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LA CRUZ Y LA ESPADA

Publicado en El Búho digital, 19 de diciembre de 2014
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El estudio del conflicto armado interno ha suscitado el interés de las ciencias sociales y la crítica literaria. Sin embargo, desde la novela también se ha explorado este periodo de la historia reciente del Perú, por ejemplo,  representando al sujeto subversivo como un ser que emerge de la irracionalidad, el desencuentro cultural o el mal absoluto —Historia de Mayta (1984) y Lituma en los Andes (1997), de Mario Vargas Llosa; La hora azul (2005), de Alonso Cueto; Abril rojo (2006), de Santiago Roncagliolo—; enfatizando la necesidad de comprender antes de juzgar —Rosa Cuchillo (1997), de Óscar Colchado; Retablo (2004) y Criba (2014), de Julián Pérez; o como en El nido de la tempestad (2012), de Yuri Vásquez, trazando la genealogía de la violencia.
En este contexto, El rincón de los muertos (2014) de Alfredo Pita (Celendín, 1948) narra cómo en el marco de un conflicto armado la unidad de intereses entre la Iglesia y las Fuerzas Armadas extiende la supervivencia de la colonialidad del poder. La novela nos sitúa en abril de 1991 cuando la guerra interna venía resolviéndose a favor de las Fuerzas Armadas y los senderistas perdían el equilibrio estratégico en Ayacucho. Vicente Blanco Aguilar —un periodista bilbaíno con amplia experiencia como corresponsal en zonas de conflicto— viaja a Huamanga para iniciar un reportaje sobre la capitulación de Ayacucho, la cual, según la historia oficial, habría puesto fin a la dominación española en América. Conforme avanza en sus indagaciones, Vicente reorienta su interés hacia la comprensión de la violencia que lo rodea sin perder totalmente los vínculos con su proyecto inicial; por el contrario, irá estableciendo paralelos muy reveladores.
Blanco va entendiendo que la capitulación de Ayacucho no significó en absoluto la clausura de la dominación colonial sino la garantía de su continuidad, es decir, de un «colonialismo supérstite», como sentenció José Carlos Mariátegui, pero bajo otras condiciones. En tal sentido, la capitulación de Ayacucho negoció la independencia asegurando la continuidad de nuevos mecanismos de dominación liderados por la sociedad entre la cruz y la espada. Pues del mismo modo que la conquista de América fue una empresa compartida por la Iglesia católica y el imperio español, en un horizonte postcolonial la lucha contra sus enemigos comunes pondría en evidencia esta alianza estratégica. El giro en la investigación de Vicente hace visible el aparato ideológico conducido por Juan Carlos Crispín, siniestro obispo del Opus Dei que refrenda y bendice la violencia utilizada por las Fuerzas Armadas contra los enemigos de Dios y de la patria: Sendero Luminoso, quien le disputa el dominio ideológico-espiritual sobre la población; campesinos acorralados entre dos fuegos, cuya indefinición ante el enemigo es suficiente para dudar de su fidelidad; y periodistas de investigación, quienes desentierran verdades incómodas.
En la historia de la violencia política de los estados-nación imperial y colonial también hallamos esa continuidad. Por ello en El rincón de los muertos España y Perú, Madrid y Lima, Bilbao y Ayacucho están más cerca de lo que parece. Por un lado, el Opus Dei dejó una huella tan profunda en la memoria de Vicente que el encuentro con el monseñor Crispín reactivó el recuerdo de sí mismo resistiendo a sus ocho años el acoso del padre Jacinto, cuya apariencia y la de Crispín evocan a Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador de la Obra. Por otro lado, el correlato entre la guerra civil española y el conflicto armado interno peruano es bastante elocuente. Ambas tuvieron lugar en momentos críticos: de transición hacia una fallida república, en el caso español; y de transición hacia una endeble democracia en el caso peruano.  En ambos conflictos combatieron milicias civiles organizadas en torno a una idea política de izquierda contra fuerzas armadas leales al Estado-nación. Al respecto, Vicente se va enterando cómo las luchas intestinas en la izquierda peruana allanaron el camino a Sendero Luminoso, en contraste con la unidad de los poderes fácticos como la Iglesia y las Fuerzas Armadas. Y así como el Opus Dei se consolidó en España durante el franquismo, la novela de Pita coloca a esta institución católica liderando una doble ofensiva en el Perú al inicio del fujimorismo: aprovechando el amparo del Papa peregrino, la Obra eligió esta ex colonia del imperio español, último bastión realista en América del sur, para librar su propia batalla contra la Teología de la Liberación y, paralelamente, brindar al régimen de Fujimori el mismo apoyo que ofrecieron al general Franco. De este modo, la novela narra el papel activo y militante del Opus Dei dentro de la articulación político-religiosa del fascismo.
