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Sobre la teoría y los críticos literarios


A Laura Fandiño por la charla

Carlos Arturo Caballero

En diversas oportunidades, desde mi época de estudiante universitario hasta el presente, he observado con frecuencia a ponentes demotrar que conocían muy bien el marco teórico que sustentaba su investigación; pero, paralelamente, evidenciar muy poca capacidad de análisis e interpretación del objeto de estudio planteado para la ocasión. En los casos más extremos, se exhibía una profunda erudición teórica de conceptos y categorías que desfilaban de principio a fin pero que no justificaban su evocación. A ello se agregaba un manejo riguroso y malabaresco de cierta jerga particular que revestía de autoridad al ponente, quien bien podría denominarse o ser denominado “especialista” luego de sucesivas presentaciones, ya que pocos podrían, como él, comprender en su total dimensión lo vertido en la ponencia. Ese lenguaje especializado utilizado ante un auditorio no necesariamente de especialistas sino de entusiastas, curiosos, interesados y demás individuos ávidos de claridad y no de oscuridad provee la seguridad de evitarse incómodas réplicas o inoportunas rectificaciones; detrás de ese blindaje verbal cualquier “especialista” puede sentirse seguro.

Otras veces utilizan la teoría como un lente o plantilla aplicable a cualquier objeto de estudio sin mayor dificultad y sin consideración alguna de las particularidades del mismo que exigirían un replanteamiento de los postulados teóricos a aplicar. Es por frecuente oír sobre lecturas feministas de la poesía de Sor Juana, psicoanálisis lacaniano de Guamán Poma de Ayala o deconstrucción de la poesía andina. De este modo, y si hacemos un minucioso seguimiento de tal o cual ponente, nos daremos cuenta que lo único que cambia en sus exposiciones es el autor o la obra analizada, pero la “jerga”, las ideas y las conclusiones suelen ser las mismas. No quiero decir que no sea posible aplicar retroactivamente un enfoque teórico, pues finalmente, siempre interpretamos desde algún lugar y una época; lo que sucede es que se presume que la teoría en sí misma resolverá el misterio de la interpretación con solo aplicarla como quien lo hace con una receta de cocina.

El cuadro se completa cuando a lo anterior se suma la lectura cansona de un texto que alterna la redacción personal con frases del tipo “inicio de cita” y “fin de cita”. La cantidad de veces que esto se repite tiende a extraviar a los asistentes y a concentrarlos en identificar nombres de autores, términos y frases y no en lo que los congregó para la ocasión. En consecuencia, ante la dificultad de comprender, solo queda, por parte de la asistencia, admirar a quien sí lo puede hacer y más aún si es que posee grados y títulos otorgados en el extranjero o labora en alguna institución académica prestigiosa como investigador calificado.

Para el asistente curioso o medianamente interesado en el autor, obra o tema motivo de la ponencia, dicha intervención puede resultar cautivadora, enigmática, estimulante, compleja o profunda, pero nunca clara; no le deja certidumbre alguna sino más dudas de las que poseía; evitará preguntar para no lucir como alguien que no comprendió “lo obvio”. Y si las formula, lo hará con mucha cautela sobre cuestiones generales o tangenciales al tema en discusión. Al final de la sesión, el ponente obtendrá el reconocimiento del auditorio sobre la base de los saberes que eficientemente administra, pero la claridad, comprensión y utilidad de los mismos brillarán por su ausencia. En quienes asistieron con gran expectativa, reinará una profunda desazón.

Yo también en mis inicios seguí el mismo procedimiento. Era comprensible pues actuamos de acuerdo a los referentes que nos rodean y a los hábitos que observamos en quienes admiramos. Sin embargo, hubo una ocasión hace algunos años que me llevó a cambiar la manera de presentar la teoría ante un público variado. Fue en Puno con motivo del II Encuentro Nacional de Escritores Manuel J. Baquerizo. Había leído una ponencia sobre la poesía de César Moro teniendo como marco conceptual al psicoanálisis. Al término de mi ponencia, muchos asistentes se me acercaron para felicitarme e incluso pedirme una copia del texto leído, lo cual fue inmensamente gratificante para mí. No obstante, Federico Latorre Ormachea, poeta y narrador abanquino, me hizo una certera observación que hasta el día de hoy la conservo con mucho aprecio: “lo felicito, su ponencia estuvo muy interesante, pero no entendí nada. Por favor, facilíteme una copia de su trabajo para revisarlo con mis estudiantes”.

