THE DOVES’S DEATH

junio 17, 2013

Once upon a time was a pair of middle aged doves, male and female, that met without imagining for a moment that they were going to know each other.

These human birds exchange their funny and stabbing lives.  Why not?  Yes, the Happy Prince by Oscar Wilde had a true friend, the swallow that gave its life for him.  They began to recognize themselves, achieving a beautiful and deep friendship, caring always of one another. 

With time and without realizing it they called that friendship mystery and grace, they decided to fly together far away, until they arrived to heaven.  They lived in that paradise without looking back.

Past the dream in an inscrutable burst of conscience, they realized that they had to fix the issues they had on earth, in order to enter into heaven eternally, which paradoxically was a universe with no heaven.

They decided to separate to start their trips again as exiles, guided only by their dreams.  As the poet says: “sometimes dreams become incarnated in our lives”

They never renounced their friendship, until their departure, headed into the unknown, towards the poetic death: the most real of the deaths

Manuel Piqueras, "The Dove´s Death", in Paradoxes of Solitude. Lima: 2012. 

Remembraza de Javier: la vida es un viaje

junio 07, 2013

La vida es un viaje, te aproximas a buen puerto, vez tierra en lontananza. Un gran cariño, amigo de toda una vida compartida, desde muy jóvenes. Estoy en relación con Enzo, amigo común, que se que tanto quieres, poeta maldito, viviendo en las entrañas indígenas de San Cristóbal de Las Casas, en Chiapas, que buenos momentos pasamos con él, entre el humor y la poesía. Tu dolor es mi dolor, tu alegría es mi alegría.

https://www.facebook.com/permalink.php?story_fbid=541772752524095&id=176821089019265

No matarás: la destrucción de las Indias

junio 04, 2013

"Antes de la llegada de los españoles, en las Indias sólo en la América española la población indígena alcanzaba alrededor de 50 millones de habitantes, según las proyecciones modernas más serias, descontando las estimaciones extremas e interesadas. En los territorios del Perú, la población indígena alcanzaba cerca de 10 millones de habitantes, en esas mismas proyecciones. Después de la llegada de los españoles, se estima que en la América española la mortandad fue de entre 20 y 25 millones de indígenas. En los territorios del Perú, se calcula unamortandad de 9 millones de indígenas. La caída demográfica catastrófica se atribuye a cuatro causas fundamentales: “la desnutrición y el cambio de régimen alimentario, la presencia de enfermedades (viruela,sarampión, gripe, tifus y otros) que no encontraban inmunizada a la población indígena, las guerras deconquista y el trabajo forzado. Pero es claro que no son factores que actúan en forma paralela, se combinan haciendoque cada uno de ellos acreciente su poder destructor. Hay, además, otras razones: suicidios, separación forzada de hombres y mujeres, ‘desgano vital’ [...]”. La conquista (ingressus) y el régimen de la encomienda (progressus) fundaron una violencia estructural desmesuradahambruna y enfermedad y conductas violentas extensivas e intensivas como la guerra y el genocidio, el homicidio y el suicidio.".

Manuel Piqueras, Hablar de Dios desde la Indias y las Américas. Lima: 2010.

 http://blog.pucp.edu.pe/media/avatar/392.pdf


A las mamás de verdad, por Patricia del Río

mayo 10, 2013

Desde la libertad de estas páginas, publico este bello artículo de Patricia del Río, es una manera de rendir homenaje a mi madre, que creo sintió por mi, su hijo mayor y por mis hermamos y hermanas este gran amor paradojal. !Feliz día a las madres de verdad!   

 

"Cada vez que prendo la tele, pienso que si nuestra vida fuera como la publicidad nos muestra, las madres seríamos una magnífica combinación de valientes heroínas, grandes lavanderas, eficientes ejecutivas, comprensivas psicólogas, regias modelos de pasarela y por supuesto mejores mamás que la señora Caroline Ingalls… Y está bien. La publicidad vende fantasías, aspiraciones, sueños.

Pero la realidad, digamos, es bastante más cruda. Pocas veces nuestro día a día se asemeja a la de las mamás de los comerciales. Para serles franca ser madre es un constante reto, que se parece a una carrera de obstáculos. Es una lucha entre este modelo ideal de mami perfecta y abnegada, siempre linda y eficiente de la pantalla, que se estrella contra la verdad de nuestras vidas que están más cerca al caos.

Ser mamá es una experiencia inexplicable, valiosa, y en mi caso la más maravillosa que haya tenido en mi vida. Pero, es fuente de frustraciones cuando tengo que elegir entre dedicarle tiempo a mi trabajo o a mi hijo.

Ser mamá me ha permitido tener muchas convicciones, pero es también motivo de la peor culpa, cuando en medio de un viaje, de pronto, caigo en cuenta que no pensé en Adriano hasta que cayó la noche.

Ser mamá me ha devuelto una risa a carcajadas que había olvidado, pero es frecuente causa de angustia, cuando no puedo dormir, porque creo que me excedí en regañarlo cuando me contestó mal.

Ser mamá me ha vuelto más fuerte, pero me hace más insegura cada vez que me pregunto si lo estoy haciendo bien, cada vez que no soporto la bulla de mi hijo, cada vez que estoy agotada y no tengo ganas de jugar y me obligo a hacerlo sin mucho entusiasmo.

Ser mamá me hace sentir invencible, pero ha sido el origen del peor miedo cuando mi hijo se enferma, de la peor cólera cuando otro niño lo maltrata, de la más absoluta impotencia cuando llora porque algo no sale como él quiere.

Ser mamá ha cambiado mi cerebro de tal forma que no existe decisión que tome en mi vida que no considere a mi hijo, pero también me hace sentir profundamente egoísta cuando me tomo una tarde libre o me encierro a leer un libro en mi cuarto.

Hace muchos años, cuando yo aún no tenía a Adriano, visité a una gran amiga que acababa de dar a luz y estaba con cara de susto. “No sé si he cometido un error”, me dijo. “Esto es agotador. Pero ya no puedo hacer nada, porque este error no desaparece… crece”. Me conmovió su sinceridad, su vulnerabilidad, su miedo. Hoy mi amiga es madre de dos lindos niños, que no son un error sino su mejor acierto. Y ella lo sabe, y es feliz. Aunque, como todas, a veces se harta.

Por eso, sería magnífico que este domingo de una vez por todas nos olvidáramos un rato de las mamás de los encartes y los comerciales, y celebráramos a la mamá imperfecta, a la que se esfuerza, a la que se aburre, a la que no se depila. A esa que pierde la paciencia, a la que odia los Backyardigans, a la que grita en la mañana, a la que nunca llega a tiempo. A la mamá que se le escapan lisuras en el tráfico o a la que acaba de decirle a su hijo que la deje en paz un rato, que tiene que terminar urgente una columna para el periódico. A las mamás de verdad, feliz día.".

El Comercio. pe. Columna de Patricia del Río Labarthe. Jueves 9 de mayo del 2013.

 

El humanismo político de Javier Diez Canseco

mayo 05, 2013

Felices los que lloran, porque ellos serán consolados, Mateo: 5-4.

Hasta que le dieron las fuerzas, pude comunicarme con Javier, me pareció maravillosa no solo la manera en que daba cara a su enfermedad, sino su bella prosa, en su fondo y en su forma. Entrego este mensaje, que es una conversación entre amigos de toda la vida. Cariños entrañables amigo y hermano, partiste hacia la libertad para amar, rumbo a lo desconocido.     

"Estimado Fernando:

Por medio de Manuel Piqueras, que aparece siempre en mi vida en los momentos más inesperados, me entero que Enzo, queridísimo amigo, sigue en México, cerca a los sectores con los que trabajó y a quienes sirvió siempre de todo corazón. Son tantos los que quisiéramos tenerlo cerca, recibir su abrazo y su voz serena.

