá el hombre que más sabía sobre Canudos. En Bahía trabajó en el Archivo Histórico y en la Biblioteca del Congreso de Washington reunió material que no encontró en el propio Brasil como la colección completa de O Jacobino, un periódico muy influyente durante los años del levantamientos.

El viaje al sertao lo emprendió gracias a la ayuda de Jorge Amado. Él le presentó al antropólogo Renato Ferraz, quien había sido director del Museo de Bahía y vivía, por ese entonces, en Esplanada una pequeña ciudad enclavada en el Sertao. Gracias a él conoció al milímetro la zona, anduvo por casi una treintena de poblados y pudo entrevistarse con decenas de personas. Finalmente llegaron a Canudos, que está al fondo de una laguna. Fue al monte donde estuvo la iglesia de los rebeldes y vio su cruz, plantada allí todavía, llena con los impactos de bala. Ese viaje fue dos años después de haber iniciado el proyecto de la novela. Él mismo confiesa: Fue el momento culminante del viaje. Hasta allí, el trabajo, para mí, había sido muy angustioso, pero desde ese momento hasta que terminé la novela, que fue dos años más tarde, me parece, trabajé con un entusiasmo enorme, dedicando a esto diez, doce horas al día. De esa forma vio la luz no un libro de historia ni una novela apegada a la historia sino, como lo reconoce el autor, una mentira con conocimiento de causa.

Como historiador, creo, que el mérito de Vargas Llosa fue regalarnos, a través de la literatura, lo que los historiadores siempre hemos soñado realizar: una historia total; un proyecto casi imposible, tal como lo intentó alguna vez Ferdinand Braudel en su libro El meditarráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II. Esa es, quizá, la sana envidia que tenemos los historiadores hacia los novelistas.


Antonio Conselheiro

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Hoy, independencia de Bolivia

El territorio actual de Bolivia, la Audiencia de Charcas o también llamado el Alto Perú, hasta 1776, había pertenecido al Virreinato del Perú. Ese año pasó a formar parte, con sus ricas minas de plata de Potosí, al recién creado Virreinato del Río de la Plata. En 1809, en el contexto de la invasión napoleónica de España, en Chuquisaca (hoy Sucre), un grupo de revolucionarios, al mando de don Pedro Domingo Murillo, lanzan al continente la primera proclama que declaraba abiertamente la independencia del Alto Perú del dominio español.


Plaza Murillo, La Paz

La “revolución de 1809”.- Los sucesos de 1809 sirvieron como elemento detonante para que Buenos Aires se declarara independiente del gobierno español en 1810 y, a la vez, diferentes ciudades del Alto Perú promovieron una serie de pronunciamientos. En este contexto, Buenos Aires, temía la incursión de los realistas a su territorio poniendo en peligro su liberación y, con el propósito de asegurarla, envió hacia el Alto Perú sus Ejército Auxiliares.

El primero de ellos llegó al mando de Juan José Castelli, que derrotó a las tropas realistas (enviadas desde Lima por el virrey José de Abascal) en la batalla de Suipacha, el 7 de noviembre de 1810; luego, también desde el Perú, el general español José Manuel Goyeneche con un gran ejército logró derrotar a las tropas argentinas en la batalla de Guaqui, el 20 de junio de 1811.

El Segundo Ejército Auxiliar, al mando del general Manuel Belgrano, ingresó a territorio de Charcas, el 7 de mayo de 1813, después de derrotar al general realista Pío de Tristán, quien había perseguido a Castelli hasta territorio argentino. Belgrano tampoco tuvo éxito en esta campaña porque fue derrotado en Vilcapuquio el 1 de noviembre de 1813 y, por segunda vez, en Ayohuma el 14 de noviembre del mismo año. El Tercer Ejército Auxiliar, al mando del general José Rondeau, ingresó al Alto Perú después de vencer a los realistas en la Quiaca, el 17 de abril de 1815. En su avance hacia Cochabamba fue derrotado en Sipe Sipe, el 29 de noviembre de 1815 por Joaquín de la Pezuela (futuro virrey del Perú), quien había reemplazado a Tristán por su mala campaña militar emprendida en contra lo ejércitos argentinos. Estos acontecimientos políticos y militares obligaron al virrey Abascal a reincorporar el territorio de la Audiencia del Charcas al Virreinato peruano.

Pero al margen de las incursiones del ejército argentino a territorio alto peruano y de la reanexión al Perú, las guerrillas desempeñaron un papel sumamente importante en sembrar el sentimiento independentista de la actual Bolivia. El cura Ildefonso de las Muñecas cubrió el norte del Lago Titicaca, Sorata y Yavi; en el sudeste, entre Camargo y Cotagaita estaba Vicente Camargo, entre los río Grande y Pilcomayo, y en la Laguna Combatían los esposos Padilla; en el este entre Valle Grande y Santa Cruz de la Sierra, ponía en jaque a las autoridades españolas, el valiente guerrillero Ignacio Warnes, y por último en el sur o sea en Tarija estaban Eustaquio Méndez, Manuel Rojas y Francisco Uriondo. Fracasada la intervención militar de los tres Ejército Auxiliares, Pezuela el comandante realista que logró derrotar a Rondeau, ante la súbita aparición de grupos guerrilleros en casi todo el territorio del Alto Perú, organizó una cruenta arremetida entre los años 1815 y 1816, logrando paralizar prácticamente toda actividad subversiva y dando muerte a sus principales líderes como Padilla, quien cayó heroicamente en El Villar bajo la espada del comandante realista Aguilera, el 14 de septiembre de 1816. Vicente Camargo e Ignacio Warnes, también fueron derrotados sangrientamente por los españoles.

La independencia del Perú.- Controlados los guerrilleros del Alto Perú, desde la Argentina, José de San Martín organiza un ejército y cruza la cordillera de los Andes, y logra la independencia de Chile en 1818. De allí, en 1820, emprende una vasta campaña militar con el propósito de liberar al Perú, algo que logra, simbólicamente, en 1821, en Lima. Al retiro de San Martín, las tropas colombianas desembarcaban en el puerto del Callao bajo el mando del general Sucre. Luego llegaría Bolívar y el 1 de septiembre de 1823 se presento en Lima donde el Congreso le otorgó la jefatura militar.

