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EN EL NOMBRE DEL PADRE. UN OLVIDADO ASOMBRO (2014) Y LOS AVATARES DE LA CLASE MEDIA

Publicado en Critica.cl Revista Latinoamericana de Ensayo. 4 de agosto de 2016

En su artículo «La figura del padre en la literatura contemporánea» (2015), el escritor Jeremías Gamboa trazó un panorama de la representación del padre en la literatura contemporánea donde para el caso peruano destacó El pez en el agua (1993), de Mario Vargas Llosa; La hora azul (2005), de Alonso Cueto; Austin, Texas, 1979 (2014), de Francisco Ángeles; Un olvidado asombro (2014), de Marco García Falcón; Nuevos juguetes de la Guerra Fría (2015), de Juan Manuel Robles; y Pequeña novela con cenizas (2015), de José Carlos Yrigoyen. A esta lista se puede agregar La distancia que nos separa (2015), de Renato Cisneros, y los cuentarios La prosperidad reclusa (2011) y Mi familia y otras miserias (2013), de Orlando Mazeyra. Si en la novela de Cisneros, el padre es un personaje clave para desentrañar la historia pública y privada de una nación, en la de García Falcón lo es para indagar en los intersticios de la clase media limeña.

Un olvidado asombro nos muestra, inicialmente, la confortable vida de Joaquín Bolarte, profesor universitario y decano de la Facultad de Letras de una prestigiosa universidad limeña. No obstante, la súbita aparición del hijo de un viejo amigo altera su tranquilidad. Ello se complica con el internamiento de su propio padre, quien debe someterse a una delicada operación. Ambas circunstancias dan lugar a profundas remembranzas que interpelan las certezas que acompañaron a Bolarte hasta ese momento.

En general, la recepción de la crítica periodística ha sido favorable. Javier Ágreda (2014) lo estima como «el mejor prosista de su generación» y califica su prosa como «sabia y precisa». Asimismo, destaca el contraste entre el mundo moderno de las universidades y los gimnasios, y otro más tradicional como el de los amigos y la familia. Julio Meza (2015) también participa de esta lectura precisando que el prestigio y la distinción estimulan el ascenso hacia el poder en ambos espacios. Posteriormente, anota que Joaquín Bolarte logra emanciparse del determinismo paterno y de los condicionamientos laborales y académicos de su oficio. René Llatas Trejo (2015) observa el «lenguaje introspectivo y cadencioso» que intensifica las remembranzas del narrador personaje. Acota que la segunda parte de la novela concita mayor interés, puesto que sitúa al protagonista fuera de su zona de confort: «Es aquí donde García Falcón nos presenta un cuadro justamente realista, tenaz, que aleja todo la superficialidad de la cotidianidad, para insertarle miedos, preocupaciones, reconstruyendo y explorando asimismo la memoria del padre del narrador […]». En su recuento literario, Gabriel Ruiz-Ortega (2014) acude nuevamente al tópico recurrente en gran parte de los comentarios sobre la escritura de García Falcón, a quien coloca como «el mayor prosista de su generación».

En lo que concierne a las posibilidades, limitaciones, nostalgias, éxitos y decadencia de la clase media, la última novela de García Falcón concentra su mayor fortaleza. Sin embargo, la crítica periodística no ha atendido al contraste social y generacional entre las representaciones de la actual clase media y la de mitad del siglo veinte, parte medular de Un olvidado asombro donde se expone una serie de cuadros sociales que representan, por un lado, a un sector de la clase media limeña actual, instalada en un horizonte postconflicto armado interno, postfujimorato, instruida más allá del nivel superior, hedonista y en franco ascenso económico; y, por otro lado, a la de mediados de siglo veinte, trabajadora, en ocasiones migrante, envejecida y con problemas para imaginarse a sí misma en el presente.