En adelante, tuve muy presente este indirecto consejo, manifestado con cordial sinceridad, por lo cual me esforzaba por escribir un texto mediante el cual quien fuera que me leyera o escuche me comprendiera con suficiencia. Procuraba, y aún lo hago, que quien me lea distinga claramente cuál es mi propuesta por más audaz o banal que fuera, pero que sea a mí a quien lea y con quien dialogue posteriormente y no con toda la recatafila de conceptos y autores que me llevaron a tal y cual conclusión. La honestidad intelectual no pasa por exhibir cuanto se sabe, sino cuánto se puede hacer con aquello que se sabe, cómo hacer que otro elabore sus propias ideas sobre la base de algunas ideas adquiridas o compartidas. En ese sentido, la labor de la teoría es desafiarnos a pensar de una manera diferente a la habitual, sin perder autonomía ni distancia crítica, pues nos apropiamos de ella, la digerimos y luego devolvemos un producto original e híbrido a la vez. La honestidad intelectual no solo consiste en consignar con rigurosidad un sistema de citas actualizado a la fecha, también es ser consecuente con el pensamiento de aquellos a quienes invocamos como respaldo de nuestras afirmaciones. No se trata de legitimar un culto intelectual ni de erigirse en el auténtico intérprete de lo que aquel pensador dijo en su momento, sino de someterlo a discusión. En suma, ser menos monográfico y más ensayista; menos sacerdote y más profeta.

Muchos colegas consideran que preparar una ponencia para que sea comprendida por cualquier interesado en el tema implica una pérdida profundidad en el análisis, “bajar el nivel”, porque, según ellos, es responsabilidad del asistente esforzarse por estar a la altura del conocimiento impartido. Confunden groseramente claridad con superficialidad. Asumen que ser claro en una exposición es algo sencillo cuando en realidad es todo un desafío para quienes están acostumbrados a divagar en la estratósfera, a dialogar con mortales de vez en cuando y a navegar en el topus uranus platónico. Percibo en ellos cierta displicencia y menosprecio por el didactismo y la pedagogía intelectual, y mucha admiración por la oscuridad del lenguaje, actitud heredada de aquellos maestros que los formaron y a quienes siguen denodadamente por los pasillos de la universidad, a la cafetería, a su oficina, a su casa y a quienes en algún momento aspiran a reemplazar en alguna cátedra o cargo administrativo. El apelativo de “maestro” les sale a flor de piel, es el espontáneo título que el aprendiz otorga al sujeto en quien se refleja. Lamentablemente, la devoción, el culto, la cuota de poder y el amiguismo son el pan de cada día dentro de nuestra comunidad académica nacional. En lugar de que la teoría y la crítica confronten al poder, sus usuarios más preclaros se están encargando de colocarlas al servicio del poder.

En Después de la teoría, Terry Eagleton señala la crisis de la intelectualidad occidental al contrastar a los grandes intelectuales de los 60 y 70 con sus herederos de las últimas décadas. Mientras aquellos estaban preocupados por articular el pensamiento con la acción, estos suelen satisfacerse con obtener un grado académico en alguna universidad europea o norteamericana y adscribirse a la agenda de la comunidad académica que los acoge y desde allí formular sesudas interpretaciones sobre la realidad de su comunidad de origen. El financiamiento, el tiempo y la información que requiere un investigador están más que cubiertos, de ello no se preocupan. Hoy es más importante instalarse en el medio, acreditarse y participar de la industria intelectual transacadémica que indagar en la agenda local que reclama hace mucho tiempo un espacio de discusión a gran escala. Buena parte de nuestros críticos se dedican a prologar antologías, a compendiar poemas, a reforzar idolatrías literarias o a condenar a quienes no son de su agrado en sus aulas o en sus columnas o conferencias. Muy pocos son los que observan más allá de lo que Lima puede ofrecer. Como lo dijo Miguel Ángel Huamán: “nuestra crítica se ha vuelto acrítica”.

Cuando asisto a un evento académico, escucho atentamente al expositor y me complace en algunas ocasiones, apreciar, aunque haya divergencias, un pensamiento propio reforzado inteligentemente por un aparato teórico al servicio de la interpretación y no exclusivamente como una credencial intelectual. La solvencia intelectual no la certifica una corriente teórica, sino la audacia de sostener una postura personal, la contundencia de los argumentos que la defienden y el nivel de confrontación contra el poder hegemónico. Es un asunto de especialistas, sí, y también de sujetos comprometidos con lo que profesan. La teoría vendría a ser como la ausente presencia de un narrador cinematográfico: todos sabemos que está ahí, pero nadie lo ve. Este es tipo de crítica que modestamente aspiro practicar.
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Dificultades en la enseñanza de la Literatura

Es muy extendida la idea de que los cursos de letras no son tan importantes como los cursos de ciencias —oposición errónea, ya que se sugiere la idea de que las humanidades o letras no son ciencias—. Esta idea tiene mucho arraigo en la actualidad, sobre todo en los directivos de escuelas privadas y de colegios preuniversitarios, así como en los padres de familia, quienes están convencidos de que los alumnos deben prepararse para la universidad, es decir, solo para un examen de admisión. Tal idea se ve reforzada por el prestigio que tienen ciertas profesiones vinculadas a carreras técnicas en las cuales los conocimientos prácticos son más importantes que la especulación teórica.