Las conmociones políticas que vivía España influyeron decididamente para el fraccionamiento de las tropas realistas lo que favoreció al bando patriota. En este contexto, el general Pedro Antonio Olañeta, absolutista recalcitrante, se rebeló contra el virrey La Serna, que era de tendencia liberal y constitucionalista, porque se atribuía a éste el deseo de separarse de la monarquía para liberar al Perú del absolutismo que quería imponer Olañeta. Bolívar, aprovechando la división de los españoles, organizó prontamente un ejército formado por colombianos y peruanos y los derrotó en los campos de Junín y Ayacucho en 1824.

La independencia del Alto Perú.- Luego de la victoria de Ayacucho, y siguiendo instrucciones de Bolívar, el general Sucre entra en territorio boliviano el 25 de febrero de 1825. Su papel se limita a dar señales de legalidad a un proceso que los mismo bolivianos ya habían puesto en marcha. Cochabamba, Santa Cruz de la Sierra, Valle Grande, Tarija y Cinti, ya se hallaban en poder de los patriotas. El 9 de febrero de 1825, el Mariscal Sucre convoca a todas las provincias alto peruanas para reunirse en un congreso que debía decidir el destino de la Nación. Pero el futuro del Alto Perú estaba sujeto a tres posibilidades que se abrían en el seno de la asamblea:

1. Proseguir la unidad con el Río de la Plata, incorporándose al conjunto de las Provincias Unidas.
2. Mantener la adhesión al Perú reconociendo las medidas de incorporación dictadas por el virrey Abascal como resultado de la revolución del 16 de julio de 1809 en La Paz.
3. Sostener con decisión la independencia absoluta del Alto Perú, no sólo con relación a España, sino también con referencia al Río de La Plata y al Perú.

Tanto Argentina y el Perú contemplaban esta tercera alternativa; en cambio, Bolívar, si bien no desautorizó públicamente a Sucre, le reprochó en carta privada esta iniciativa, pues entendía que alentar en ese momento un acto de soberanía de esa naturaleza, conspiraba contra los intereses de los demás países sudamericanos. Sucre anunció que obedecería lo mandado y, convocada nuevamente la Asamblea en Chuquisaca, 10 de julio de 1825, y concluida el 32, se determinó por unanimidad la completa independencia del Alto Perú, bajo la forma republicana, por soberana voluntad de sus hijos. Finalmente, el presidente de la Asamblea, José Mariano Serrano, junto a una comisión, redactó el “Acta de la Independencia”, que lleva fecha del 6 de agosto de 1825, en homenaje a la Batalla de Junín ganada por Bolívar.

Luego se emitió un decreto que determinó que el nuevo Estado llevara el nombre de Bolívar, en homenaje al Libertador quien, a la vez, fue designado Padre de la República y Jefe Supremo del Estado. Bolívar agradeció pero declinó la aceptación de la Presidencia de la República, para cuyo cargo insinúo el nombre del general Sucre. El 18 de agosto, a su llegada a La Paz hubo una verdadera manifestación de regocijo popular; la misma escena se repitió cuando el Libertador llegó a Oruro, Potosí y Chuquisaca.

De esta manera, Bolivia nacía a la vida independiente con los territorios que correspondían a la Real Audiencia de Charcas de la época Colonial. Comprendía cuatro provincias convertidas en departamentos: La Paz; Chuquisaca con Capital Sucre; Santa Cruz con capital, Cochabamba y Potosí. Posteriormente, se creó el departamento de Oruro. Para la administración del nuevo gobierno se adoptó el sistema francés: el territorio dividido en departamentos; el departamento dividido en provincias; la provincia dividida en cantones y el cantón dividido en vicecantones. La autoridad que administraba un departamento se llamaba Prefecto, de la provincia subprefecto y del cantón y vicecantón, corregidor.


Casa de la Independencia de Bolivia, Sucre

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La formación del estado-nación: la década de 1840 y los inicios de la recuperación

El fin de la Confederación Perú-Boliviana y la muerte de Gamarra en Ingavi significaron la derrota de la sierra y de sus elites, y dio paso a los peores años de anarquía que vivieron los peruanos. Entre 1841 y 1844 se sucedió más de media docena de presidentes que, en su mayoría, no duraron en el poder sino unas pocas semanas. Sin duda alguna, la figura más interesante de esta galería de gobernantes fugaces fue Manuel Ignacio de Vivanco, quien, en su afán de construir una “república autoritaria”, a imagen y semejanza de la del Chile de Portales, inauguró un régimen con el pomposo título de El Directorio. Su breve mandato dio los primeros pasos para la modernización del Estado: reconocimiento de la deuda pública, elaboración de un presupuesto, implantación de escuelas y organización del poder judicial. Pero el autoritarismo y la personalidad del Director, a pesar del apoyo incondicional que le brindaba la población arequipeña, minaron su proyecto a favor de los caudillos “constitucionalistas”, liderados por Ramón Castilla.


Manuel Ignacio de Vivanco

Lima se consolidaba como el centro político de la joven república peruana. Hasta la década de 1840 la antigua capital del colonialismo no había visto sino desastres. El militarismo, el caos político y la mediocridad económica, como señalamos, habían sumido en la penuria a una ciudad que no era ni sombra de su viejo esplendor virreinal. Pero estas luchas y pronunciamientos políticos de 1841 a 1844 que se daban en sus polvorientas calles, ya anunciaban un futuro menos incierto. Por esos años se producía el “descubrimiento” europeo del guano. Rico en nitrógeno y fósforo no lixiviado, era el mejor fertilizante natural que la humanidad conocía. Su demanda internacional creció explosivamente cuando agricultores europeos y norteamericanos adoptaron una “agricultura científica”: la prosperidad falaz, como la llamó Basadre, llegaba a estas tierras. El guano se encontraba muy cerca de Lima (en las islas de Chincha) y la ciudad sería la gran beneficiaria del tesoro guanero. La nueva y ansiada estabilidad supuso también un cambio en la procedencia social de sus líderes, siendo los provincianos de la sierra central y sur andinos sustituidos por costeños de clase media alta, ahora simpatizantes del liberalismo y de la economía de exportación. Esta elite, hábilmente aliada a los militares triunfantes como Castilla, decretaría, de otro lado, el monopolio estatal del fertilizante. Lima ya no tendría la competencia de ninguna otra ciudad y desde ella se trazaría el futuro del país.