El pase de tantos años sin noticias, los esfuerzos frustrados de Manuel y míos por ubicarlo en San Cristóbal de las Casas, y esta casi milagrosa reaparición en estas circunstancias, difíciles para mi, me han conmovido mucho. No se cómo leer esta señal ahora que me preparo para comenzar mi tratamiento de un cáncer complicado y difícil que quiero enfrentar con decisión y serenidad.

Siento que es una señal de vida, como un llamado a comprometer una visita futura a San Cristóbal para visitar a Enzo en casa y retomar, como si fuera ayer, las conversaciones y las expresiones de afecto que se interrumpieron por encima de nuestras voluntades.

Me alegro tanto de saber que esta allí, donde pertenece y quiere estar, con los que son verdaderamente suyos. ¡Me emociona tanto saber que sigue siendo actor y testigo de las luchas de los que buscan su liberación!

Transmitale mi abrazo más fuerte y cálido, mi cariño más íntimo y la fuerza de vida que su mensaje me ha traído.

Encararé la lucha más decisiva de mi vida, lo haré con ganas de vivir y de seguir batallando, con ganas de verlo más adelante y de confundirnos en un abrazo fraterno de hermanos que se reencuentran.

Gracias a Manuel y a Ud. Fernando por haberme dado esta alegría, esta emoción tan honda e inesperada, de traerme el aliento de un hermano que nunca estuvo ausente, sino apenas distante.

Gracias, Javier Diez Canseco".

Amadeus andino y universal: Cristo azotado de América

abril 21, 2013

"Hoy sufro solamente".
César Vallejo, “Voy a hablar de la esperanza”.

Amadeus andino y universal, paloma y serpiente.

Amadeus andino y universal, caminamos rumbo a lo desconocido: el dolor y la muerte.

Amadeus andino y universal. ¿Quién nos da la mano? Nadie, solo la niña de ancianos pasos.

Amadeus andino y universal, estamos ante la remembranza y el despertar a la pasión y muerte de la humanidad.

Amadeus andino y universal, revivimos. El Evangelio según san Mateo, de Pier Paolo Pasolini: sol y luna, en un mismo instante, iluminándonos, quebrando las leyes del universo.

Amadeus andino y universal, enlazas el réquiem de los pobres, el viaje, el exilio y la búsqueda, el dolor y la muerte, la alegría y la vida.

Amadeus andino y universal, paradoja de la condición humana, resurrección: vida, libertad y luz contra la muerte, opresión y oscuridad.

Amadeus andino y universal: "Cristo azotado de América".

Manuel Piqueras, V. Tierra Wanka: piedra sagrada,  en Las Paradojas de la soledad. Lima: 2012. Biblioteca virtual Amazon.

 

Javier Diez Canseco: el sufrimiento humano en su hondura y en su belleza

abril 06, 2013

¿Qué es lo que está causando el sufrimiento? Es una pregunta honda y bella,  aunque trágica. ¿La enfermedad y la muerte? ¿La pobreza como la forma más mortal de la violencia, en la lúcida expresión del Mahatma Gandhi? ¿Los Pilatos y Herodes modernos en la globalización, con sus matanzas lentas o rápidas de inocentes y su cinismo?

¡No lo sé! Tema sobre el cual hemos tenido lecturas, cine-fórum y conversaciones maravillosas con Javier, especialmente en nuestra adolescencia y juventud. Nos movíamos entre la rebelión y la humanidad, más cerca de James Dean y El hombre rebelde de Albert Camus que de la política marxista. Formábamos parte de la generación del pájaro de fuego, era la edad de los extremos. Nunca matamos a nadie, nunca robamos a nadie, en estos asuntos de fondo somos inocentes.

En aquellos tiempos se nos cruzó en el camino un italiano que trabajaba de basurero en La Parada, era originario de la clase alta de Italia, había tenido un Maserati en su juventud, había estado en la Segunda Guerra Mundial, pero según nos contaba sólo había disparado al aire, no había matado a nadie. Era un Hermanito de Jesús (de los de Charles de Foucauld), poeta maldito, con un sentido del humor notable. Nos hicimos con Javier íntimos de Enzo, quien nos acompañó hasta que nos casamos y tuvimos a nuestros hijos pequeños. Lo acabamos de reencontrar a raíz de la enfermedad de Javier, viviendo en el corazón del pueblo indígena  guatemalteco, al que ha acompañado desde la guerra interna en Guatemala y Honduras hace más de dos décadas, en San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, en el sur de México.       

Andaba por allí Enrique, un vagabundo que erraba por los caminos del mundo, aristócrata y francés de origen, venía de la Gran Guerra como todos estos amigos, era también un Hermanito de Jesús, realmente humano y divertido, nos visitaba cada vez que retornaba de sus viajes al fin del mundo. En otra onda estábamos con otro gran amigo y profesor universitario de la Universidad Católica, Gustavo Gutiérrez, amante de la literatura, del cine y de la poesía. Una especie de círculo de poetas vivos, maestros de la vida y de la muerte, nos acompañaban en nuestra rebelión y  humanidad. Años juveniles primigenios e inolvidables.

 http://www.youtube.com/watch?v=qT9UUb7w5sM

 

 

Tierra Wanka: piedra sagrada

abril 01, 2013

Tierra Wanka: piedra sagrada (un significado en lengua quechua de la palabra Wanka Willca).

Amadeus andino y universal, eres Wanka, tienes un corazón de carne y no un corazón de piedra.

Amadeus andino y universal, el rostro del prójimo en la desmesura del amor te vuelca a "Morir por otro".

Amadeus andino y universal. ¿Por qué tu violencia y el sacarle la vuelta a quién se pone en tu camino de fenicio pobre?

Amadeus andino y universal, paradoja de piedra y corazón sagrados.

Manuel Piqueras, VI. Tierra Wanka: piedra sagrada, en Las Paradojas de la Soledad. Bibioteca virtual Amazon. Lima: 2012. 

 

Luis Buñuel: 'Soy ateo, gracias a Dios'

marzo 23, 2013
Luis Buñuel: “Soy ateo, gracias a Dios”. Meditaciones en la celebración de la Semana Santa.

Hablar sobre la religión en Luis Buñuel (1900-1983) es tratar una de las grandes intuiciones poéticas del genial cineasta que pasó su vida entre España, México, Estados Unidos y Francia. Este rebelde inconformista no desafió tanto a Dios como a la religión organizada. Su vigencia en la actualidad, es un haz de luz.

Buñuel se definió en ocasiones, como cultural y nostálgicamente cristiano; otras como ateo, gracias a Dios. Todo en él es profundamente paradojal: local y universal, amoral y puritano, realista y surrealista, artístico y comercial, político y apolítico, imposible de clasificar en su originalísima creatividad.

Seguí desde muy joven sus geniales películas, acudo a mirarlas una y otra vez. Me sorprendió mucho cuando falleció y pude leer por fin, Luis Buñuel, Mi último suspiro. Memorias, Plaza & Janés. Barcelona: 1982, publicado meses antes de su partida, un escrito de cabecera que me acompaña intelectual y vitalmente, por siempre.

El Gran Inquisidor, por Feodor Dostoievski

marzo 20, 2013

La leyenda del gran inquisidor, fragmento poético de la genial novela, Los hermanos Karamazov, escrita  por Feodor Dostoievski (1821-1881), nos coloca de cara a  una oposición que es el principio y fundamento de una espiritualidad que nos hace libres para amar, entre Jesús y el Gran Inquisidor. El relato es de una actualidad absoluta, desde el punto de vista humano, cristiano y eclesial.