Sin embargo, creemos que desde las humanidades, específicamente desde la Literatura, es posible fomentar el pensamiento crítico si se toman en cuenta algunas consideraciones que durante muchas décadas, han sido ignoradas, lo cual trajo como consecuencia que la Literatura sea percibida como “un curso de relleno” y no como una vía que conduce no solo al disfrute de una experiencia artística, sino a la reflexión.

La primera dificultad que encuentra la Literatura tiene que ver con la manera en que se la define. Según Miguel Ángel Huamán (2001), la definición de Literatura es compleja, puesto que en esta disciplina el objeto de estudio coincide con la denominación de la disciplina. Por ello, convendría hacer una primera distinción. ¿De qué hablamos cuando hablamos de Literatura? Huamán señala que la Literatura puede ser entendida como creación artística, donde tenemos a los diversos géneros literarios; como historiografía (épocas, contextos, movimientos literarios, autores, etc.); y como teoría y crítica, es decir, como reflexión científica sobre el quehacer literario y como valoración de dicha experiencia; y, finalmente, como enseñanza de la Literatura, o sea, la transmisión de algunos de los saberes antes mencionados.

De todas estas definiciones, la más extendida entre los profesores de Lengua y Literatura, hoy denominada Comunicación Integral, es la Literatura como historiografía, pero muy poco o casi nula la valoración e interpretación del fenómeno literario. De esta forma, se tiene que para la gran mayoría de profesores y estudiantes de secundaria, el curso de Literatura consiste no tanto en analizar obras, sino en memorizar argumentos, biografías de autores, contextos históricos y características de movimientos literarios. Todo ello, si bien es importante, no debería ser lo central al momento de enseñar Literatura, porque se trata de conocimientos extraliterarios que no contribuyen directamente a la valoración del texto que tendría que atravesar ciertas etapas previas.

En consecuencia, los análisis literarios que se plantean bajo este enfoque historicista rodean el texto pero no lo interpretan. Se concentran en la vida del autor, pero no demandan al estudiante a que plantee una interpretación propia del mismo. Y cuando se pretende esto, se suele transmitir las reflexiones más consolidadas y se tiende a desvalorar aquello que el alumno pueda plantear, por considerarlo poco elaborado.

El historicismo y el biografismo en la enseñanza de la Literatura en la escuela se explican por la seguridad que brindan estos enfoques al maestro (Sánchez 2004). Es más fácil refugiarse en un saber establecido e inamovible que plantear nuevos desafíos, tal como lo exigiría la interpretación personal de una novela, cuento o poema. Al respecto, existe mucha resistencia por parte de un sector importante de los maestros de la especialidad en cambiar estos enfoques por otros más innovadores.

Esto a su vez se explica por una deficiente formación en los que respecta a los estudios literarios. En las facultades de educación, no es común que los docentes de Lengua y Literatura tengan como profesores a especialistas de Lingüística y Literatura, sino más bien a otros educadores que también fueron formados bajo el mismo paradigma, lo cual conduce a que se repita el mismo modelo ciclo tras ciclo. Se necesitaría revertir esta situación para que los planes curriculares cambien y así cambie la manera de enfocar la Literatura desde la educación. En general, debería balancearse la didáctica con los contenidos. Conocimientos básicos de narratología, análisis estructural del relato, nociones de teoría literaria servirían mucho para aclarar tantos malentendidos en torno a la ciencia literaria como la confusión entre el autor, narrador y el personaje, o la excesiva confianza en la biografía como método para interpretar la obra.

El segundo paso luego de resolver lo referente a la formación del docente en estudios literarios tiene que ver con la didáctica de la literatura. Lo que se busca no es que el alumno se convierta en escritor ni que memorice datos sobre escritores o épocas o que recite versos de memoria y mucho menos que piense que un texto está cerrado a la interpretación única que le da su libro o su profesor. El objetivo es que el alumno dialogue con el texto y que contraste valoraciones en un ambiente en el que el propósito mayor es mucho más que comprender un texto: se trata de formar individuos capaces de intercambiar posturas diversas acerca de un mismo hecho sin negarse a la posibilidad de exista la pluralidad. El reconocimiento de una realidad cultural diversa en un país como el nuestro es una de las tareas pendientes que se debe asumir desde la educación (Córdova 2007) y la Literatura puede colaborar con este objetivo. Una educación en democracia no puede dejar de lado el hecho de que cada sujeto posee una perspectiva que podría ser diferente, pero no necesariamente incompatible con las demás, sino complementaria.

