LIMA NO NECESITA MURALES

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Publicado en El Búho.pe 16-03-2015

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Cuando Alan García publicó un poema en El Dominical de El Comercio no fueron pocos los críticos literarios que atraparon el señuelo. Se esforzaron denodadamente en descalificar ese poema y enfatizar la incompetencia de García en materia poética. Sin embargo, lo menos importante era analizar las virtudes literarias del ex presidente, sus lecturas formativas o su cultura literaria. Aquella publicación significó una flagrante manifestación de poder, lo cual pasó inadvertido para los críticos nacionales. De modo semejante, ahora que Luis Castañeda Lossio decidió borrar los murales del centro de Lima, las críticas se concentran en su incompetencia para evaluar idóneamente una expresión cultural, dejando de lado que esta decisión es una desesperada exhibición de poder.

No son las representaciones delos murales lo que enfurece al alcalde de Lima, ni siquiera el que algunas de ellas hayan sido pintadas por un miembro del Movadef o que la gestión de Susana Villarán haya remunerado a los artistas que pintaron los murales, pues no lo anima la austeridad económica. Tampoco es una cruzada de la alta cultura contra la cultura popular ni una defensa cerrada de la elegancia colonial del Centro Histórico contra los cultores del mal gusto. Lo que verdaderamente lo hace rabiar es que la seducción de su pragmatismo -de la obra que habla por sí sola, del cemento que silenciaba cualquier crítica- ya no cautiva como antes a los limeños.

El peso de su pragmatismo resumido en la consigna «Vuelven las obras» viene convirtiéndose en peso muerto, es decir, en lo que realmente es si solo se valora un gobierno a partir de la cantidad de pavimento y concreto vertido en la ciudad, prescindiendo del valor que comporta el vivir en una ciudad diversa donde el encuentro con el otro es un diario desafío.

Castañeda apela al sujeto práctico, al que no cuestiona el procedimiento sino que exige resultados, al hombre y mujer resolutivos, no reflexivos. En una maniobra desesperada apela a una fibra sensible en el imaginario nacional: Sendero Luminoso. Pues si calificar al adversario ideológico como «maricón», «negro de mierda», «indio bruto» o «calabacita» es hoy políticamente incorrecto, decir que el otro es un «terruco» todavía es muy rentable en la política nacional, pues si no nos encontramos premunidos de buenos reflejos, nos veremos envueltos en un perverso sentido común: en que la violencia siempre viene del otro.

Y esto es solo el comienzo. Los embates del actual alcalde de Lima serán más intensos según interprete que va perdiendo aceptación. La historia ha demostrado que los gobernantes autoritarios no se intimidan sino que endurecen sus métodos contra el descontento popular.En los casos más desesperados, agudizan las contradicciones estableciendo fronteras entre el bien y mal, lo necesario y lo inútil, el progreso y el atraso, la palabra y la acción o la eficiencia y la incapacidad a fin de conservar una reserva dura de apoyo siempre dispuesta a conservar el poder y asegurar la desigualdad en su favor.

En la guerra los vencedores imponen condiciones a los vencidos; además de infligirles pérdidas materiales y simbólicas, se empeñan por borrar la memoria de quienes han sido derrotados:cambios de nombre, desplazamiento o transformación de espacios, movilización de poblaciones, imposición de un credo, lengua, nacionalidad, etc. Castañeda está librando una guerra contra los ciudadanos que dijeron NO a la revocatoria de Susana Villarán e intentando aplacar el rechazo creciente entre sus seguidores. Le está costando asimilar que el voto que lo llevó al sillón municipal no significaba necesariamente una licencia para aniquilar la memoria de su predecesora. Castañeda debe creer que está castigando ejemplarmente a quienes se rehusaron admitir que él representa la mejor elección para Lima; está convencido de que está disciplinando a los que niegan que «las obras hablan por sí mismas» y que «es mejor hacer que hablar».

Insistir en la falta de criterio para promover la cultura no hará mella alguna al autoritarismo de Castañeda, por el contrario, le servirá como insumo para demoler lo avanzado por Susana Villarán. Debemos persuadir a la gran mayoría de ciudadanos que viven en Lima no solo deque se está cometiendo un atropello contra algunos artistas y sus obras, o deque nuestra ciudad requiere espacios masivos de acceso para contemplar arte al aire libre, sino de que otra ciudad es posible, una en la que la reflexión sobre los procedimientos sea tanto o más importante como la obtención de resultados, donde la cultura no sea un emblema vacío de distinción social sino una prioridad para reconocernos todos.

Hasta ahora la intolerancia ante la disidencia lo está haciendo hablar. Debemos sacarlo de esa zona de confort que es el silencio contrariando su discurso resultadista con mayor contundencia. El desafío está en hacer que Castañeda hable evidenciando el autoritarismo de su obrar.

 

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