En la noche oscura que nos guía más que la luz del mediodía, vino a la vida de la memoria, este textum de cabecera, que muchos grandes teólogos hubieran querido escribir, más no pudieron hacerlo con el genio de un gran artista. Lo escribe cargado de alma, uno de los grandes pensadores poéticos del Siglo XIX, Dostoievsky.

Nos acompañará en esta Semana Santa del 2013, entre la soledad y la comunión que nos interrumpe por la presencia de la vida que vence a la muerte, de la libertad que vence a la esclavitud, de la luz que vence a la oscuridad.

 

“Han pasado ya quince siglos desde que Cristo dijo: "No tardaré en volver. El  día y la hora, nadie, ni el propio Hijo, las sabe". Tales fueron sus palabras al desparecer, y la Humanidad le espera siempre con la misma fe, o acaso con fe más ardiente aún que hace quince siglos. Pero el Diablo no duerme; la duda comienza a corromper a la Humanidad, a deslizarse en la tradición de los milagros. En el Norte de Germania ha nacido una herejía terrible, que, precisamente, niega los milagros. Los fieles, sin embargo, creen con más fe en ellos. Se espera a Cristo, se quiere sufrir  y morir como Él... Y he aquí que la Humanidad ha rogado tanto por espacio de tantos siglos, ha gritado tanto "¡Señor, dignáos, aparecérosnos!", que Él ha querido, en su misericordia inagotable, bajar a la tierra. Y he aquí que ha querido mostrarse, al menos un instante, a la multitud desgraciada, al pueblo sumido en el pecado, pero que le ama con amor de niño.

El lugar de la acción es Sevilla; la época, la de la Inquisición, la de los cotidianos soberbios autos de fe, de terribles heresiarcas, ad majorem Dei gloriam. No se trata de la venida prometida para la consumación de los siglos, de la aparición súbita de Cristo en todo el brillo de su gloria y su divinidad, "como un relámpago que brilla del Ocaso al Oriente". No, hoy sólo ha querido hacerles a sus hijos una visita, y ha escogido el lugar y la hora en que llamean las hogueras. Ha vuelto a tomar la forma humana que revistió, hace quince siglos, por espacio de treinta años. Aparece entre las cenizas de las hogueras, donde la víspera, el cardenal gran inquisidor, en presencia del rey, los magnates, los caballeros, los altos dignatarios de la Iglesia, las más encantadoras damas de la corte, el pueblo en masa, quemó a cien herejes. Cristo avanza hacia la multitud, callado, modesto, sin tratar de llamar la atención, pero todos le reconocen. El pueblo, impelido por un irresistible impulso, se agolpa a su paso y le sigue. Él, lento, una sonrisa de piedad en los labios, continúa avanzando. El amor abrasa su alma; de sus ojos fluyen la Luz, la Ciencia, la Fuerza, en rayos ardientes, que inflaman de amor a los hombres. Él les tiende los brazos, les bendice. De Él, de sus ropas, emana una virtud curativa.

 Un viejo, ciego de nacimiento, sale a su encuentro y grita: "¡Señor, cúrame para que pueda verte!" Una escama se desprende de sus ojos, y ve. El pueblo derrama lágrimas de alegría y besa la tierra que Él pisa. Los niños tiran flores a sus pies y cantan Hosanna, y el pueblo exclama: "¡Es Él! ¡Tiene que se r Él! ¡No puede ser otro que Él!" Cristo se detiene en el atrio de la catedral. Se oyen lamentos; unos jóvenes llevan en hombros a un pequeño ataúd blanco, abierto, en el que reposa, sobre flores, el cuerpo de una niña de diecisiete años, hija de un personaje de la ciudad.–¡Él resucitará a tu hija! –le grita el pueblo a la desconsolada madre. El sacerdote que ha salido a recibir el ataúd mira, con asombro, al desconocido y frunce el ceño. Pero la madre profiere: –¡Si eres Tú, resucita a mi hija! Y se posterna ante Él. Se detiene el cortejo, los jóvenes dejan el ataúd sobre las losas. Él lo contempla, compasivo, y de nuevo pronuncia el Talipha kumi (Levántate, muchacha). La muerta se incorpora, abre los ojos, se sonríe, mira sorprendida en torno suyo, sin soltar el ramo de rosas blancas que su madre había colocado entre sus manos. El pueblo, lleno de estupor, clama, llora.

En el mismo momento en que se detiene el cortejo, aparece en la plaza el cardenal gran inquisidor. Es un viejo de noventa años, alto, erguido, de una ascética delgadez. En sus ojos hundidos fulgura una llama que los años no han apagado. Ahora no luce los aparatosos ropajes de la víspera; el magnífico traje con que asistió a la cremación de los enemigos de la Iglesia ha sido reemplazado por un tosco hábito de fraile. Sus siniestros colaboradores y los esbirros del Santo Oficio le siguen a respetuosa distancia. El cortejo fúnebre detenido, la muchedumbre agolpada ante la catedral le inquietan, y espía desde lejos. Lo ve todo: el ataúd a los pies del desconocido, la resurrección de la muerta... Sus espesas cejas blancas se fruncen, se aviva, fatídico, el brillo de sus ojos. –¡Prendedle!– les ordena a sus esbirros, señalando a Cristo. Y es tal su poder, tal la medrosa sumisión del pueblo ante él, que la multitud se aparta, al punto, silenciosa, y los esbirros prenden a Cristo y se lo llevan. Como un solo hombre, el pueblo se inclina al paso del anciano y recibe su bendición. Los esbirros conducen al preso a la cárcel del Santo Oficio y le encierran en una angosta y oscura celda.

Muere el día, y una noche de luna una noche española, cálida y olorosa a limoneros y laureles, le sucede. De pronto, en las tinieblas se abre la férrea puerta del calabozo y penetra el gran inquisidor en persona solo  alumbrándose con una linterna. La puerta se cierra tras él. El anciano se detiene a pocos pasos de umbral y, sin hablar palabra, contempla, durante cerca de dos minutos, al preso. Luego, avanza lenta mente, deja la linterna sobre la mesa y pregunta: –¿Eres Tú, en efecto? Pero, sin esperar la respuesta prosigue –No hables, calla. ¿Qué podías decirme? Demasiado lo sé. No tienes derecho a añadir ni una sola palabra a lo que ya dijiste. ¿Porqué has venido a molestarnos?... Bien sabes que tu venida es inoportuna. Mas yo te aseguro que mañana mismo... No quiero saber si eres Él o sólo su apariencia; sea quien seas, mañana te condenaré; perecerás en la hoguera como el peor de los herejes. Verás cómo ese mismo pueblo que esta tarde te besaba los pies, se apresura, a una señal mía, a echar leña al fuego.