Bibliografía

Huamán, Miguel Ángel. Educación y Literatura. Lima: Mantaro, 2003.
—————————–. Problemas de Teoría Literaria. Lima: Signo Lotófago, 2001.
Sánchez Mejías, Rolando (ed.) Obras maestras del relato breve. Barcelona: Océano, 2004.
Córdova, Paula. ¿Cambio o muerte de las lenguas? Reflexiones sobre la diversidad lingüística, social y cultural del Perú. Lima: UPC, 2007.
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Jalla Brasil 2010: primera y segunda jornada

Ayer lunes empezaron las Jornadas Andinas de Literatura Latinoamericana Jalla 2010 organizado por el Instituto de Letras de las Universidad Federal Fluminense (UFF), situada en la ciudad de Niterói. Esta novena edición de Jalla tiene la particularidad de ser el primer encuentro en el que se ofrecen ponencias en dos idiomas: portugués y español. Eso es muy significativo pues una de las razones por las cuales se otorgó la sede del congreso a una universidad del Brasil fue precisamente porque históricamente la literatura brasileña ha sido excluida de los eventos organizados bajo la denominación de literatura latinoamericana y, a la vez, ello se ha reforzado debido a que algunos sectores de la comunidad académica del Brasil y determinadas políticas culturales de fuerte sesgo nacionalista aislaron o intentaron promover la idea de que la cultura brasileña debería mantenerse al margen de la comprensión de lo latinoamericano.

La conferencia inaugural estuvo a cargo de Silviano Santiago uno de los más importantes investigadores de la literatura y cultura brasilera contemporánea, en la cual expuso su noción de entre-lugar aplicada a la situación del intelectual latinoamericano. Dicho concepto es una elaboración teórica de Silviano Santiago que se suma a una serie de propuestas que obedecen a una demanda de autointerpretación de lo latinoamericano, tales como la heterogeneidad (Antonio Cornejo Polar), transculturación (Angel Rama) e hibridismo (García Canclini) entre otros. El entre-lugar es un concepto que da cuenta de un espacio articulador en el cual diversos discursos confluyen en tensión y cuya comprensión exige tener en cuenta que cualquier análisis de dicho espacio será incompleto si es que no se cuestionan las perspectivas esencialistas. Ello es muy pertinente en el caso latinoamericano pues de esta manera se pueden superar el particularismo, cuya versión más nefasta es el etnocentrismo nacionalista, o las tesis que abogan por la desaparición de lo autóctono en favor de la apertura total hacia lo foráneo. Silviano recalca la necesidad de reconocer a Latinoamérica como un entre-lugar, ya que no somos europeos, peninsulares, castellanos ni tampoco sociedades ancestrales a las que cuatro siglos no hubieran cambiado en nada. Si algo no debemos olvidar es que Latinoamérica puso en entredicho todos los presupuestos esencialistas provenientes de Europa, su racionalidad, sus paradigmas, y que, en consecuencia, forzó a los intelectuales tanto de aquí como de allá a pensar la diferencia y la pluralidad.

Las ponencias son numerosas, variadas y simultáneas, lo cual obliga a seleccionar no con poca dificultad aquellas que se consideren más interesantes de acuerdo al interés personal. A pesar de ser un encuentro cuyo título anuncia jornadas de literatura, esta se debe entender en su sentido más amplio, propiamente discursivo, pues no solo hay ponencias que tratan lo estrictamente literario, entendido como obra de arte, sino que también hay lugar para la discusión sobre cine, historia, pensamiento político y música, por mencionar algunos ejemplos.

En la mesa Perspectivas sobre el cine, Miriam Ester Goldstein presentó “Argentina: el secreto de tus Oscars”, ponencia en donde analiza la cinta ganadora del Oscar como mejor película extranjera, El secreto de sus ojos. Destacó la fidelidad del director a la trama de la novela sobre la cual se adaptó el guión del filme e interpretó su desenlace como una forma de superar la venganza contra el victimario mediante un castigo que mantiene a quienes buscan justicia en una posición de superioridad moral. Luego hizo su presentación María Celina Ibazeta (PUC-Rio) “Mirar al otro: la comunidad boliviana en Argentina desde la perspectiva documental de Martin Rejtman”, a propósito del filme “Copacabana”. Desde su punto de vista, Rejtman prescindió de las referencias espaciales que sugieran la ubicaciõn de los migrantes bolivianos en Buenos Aires, salvo por alusiones muy discretas, lo cual sugiera la idea de una cultura transplantada que procura prolongarse en otros espacios en los que la mirada de los sujetos locales no se concentra ni observa: por ello, el espectador bien podría deducir que se trata de un documental realizado en Bolivia, pues los lugares presentados han sido adoptados por los migrantes y recreados a su modo, y que para gran parte de los ciudadanos porteños son completamente desconocidos.

