La formación del estado-nación: la década de 1840 y los inicios de la recuperación

El fin de la Confederación Perú-Boliviana y la muerte de Gamarra en Ingavi significaron la derrota de la sierra y de sus elites, y dio paso a los peores años de anarquía que vivieron los peruanos. Entre 1841 y 1844 se sucedió más de media docena de presidentes que, en su mayoría, no duraron en el poder sino unas pocas semanas. Sin duda alguna, la figura más interesante de esta galería de gobernantes fugaces fue Manuel Ignacio de Vivanco, quien, en su afán de construir una “república autoritaria”, a imagen y semejanza de la del Chile de Portales, inauguró un régimen con el pomposo título de El Directorio. Su breve mandato dio los primeros pasos para la modernización del Estado: reconocimiento de la deuda pública, elaboración de un presupuesto, implantación de escuelas y organización del poder judicial. Pero el autoritarismo y la personalidad del Director, a pesar del apoyo incondicional que le brindaba la población arequipeña, minaron su proyecto a favor de los caudillos “constitucionalistas”, liderados por Ramón Castilla.


Manuel Ignacio de Vivanco

Lima se consolidaba como el centro político de la joven república peruana. Hasta la década de 1840 la antigua capital del colonialismo no había visto sino desastres. El militarismo, el caos político y la mediocridad económica, como señalamos, habían sumido en la penuria a una ciudad que no era ni sombra de su viejo esplendor virreinal. Pero estas luchas y pronunciamientos políticos de 1841 a 1844 que se daban en sus polvorientas calles, ya anunciaban un futuro menos incierto. Por esos años se producía el “descubrimiento” europeo del guano. Rico en nitrógeno y fósforo no lixiviado, era el mejor fertilizante natural que la humanidad conocía. Su demanda internacional creció explosivamente cuando agricultores europeos y norteamericanos adoptaron una “agricultura científica”: la prosperidad falaz, como la llamó Basadre, llegaba a estas tierras. El guano se encontraba muy cerca de Lima (en las islas de Chincha) y la ciudad sería la gran beneficiaria del tesoro guanero. La nueva y ansiada estabilidad supuso también un cambio en la procedencia social de sus líderes, siendo los provincianos de la sierra central y sur andinos sustituidos por costeños de clase media alta, ahora simpatizantes del liberalismo y de la economía de exportación. Esta elite, hábilmente aliada a los militares triunfantes como Castilla, decretaría, de otro lado, el monopolio estatal del fertilizante. Lima ya no tendría la competencia de ninguna otra ciudad y desde ella se trazaría el futuro del país.

En efecto, a partir de la década de 1840 se dio el verdadero despegue del comercio externo. La “era del guano” estaba empezando. En 1841, partía hacia Inglaterra el buque “Bonanza” con el primer cargamento del preciado abono. Poco después fue necesario despachar 22 barcos más hacia el mismo destino y hacia Francia, Alemania y Bélgica con más de 6 mil toneladas de registro. Hasta 1849, el precio del guano en el mercado de Londres osciló entre 25 y 28 libras por tonelada. A partir de 1850, debido a la sobreoferta, el precio promedio fue de 18 libras.

Según Shane Hunt, las exportaciones aumentaron en un 250% entre 1831 y 1841 y un 500% entre 1831 y 1851. Por su lado, las importaciones británicas y francesas aumentaron alrededor de 160% entre 1830-1834 y 1840-1844, mientras que entre 1830-1834 y 1850-1854 se dio un repunte del 350%. En su primera década, la venta del guano hizo varios milagros. Las exportaciones aumentaron desde menos de 700 mil dólares en 1845 (24,701 toneladas métricas) a más de 6 millones de dólares en 1853 (316,116 toneladas), lo que equivalía a las ¾ partes de todas las exportaciones; el resto era, básicamente, plata de Cerro de Pasco. Como vemos, esta inicial prosperidad está estrechamente vinculada con el final de la anarquía en 1845 y la llegada de Castilla al poder.


Aves guaneras

Esta coyuntura, naturalmente, benefició a los comerciantes locales. Si hasta 1840 sus actividades ya eran rentables por la importación de mercancías, préstamos y créditos comerciales al sector privado y público, ahora, con la aparición del guano, sus ganancias se multiplicaron. Decenas de comerciantes llegaban a Lima y revitalizaban el maltratado Tribunal del Consulado. Las importaciones de manufacturas foráneas que llegaban al Callao se duplicaron y alcanzaron a los 6 millones de dólares entre 1845 y 1850. El guano les daba impulso para brindarles nuevos espacios para la acumulación, las finanzas públicas y los bienes importados. Por lo tanto, este sector comercial será la base sobre la cual se dará la recuperación de la época del guano cuando nuestra economía por fin encontró una forma de reinsertarse en el mercado mundial y el Estado, dominado por Castilla, establece un nuevo pacto con el sector privado.