En efecto, a partir de la década de 1840 se dio el verdadero despegue del comercio externo. La “era del guano” estaba empezando. En 1841, partía hacia Inglaterra el buque “Bonanza” con el primer cargamento del preciado abono. Poco después fue necesario despachar 22 barcos más hacia el mismo destino y hacia Francia, Alemania y Bélgica con más de 6 mil toneladas de registro. Hasta 1849, el precio del guano en el mercado de Londres osciló entre 25 y 28 libras por tonelada. A partir de 1850, debido a la sobreoferta, el precio promedio fue de 18 libras.

Según Shane Hunt, las exportaciones aumentaron en un 250% entre 1831 y 1841 y un 500% entre 1831 y 1851. Por su lado, las importaciones británicas y francesas aumentaron alrededor de 160% entre 1830-1834 y 1840-1844, mientras que entre 1830-1834 y 1850-1854 se dio un repunte del 350%. En su primera década, la venta del guano hizo varios milagros. Las exportaciones aumentaron desde menos de 700 mil dólares en 1845 (24,701 toneladas métricas) a más de 6 millones de dólares en 1853 (316,116 toneladas), lo que equivalía a las ¾ partes de todas las exportaciones; el resto era, básicamente, plata de Cerro de Pasco. Como vemos, esta inicial prosperidad está estrechamente vinculada con el final de la anarquía en 1845 y la llegada de Castilla al poder.


Aves guaneras

Esta coyuntura, naturalmente, benefició a los comerciantes locales. Si hasta 1840 sus actividades ya eran rentables por la importación de mercancías, préstamos y créditos comerciales al sector privado y público, ahora, con la aparición del guano, sus ganancias se multiplicaron. Decenas de comerciantes llegaban a Lima y revitalizaban el maltratado Tribunal del Consulado. Las importaciones de manufacturas foráneas que llegaban al Callao se duplicaron y alcanzaron a los 6 millones de dólares entre 1845 y 1850. El guano les daba impulso para brindarles nuevos espacios para la acumulación, las finanzas públicas y los bienes importados. Por lo tanto, este sector comercial será la base sobre la cual se dará la recuperación de la época del guano cuando nuestra economía por fin encontró una forma de reinsertarse en el mercado mundial y el Estado, dominado por Castilla, establece un nuevo pacto con el sector privado.

Ramón Castilla y, luego, Domingo Elías se rodearían, básicamente, de una nueva generación, nacida, o en todo caso, educada, ya después de Ayacucho que va desplazando a la anterior, y trae consigo la influencia de las revoluciones liberales de Europa, especialmente la del 48. Fue la generación de intelectuales y comerciantes testigo del desorden político entre 1825 y 1845 y que había tenido el tiempo y la experiencia para darse cuenta de que la independencia por sí sola no resolvía los problemas del país. Se trataba, en buena cuenta, del círculo formado por estudiantes o graduados del Colegio de San Carlos que, paradógicamente, fue heredero de la reforma académica llevada a cabo por el sacerdote conservador Bartolomé Herrera. Fue la llamada “generación de 1848”. Citamos a Clemente de Althaus, Sebastián Barranca, Luis Benjamín Cisneros, Manuel Adolfo García, Numa Pompilio Llona, José Arnaldo Márquez y Ricardo Palma quienes formaron el nuevo liderazgo político y académico del país. A ellos se unirían otros, más jóvenes y educados fuera de San Carlos como Manuel Nicolás Corpancho, José Antonio de Lavalle, Manuel Pardo y José Casimiro Ulloa. Recién llegado de Europa, se integraría a ellos el pintor Francisco Laso.

Esta generación, la que Ricardo Palma definió como la “primera bohemia peruana”, consolidó su presencia pública en 1848, año en que Corpancho, Márquez y Ulloa editaron la revista literaria El Semanario de Lima. De hecho, su ubicación como grupo dirigente se iría poniendo gradualmente en evidencia. El Estado peruano, a partir del gobierno de Castilla, los fue incorporando en un evidente intento por formar una nueva elite política. Pero como anota Natalia Majluf: La generación de 1848 no llegó a constituirse en un partido ni a definirse bajo un único programa político. Aunque la mayoría adoptó una postura liberal, sus posiciones alternaron entre el radicalismo socialista y el liberalismo conservador. Tampoco mantuvieron una causa política homogénea e incluso se encontraron luchando en campos opuestos durante el ciclo revolucionario de la década de 1850. Pero coincidieron en criticar el caos generalizado de la temprana república, el peso del militarismo en la política y las costumbres coloniales que aún persistían en la sociedad peruana.

En este sentido, muchos de los que rodearon a Castilla propusieron reformas inspiradas en el liberalismo europeo: libre mercado de tierras, abolición de las corporaciones, fin de cualquier forma de proteccionismo económico y desplazamiento de la Iglesia de ámbitos como el de la educación pública. Algunos de estos planteamientos quedaron sancionados en el Código Civil de 1852, promulgado por Castilla. Fue la generación que hizo, ahora sí en serio, la transición del Perú al libre comercio como piedra angular del Estado y la economía. No hay que olvidar que este tránsito coincidió con la expansión del comercio y la caída de las barreras arancelarias en toda América Latina y en los mercados noratlánticos. Sin embargo, esta apuesta por el libre comercio dejaba marginados a los artesanos locales. La llegada masiva de artículos importados los afectaba directamente y sus demandas casi no fueron atendidas.