Luego de las jornadas de la tarde, la organización ofreció un coffe-break durante el cual los expositores aprovechábamos para intercambiar impresiones sobre las ponencias y sobre la producción literaria en nuestros países, nuestros intereses para la investigación y experiencias diversas. Además, habrá una pequeña pero significativa feria de libros hasta que termine el evento. La editorial que más me impresionó fue 7letras. Su producción es bastante amplia y de un contenido original, de gran nivel, y a precios muy accesibles en un mercado editorial donde el libro, incluso para los propios brasileros, es caro. Esta editorial vendría a ser algo como Estruendomudo en Lima, si cabe la comparación. La diferencia es que 7letras le concede mucha importancia a la investigación literaria, artística, musical, en general, a las humanidades, y por supuesto, la creación literaria, con particular énfasis en escritores jóvenes. El fondo editorial de la UFF también es muy activo. Todas las actas de los eventos que organizan son plasmadas en textos; ello permite que tanto los profesores como los alumnos dialoguen y discutan en torno a lo que producen. En este aspecto nos llevan una gran ventaja porque en Lima demora mucho la edición de las actas de un congreso, seminario o coloquio casi siempre por cuestiones de presupuesto o trabas burocráticas. Aparte de ello, existen muchas instituciones comprometidas con la investigación en diversas áreas; no se trata solo de un compromiso filantrópico o entusiasta sino concreto y serio, pues se asumen todas las implicancias de la dirección de un proyecto académico. CNPq, FAPERJ y CAPES, además de los centros de investigación de la PUC-Rio, la UERJ, la UFF y la UFRJ son algunas de ellas. En este sentido, el incentivo para la investigación es considerablemente mayor que en el Perú.

De la segunda jornada me interesó mucho la intervención de la profesora Marcia Paraquett (UFF) acerca de dos interpretaciones de la canción “Soy loco por ti, América”. En su perspectiva, la segunda versión habría matizado los aspectos contestarios de la primera. Sin embargo, la discusión posterior a la ponencia nos llevó a los presentes a repensar la visión que desde Latinoamérica se tiene de Brasil y viceversa, y de la que conjuntamente se tiene en los EEUU de lo latinoamericano. De otro lado, Amalia Franco (Universidad Minuto de Dios) disertó acerca de la crítica literaria latinoamericana. Franco apuesta por la simultaneidad de puntos de vista que no se anulan entre sí sino que se complementan, recogiendo las propuestas de Antonio Cornejo Polar, Ángel Rama y Emir Rodríguez Monegal entre otros críticos latinoamericanos. A su modo de ver, el dilema entre teoría o crítica latinoamericana ha sido un callejón sin salida del cual no se ha salido.

En los días que vienen comentaré las conferencias plenarias y mi balance acerca del evento. Sigue leyendo

La decisión del escritor

Ser escritor en el Perú, para quien se inicia en esta aventura, es una decisión que enfrenta muchas dificultades: la económica, publicar para un escritor que se inicia en este oficio significa, en primer lugar, autofinanciarse; si logra publicar, aparece un segundo desafío, que consiste en difundir el libro, es decir, su distribución, y en tanto no tenga el respaldo de una editorial que asegure la colocación del libro, éste se pierde en el anonimato o circula entre amigos o allegados del autor, porque la publicación no termina con el libro impreso: el círculo se cierra cuando el lector toma contacto con el libro, cuando lo conoce, al menos de oídas, o a través de notas en diarios o suplementos culturales.

Si el gran público no lo conoce, simplemente el libro (y el autor) no existen. En este momento, surge otra dificultad: ¿en qué medios puede circular la obra? ¿Dónde podría ser reseñada? ¿Qué escritor reconocido tendrá la disposición y el tiempo para leer la obra? A estas inquietudes se agrega la recepción de la crítica. Y no me refiero exclusivamente a la crítica especializada, que condena o consagra a un escritor, sino también a la feroz crítica de quienes desean publicar un libro, porque creen contar con el talento para hacerlo, pero que no pueden concretar dicho proyecto por diversas circunstancias; o de los individuos vinculados al mundillo cultural local, aquellos que siempre frecuentan las galerías de moda, presentaciones de libros, recitales, ferias y demás eventos, quienes, posiblemente, no han publicado libro alguno, pero cuando aparece alguna nueva publicación local, no escatiman esfuerzos en señalar los desaciertos de la obra o la osada precocidad del autor por publicar.