Los reparos a la novela radican en su estructura. Entre la apertura y el inicio del argumento central se relatan variados acontecimientos accesorios hasta casi la mitad del camino recorrido, cuando Joaquín Bolarte, el narrador personaje, anuncia el conflicto que da lugar a la historia. Excepto la intriga que despierta la visita de Juan Manuel, hijo de un viejo amigo de Bolarte, —la cual prometía convertirse en eje central— la amistad que este mantuvo con su padre en los años universitarios y las posibles revelaciones que ello traería en el desarrollo de la historia, la primera parte, «Fantasmas», abunda en digresiones que aportan muy poco al argumento. El relato de la confortable e impasible rutina de Bolarte se extiende mucho más de lo necesario. La atención concitada por la misteriosa aparición de ese muchacho se disuelve posteriormente debido a que en la siguiente parte, «Presencias reales», hay un giro hacia la relación con el padre. Y aunque es un giro favorable, puesto que ingresa a una trama más compleja y sugerente, lo hace tardíamente. Si esa trama, que ocupa la mayor parte de la novela, hubiera iniciado mucho antes estaríamos ante una novela más equilibrada en todas sus partes.

La historia del padre de Bolarte cautiva porque la evocación del pasado familiar permite delinear una imagen de esa clase media trabajadora limeña y migrante que no pudo disfrutar directamente, en su mejor momento, los éxitos de su esfuerzo. Pero las digresiones sobre circunstancias relativas a algunos personajes secundarios, nuevamente, retardan el avance de la trama. La novela retoma el ritmo cuando se enfoca en el ocaso del padre, el relato de su testimonio sobre esa actualidad y las breves indagaciones sobre su pasado. A partir de aquí asoman el ascenso, caída y recuperación de una clase media consolidada al término de cinco décadas a través de sus generaciones más jóvenes.

El progresivo deterioro del padre de Bolarte es representativo del ocaso de una generación clasemediera fundamental en la historia social peruana del siglo veinte. Se trata de una clase social de base creciente, proveniente del interior o de los márgenes de la metrópoli capitalina que comenzaba a manifestar su proximidad a ciertos idearios políticos de nación, a diferencia de la reducida clase media de inicios de siglo veinte integrada básicamente por prósperos comerciantes inmigrantes.

Paralelamente, el ascenso de Joaquín es una muestra significativa de una porción privilegiada de la clase media del siglo XXI. Los cuadros de la clase media limeña narrados en Un olvidado asombro  —sobre todo el contraste entre las generaciones de 60 y 40 años— las miradas que tienen sobre el Perú actual, sus expectativas y distancias, y la carencia de oportunidades en el pasado que ahora se traducen en abundancia configuran una sociedad no solo integrada por los exitosos emprendedores provincianos o por hedonistas jóvenes con proyección laboral y académica, sino también por aquella generación envejecida que ve a sus descendientes lograr lo que ellos no pudieron con satisfacción y cierta envidia.

En cuanto a la educación como un recurso para obtener movilidad social, la generación del padre de Bolarte podía prescindir de la formación superior e igualmente emerger socioeconómicamente, pero no la de su hijo Joaquín, cuyo capital social no se fundamenta exclusivamente en la exhibición de riqueza o en el derroche de dinero —muy presente en los evocaciones paternas—, sino en la moderación de los excesos y en la proyección laboral que le depara un prometedor futuro dentro de la burocracia de una distinguida universidad privada donde, además, debe buscar tiempo para el trabajo académico. Joaquín trasciende y niega al padre en tanto reconfigura sus objetivos de vida: estudios superiores, grados académicos, relaciones influyentes y modales refinados. Así, marca la distancia que los separa: no es el hijo de migrantes provincianos que mira hacia el pasado familiar para tomar impulso en su presente, sino el hijo que decididamente mira hacia adelante. Estos contrapuntos requerían un desarrollo más amplio.

Asimismo, la crítica periodística ha soslayado las relaciones intertextuales de la última novela de García Falcón. A diferencia de Contarlo todo (2013), de Jeremías Gamboa, que narra ampliamente las tribulaciones del joven Lisboa a lo largo de una década decisiva en su vida, Un olvidado asombro opera a la inversa condensando un periodo de casi cinco décadas mediante estampas sociales de personajes que hoy oscilan entre 40 y 60 años. En su novela, Gamboa enfatiza la genealogía de un exitoso periodista y, a la vez, fracasado escritor; García Falcón nos sitúa al final del proceso de consolidación profesional, laboral y medianamente intelectual de un aplicado profesor universitario.