El país, como vemos, despertaba de su letargo. La elite se recomponía bajo la tutela de Castilla. Ahora, unos podían multiplicar sus ganancias; otros, reconstruir las fortunas familiares perdidas. La elite podía exigir respeto, debatir en serio el futuro del país y adquirir los hábitos de consumo europeos. Incluso aquella moda, tercamente arraigada, de las tapadas limeñas fue desapareciendo ante la fascinación por los trajes llegados del Viejo Mundo. Con las dudas y sospechas de los artesanos, una mentalidad más bien práctica, utilitaria, “revolucionaria” para la época, echaba raíces en Lima al amparo de las últimas corrientes del pensamiento europeo. La elite era más permeable a los extranjeros que llegaban. El Perú veía nacer, por último, algo parecido a un estado nacional. Había un Congreso, ministerios, códigos y presupuestos que, mal que bien, funcionaban. En 1853, por ejemplo, el presupuesto de la nación alcanzaba los 10 millones de dólares. Este fue el ambiente que no llegó a ver El Directorio de Vivanco. Fue el escenario en el que germinó y se consolidó el castillimo.

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La formación del estado-nación: el perfil del Perú, 1825-1845

La población peruana al inicio de la república fue calculada, según la Guía de Forasteros publicada hacia 1828, en 1’279, 726 habitantes y estaba distribuida de la siguiente manera:

Arequipa 136,812
Ayacucho 159,609
Cuzco 216,382
Junín 200,839
La Libertad 230,970
Lima 149,112
Puno 156,000

El Perú seguía siendo un país rural. La mayoría de sus pobladores eran indios que formaban parte de las “comunidades campesinas” creadas desde los años del virrey Toledo en el siglo XVI. Lima era, en 1836, la ciudad más grande con poco más de 54 mil habitantes. Si comparamos esa cifra con la de 64 mil en 1820 cuando San Martín entró a la capital, constatamos un descenso global de casi 15%. Era una ciudad que, además de su retroceso demográfico, no era ni la sombra de la antigua Capital de los Virreyes. Un capitán inglés, que había visitado Lima en 1821 y luego regresó en 1841, comentó: Ahora todo da impresión de pobreza y decaimiento; un cambio penoso de su anterior esplendor y riqueza. Esta apariencia se podía observar no sólo en la ciudad, sino también entre los habitantes. Familias enteras habían sido barridas y sus exservidores o extranjeros, se habían convertido en poseedoras de sus casas y propiedades. Esta decadencia urbana se observa también en las ciudades del interior como Cuzco y Huamanga. De otro lado, cerca de la mitad del país estaba compuesta por un territorio prácticamente desconocido: la amazonía. La demarcación territorial, además, estuvo mal definida y desató conflictos con Bolivia (1828) y la Gran Colombia (1829).

No hubo en estos años un centralismo sino más bien una desarticulación por el poco efecto concentrador del Estado y los centros urbanos. La ausencia de un poder centralizador permitió que las regiones ganaran autonomía o que creciera su aislamiento. El comercio interno se redujo a su mínima expresión, los caudillos se convirtieron en las auténticas fuentes de poder y el país devino en un territorio con varias regiones inconexas donde el ritmo de una poco o nada influía en la suerte de las demás. Los caudillos terminaron aprendiendo que una cosa era gobernar Lima y otra muy distinta conseguir el apoyo de las regiones.

En este sentido, funcionaron hasta cuatro circuitos comerciales o elites regionales casi autónomos: el agrario-comercial de Lima y la costa central y el de la costa norte y Cajamarca, el minero-agrícola de la sierra central y el agrario del sur andino, favorecido este último por el eje Arequipa-Cuzco-Puno. Las comunicaciones eran muy precarias puesto que a pesar de contar el Perú con cinco puertos mayores (Paita, Huanchaco, Callao, Islay y Arica), las antiguas rutas coloniales que habían comunicado a Lima con Arequipa, Cuzco o el Alto Perú sufrían un penoso abandono. Todo esto, añadido a la difícil geografía y a la peligrosa y creciente presencia de bandoleros y malhechores (un problema endémico de la época), viajar se convirtió en una aventura muy arriesgada. Naturalmente, la circulación monetaria disminuyó y en muchos lugares el intercambio sólo pudo efectuarse mediante el ancestral trueque.


Grabado del primer escudo del Perú

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La formación del estado-nación: la Confederación Peruano-boliviana, 1836-1839

Como mencionábamos hace un par de días, la Confederación fue el proyecto político más ambicioso de este periodo. La idea era crear un gran estado sobre la base de los territorios del Perú y Bolivia, unidos históricamente por lazos geográficos y, sobre todo, económicos. De esta forma, el proyecto intentaba restaurar los viejos circuitos comerciales que habían unido y articulado a ambas regiones desde los tiempos virreinales. Andrés de Santa Cruz, líder de la Confederación, era un experimentado militar y astuto político. Comprendió ese fuerte sentimiento regionalista y aprovechó la débil conciencia nacional tanto en el Perú como en su propio país para llevar a cabo su proyecto que promovía, además, una política de libre comercio con Estados Unidos y Europa occidental.

En los departamentos del sur la nueva noticia tuvo notable acogida, especialmente en Arequipa. Los arequipeños vieron reverdecer sus antiguos vínculos con el Alto Perú y ser los intermediarios del comercio entre Gran Bretaña y el sur andino. En el Cuzco hubo sentimientos encontrados. La antigua Capital de los Incas era la cuna de Agustín Gamarra y los curas, desde el púlpito, corrían la versión de que la imagen del Señor de los Temblores, de triunfar la Confederación, iba a ser trasladada a Bolivia. La manipulación religiosa y el temor de los artesanos (obrajes) ante una avalancha de mercancías importadas por el libre comercio de Santa Cruz, hizo que los cuzqueños, finalmente, no apoyaran el proyecto.

En Lima y la costa norte la oposición fue total. Su elite estaba resentida pues consideraba que el proyecto desintegraba al país. Como elite, además, perdía su influencia en beneficio de la sierra sur. De otro lado, los limeños eran comercialmente proteccionistas. Defendían tarifas aduaneras altas para proteger las mercancías nativas y contaron con el apoyo de los artesanos de Lima y con la cadena de obrajes de la sierra central y sur. Por último, esta elite, con los límites que antes vimos, mantenía un intercambio comercial con Chile. Del Callao salía la producción azucarera de la costa norte con destino a Valparaíso a cambio del trigo chileno. En síntesis, la idea de Santa Cruz atacaba en lo más profundo sus intereses económicos y su destino como elite. Salaverry y Gamarra fungieron como sus líderes. Esta elite se uniría a Chile y juntos acabarían con la Confederación.