Creo no equivocarme en afirmar que los críticos más duros son los que conforman el entorno de un escritor, sobre todo cuando este se inicia. La crítica académica rara vez coloca su mirada sobre aquello que se produce en los márgenes de su área de influencia. Muchos críticos prefieren comentar a autores consagrados o a los nuevos escritores prefabricados por colecciones editoriales. Si en algún momento, la crítica especializada presta atención a una publicación marginal, sea para reconocerla o denostarla, ello no debiera desanimar al joven escritor, más bien debería incentivarlo, pues se trata de una señal de su existencia literaria más allá de los linderos amicales, estudiantiles o familiares.

El respaldo de un prólogo hecho por un escritor de reconocida trayectoria o de alguna personalidad importante de las letras en su comunidad puede ayudar a quien se inicia en la aventura de escribir. Una vez que el autor ya se ha abierto un espacio, puede aspirar a quedar en la memoria colectiva de su comunidad literaria, hecho que se verá favorecido por las circunstancias del momento, ya sea por tratar un tema controvertido (la homosexualidad en la farándula), de actualidad política (el fujimontesinismo, el terrorismo), o la autoayuda y los libros de fortalecimiento espiritual (Deepak Chopra, Cuauhtemoc Sánchez, etc.), y tantos otros temas que por su necesidad práctica y fácil digestión, aseguran al autor y antes que nada a la editorial, un éxito de ventas.

Las revistas literarias cumplen una importante labor al difundir lo que se escribe en los círculos literarios universitarios. Las hay de todo tipo, pero también afrontan su propia problemática: su continuidad depende de lo económico, sus aspiraciones se ven limitadas además por la permanencia de sus integrantes fundadores, otras veces no pasan de ser una inquietud pasajera. De todas formas, la importancia de una revista literaria radica en su propuesta colectiva y en la apertura de espacios para aquellos que desean ver sus poemas o cuentos publicados.

Pero escribir y publicar son decisiones totalmente distintas. La publicación no asegura el “ser leído”, y si el escritor “no es leído” su reconocimiento como tal por el lector es imposible. El compromiso del escritor profesional es, en primer lugar, con su obra, es decir, intentar asegurar su continuidad, su permanencia en la memoria de los lectores.

Es dentro de este panorama que Henry Rivas presenta su primer libro. a mayoría de los relatos de Amor suspendido entre la nostalgia y el olvido transitan entre el mundo nostálgico de los últimos años de la adolescencia, donde los dilemas y cuestionamientos, ajenos y propios, se hacen más intensos, y el paso hacia la primera juventud, plena de anécdotas propias de un estudiante universitario que recién se acomoda a esa nueva etapa de su vida.

En el primer relato “Kathie”, un muchacho recuerda religiosamente todos los viernes diecisiete de cada año el encuentro que tuvo en un bar con una joven que “llegó con un atardecer delicioso (porque ella lo hacía delicioso), con el aire más juvenil y coqueto del mundo”. No podía faltar el humor y la ironía. “La ciudad de la furia”, cuento en el que parafraseando la canción del grupo argentino Soda Stereo, se nos relata la aventura de Sergio, un supuesto hermano de Gustavo Cerati que es llevado en un aventón por las carreteras peruanas en el camión de Ryan, quien poco a poco descubre la demencia detrás de las palabras y acciones de Sergio. Los amores y desamores que rememoran la adolescencia, son vivenciados por Paul en el cuento que da título al libro “Amor suspendido entre la nostalgia y el olvido” y “Hablando solo”. A este personaje lo marca la desazón, la pérdida, la ausencia y a la vez la presencia fugaz amor, que si bien no está encarnado en la mujer ideal, es precisamente ese antimodelo lo que cautiva a Paul: Claudia, Rosalie, no son arquetipos de la mujer hacendosa y sumisa, ese es su principal atractivo. “En las puertas del infierno” explora los límites del chantaje emocional, la amistad, la infidelidad, y el arrepentimiento. Narrado en primera persona, se inicia con una retrospección del narrador enfocado en la muerte de Matías Roveggiano, quien ciego de furia, “irrumpió por la parte trasera de la clase del instituto en que yo estudiaba inglés, con un revólver en la mano, y ante mi asombro y el de mis compañeros, de un tiro en la cabeza asesinó a un adolescente de nombre Daniel Belzú. “ El narrador sucumbe ante su propio juego al ser llevado al extremo por Lelia, quien azuzada por él, obtenía favores y dinero de Matías, locamente enamorado de Lelia.