Quizá nada de esto te sorprenda...Y el anciano, mudo y pensativo sigue mirando al preso, acechando la expresión de su rostro, serena y suave. –El Espíritu terrible e inteligente – añade, tras una larga pausa –, el Espíritu de la negación y de la nada, te habló en el desierto, y la Escrituras atestiguan que te "tentó". No puede concebirse nada más profundo que lo que se te dijo en aquellas tres preguntas o, para emplear el lenguaje de la Escritura, en aquellas tres "tentaciones". ¡Si ha habido algún milagro auténtico, evidente, ha sido el de las tres tentaciones! ¡El hecho de que tales preguntas hayan podido brotar de unos labios, es ya, por sí solo, un milagro! Supongamos que hubieran sido borradas del libro, que hubiera que inventarlas, que forjárselas de nuevo. Supongamos que, con ese objeto, se reuniesen todos los sabios de la tierra, los hombres de Estado, los príncipes de la Iglesia, los filósofos, los poetas, y que se les dijese: "Inventad tres preguntas que no sólo correspondan a la grandeza del momento, sino que contengan, en su triple interrogación, toda la historia de la Humanidad futura", ¿crees que esa asamblea de todas las grandes inteligencias terrestres podría forjarse algo tan alto, tan formidable como las tres preguntas del inteligente y poderoso Espíritu? Esas tres preguntas, por sí solas, demuestran que quien te habló aquel día no era un espíritu humano, contingente, sino el Espíritu Eterno, Absoluto. Toda la historia ulterior de la Humanidad está predicha y condensada en ellas; son las tres formas en que se concretan todas las contradicciones de la historia de nuestra especie. Esto, entonces, aún no era evidente, el porvenir era aún desconocido; pero han pasado quince siglos y vemos que todo estaba previsto en la Triple Interrogación, que es nuestra historia.¿Quién tenía razón, di? ¿Tú o quien te interrogó?... Si no el texto, el sentido de la primera pregunta es el siguiente: "Quieres presentarte al mundo con las manos vacías, anunciándoles a los hombres una libertad que su tontería y su maldad naturales no lo permiten comprender, una liberad espantosa, ¡pues para el hombre y para la sociedad no ha habido nunca nada tan espantoso como la libertad!, cuando, si convirtieses en panes todas esas piedras peladas esparcidas ante tu vista, verías a la Humanidad correr, en pos de ti, como un rebaño, agradecida, su misa, temerosa tan sólo de que tu mano depusiera su ademán taumatúrgico y los panes se tornasen piedras."

Pero tú no quisiste privar al hombre de su libertad y repeliste la tentación; te horrorizaba la idea de comprar con panes la obediencia de la Humanidad, y contestaste que "no solo de pan vive el hombre", sin saber que el espíritu de la tierra, reclamando el pan de la tierra, había de alzarse contra ti, combatirte y vencerte, y que todos le seguirían, gritando: "¡Nos ha dado el fuego del cielo!" Pasarán siglos y la Humanidad proclamará, por boca de sus sabios, que no hay crímenes y, por consiguiente, no hay pecado; que solo hay hambrientos. "Dales pan si quieres que sean virtuosos." Esa será la divisa de los que se alzarán contra ti, el lema que inscribirán en su bandera; y tu templo será derribado y, en su lugar, se erigirá una nueva Torre de Babel, no más firme que la primera, el esfuerzo de cuya erección y mil años de sufrimientos podías haberles ahorrado a los hombres. Pues volverán a nosotros, al cabo de mil años de trabajo y dolor, y nos buscarán en los subterráneos, en las catacumbas donde estaremos escondidos – huyendo aún de la persecución, del martirio –, para gritarnos: "¡Pan! ¡Los que nos habían prometido el fuego del cielo no nos lo han dado!" Y nosotros acabaremos su Babel, dándoles pan, lo único de que tendrán necesidad. Y se lo daremos en tu nombre. Sabemos mentir. Sin nosotros, se morirían de hambre. Su ciencia no les mantendría.

Mientras gocen de libertad les faltará el pan; pero acabarán por poner su libertad a nuestros pies, clamando: "¡ Cadenas y pan!" Comprenderán que la libertad no es compatible con una justa repartición del pan terrestre entre todos los hombres, dado que nunca – ¡nunca! – sabrán repartírselo. Se convencerán también de que son indignos de la libertad; débiles, viciosos, necios, indómitos.Tú les prometiste el pan del cielo. ¿Crees que puede ofrecerse ese pan, en vez del de la tierra, siendo la raza humana lo vil, lo incorregiblemente vil que es?

Con tu pan del cielo podrás atraer y seducir a miles de almas, a docenas de miles, pero ¿y los millones y las decenas de millones no bastante fuertes para preferir el pan del cielo al pan de la tierra? ¿Acaso eres tan sólo el Dios de los grandes? Los demás, esos granos de arena del mar; los demás, que son débiles, pero que te man, ¿no son a tus ojos sino viles instrumentos en manos de los grandes?... Nosotros amamos a esos pobres seres, que acabarán, a pesar de su condición viciosa y rebelde, por dejarse dominar. Nos admirarán, seremos sus dioses, una vez sobre nuestros hombros la carga de su libertad, una vez que hayamos aceptado el cetro que – ¡tanto será el miedo que la libertad acabará por inspirar les! – nos ofrecerán. Y reinaremos en tu nombre, sin dejarte acercar a nosotros. Esta impostura, esta necesaria mentira, constituirá nuestra cruz. Como ves, la primera de la tres preguntas encerraba el secreto del mundo. ¡Y tú la desdeñaste! Ponías la libertad por encima de todo, cuando, si hubieras consentido en tornar panes las piedras del desierto, hubieras satisfecho el eterno y unánime deseo de la Humanidad; le hubieras dado un amo.

El más vivo afán del hombre libre es encontrar un ser ante quien inclinarse. Pero quiere inclinarse ante una fuerza incontestable, que pueda reunir a todos los hombres en una comunión de respeto; quiere que el objeto de su culto lo sea de un culto universal; quiere una religión común. Y esa necesidad de la comunidad en la adoración es, desde el principio de los siglos, el mayor tormento individual y colectivo del género humano. Por realizar esa quimera, los hombres se exterminan. Cada pueblo se ha creado un dios y le ha dicho a su vecino: "¡Adora a mi dios o te mato!" Y así ocurrirá hasta el fin del mundo; los dioses podrán desaparecer de la tierra, mas la Humanidad hará de nuevo por los ídolos lo que ha hecho por los dioses. Tú no ignorabas ese secreto fundamental de la naturaleza humana y, no obstante, rechazaste la única bandera que te hubiera asegurado la sumisión de todos los hombres: la bandera del pan terrestre; la rechazaste en nombre del pan celestial y de la libertad, y en nombre de la libertad seguiste obrando hasta tu muerte. No hay, te repito, un afán más vivo en el hombre que encontrar en quien delegar la libertad de que nace dotada tan miserable criatura. Sin embargo, para obtener la ofrenda de la libertad de los hombres, hay que darles la paz de la conciencia. El hombre se hubiera inclinado ante ti si le hubieras dado pan, porque el pan es una cosa incontestable; pero si, al mismo tiempo, otro se hubiera adueñado de la conciencia humana, el hombre hubiera dejado tu pan para seguirle. En eso, tenías razón; el secreto de la existencia humana consiste en la razón, en el motivo de la vida. Si el hombre no acierta a explicarse por qué debe vivir preferirá morir a continuar esta existencia sin objeto conocido, aunque disponga de una inmensa provisión de pan.Pero ¿de qué te sirvió el conocer esa verdad? En vez de coartar la libertad humana, le quitaste diques, olvidando, sin duda, que a la libertad de elegir entre el bien y el mal el hombre prefiere la paz, aunque sea la de la muerte. Nada tan caro para el hombre como el libre albedrío, y nada, también, que le haga sufrir tanto. Y, en vez de formar tu doctrina de principios sólidos que pudieran pacificar definitivamente la conciencia humana, la formaste de cuanto hay de extraordinario, vago, conjetural, de cuanto traspas a los límites de las fuerzas del hombre, a quien, tú que diste la vida por él!, diríase que no amabas. Al quitarle diques a su libertad, introdujiste en el alma humana nuevos elementos de dolor.