Antes de la Confederación, las relaciones entre Chile y el Perú se habían deteriorado. El Perú no había cancelado el préstamo chileno para la campaña de San Martín de 1820 y 1821 y no tenía la intención –ni el presupuesto—para cancelarlo. Más adelante, en 1832, ocurrió el pleito de aranceles en torno al intercambio del trigo por el azúcar, diferendo que culminó en 1835. Sin embargo, la reconciliación duró poco debido al establecimiento de la Confederación en 1836.

Las relaciones entre Chile y la Confederación alcanzaron su punto álgido cuando en julio de 1836, el exiliado general Freire dirigió una pequeña expedición a Chile desde el Perú intentando derrocar al régimen conservador. Portales denunció la complicidad peruana y declaró el casus belli. Envió dos naves que capturaron tres navíos peruanos en el Callao. Santa Cruz, en respuesta, arrestó al representante diplomático en Lima, Victorino Garrido. Garrido y el Protector elaboraron un acuerdo que no fue aceptado por Portales. Luego, Mariano Egaña, dotado de poderes plenipotenciarios, viajó a Lima con un ultimátum que exigía la disolución de la Confederación. Como era predecible, Egaña fue rechazado y, antes de zarpar de vuelta, declaró la guerra. Ante el inminente conflicto, Portales tomó una postura decisiva. En su célebre carta a Blanco Encalada decía: La Confederación debe desaparecer para siempre… Debemos dominar para siempre el Pacífico.


Diego Portales

En sus inicios, la guerra fue impopular en el país sureño. El reclutamiento obligatorio de soldados despertó animosidad y la oposición trató de capitalizar el descontento y conspirar contra Portales. La revuelta prosperó y el Ministro fue asesinado en Quillota el 6 de junio de 1837. El crimen, según El Mercurio de Santiago, aumentó la popularidad de la guerra y la elite chilena percibió el riesgo que representaba para sus intereses la unión del Perú y Bolivia, pues podía liquidar la aspiración de su país de controlar el comercio en el Pacífico sur. Ya Santa Cruz, al declarar “puertos libres” a Paita, Callao, Arica y Cobija, había ocasionado una crisis comercial en Valparaíso. Su producción de trigo, además, podía colapsar al perder el mercado peruano. Esto explica la gran acogida que recibieron en Chile los enemigos peruanos y bolivianos de Santa Cruz. Concretamente, los “emigrados” peruanos estuvieron en Santiago coordinando el ataque a Santa Cruz y prestando toda la información logística para invadir el territorio de la Confederación. Sin esta invalorable ayuda hubiera sido muy difícil el triunfo final chileno contra Santa Cruz y la Confederación.

La primera expedición contra la Confederación zarpó de Valparaíso (setiembre de 1837) con 2.800 hombres, entre ellos una columna netamente peruana, al mando de Manuel Blanco Encalada. Santa Cruz acorraló a los “restauradores” en las afueras de Arequipa y obligó a su comandante firmar un acuerdo en Paucarpata que garantizaba tanto la retirada de la expedición como el reconocimiento de la Confederación. El gobierno chileno rechazó de inmediato el Tratado y preparó una segunda expedición que partiría en julio de 1838. Mejor preparada, los chilenos, al mando de Manuel Bulnes, y con la decisiva participación de Gamarra y Castilla, ocuparon Lima y vencieron a Santa Cruz en Yungay en enero de 1839. Santa Cruz huyó a Ecuador y la Confederación, tal como Portales lo había deseado, desapareció para siempre.

Pero esta guerra entre Chile y la Confederación no podría reducirse a un conflicto comercial o una “guerra de secesión en los Andes”. En otras palabras: una guerra entre dos proyectos antagónicos de proteccionismos pragmáticos, el de Lima y Valparaíso, de un lado, y del interior surandino, del otro, que incorporaban el librecambismo en la competencia por el dominio marítimo. No hay que olvidar que muchos peruanos veían a Bolivia como un territorio peruano al que había que reconquistar. Por lo tanto, era inaceptable que la iniciativa venga de Bolivia. Este sentimiento no sólo sería representado por Salaverry o Gamarra, sino también por Castilla y Vivanco, entre otros caudillos, que terminaron refugiándose en Chile para atacar a Santa Cruz. Para los opositores más radicales, entonces, era la “unidad nacional” lo que estaba en peligro. Se trató de un momento crucial en el que se fue elaborando la idea de lo “nacional-peruano”. Cecilia Méndez opina que este sentimiento se canalizó a partir de la exclusión y desprecio del indio, simbólicamente representado por Santa Cruz.

La pluma del poeta y satírico Felipe Pardo y Aliaga resulta especialmente ilustrativa. Pardo enfiló sus baterías contra el Protector al que consideraba “extranjero” e “invasor”. Pero el Protector era más extranjero por ser indio que por ser boliviano. La idea de nacionalidad, escasamente velada en las sátiras de Pardo, implicaba un primordial rechazo al elemento indígena como requisito de nacionalidad. Por ello, sus escritos estuvieron salpicados de incriminaciones racistas al llamarlo “indio” o “cholo”, pese a que el padre de Santa Cruz había sido un criollo peruano nacido en Huamanga y educado en el Cuzco. El estigma venía de su madre, una india aymara de apellido Calaumana. En uno de sus despliegues más violentos, Pardo escribió:

De los bolivianos
será la victoria
¡qué gloria, qué gloria
para los peruanos!
Santa Cruz propicio,
trae cadena aciaga
ah ¡cómo se paga
tan gran beneficio!
¡Que la trompa suene!
Torrón, ton, ton, ton;
que viene, que viene
el cholo jetón
.

La segunda incriminación, la de “conquistador” adquirió una connotación también despectiva pues el delito no era ser conquistador, sino que un “indio” se atreviera a serlo:

Que la Europa un Napoleón
Pretendiese dominar
Fundando su pretensión
En su gloria militar
Qué tiene de singular?
Mas, que en el Perú lo intente
un indígena ordinario
Advenedizo, indecente,
cobarde, vil, sanguinario,
eso sí es extraordinario.