Particularmente, percibo un trabajo más ambicioso y experimental en los últimos relatos. En “Jesús el Anticristo” sorprende con un narrador distinto a los anteriores. Es un monólogo interior en el cual desmitificando la imagen divina de Jesús, revela una oscura verdad más humana en este ser: Luzbel, el ángel caído, es el hijo de Dios que se rebeló y tuvo otra oportunidad en la tierra para redimirse: “Yo no me revelé por ambición como dicen las falsas escrituras. Para la literatura de los hombres mi primer nombre fue Luzbel, el hermoso rey de los ángeles. Mi supuesta rebelión no fue sino un acto de justicia. Mi padre está acostumbrado a jugar con sus creaciones, su soberbia y vanidad le impulsan a rodearlos de tentaciones para ufanarse de su poder. Yo protesté contra todas esas cosas, no sólo por el hombre sino también por los demás seres, incluso por mis hermanos, los ángeles”. Pero la rebeldía de Luzbel, ahora Jesús, no ha terminado. Ha aceptado la misión encomendada por su padre, pero lejos de la divinidad, se compadece y se pone del lado del hombre porque “La iglesia que fundé ha fracasado, el hombre siempre se aproximará a la maldad, gracias a mi padre, y él no entiende eso y sólo, guiado por su egolatría, me echa la culpa de todo”.

El tiempo circular y sus paradójicas coincidencias son aspectos importantes en “He yacido en esta fosa”. Paul Shelley (otra vez Paul) ya muerto, narra la confabulación de la que fue víctima por parte del capitán Villaescusa. Shelley, quien a diferencia de otro Paul, Paul Gaughin encontró su paraíso terrenal y a un amor igualmente paradisíaco y exótico en Barrica, una exuberante nativa de la Isla Isabel La Católica. Los paraísos parecieran solo destinados al cielo, puesto que “la felicidad esta hecha para recordarla y extrañarla. El Capitán Villaescusa, jefe de la isla, se enteró que los españoles ya sabían que la nave había sido tomada por la fuerza, de una manera ilegal, indigna. Fue allí donde comenzó la cacería que involucró de una manera salvaje a los naturales; a quienes manipularon para una lucha sangrienta fratricida. Yo sabía que el Capitán Villaescusa deseaba a Batrica, y me procuré tenerla siempre alejada de él. Pero yo sólo era un médico y no sabía pelear”.

Amor suspendido entre la nostalgia y el olvido es un libro apasionado y, en tanto pasión, está pleno de una vehemencia que induce al narrador de cada historia a sobredimensionar su ingenuidad. Satisface comprobar que hacia el final es posible encontrarnos con un narrador mucho más ambicioso, tanto en el manejo del lenguaje, como en la técnica y en el desarrollo de la trama. Por esta razón, considero que este libro merece una segunda oportunidad de parte de su autor, pues, luego de algunos años, sería injusto avalar la convivencia del furor adolescente con el misticismo y la ironía de Jesús, el Anticristo: un cuento para tenerlo presente.
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Conversatorio sobre Mariátegui en el Dominó

Arturo Caballero Medina

El sábado último, tuvimos la oportunidad de reencontrarnos después de mucho tiempo, algunos colegas de Literatura de Arequipa, Lima y Puno que desde hace algún tiempo radican en Lima donde ejercen la docencia universitaria. El encuentro ocurrió a propósito de una mesa de debate entre un grupo de profesores y alumnos de la Escuela de Literatura de San Marcos, convocados por Dorian Espezúa. El tema de la reunión fueron los Siete Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana de José Carlos Mariátegui. En el café Dominó de la Plaza San Martín estuvimos reunidos, además, Giuliano Terrones (UNFV), Henry Rivas (UPC), Mauro Mamani (UNMSM) y Nécker Salazar (UNFV).

Algunos aspectos de la obra más emblemática del Amauta fueron tratados a lo largo del conversatorio. Respecto a la originalidad de Mariátegui, los presentes coincidimos en que su prosa ensayística sentó un precedente respecto a la estética literaria del ensayo. Si bien Facundo de Sarmiento o Ariel de Rodó transitan entre la novela y el ensayo, en los Siete Ensayos queda muy claro que se trata de una prosa de no ficción, pero que no deja de lado el aspecto estético de la prosa ensayística, es decir, en lo referente a la persuasión, la claridad y el abordaje directo y sin digresiones excesivas que caracterizan los ensayos de Mariátegui. Otro aspecto original de esta obra tiene que ver con su visión de la cultura. Los Siete Ensayos han sido considerados por la crítica contemporánea latinoamericana como un antecedente de los estudios culturales. El Amauta hizo lo que en los años 60 y 70 los marxistas ingleses disidentes de la militancia ortodoxa, entre ellos Raymond Williams, hicieron con el marxismo: aplicarlo como método para la explicación de fenómenos culturales, lo cual trasciende el ámbito tradicional de la economía y la sociedad. Los Siete Ensayos son precisamente eso, una aplicación del marxismo como método de interpretación de la cultura peruana. Sin embargo, la impronta de la determinación económica atraviesa todos los ensayos, aunque en el último, “El proceso de la literatura”, es más evidente el sesgo culturalista que el económico.