Querías ser amado con un libre amor, libremente seguido. Abolida la dura ley antigua, el hombre debía, sin trabas, sin más guía que tu ejemplo, elegir entre el bien y el mal. ¿,No se te alcanzaba que acabarías por desacatar incluso tu ejemplo y tu verdad, abrumado bajo la terrible carga de la libre elección, y que gritaría: "Si Él hubiera poseído la verdad, no hubiera dejado a sus hijos sumidos en una perplejidad tan horrible, envueltos en tales tinieblas?" Tú mismo preparaste tu ruina: no culpes a nadie. Si hubieras escuchado lo que se te proponía... Hay sobre la tierra tres únicas fuerzas capaces de someter para siempre la conciencia de esos seres débiles e indómitos – haciéndoles felices –  el milagro, el misterio y la autoridad. Y tú no quisiste valerte de ninguna. El Espíritu terrible te llevó a la almena del templo y te dijo: "¿Quieres saber si eres el Hijo de Dios? Déjate caer abajo, por que escrito está que los ángeles tomarte han en las manos." Tú rechazaste la proposición, no te dejaste caer. Demostraste con ello el sublime orgullo de un dios; ¡pero los hombres, esos seres débiles, impotentes, no son dioses! Sabías que, sólo con intentar precipitarte, hubieras perdido la fe en tu Padre, y el gran Tentador hubiera visto, regocijadísimo, estrellarse tu cuerpo en la tierra que habías venido a salvar. Mas, dime, ¿hay muchos seres semejantes a ti? ¿Pudiste pensar un solo instante que los hombres serían capaces de comprender tu resistencia a aquella tentación? La naturaleza humana no es bastante fuerte para  prescindir del milagro y contentarse con la libre elección del corazón, en esos instantes terribles en que las preguntas vitales exigen una respuesta. Sabías que tu heroico silencio sería perpetuado en los libros y resonaría en lo más remoto de los tiempos, en los más apartados rincones del mundo. Y esperabas que el hombre te imitaría y prescindiría de los milagros, como un dios, siendo así que, en su necesidad de milagros, los inventa y se inclina ante los prodigios de los magos y los encantamientos de los hechiceros, aunque sea hereje o ateo.

Cuando te dijeron, por mofa: "¡Baja de la cruz y creeremos en ti!", no bajaste.Entonces, tampoco quisiste someter al hombre con el milagro, porque lo que deseaba de él era una creencia libre, no violentada por el prestigio de lo maravilloso; un amor espontáneo, no los transportes serviles de un esclavo aterrorizado. En esta ocasión, como en todas, obraste inspirándote en una idea del hombre demasiado elevada: ¡es esclavo, aunque haya sido creado rebelde! Han pasado quince siglos: ve y juzga.¿A quién has elevado hasta ti? El hombre, créeme, es más débil y más vil de lo que tú pensabas. ¿Puede, acaso, hacer lo que tú hiciste? Le estimas demasiado y sientes por él demasiado poca piedad; le has exigido demasiado, tú que le amas más que a ti mismo. Debías estimarle menos y exigirle menos. Es débil y cobarde. El que hoy se subleve en todas partes contra nuestra autoridad y se enorgullezca de ello, no significa nada. Sus bravatas son hijas de una vanidad de escolar. Los hombres son siempre unos chiquillos: se sublevan contra el profesor y le echan del aula; pero la revuelta tendrá un término y les costará cara a los revoltosos. No importa que derriben templos y ensangrienten la tierra: tarde o temprano, comprenderán la inutilidad de una rebelión que no son capaces de sostener.

Verterán estúpidas lágrimas; pero, al cabo, comprenderán que el que les ha creado rebeldes les ha hecho objeto de una burla y lo gritarán, desesperados. Y esta blasfemia acrecerá su miseria, pues la naturaleza humana, demasiado mezquina para soportar la blasfemia, se encarga ella misma de castigarla.La inquietud, la duda, la desgracia: he aquíel lote de los hombres por quienes diste tu sangre. Tu profeta dice que, en su visión simbólica, vio a todos los partícipes de la primera resurrección y que eran doce mil por cada generación.Su número no es corto, si se considera que supone una naturaleza más que humana el llevar tu cruz, el vivir largos años en el desierto, alimentándose de raíces y langostas; y puedes, en verdad, enorgullecerte de esos hijos de la libertad, del libre amor, estar satisfechos del voluntario y magnífico sacrificio de sí mismos, hecho en tu nombre. Pero no olvides que se trata solo de algunos miles y, más que de hombres, de dioses. ¿Y el resto de la Humanidad? Qué culpa tienen los demás, los débiles humanos, de no poseer la fuerza sobrenatural de los fuertes? ¿Qué culpa tiene el alma feble de no poder soportar el peso de algunos dones terribles? ¿Acaso viniste tan sólo por los elegidos? Si es así, lo importante no es la libertad ni el amor, sino el misterio, el impenetrable misterio. Y nosotros tenemos derecho a predicarles a los hombres que deben someterse a él sin razonar, aun contra los dictados de su conciencia. Y eso es lo que hemos hecho. Hemos corregido tu obra; la hemos basado en el "milagro", el "misterio" y la "autoridad". Y los hombres se han congratulado de verse de nuevo conducidos como un rebaño y libres, por fin,  del don funesto que tantos sufrimientos les ha causado.

Di, ¿hemos hecho bien? ¿Se nos puede acusar de no amar a la Humanidad? ¿No somos nosotros los únicos que tenemos conciencia de su flaqueza; nosotros que, en atención a su fragilidad, la hemos autorizado hasta para pecar, con tal que nos pida permiso? ¿Por qué callas? ¿Por qué te limitas a mirarme con tus dulces y penetrantes ojos? ¡No te amo y no quiero tu amor; prefiero tu cólera! ¿Y para qué ocultarte nada? Sé a quién le hablo. Conoces lo que voy a decirte, lo leo en tus ojos... Quizá quieras oír precisamente de mi boca nuestro secreto. Oye, pues: no estamos contigo, estamos con Él... ; nuestro secreto es ése. Hace mucho tiempo – ¡ocho siglos! – que no estamos contigo, sino con Él. Hace ocho siglos que recibimos de Él el don que tú, cuando te tentó por tercera vez mostrándote todos los reinos de la tierra, rechazaste indignado; nosotros aceptamos y, dueños de Roma y la espada de César, nos declaramos los amos del mundo. Sin embargo, nuestra conquista no ha acabado aún, está todavía en su etapa inicial, falta mucho para verla concluida; la tierra ha de sufrir aún durante mucho tiempo; pero nosotros conseguiremos nuestro objeto, seremos el César y, entonces, nos preocuparemos de la felicidad universal. Tú también pudiste haber tomado la espada de César; ¿por qué rechazaste tal don? Aceptándole, hubieras satisfecho todos los anhelos de los hombres sobre la tierra, les hubieras dado un amo, un depositario de su conciencia y, a la vez, un ser en torno a quien unirse, formando un inmenso hormiguero, ya que la necesidad de la unión universal es otro de los tres supremos tormentos de la Humanidad. La Humanidad siempre ha tendido a la unidad mundial. Cuanto más grandes y gloriosos, más sienten los pueblos ese anhelo. Los grandes conquistadores, los Tamerlan, los Gengis Kan que recorren la tierra como un huracán devastador, obedecen, de un modo inconsciente, a esa necesidad. Tomando la púrpura de César, hubieras fundado el imperio universal, que hubiera sido la paz del mundo. Pues, ¿quién debe reinar sobre los hombres sino el que es dueño de sus conciencias y tiene su pan en las manos?

