GÉNERO, NACIÓN Y PODER

Genero, nacion y poder

Salt of the Earth (1954) es un filme que narra los padecimientos de la comunidad mexicano-estadounidense en las minas de zinc en Nuevo México. Esperanza Quintero —esposa de un minero que acompaña activamente las demandas de sus compañeros a favor de mejoras salariales y de seguridad en el trabajo— decidió, junto a otras mujeres, apoyar a sus maridos en la lucha. Sin embargo, los mineros desestimaron unánimemente el pedido de sus esposas. Posteriormente, luego de un intenso debate en una asamblea mixta, se aprobó la participación de las mujeres en las jornadas de protesta contra la compañía minera. Estrenada en pleno apogeo del macartismo, fue objeto de censura; y su director, Herbert J. Biberman, y los principales protagonistas, entre los que destacaban Rosario Revueltas, fueron acusados de activismo antiamericano, por lo cual se vieron obligados a radicar en México.

Un aspecto significativo de esta cinta es la interseccionalidad de la categoría género con otras como raza, clase, lengua y nacionalidad. Los mineros, tanto anglos como mexicanos, son reacios a admitir que sus esposas los acompañen en su lucha, debido a su acendrado machismo, el cual también invisibiliza momentáneamente las diferencias socioculturales entre ellos: los obreros anglos reciben un trato algo diferenciado en comparación a los mexicanos; inclusive los patrones intentan dividir a los obreros mediante privilegios para los obreros blancos, iniciativa que no prospera puesto que los mineros forman un grupo compacto aglutinado en torno a la clase social. Pero lo que en realidad brinda solidez a los trabajadores de la mina es su condición de género, la cual sale a relucir cuando su protagonismo entra en disputa a consecuencia de la participación femenina. De este modo, el género introduce una jerarquía subalterna dentro de esta clase social: en un principio, los mineros tienen la convicción de que la lucha es entre los hombres de la clase trabajadora contra los propietarios de la empresa minera, es decir, una batalla entre semejantes en cuanto al género donde las mujeres tendrían poco o nada que aportar. La diferencia geocultural (obreros anglos vs. obreros mexicanos) y lingüística (inglés vs. español) quedaron al margen toda vez que los mineros se asumieron como hombres en batalla contra otros hombres. 

No obstante, la superposición de estas identidades agrava la condición subalterna de las mujeres, a quienes se les niega en un primer momento la posibilidad de luchar contra los opresores. Tal condición subalterna evidencia que no todos los hombres ejercen el mismo dominio sobre la mujer, ya que ello dependerá de la jerarquía sociocultural que ocupen esos hombres y mujeres concretos. Empresarios mineros estadounidenses blancos explotan a mineros blancos estadounidenses y mexicano-estadounidenses; simultáneamente, los mineros confinan a sus esposas a las labores domésticas relegando sus demandas (mejores condiciones sanitarias en las viviendas, acceso a medios de entretenimiento como adquirir una radio) y priorizando las relacionadas con la lucha laboral. Si el sujeto subalterno puede hablar —como discurría Gayatri Spivak en su célebre artículo— el filme de Biberman muestra que ello es posible en tanto obtenga el consentimiento de quien restringe su voz y en la medida que entable una primera lucha en los reductos menos visibles, aparentemente intrascendentes y escasamente explorados como son la vida íntima y privada donde se estructuran las jerarquías de poder.

Al respecto, Das Weisse Band (2010) de Michael Haneke muestra cómo el totalitarismo nazi fue resultado de una condición previa germinada en lo más íntimo de la vida social alemana. Si la familia es un microcosmos del Estado-nación, la crisis de este último puede explicarse a partir de la crisis que atraviesan sus instituciones tutelares, entre ellas, la familia y la escuela. El filme de Haneke sugiere que el severo trato que maestros y padres de familia impartieron a niños y jóvenes sentó las bases para el desarrollo de un discurso autoritario.

De este modo, la lucha contra el poder no solo debe contemplar los grandes escenarios políticos, sino, además, los reductos interpersonales donde se cultiva. Esas pequeñas batallas domésticas preceden y, si son exitosas, sostienen las grandes luchas sociales, aparte de hacerlas más duraderas. Visto así, los procesos de liberación o el autoritarismo se forjan en los intersticios más recónditos de las relaciones interpersonales; me refiero esa dimensión microfísica donde según Michel Foucault se organizan inicialmente las redes del poder y donde sería más factible desestabilizarlo. Deconstruir el machismo, el sexismo, el capacitismo, el fundamentalismo religioso, el racismo, etnocentrismo, diglosia, nacionalismo, etc., implica batallar en la microfísica del poder que cotidianamente refuerza la interseccionalidad entre el género, sexo, discapacidad, religión, raza, etnia, lengua, nación, etc., los cuales, definitivamente, no operan aislada sino coordinadamente.

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