¿Puede el subalterno hablar?

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Los fines de semana suelo leer “Rincón del autor”, columna de Hugo Guerra en El Comercio, cuyas apreciaciones previas a la del último sábado 7 de junio, se caracterizaban por la precisión y la claridad en la forma que exponía sus ideas. Grande fue mi sorpresa al leer su artículo titulado “La tuerca que debe ajustarse”, en la cual tiene frases nada halagüeñas respecto a Evo Morales. Me recordó a una editorial de Aldo Mariátegui en la que luego calificar a los reservistas etnocaceristas como ignorantes, los conminaba a leer la carta que Miguel Grau escribió a la viuda de Arturo Prat, como ejemplo de respeto al rival caído. Curiosa la persuasión de Aldo: insulta primero y luego sustenta la idea del respeto al adversario.

Similar actitud tuvo Mario Vargas Llosa al comentar la visita de Evo Morales a España poco después de ser elegido presidente de Bolivia: “ardilla trepadora”, “peinado de fraile campanero”, “sus chompas rayadas con todos los colores del arco iris, las casacas de cuero raídas, los vaqueros arrugados y los zapatones de minero se convertirán pronto en el nuevo signo de distinción vestuaria de la progresía occidental. Excelente noticia para los criadores de auquénidos bolivianos y peruanos, y para los fabricantes de chompas de alpaca, llama o vicuña de los países andinos, que así verán incrementarse sus exportaciones ”. Si bien más adelante Vargas Llosa modera sus frases y elabora una argumentación más sólida frente al nacionalismo emergente en América Latina, estas apreciaciones no hacen más que encender la pradera, oscurecer la comprensión del problema y convertir su imagen en blanco de ataques, es decir, el objetivo mayor que consiste en criticar alguna postura totalitaria se desvirtúa cuando se recurre a las mismas estrategias arteras de quienes son criticados.

Esta es la actitud que me sorprendió al leer el artículo de Hugo Guerra: “Quizá esté emulando a su paradigmático Hugo Chávez, o tal vez desde su psicología de subalterno acomplejado pretenda convertirse en una suerte de gorila andino. Y esto no es uso de adjetivos azarosos, porque quien lo haya observado en las reuniones internacionales, advertirá que mezcla la hipocresía formal con el ataque artero”. ¿Acaso esta apelación a complejos de inferioridad y a la fisonomía andina no son “ataques arteros”? Parece que Guerra olvidó las fallidas palabras del padre de Lourdes Flores, a quien la lideresa de Unidad Nacional le debe el no haber llegado a la segunda vuelta electoral en 2002.

Es cierto que los comentarios de Evo Morales sobre la obesidad y el antiimperialismo de Alan García estuvieron fuera de lugar, toda vez que un mandatario invitado a una cumbre debe guardar las formas que corresponden a su investidura. También es cierto que Morales, lamentablemente, no puede zafarse de la impronta bolivariana y pareciera que asumir actitudes desafiantes en los eventos internacionales fuera una manera de imitar a Hugo Chávez. Sin embargo, cuando Guerra plantea su crítica a Morales en los términos citados líneas arriba, difícilmente logrará persuadir a aquellos que consideran a Evo Morales como un modelo de reivindicación de los derechos de las minorías indígenas. A propósito de esto, escribí un extenso ensayo sobre el Arequipazo, en el cual sostengo que más que un reclamo contra la privatización, la protesta popular en la Ciudad Blanca estuvo amparada por la indignación de la ciudadanía frente a los insultos del ministro del Interior, Fernando Rospigliosi.

La hipocresía formal que Guerra adjudica a Evo Morales también la tuvo Alan García en similares circunstancia y ante Hugo Chávez. Luego de que aquel fuera calificado como “ladrón de siete suelas” por el presidente venezolano, en la cumbre de Santa Cruz, ambos de estrecharon la mano para la fotografía. Al ser consultado por la prensa, García declaro que “hay química”. Más integro fue Rafael Correa en Lima, ya que de ninguna manera iba a prestarse a fingir que con Álvaro Uribe podría existir un simple borrón y cuenta nueva.

En otra sección del artículo, Guerra dice: “frente al enfoque radical de Evo Morales sobre la relación con el Perú, es hora de reaccionar con prudencia pero con energía”. Plenamente de acuerdo, señor Guerra, aunque cabe decir que el tono que utiliza en su texto más enérgico que prudente. Revocar las facilidades de acceso de Bolivia al mar de Ilo, militarizar la frontera con Bolivia (ud. critica a Chávez pero propone lo mismo que él frente a Colombia).

Entonces, ¿debemos tolerar los exabruptos de Chávez y Morales? En absoluto; lo que debemos hacer es combatirlos con buenas ideas. Ello significa solidez en los argumentos y desapasionamiento. Impregnar de emotividad a nuestras opiniones es casi inevitable, pero lo que sí podemos —y debemos evitar— es convertirnos en fanáticos del antifanatismo.

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