Pero Pardo no fue un personaje aislado. Sus letrillas cobraron tanta popularidad entre los opositores de Santa Cruz que algunas de ellas fueron musicalizadas y se cantaron en plazas, teatros y “jaranas arrabaleras”. De esta forma, sus escritos contribuyeron a formar la opinión pública desde antes que el caudillo paceño ingresara a Lima.

¿Era sólido el proyecto de Santa Cruz? Jorge Basadre opina que no. Sostiene que la intervención de Chile no fue temible sino por el descontento de los mismos peruanos y bolivianos. Aunque Santa Cruz hubiese vencido en Yungay, habría caído más tarde o, por lo menos, habría sucumbido su sucesor. A pesar de contar con una historia y un circuito comercial comunes, para reunir en las manos de un solo hombre territorios tan amplios, en los que las comunicaciones entre las ciudades eran precarias, el Protector necesitaba colaboradores inteligentes y leales con quienes contar con seguridad y una marina veloz (a vapor) para transportar con celeridad sus fuerzas y trasladarse él mismo a todos los puntos rebeldes. Hubiera, por último, tenido que congregar numerosos prefectos fieles a su plan. Eso, como sabemos, era sumamente complicado en un escenario sembrado de caudillismo.

Otra consecuencia negativa, añade Basadre, es que la Confederación hubiera provocado la fragmentación del Perú ya que en América del Sur varios estados se formaron debido a la dispersión de estados más vastos, como la Gran Colombia. Santa Cruz no hubiera podido ir en contra de la corriente en una probable ruptura entre las repúblicas del sur (Estado Sur-peruano) y las del norte (Estado Nor-peruano). En el caso de Arequipa, la existencia del Estado Sur-peruano o “República Sur-peruana”, como dijeron las monedas acuñadas allá, era un peligro para la unidad nacional. Con algunos años más de vida, se habría afianzado: en el caso de un colapso de la Confederación por muerte o derrocamiento de Santa Cruz (en fecha posterior a 1839) habría habido intereses creados resueltos a mantener esa entidad política y hasta anexarla a Bolivia. ¿Y la posible unión del Estado Nor-peruano con Ecuador?

A lo que Basadre dice cabría añadirle otros factores que hacían de la Confederación una ficción: la ausencia de una ética pública, el personalismo de los caudillos y el vértigo del poder y el caos. Incluso hoy, la los historiadores chilenos llegan a sostener que el gran error de Portales fue lanzar una guerra contra una entidad que se desmoronaría más temprano que tarde.


Mapa de la batalla de Yungay

La Confederación, paradójicamente, tuvo más admiradores fuera de América Latina que dentro de ella. Sus observadores en Europa y Norteamérica vieron en el proyecto el advenimiento del orden político y administrativo en los Andes. La política de libre comercio también convenía a las potencias del Hemisferio Norte. Al fin Perú y Bolivia podían ser mercados accesibles luego de tantos años de proteccionismo o anarquía. Por estas razones, la noticia de la derrota de Santa Cruz en Yungay fue vista por los periódicos estadounidenses, británicos y franceses como una verdadera calamidad. En cambio, la actitud de las potencias hacia Chile fue negativa. Si en un inicio Portales tuvo la esperanza de que la ofensiva chilena pudiera ser un ejemplo que hiciera a su país más fuerte ante los ojos de los europeos, la Inglaterra del Atlántico se formó una mala opinión de la que aspiraba a ser la “Inglaterra del Pacífico”. El cónsul británico en Santiago, por ejemplo, presionó para un armisticio y para que Chile aceptara la mediación británica. Incluso, parece que una de sus reuniones con el gobierno chileno (diciembre de 1837) fue violenta: el cónsul habría amenazado con bombardear Valparaíso, perdiendo su habitual compostura. Luego, en 1838, el gobierno británico amenazó con intervenir para terminar con la guerra, pero no lo hizo.

Andrés de Santa Cruz surge como una figura fuerte administrativamente. Su obra de reordenamiento del Estado cuando fue presidente de Bolivia y el esfuerzo institucional que le dio a la Confederación así lo demuestran. El empresario alemán Heirich Witt, residente en Lima, nos da un perfil de su personalidad y de sus dotes como político, un perfil claramente tributario de la figura de Bolívar: Durante dos años las cosas no variaron y, en mi modesta opinión, desde la declaración de la independencia el Perú nunca estuvo mejor gobernado que en ese periodo… Tal vez era demasiado déspota para ser republicano y todo el mundo, incluso sus mejores e íntimos amigos, le tenían miedo. Nadie se arriesgaba a tomarse la más mínima libertad. Santa Cruz mandaba y todo el mundo obedecía. Su poder abarcaba tanto, que todo lo que tenía importancia pasaba por sus manos; no se tomaba ninguna medida cardinal sin su conocimiento; él mismo visitaba las oficinas de los diferentes ministerios y pobre el que no estuviera en su lugar, a la hora exacta y trabajando regularmente. No obstante, fue una figura débil políticamente hablando, al extremo que se ganó numerosos enemigos en Perú, Bolivia y Chile y su ideal no tuvo continuadores. Fue exiliado y terminó solo y sin patria.


Fotografía del general Andrés de Santa Cruz, Protector de la Confederación Peruano-boliviana

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La formación del estado-nación: liberales y conservadores, 1825-1845

Es una tarea complicada definir a los grupos políticos de estos años. El desorden, la corrupción y el caudillismo hacían que la gente cambiara sus “lealtades” constantemente, especialmente los grupos populares. Asimismo, habría que considerar la desilusión de estos sectores que esperaban demasiado de los nuevos gobiernos. En este sentido, el viajero suizo Jacobo von Tshudi, testigo del ingreso de Santa Cruz a Lima, en 1838, nos presenta el ambiente que se vivió por la llegada de los bolivianos: Abrazaron el caballo de Santa Cruz y lo besaron desde los cascos hasta las orejas, levantaron a los generales de sus sillas y casi los ahorcaron por tanta ternura. ¡Y era la misma gente que, hacía pocas semanas, celebró con el mismo entusiasmo a Orbegoso, que se había levantado contra Santa Cruz, así como construyeron arcos de triunfo cuando Gamarra entró a Lima encabezando un ejército enemigo!