De otra parte, Un olvidado asombro se aproxima a La hora azul. Joaquín Bolarte es, en varios sentidos, un émulo de Adrián Ormache: distinguido, preocupado por su imagen, atento al cultivo de buenas relaciones sociales y laborales, e instalado confortablemente en una vida impasible hasta que el retorno del pasado lo desestabiliza. La figura paterna y materna son especialmente significativas en ambas novelas. El padre de Bolarte, así como el de Ormache, hace sufrir penurias a su abnegada y dócil madre, es mujeriego y rechazado por sus futuros suegros. Excepto por la distancia de la clase social, ambos padres son figuras análogas. Los contrastes entre el pasaje urbano y marginal son semejantes desde la mirada de los protagonistas de ambas novelas. Cuando Adrián Ormache visita la casa de Miriam en una zona marginal de Lima, no puede sustraerse a lo que para él significa un drástico cambio en la fisonomía urbana y social: «Saqué el mapa de Lima. Tenía unas notas informativas. San Juan de Lurigancho era el distrito más poblado, tenía más de un millón de habitantes […]. Una avenida grande llamada la avenida de las Galaxias desembocaba en otra llamada Fernando Wiesse. Para mí todo eso era un territorio lunar. Jamás había pensado estar allí» (La hora azul, p. 152). En el caso de Joaquín Bolarte es semejante, pues se trata de sucintos retratos sociales y psicológicos sobre la ciudad y sus habitantes, como si durante su recorrido en auto auscultara la geografía urbana para inferir ciertas cualidades de la gente: «En el camino miraba las calles, los postes apagados de luz, las casas que se iban adecentando conforme cambiaban los barrios» (Un olvidado asombro, p. 140).

Y aunque mantienen correspondencias en estos aspectos, la figura del padre en Un olvidado asombro inscribe otros matices. Joaquín y Adrián reconstruyen la historia paterna reformando su imagen deteriorada. El soliloquio de Joaquín ante el padre postrado en cama es equivalente a la escena en la que Adrián recibe el mandato de su padre moribundo: «Me gustan como a ti el reconocimiento, el aplauso y el elogio de las personas. Me gustan también las mujeres, las miro y las codicio todo el tiempo. […] Tú dices que te sientes orgulloso de mí y eso es verdad, yo tengo que decirte que todo lo que he logrado es por tu, porque me parezco a ti, porque tengo tus mismas habilidades, porque soy una extensión de lo que tú eres» (p. 170). La diferencia es el momento en que ello se manifiesta. En La hora azul, el padre se confiesa ante el hijo al inicio de la novela; en Un olvidado asombro, el hijo se confiesa ante el padre en las instancias finales. En estas circunstancias, Bolarte reconoce explícitamente el «ser-como-el-padre» lo cual Adrián acepta progresivamente. Este emula al padre, ya que es una extensión de su voluntad en el lecho de su muerte y, además, repite al padre en su relación con Miriam. Ambos no justifican a sus padres pero sí logran comprenderlos: Bolarte lo declara antes que el padre muera; Ormache, tiempo después de la muerte del padre: «Las palabras de Miriam resucitaban a mi padre […]. Ella había reconstruido su fantasma y me lo había devuelto» (La hora azul, p.271). Bolarte no condena a su padre, por el contrario, en varios pasajes de la novela manifiesta su indiferencia hasta que se entera de su enfermedad.

La recepción crítica de la última novela de Marco García Falcón, en su mayor parte periodística,  ha concedido, sin mayor análisis, reconocimientos inocuos o recorrido lugares comunes que no permiten ampliar las lecturas sobre cuatro ejes que organizan el discurso de Un olvidado asombro: la historia privada de la clase media de los últimas cinco décadas, la génesis del emprendedurismo de las clases emergentes, el hedonismo de la nueva burguesía que no desea reflejarse en el derrotero de sus antepasados y las relaciones intertextuales que mantiene con otras novelas contemporáneas. Si la mención del estilo, el lenguaje, la prosa  —en general, las cualidades formales— no visibilizan el contenido ideológico del discurso, sencillamente, se pierde la oportunidad de discutir las representaciones que suscita la «buena» o «mala» literatura.