Tomamos la espada de César y, al hacerlo, rompimos contigo y nos unimos a Él. Aún habrá siglos de libertinaje intelectual, de pedantería y de antropofagia – los hombres, luego de erigir, sin nosotros, su Torre de Babel, se entregarán a la antropofagia–; pero la bestia acabará por arrastrarse hasta nuestros pies, los lamerá y los regará con lágrimas de sangre. Y nosotros nos sentaremos sobre la bestia y levantaremos una copa en la que se leerá la palabra "Misterio". Y entonces sólo entonces, empezará para los hombres el reinado de la paz y de la dicha. Tú te de tus elegidos, pero son una mi noria: nosotros les daremos el re y la calma a todos. Y aun de esa minoría, aun de entre esos "fuertes" llamados a ser de los elegidos, ¡cuántos han acabado y acabarán por cansarse de esperar, cuán tos han empleado y emplearán contra ti las fuerzas de su espíritu y el ardor de su corazón en uso de la libertad de que te son deudores! Nosotros les daremos a todos la felicidad, concluiremos con las revueltas y matanzas originadas por la libertad. Les convenceremos de que no serán verdaderamente libres, sino cuando nos hayan confiado su libertad  .¿Mentiremos? ¡No! Y bien sabrán el los que no les engañamos, cansados de las dudas y de los terrores que la libertad lleva consigo.

La independencia, el libre pensamiento y la ciencia llegarán a sumirles en tales tinieblas, a espantarlos con tales prodigios, a causar los con tales exigencias, que los menos suaves y dóciles se suicidarán; otros, también indóciles, pero débiles y violentos, se asesinarán, y otros –los más–, rebaño de cobardes y de miserables, gritarán a nuestros pies: "¡Sí, tenéis razón! Sólo vosotros poseéis su secreto y volvemos a vosotros! ¡Salvadnos de nosotros mismos!" No se les ocultará que el pan –obtenido con su propio trabajo, sin milagro alguno– que reciben de nosotros se lo tomamos antes nosotros a ellos para repartírselo, y que no convertimos las piedras en panes. Pero, en verdad, más que el pan en sí, lo que les satisfará es que nosotros se lo demos. Pues verán que, si no convertimos las piedras en partes, tampoco los panes se convierten, vuelto el hombre a nosotros, en piedras.

¡Comprenderán, al cabo, el valor de la sumisión! Y mientras no lo comprendan, padecerán. ¿Quién, dime, quién ha puesto más de su parte para que dejen de padecer? ¿Quién ha dividido el rebaño y le ha dispersado por extraviados andurriales? Las ovejas se reunirán de nuevo, el rebaño volver á a la obediencia y ya nada le dividirá ni lo dispersará. Nosotros, entonces, les daremos a los hombres una felicidad en armonía con su débil naturaleza, una felicidad compuesta de pan y humildad. Sí, les predicaremos la humildad – no, como Tú, el orgullo. Les probaremos que son débiles niños, pero que la felicidad de los niños tiene particulares encantos. Se tornarán tímidos, no nos  perderán nunca de vista y se estrecharán contra nosotros como polluelos que buscan el abrigo del ala materna. Nos temerán y nos admirarán. Les enorgullecerá el pensar la energía y el genio que habremos necesitado para domar a tanto rebelde. Les asustará nuestra cólera, y sus ojos, como los de los niños y los de las mujeres, serán fuentes de lágrimas. ¡Pero con que facilidad, a un gesto nuestro, pasarán del llanto a la risa, a la suave alegría de los niños! Les obligaremos, ¿qué duda cabe?, a trabajar; pero los organizaremos, para sus horas de ocio, una vida semejante a los juegos de los niños, mezcla de canciones, coros inocentes y danzas.

Hasta les permitiremos pecar – ¡su naturaleza es tan flaca!–. Y, como les permitiremos pecar, nos amarán con un amor sencillo, infantil. Les diremos que todo pecado cometido con nuestro permiso será perdonado, y lo haremos por amor, pues, de sus pecados, el castigo será para nosotros y el placer para ellos. Y nos adorarán como a bienhechores. Nos lo dirán todo y, según su grado de obediencia, les permitiremos o les prohibiremos vivir con sus mujeres o sus amantes y les consentiremos o no les consentiremos tener hijos. Y nos obedecerán, muy contentos. Nos someterán los más penosos secretos de su conciencia, y nosotros decidiremos en todo y por todo; y ellos acatarán, alegres, nuestras sentencias, pues les ahorrarán el cruel trabajo de elegir y de determinarse libremente. Todos los millones de seres humanos se rán así, felices, salvo unos cien mil, salvo nosotros, los depositarios del secreto. Porque nosotros seremos desgraciados. Los felices se contarán por miles de millones, y habrá cien mil mártires del conocimiento, exclusivo y maldito, del bien y del mal. Morirán en paz. pronunciando tu nombre, y, más allá de la tumba, sólo verán la oscuridad de la muerte.

Sin embargo, nos lo callaremos; embaucaremos a los hombres, por su bien, con la promesa de una eterna recompensa en el cielo, a sabiendas de que, si hay otro mundo, no ha sido, de seguro, creado para ellos. Se vaticina que volverás, rodeado de tus elegidos, y que vencerás; tus héroes sólo podrán envanecerse de haberse salvado a sí mismos, mientras que nosotros habremos salvado al mundo entero. Se dice que la fornicadora, sentada sobre la bestia y con la "copa del misterio" en las manos, será afrentada y que los débiles se sublevarán por vez postrera, desgarrarán su púrpura y desnudarán su cuerpo impuro. Pero yo me levantaré entonces y te mostraré los miles de millones de seres felices que no han conocido el pecado. Y nosotros que, por su bien, habremos asumido el peso de sus culpas, nos alzaremos ante ti, diciendo: "¡Júzganos, si puedes y te atreves!" No te temo. Yo también he estado en el desierto; yo también me he alimentado de langostas y raíces; yo también he bendecido la libertad que les diste a los hombres y he soñado con ser del número de los fuertes. Pero he renunciado a ese sueño, he renunciado a tu locura para sumarme al grupo de los que corrigen tu obra. He dejado a los orgullosos para acudir en socorro de los humildes. Lo que te digo se realizará; nuestro imperio será un hecho.

Y te repito que mañana, a una señal mía, verás a un rebaño sumiso echar leña a la hoguera donde te haré morir, por haber venido a perturbarnos. ¿Quién más digno que Tú de la hoguera? Mañana te quemaré. Dixi El inquisidor calla. Espera unos instantes la respuesta del preso. Aquel silencio le turba. El preso le ha oído, sin dejar de mirarle a los ojos, con una mirada fija y dulce, decidido evidentemente a no contestar nada. El anciano hubiera querido oír de sus labios una palabra, aunque hubiera sido la más amarga, la más terrible. Y he aquí que el preso se le acerca en silencio y da un beso en sus labios exangües de nonagenario. ¡A eso se reduce su respuesta! El anciano se estremece, sus labios tiemblan; se dirige a la puerta, la abre y dice: "¡Vete y no vuelvas nunca... , nunca! Y le deja salir a las tinieblas de la ciudad El preso se aleja.”.

http://www.educarchile.cl/Portal.Base/Web/VerContenido.aspx?ID=100659

Los patos salvajes

marzo 04, 2013

A mi hijo, Emmanuel Piqueras Villarán, Chef y cinturón Jiu Jitsu, en defensa de su madre, Susana, contra la mafia de los revocadores, un testimonio de mis años mozos.  



En su viaje al exilio, fuera de la granja, hacia el ancho mundo, el patito feo se unió a una bandada de patos salvajes, machos y hembras. Formaban una tribu adolescente. De ellos  recibió afecto. Con ellos vivió el despertar sexual y la complicidad en las peleas brutales, arrastrando su rebelión frente al mundo de los patos adultos.