Una lectura más reflexiva del siglo XIX nos crea dudas respecto a si existió un liberalismo peruano. En el plano teórico, doctrinario, las diferencias entre liberales y conservadores eran claras. Los primeros se sentían hijos del Siglo de las Luces, defendían una concepción individualista del mundo, tributaria de las propuestas de Locke, Rousseau y Montesquieu. Por lo tanto, el origen de la soberanía se hallaba en la voluntad popular y las leyes se originaban por el consenso de los ciudadanos. En consecuencia, su base doctrinal no consideraba a la Providencia ni a la acción divina como fundamentos para la delegación del poder. La afirmación de sus ideales se plasmó más bien en la división de los poderes del Estado, el sufragio universal, la secularización de los gobiernos, la defensa de la propiedad, la tolerancia de cultos, la igualdad entre los hombres y la abolición de la esclavitud, de los fueros y de los gremios, expresiones del corporativismo de la sociedad del Antiguo Régimen. Los liberales no se sentían atraídos por la tradición y miraban con anhelo los logros políticos del mundo anglosajón, específicamente los logrados por Estados Unidos.

Los conservadores, en cambio, se vinculaban con las mejores manifestaciones del pasado asumido como paradigma y definido como “tradición”; es decir, el conjunto de creencias, instituciones que, además de proceder de tiempos anteriores, constituyen valores permanentes y superiores. Es por ello que el influyente Bartolomé Herrera, defendía la obra de España y su aporte civilizador, en el cual el cristianismo jugaba un papel fundamental. Pero la defensa de la “tradición” no estaba reñida con el progreso, siempre y cuando no altere el “orden natural” del mundo.

Los conservadores responsabilizaban a los liberales del caos y la anarquía, así como del empobrecimiento y la decadencia de la joven república. Quizá tenían razón. Los liberales defendían el derecho de movilizar a la plebe en su lucha contra los conservadores. En realidad, incorporaban en sus movimientos a montoneros, bandoleros y malhechores acentuando el caos y la violencia. Sus contradicciones resultaban, a veces, sorprendentes. Una de las razones es que siempre demostraron poca capacidad para interpretar y aceptar las diferencias heredadas de la sociedad virreinal. El jurista y enigmático Manuel Lorenzo de Vidaurre, reputado liberal, en 1827, al pedir sentencias para los acusados de apoyar un levantamiento, escribía: Son indios, negros, personas estúpidas, que oyen voz de naturaleza que impele la defensa de los derechos: no saben las reglas establecidas entre nosotros. Pocos son los discípulos de Locke. Como vemos, al referirse a la plebe se les agotaba todo su liberalismo. Sin embargo, en 1835, en su Proyecto de Código Civil Peruano, era un convencido de la igualdad entre los hombres y la eliminación de las diferencias ante la ley: ¿Qué distinción podré hacer entre siervos y libres? ¿Entre vasallos y soberanos? ¿Entre nobles y plebeyos? Mi pulso hubiera temblado, mi conciencia hubiera reprendido, el siglo me hubiera acusado… Entre nosotros todos los hombres nacen iguales, se desconocen las jerarquías, el respeto debido a los magistrados es el respeto que el ciudadano se debe a sí mismo: obedece la ley, no obedece al hombre. Al menos Gamarra, un caudillo autoritario era, según los parámetros de la época, más “realista” y “consecuente” cuando se refería a la plebe, en 1835, en lo siguientes términos: De nada sirve apoyarse en la opinión del pueblo: jamás se ha dado este nombre a una turba compuesta de mercenarios sin garantía, de descamisados frenéticos, de hombres cubiertos de crímenes.


Manuel Lorenzo de Vidaurre, ideólogo liberal

Para los liberales, el mantenimiento del tributo indígena era, teóricamente, un contrasentido. Se trataba de un impuesto corporativo reñido con un orden republicano basado en el principio de igualdad. Pero, como sabemos, la penuria fiscal en estos primeros veinte años, hizo inviable su abolición. La joven república, entonces, tuvo que vivir con esta suerte de “excepción” hasta que, en los tiempos del guano, la contribución fue suspendida (1854) y su vacío fue cubierto con los ingresos del abono. Sin embargo, en 1867, un grupo “liberal” encabezado por José Casimiro Ulloa, pidió la restitución del tributo basándose en el principio de la “igualdad de los ciudadanos”. Y, siguiendo con la relación entre los liberales y los grupos populares, no podemos dejar de mencionar el caso de numerosos empresarios y políticos, teóricamente hijos de la Libertad que, antes de 1854, tenían esclavos o se beneficiaban del trabajo servil de los chinos en sus propiedades rurales. El “liberal” Domingo Elías, por ejemplo, era propietario de numerosos esclavos y, entre 1849 y 1853, tuvo el monopolio para traer peones chinos al país. Él mismo los utilizaba en el “carguío del guano” en las islas de Chincha y en sus fundos en Ica.

De otro lado, los liberales criollos defendieron la libertad de cultos basada en la supremacía de la conciencia del individuo. Su defensor más radical fue el sacerdote tacneño Francisco de Paula Gonzáles Vigil. En su Defensa de la autoridad de los gobiernos afirmaba que la conciencia de una persona es exclusivamente suya y, por lo tanto, se ubica más allá de la jurisdicción del Estado. Habla del “ateísmo político” y, recogiendo el ejemplo de los Estados Unidos, había que evitar el culto a un “Dios nacional” e impulsar la tolerancia a todas las confesiones. De otro lado, al igual que los ilustrados del XVIII, los liberales eras “deístas”, es decir, concebían a Dios como un “Ser Supremo”, creador del universo, pero que no se ocupa de sus criaturas, de tal forma que sus hijos son dueños de su propia libertad y destino. El “deísmo” influiría en la masonería, cuya versión criolla corresponde a la del liberal Francisco Javier Mariátegui, presidente de la Corte Suprema, o a Mariano Amézaga, profesor del Colegio Guadalupe.