En relación con lo anterior, tenemos que en su análisis sobre la literatura peruana, Mariátegui es conciente de que su filiación marxista está presente; sin embargo, ello no es obstáculo para que elabore una lectura desprejuiciada de la obra de autores como Eguren o Martín Adán, cuyos textos no encajaban en lo que se consideraba como literatura revolucionaria o progresista y que, además, fuera catalogada por algunos críticos marxistas locales como no comprometida, esteticista o burguesa. Por el contrario, a Mariátegui, el marxismo no le impidió desarrollar un juicio estético de la literatura.

Uno de los puntos finales con el que cerramos el conversatorio estaba relacionado con la vigencia de su pensamiento. En lo referente a la cultura, podemos afirmar que Mariátegui tuvo una visión dualista de la realidad cultural peruana. Al inicio de “El proceso de la literatura” puso especial énfasis en que la literatura y la cultura peruana estaba dividida entre los hispánico y lo quechua y que, en consecuencia, subsistía una jerarquía en la que lo quechua era marginal. Esta apreciación dualista de la cultura deja de lado todas aquellas manifestaciones no hispánicas y no quechuas que también luchan por obtener reconocimiento. Hoy en día, esa postura es insostenible si tenemos en cuenta la realidad multicultural del Perú. También hubo espacio para comentar las afirmaciones del Amauta sobre las razas. Su valoración del aporte de la raza negra es peyorativa: para Mariátegui el elemento negro aportó su sensualidad y fue casi inocua su participación como enriquecimiento de lo local; sobre los coolíes chinos que llegaron a cultivar los campos de arroz en la costa aportaron solamente su fuerza de trabajo pero fueron reticentes a integrarse a la cultura local. En contraposición, pareciera lamentar que los conquistadores españoles carecieran del espíritu aventurero y verdaderamente colonizador del pioner norteamericano. Flota la idea de que Mariátegui hubiera preferido que los ingleses hubieran conquistado estos territorios.

Respecto a la política y a la sociedad, el proyecto de la modernidad fue vital para el autor de los Siete Ensayos. La modernidad fue un anhelo para el liberalismo y el socialismo solo que diferían en la manera cómo llegarían a ella, o sea, en quien concentraría el control de los medios y los modos de producción. El liberalismo no se desarrolló a plenitud en la naciente República porque el espíritu feudal persistía en el inconsciente de nuestra burguesía, a la cual Mariátegui critica por no ser emprendedora como la chilena, sino más bien, acomodaticia, depredadora y corrupta. Censura a la burguesía peruana por no contribuir al desarrollo de un proyecto nacional y por coludirse con los intereses comerciales de corporaciones extranjeras. No obstante, se desliza la idea de que a Mariátegui el liberalismo no le es tan nefasto, es decir, el liberalismo político que apunta a la igualdad de todos individuos frente a la ley y que rechaza la sociedad estamental o de castas y que propone una sociedad constituida por ciudadanos. Al respecto, Mariátegui reflexionó extensamente sobre el rol protagónico del indio en la sociedad peruana. Siguiendo la línea de González Prada, quien consideradaba al indio como el elemento más representativo del verdadero Perú, al Amauta le preocupó mucho la integración del indio al aparato económico. No podría existir una real modernización de la sociedad (tanto económica como sociocultural) si es que persistía aquella actitud característica de nuestra naciente burguesía: liberales en la sala, pero feudales en la cocina. Como señaló en su ensayo sobre el problema del indio, este era de carácter eminentemente económico. Mariátegui concibe que mientras el indio no sea “ciudadano” poco o nada se podrá hacer para consolidar una República moderna en el Perú, porque subsistirá el espíritu feudal-oligárquico en la clase dirigente.

Muchas otras ideas quedaron pendientes de discusión, pero el conversatorio estuvo muy animado, sobre todo por la participación de los alumnos quienes no tuvieron reparos en exponer sus propios puntos de vista acerca de la obra de Mariátegui y sobre la bibliografía crítica de los Siete Ensayos. Mi conclusión particular es que si la crítica renuncia a la toma de postura, a la aventura de lanzar una interpretación propia, pierde originalidad, no porque siempre debamos tener el imperativo de decir algo totalmente nuevo, sino porque si la crítica y la teoría se limitan a repetir sin procesar, nos convertiríamos en simples divulgadores cuando de lo que se trata es de dialogar con los discursos, apropiarnos de ellos, hacerlos nuestros en el mejor de los sentidos, imprimiéndoles nuestro sello personal. Esto fue, a mi parecer, la mayor lección que nos dejó José Carlos Mariátegui: “ni calco ni copia”. El marximo no puede ser dogmático.

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