Llevaba una espina en el alma que lo hacía agresivo y violento. Por ese milagro que solo se encuentra en los cuentos maravillosos de Hans Christian Andersen o de Oscar Wilde, dos singulares patos adultos, un maestro de judo y un maestro de boxeo le enseñaron que el combate debe ser únicamente defensivo, es el principio y el fundamento. El patito feo adolescente admiraba a sus maestros, aunque entendería sus enseñanzas muchos años después.

El patito feo procedía de un linaje de aves hispano-limeñas. Por una parte, fue estigmatizado en su rebeldía, porque donde iba actuaba como un pato salvaje, y por otra, su linaje y su astucia lo protegían en sus conflictos con la ley.

Cuando se sentía en peligro se metamorfoseaba en un gallo navajero. Un día, saliendo de una corrida de toros en la Plaza de Acho, −que frecuentaba porque formaba parte de su cultura−, tendió en la arena de un golpe certero a otro gallo grande y fuerte, mayor que él, al que le tenía miedo pues lo venía retando hacia tiempo.

El patito feo, victorioso en esta pelea breve y feroz, recordó confusamente el mensaje de sus maestros: el combate es defensivo, el valor de la vida humana y natural está por encima de todo. En el claroscuro de la culpa de animal humano, por haber herido a su adversario y haberlo dejado tumbado en un charco de sangre, se abrían paso las enseñanzas de los maestros del combate defensivo.

Manuel Piqueras, I. Dispuesto a morir, en Las paradojas de la soledad. Lima 2012. Biblióteca virtual Amazon.  

Soledad: fuerza y ternura

febrero 23, 2013

Soledad Piqueras Villarán, nuestra hija mayor, alumbrada entre los amores inocentes y apasionados que tuvimos Susana y yo, en nuestras bodas. Luego concebimos a nuestros amados hijos varones, Emmanuel e Ignacio, en medio de los muebles de nuestra biblioteca y los pisos del baño en la desesperación del deseo. Todos fueron producto del amor más maravilloso y lúdico. Años después, vino el desamor, es otra historia, la escribiré algún día en su misterio impenetrable.

Soledad tuvo una andadura pisando entre carbones al fuego vivo, es el enigma de su existencia, que ella atrapara como un haz de luz. Es una guerrera, una gran mujer, de una capacidad y generosidad notable, trabajo con ella con alto honor y con gran gusto.

Soledad tiene tres hijas, mis nietas, Andrea, Alejandra e Isabela, a quienes ama entrañablemente como yo las amo, por esa causa nos hemos embarcado en un proyecto de trabajo común, para que ellas tengan no sólo un gran afecto, sino medios para crecer en cuerpo y alma.

Quién se meta a ejercer violencia o agresividad contra ella, quién la estigmatice por ser mujer y por su pasado, se mete frontalmente conmigo y con Susana. En primer lugar, lo largo de mis amistades y de toda mi vida, después, veremos donde nos encontramos para arreglar
cuentas.

Manuel Piqueras.

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El invisible, por Elias Canetti

febrero 17, 2013
El bello, hondo y genial escrito de Elías Canetti, El invisible, Premio Nobel de Literatura 1981, nos conduce al misterio, a lo impenetrable: “ Sí, me sentía orgulloso de aquel bulto porque estaba vivo. Nunca sabré qué pensaba al respirar allí abajo en medio de tanta gente. El sentido de su llamada seguía siendo para mi tan oscuro como toda su existencia. Pero vivía y cada día estaba allí a su hora. Jamás lo vi recoger las monedas que le echaban, y eran pocas, nunca más de dos o tres. Quizás no tenía brazos para cogerlas. Quizás no tenía lengua para formar la «l» de «Alá» y el nombre de Dios lo reducía para él a esa «ae - ae-ae-ae-ae-ae-ae- ae». Pero vivía, y con un celo y una obstinación sin igual repetía su único sonido y lo repetía durante horas y horas, hasta que, en aquella inmensa plaza, acababa siendo el único sonido, el sonido que sobrevivía a todos los demás.”.

Leyendo esta magnífica prosa poética durante años, gracias al gran traductor del alemán al español de Elías Canetti, Juan José del Solar, no puedo dejar de evocar a otro gran pensador poético, Walter Benjamin, en su intuición de la interrupción mesiánica de la historia, que irrumpe sorpresivamente en un instante, como una brisa suave, como el invisible de Elias Canetti.




“Al atardecer me dirigía a la plaza mayor del centro de la ciudad, no en busca de su pintoresca animación, que ya resultaba familiar, sino de un pequeño fardo marrón que yacía en el suelo y ni siquiera constaba de una voz, sino a un único sonido. Un sonido vocálico a medio camino en la a y la e, un sonido profundo, prolongado y susurrante «ae - ae - ae - ae - ae - ae - ae - ae». No aumentaba ni disminuía de volumen, pero no cesaba y siempre era perceptible detrás de los miles y miles de gritos y clamores de la gran plaza de Xemaá El Fnáa; era el más invariable de sus sonidos, el que permanecía siempre idéntico al anochecer y de una tarde a otra.

Yo prestaba oído desde lejos, impulsado hacia él por un desasosiego que no consigo explicarme. Hubiera ido a la plaza de todos modos ¡tantas eran las cosas que en ella me atraían!, y jamás puse en duda que volvería a encontrarlo, con todo cuanto le pertenecía. Tan solo aquella voz, reducida a un único sonido, me hacía sentir algo parecido a la angustia. Se hallaba en los límites de lo vivo. La vida que la producía no constaba más que de aquel sonido vocálico. Yo prestaba oído con una mezcla de avidez y de temor y llegaba siempre a un punto, exactamente el mismo, en mi camino, en el que de pronto lo percibía , como el zumbido de un insecto:
«ae-ae-ae-ae-ae-ae-ae- ae».

Sentía que una calma indefinible iba invadiendo mi cuerpo, y s hasta entonces mis pasos habían sido vacilante e inseguros, de pronto echaba a andar con decisión hacia el sonido. Sabía de dónde provenía. Conocía el pequeño bulto marrón en el suelo, un bulto del que no había visto más que un burdo trozo de tela marrón. Jamás había visto la boca de la cual salía aquel «ae - ae - ae - ae - ae - ae - ae - ae», ni el ojo, ni la mejilla, ni parte alguna del rostro. No hubiera podido decir si ese rostro de un ciego o de alguien que veía. La tela marrón y sucia le caía como una capucha y lo ocultaba todo. La criatura —pues alguna tenía que ser— estaba acuclillada en el suelo y con la espalda curvada bajo la tela; era poco lo que había de la criatura misma, parecía ser liviana y débil, y eso era todo lo que podía suponerse. No sabría decir cuánto medía, pues nunca la había visto de pie. El fardo que yacía en el suelo era tan bajo que uno habría podido tropezar con el sin darse cuenta, si el sonido hubiera cesado un momento. Nunca lo vi llegar ni irse. No sé si alguien lo traía y lo dejaba allí, o si andaba con sus propias piernas.

El lugar que había escogido no estaba en protegido en absoluto. Era la zona más abierta de la plaza y un incesante ir y venir de gente rodeaba por todas partes al pequeño bulto marrón. En tardes animadas desaparecía entre las piernas del gentío, y aunque yo sabía dónde estaba exactamente, y siempre oía la voz, me era fácil encontrarlo. Pero luego la gente se dispersaba y el fardo permanecía en su sitio, cuando en torno a él la plaza estaba totalmente vacía. Ahí yacía en la oscuridad como una prenda de vestir vieja y muy sucia, de la que alguien quería desprenderse y dejaba caer a escondidas para que nadie reparase en ella. La gente ya se había retirado y el fardo seguía allí. Yo nunca esperaba a que se levantase o alguien lo recogiera. Me escabullía directamente en la oscuridad con una agobiante sensación de impotencia y orgullo.