Si en la teoría las diferencias eran relativamente claras, en la práctica siempre resultó difícil la confrontación entre liberales y conservadores. Hay cercanía respecto a su percepción negativa de la plebe. En este sentido, debemos tener en cuenta que ambos grupos descendían de la sociedad virreinal, tan jerárquica e inflexible. Es por ello que a mediados de siglo, al igual que sus pares en el resto de América Latina, los liberales peruanos adoptaron posturas centralistas y autoritarias, dejando atrás el federalismo y a los sectores populares.

Paul Gootenberg intentó demostrar que, en la práctica, en lo único que se diferenciaron estos grupos fue en la política comercial que se debía adoptar. Su tesis central es que tras la separación de España el Perú no cayó bajo el dominio británico y se frustró la posibilidad de implementar el “libre comercio”. El país cayó más bien en un aislamiento comercial y financiero y que la anarquía de estos 20 años fue la mejor defensa del país frente a las intenciones del imperialismo (británico, francés y norteamericano) por establecer el liberalismo comercial. Sostiene, además, que, dentro del caos, hubo una suerte de “soberanía económica”, alentada por la elite limeña que impuso medidas comerciales proteccionistas hasta 1850.

En cambio, la primera generación de “librecambistas” no era un grupo numeroso ni pertenecía a los grupos dominantes entre 1820 y 1845. Estaba conformado por los comerciantes extranjeros asentados en Lima y Arequipa, los cónsules de Inglaterra, Estados Unidos y Francia, los intelectuales “bolivarianos” y la elite arequipeña. En este sentido, Gootenberg resalta las gestiones infructuosas de los cónsules de las potencias extranjeras ante los “gobiernos” de turno para lograr tarifas bajas de importación, garantías para sus comerciantes y tratados para establecer un sistema liberal de comercio. Descubre, además, que no fue el imperio de Su Majestad –como antes se suponía- el que más presionó para que se abran los puertos sino los Estados Unidos. El gobierno de Washington, a través de su infatigable encargado de negocios, Samuel Larned, pretendió atraer a los miembros liberales de la elite peruana e influenciar en la opinión pública –aun financiando periódicos- a favor de sus intereses. Cansado de sus continuos fracasos, Larned dejó de batallar y se retiró del Perú a fines de la década de 1830. Los británicos, en cambio, cuando vieron desvanecerse sus esperanzas liberales, fueron los primeros en alejarse de la política peruana y sólo adoptaron posturas defensivas contra los permanentes ataques de los “nacionalistas”. Dos veces los cónsules se retiraron, en 1828-33 y 1839-45. Los franceses fueron los que menos se entrometieron. Sólo estuvieron interesados en proteger el pequeño tráfico de artículos de lujo que realizaban los minoristas galos.

Los caudillos liberales, llamados “bolivarianos”, vinculados a las aspiraciones de comercio libre del regionalismo sureño –como Nieto, Vivanco, Vidal, Orbegoso y Santa Cruz- carecieron de apoyo tanto en Lima como en el estratégico norte y al interior del país. Al igual que Bolívar, carecieron de una base social amplia y segura en el territorio. El ejemplo de la Confederación Peruano-boliviana demuestra cómo siguieron dependiendo de fuerzas externas que determinaron su derrota con la invasión del “partido” de militares “nacionalistas” apoyados por Chile. Por su lado, sus intelectuales –como Manuel Lorenzo Vidaurre, José María de Pando, Manuel García del Río y Manuel del Río-, herederos también de la ocupación bolivariana, demandaban no sólo la reducción de las tarifas aduaneras sino el desarrollo de un modelo económico orientado a la exportación al mercado europeo. Pero permanecieron como simples ideólogos y sin ningún apoyo de la elite. La llamada “elite sureña”, con su centro en Arequipa, por su temprana inserción al mercado inglés a través de la exportación, por los puertos de Islay y Arica, de lanas, salitre y quinina, defendía el libre comercio y veía al mercado de Bolivia (Alto Perú) como La Meca para sus intereses. Su derrota en la Confederación, entonces, la habría debilitado.

Pero la razón más importante del fracaso de esta primera generación de liberales fue la fragilidad política del país. No encontraron un Estado local fuerte y estable capaz de manejar el libre comercio, la integración financiera, convenios y estabilidad económica, elementos esenciales para una política de liberalización. De otro lado, los cónsules no podían hallar una elite nativa colaboradora y confiable. La ida y venida de gobernantes, burócratas y políticas, así como el caos social y la depresión material hacían fracasar cualquier incentivo liberalizador. Digamos que el arma secreta del Perú contra las presiones del imperialismo era su absoluta impredecibilidad. Apunta que habría que tener en cuenta que se trataba de Estado empírico, en formación, nacido del molde hispánico, cuya clase dominante mantenía la herencia de la soberanía diplomática, en parte originada de la tradición anti-anglosajona. Incluso los ideólogos más liberales, como Pando y Vidaurre, resistieron a las presiones que venían de fuera. En suma, lo cierto es que, en vez de promover a la liberalización, la intervención extranjera intensificó el proteccionismo.

Este “nacionalismo”, propio del partido proteccionista es un elemento clave para entender la formación del Estado peruano. Al momento de la Independencia las elites peruanas carecían de una conciencia nacional. Había un Estado artificial dividido por regionalismos, el desmembramiento externo (como en los tiempos de la Confederación) y las presiones políticas de las potencias de Ultramar. En ese escenario, el territorio peruano bien pudo terminar balcanizado como la Gran Colombia o las federaciones centroamericanas. Sin embargo, esto fue evitado por la rápida formación de una elite en las décadas de 1820 y 1830 que, alimentada por un temprano nacionalismo económico, transformó los intereses de Lima y la costa central y norte en un Estado. En estos años, su lucha contra los “extranjeros” aceleraba el “nacionalismo” de los hijos del país. En conclusión, sin esa temprana, a veces incoherente, pero oportuna dosis en defensa de la economía local el Perú, quizá, no habría podido continuar como Estado.


Bartolomé Herrera, ideólogo conservador

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