Ramón Castilla y, luego, Domingo Elías se rodearían, básicamente, de una nueva generación, nacida, o en todo caso, educada, ya después de Ayacucho que va desplazando a la anterior, y trae consigo la influencia de las revoluciones liberales de Europa, especialmente la del 48. Fue la generación de intelectuales y comerciantes testigo del desorden político entre 1825 y 1845 y que había tenido el tiempo y la experiencia para darse cuenta de que la independencia por sí sola no resolvía los problemas del país. Se trataba, en buena cuenta, del círculo formado por estudiantes o graduados del Colegio de San Carlos que, paradógicamente, fue heredero de la reforma académica llevada a cabo por el sacerdote conservador Bartolomé Herrera. Fue la llamada “generación de 1848”. Citamos a Clemente de Althaus, Sebastián Barranca, Luis Benjamín Cisneros, Manuel Adolfo García, Numa Pompilio Llona, José Arnaldo Márquez y Ricardo Palma quienes formaron el nuevo liderazgo político y académico del país. A ellos se unirían otros, más jóvenes y educados fuera de San Carlos como Manuel Nicolás Corpancho, José Antonio de Lavalle, Manuel Pardo y José Casimiro Ulloa. Recién llegado de Europa, se integraría a ellos el pintor Francisco Laso.

Esta generación, la que Ricardo Palma definió como la “primera bohemia peruana”, consolidó su presencia pública en 1848, año en que Corpancho, Márquez y Ulloa editaron la revista literaria El Semanario de Lima. De hecho, su ubicación como grupo dirigente se iría poniendo gradualmente en evidencia. El Estado peruano, a partir del gobierno de Castilla, los fue incorporando en un evidente intento por formar una nueva elite política. Pero como anota Natalia Majluf: La generación de 1848 no llegó a constituirse en un partido ni a definirse bajo un único programa político. Aunque la mayoría adoptó una postura liberal, sus posiciones alternaron entre el radicalismo socialista y el liberalismo conservador. Tampoco mantuvieron una causa política homogénea e incluso se encontraron luchando en campos opuestos durante el ciclo revolucionario de la década de 1850. Pero coincidieron en criticar el caos generalizado de la temprana república, el peso del militarismo en la política y las costumbres coloniales que aún persistían en la sociedad peruana.

En este sentido, muchos de los que rodearon a Castilla propusieron reformas inspiradas en el liberalismo europeo: libre mercado de tierras, abolición de las corporaciones, fin de cualquier forma de proteccionismo económico y desplazamiento de la Iglesia de ámbitos como el de la educación pública. Algunos de estos planteamientos quedaron sancionados en el Código Civil de 1852, promulgado por Castilla. Fue la generación que hizo, ahora sí en serio, la transición del Perú al libre comercio como piedra angular del Estado y la economía. No hay que olvidar que este tránsito coincidió con la expansión del comercio y la caída de las barreras arancelarias en toda América Latina y en los mercados noratlánticos. Sin embargo, esta apuesta por el libre comercio dejaba marginados a los artesanos locales. La llegada masiva de artículos importados los afectaba directamente y sus demandas casi no fueron atendidas.

El país, como vemos, despertaba de su letargo. La elite se recomponía bajo la tutela de Castilla. Ahora, unos podían multiplicar sus ganancias; otros, reconstruir las fortunas familiares perdidas. La elite podía exigir respeto, debatir en serio el futuro del país y adquirir los hábitos de consumo europeos. Incluso aquella moda, tercamente arraigada, de las tapadas limeñas fue desapareciendo ante la fascinación por los trajes llegados del Viejo Mundo. Con las dudas y sospechas de los artesanos, una mentalidad más bien práctica, utilitaria, “revolucionaria” para la época, echaba raíces en Lima al amparo de las últimas corrientes del pensamiento europeo. La elite era más permeable a los extranjeros que llegaban. El Perú veía nacer, por último, algo parecido a un estado nacional. Había un Congreso, ministerios, códigos y presupuestos que, mal que bien, funcionaban. En 1853, por ejemplo, el presupuesto de la nación alcanzaba los 10 millones de dólares. Este fue el ambiente que no llegó a ver El Directorio de Vivanco. Fue el escenario en el que germinó y se consolidó el castillimo.

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