La impotencia era un asunto mío: sentía que jamás haría nada para esclarecer el fondo del enigma del fardo. Su apariencia mi inspiraba un temor respetuoso; y como podía darle otra, lo dejaba yacer sobre el suelo. Cuando me acercaba, me cuidaba mucho de de no tropezar con él, como si pudiese herirlo y ponerlo en peligro. Cada tarde estaba allí y cada tarde el corazón apenas me daba un vuelco en cuanto percibía el sonido, y otro vuelco apenas lo divisaba. Su camino de ida y vuelta era para mí más sagrado que el mío propio. Jamás lo seguí y no sé dónde desaparecía el resto de la noche y de día siguiente. Varias veces tuve la tentación de tocar muy suavemente la capucha marrón con mi dedo — la criatura tendría que sentirlo—, y poseyera un segundo sonido con el que hubiera replicado. Pero esta aspiración se desvanecía siempre entre mi impotencia.

Ya he dicho que, mientras me alejaba discretamente, me embargaba otro sentimiento: el orgullo. Sí, me sentía orgulloso de aquel bulto porque estaba vivo. Nunca sabré qué pensaba al respirar allí abajo en medio de tanta gente. El sentido de su llamada seguía siendo para mí tan oscura como toda su existencia. Pero vivía y cada día estaba allí a su hora. Jamás lo vi recoger las monedas que le echaban, y eran pocas, nunca más de dos o tres. Quizás no tenía brazos para cogerlas. Quizás no tenía lengua para formar la «l» de «Alá» y el nombre de Dios lo reducía para él a esa «ae - ae-ae-ae-ae-ae-ae- ae». Pero vivía, y con un celo y una obstinación sin igual repetía su único sonido y lo repetía durante horas y horas, hasta que, en aquella inmensa plaza, acababa siendo el único sonido, el sonido que sobrevivía a todos los demás. “.


Elias Canetti, El invisible, en Las voces de Marrakesch. Apuntes después de un viaje, Galaxia Gutemberg, Edición dirigida por Juan José del Solar, Obras Completas III. Barcelona: 2003.

La generación del pájaro de fuego

febrero 09, 2013
A Javier Diez Canseco, testigo de esta Tierra de nuestros dolores y alegrías.



No hace mucho tiempo, tras un largo viaje atravesando continentes y cielos bellísimos, calmados y tomentosos, el patito feo asistió con su bandada de patos salvajes a una reunión multitudinaria de patos en un lugar de la Costa Oeste de Estados Unidos, de cuyo nombre no quiero acordarme.

Reservado y amigable, quedó sorprendido desde un rincón de la granja, donde se llevaba a cabo la gran reunión de los patos salvajes, por la maravilla de la música rock, por las vestimentas estrafalarias tan coloridas, por los cabellos largos hasta la cintura, por el amor libre sin barreras; incluso, observó que fumaban yerbas exóticas que probó apenas y vomitó inmediatamente, curándose en salud.

Woodstock, este gran concierto duró tres días, reunió a más de medio millón de patos, pero además de la música magistral de importantes músicos poetas que nunca había visto ni oído, lo que más le llamó la atención fueron los símbolos y mensajes de paz y amor que lo conmovieron como una brisa suave. Le recordaron las huellas sólidas y la estela de arte, que como una “roca de ser” protegían, cuando se desataban las tempestades, a sus hermanos y primos patos pequeños, en el jardín secreto de Malambito.

En su búsqueda, sin medir el riesgo, los patos rebeldes encontraron en el teatro de la generación del 68 del pájaro de fuego, una “iglesia primitiva”. Por primera vez en su existencia de animal humano supo de oídas de la existencia de dos cisnes soberbios y sabios: uno se llamaba Mahatma Gandhi y otro era el papa Juan XXIII. El patito feo comenzó a tomar conciencia de que era un tiempo de grandes cambios, el mensaje era el mismo que en Woodstock, de paz auténtica y amor sin límites, aunque sin amor libre, ni marihuana ni LSD.

Un cisne joven adulto, brillante y bondadoso, amigo del papa Juan XXIII, hizo amistad con el patito feo y con sus amigos patos, se fue transformando en un maestro que lo acogió con una amistad sin límites y le abrió el continente de la sabiduría del amor. El patito feo era agnóstico, pero se volvió creyente en el Dios-Amor.

En el trasfondo, en busca de la tierra del padre, el patito feo comenzó a tomar conciencia de la vida y la obra de gran creador de su abuelo. ¡El abuelo era un magnifico cisne! Para el abuelo cisne, la belleza nos hace libres.

Esta experiencia, con su mensaje de paz y amor, tardaría mucho en llegar al pensamiento del corazón y a las entrañas del patito feo. Tuvo que hacer una terapia universal para cisnes en los rincones enigmáticos de curación de lo más profundo de su intimidad herida. Y ya como cisne emprendió un camino de alta educación, para dirigir un proyecto fundacional de paz y amor que decidió, con método y pasión, que sería el sentido de su existencia: la desmesura del amor por el Rostro del Prójimo, por los olvidados y maltratados de la Tierra y el universo.

Las marchas y contramarchas inconscientes marcaron el itinerario posterior del patito feo, sabía ahora que era un cisne soberbio y humilde a la vez. Fuerza-débil-fuerte. La espina en el alma siempre fue el obstáculo a vencer con valentía y creatividad, como cuenta Hans Christian Andersen en el inspirado relato “El soldadito de plomo”. Simbólica y real, el patito feo, aún guarda su arma secreta de peleador callejero.


Manuel Piqueras, I. Dispuesto a morir, en Las paradojas de la soledad. Librería virtual Amazon. Lima: 2012.

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El sueño de Job

febrero 07, 2013
El sueño de Job
Plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro


A Ignacio, mi hijo, explorador de la naturaleza.


Job, metáfora viva, histórica y poética de la paradoja de la existencia humana. Job soñaba con plantar un árbol, tener un jo y escribir un libro. Job nunca maldijo a Dios, luchó siempre con Él y al final del combate lo bendijo.

Bendito sea el Dios humilde, por prodigarme el don de plantar un árbol.
La humanidad biengobierna o malgobierna el bosque, el agua y el suelo.
Plantar un árbol se asemeja a cultivar el sentido de la vida.

La soledad y la comunión encuentran su lugar en el bosque de la mística, el suelo de la contemplación y el agua de la ascesis.
La naturaleza es como el silencio de Dios que se escucha.

Bendito sea el Dios inocente, por prodigarme el don de tener un hijo.
La libertad para soplar vida o muerte en la comunidad es facultad humana.

La condición humana es la natalidad y la mortalidad en el presente eterno.
La vida del pensamiento de corazón ama en parejas, funda familias y reúne amigos.

La pareja es la luz solar y lunar de la inocencia, la familia es el capullo de todos y los amigos el perfume que derrama el Dios-Hombre de la amistad.

Bendito sea el Dios pequeño, por prodigarme el don de escribir un libro.
La creación es gracia, la soberbia es laberinto humano.

La angustia se traspone en la obra de un escritor.
El sufrimiento se vuelca en tragedia y utopía.
El placer se torna mirada.
La sazón se trueca en palabras e imágenes.

La belleza del Dios-Niño nos hace libres.
Job bendijo a Dios por prodigarle el don de plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro. “Y Job respondió a Yahvé: Yo te conocía sólo de oídas, mas ahora te han visto mis ojos.” (Job, 42, 1 y 5).


Manuel Piqueras, III. La edad de la inocencia, en Las paradojas de la soledad. Biblioteca virtual Amazon. Lima: 2012.