Asimismo, las intervenciones del viejo abogado Feliciano Oblitas y Villavicencio reiteran la presencia del racismo como elemento constituyente de la colonialidad: convencido de que solo una élite criolla, la de los españoles americanos, era la única que podría conducir a la naciente república, Oblitas y Villavicencio lamenta que en el Perú no se haya controlado con suficiente rigor a la población indígena como sucedió en Estados Unidos y Argentina. De igual modo, está seguro de que los campesinos muertos en medio de la guerra que enfrenta a senderistas y fuerzas del orden son aliados de los subversivos. La simple condición de campesinos indígenas es suficiente para que Oblitas y Villavicencio los excluya de todo esfuerzo por condenar la violencia que padecen a manos de los militares. Así, se va deslizando la hipótesis de que el alzamiento de los subversivos no es más que una versión actualizada de las insurrecciones indígenas contra el poder imperial. De lo expuesto por este abogado ayacuchano a Vicente, se infiere que en un horizonte postcolonial al nuevo Estado-nación emancipado le habría correspondido ejercer un férreo control sobre la población indígena que el imperio no culminó a fin de garantizar una paz duradera, sin sublevaciones. En otras palabras, para Oblitas y Villavicencio en Ayacucho se libraba un conflicto étnico, donde el poder criollo, heredero del poder colonial, tenía la oportunidad de refrendar su autoridad sobre la población sublevada. En consecuencia, el discurso de la pureza de sangre, que estableció fronteras raciales en la sociedad colonial, subsiste en aquella región donde se dio por terminado el dominio imperial de España en América del sur, y además configura un rígido marco de interpretación acerca de los roles asignados al sujeto subversivo (bárbaro, irracional), al campesino indígena (a priori un combatiente ganado por la subversión, cuya existencia es prescindible), al militar (un patriota), al clero conservador (defensores de la fe) y al periodista extranjero (un advenedizo que magnifica una realidad que no comprende porque es europeo).
Si, como sostuvo Clausewitz, la guerra es la continuación de la política por otros medios, los conflictos armados motivados por el consorcio Iglesia-Estado y el modo cómo se resuelven lo confirma. Luego entrevistar a Oblitas y Villavicencio, y al obispo Crispín, Vicente constató que la capitulación de Ayacucho facilitó una salida política para los vencidos quienes impusieron las condiciones de su rendición a los vencedores. Entonces ¿Cómo clausurar un conflicto aún activo a nivel ideológico-político a pesar de la derrota militar de Sendero Luminoso? ¿Cuál sería la salida política al conflicto armado interno en el Perú? En este punto la novela de Pita advierte en la capitulación de Ayacucho un antecedente cuya actualización reinterpretaría el fin de la guerra interna: una victoria pírrica para el Estado y las Fuerzas Armadas, renuentes a admitir una derrota política ante Sendero Luminoso.
Los vínculos entre historia, periodismo y literatura; la teoría de los dos demonios; la insoslayable impronta de la masacre de Uchuraccay; la perspectiva «externa» sobre la guerra interna en el corazón de Ayacucho a inicios de los noventa; y la vigencia de la colonialidad del poder componen un discurso que añade otro punto de inflexión a la trajinada narrativa del conflicto armado interno. En suma, El rincón de los muertos es un sentido homenaje a los periodistas de investigación que en medio del horror se las ingeniaron para reír y amar.

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