Archivo por meses: marzo 2009

Darwin no era buen estudiante, no iba mucho a clase

Charles Darwin, autor de la teoría de la evolución por la selección natural, no era un buen estudiante. Eso sí, le gustaba vivir bien. Pagaba un extra para comer verduras (cinco peniques y medio para acompañar la ración diaria de carne y cerveza) y tenía sirvientes que le hacían la cama, le limpiaban los zapatos y le traían carbón para la chimenea. Todos estos detalles han quedado registrados en seis libros de facturas descubiertos recientemente en la Universidad de Cambridge.

“Los libros muestran que Darwin disfrutó de toda la parafernalia que alguien esperaría de un caballero del siglo XIX”, ha contado un portavoz de la universidad. Entre 1828 y 1831, sus años de estudiante, “pasó poco de su tiempo en Cambridge, estudiando o en clase” porque “prefería disparar, montar a caballo o recoger escarabajos”.

“Gracias al descubrimiento, los historiadores han podido saber el día exacto que Darwin llegó a la universidad (el 26 de enero de 1828) – y una cantidad de detalles que les van a permitir reconstruir su vida de estudiante como nunca antes”, ha declarado este mismo portavoz.

El especialista en Darwin John van Wyhe ha explicado que, 200 años después de su nacimiento, la vida de estudiante de Darwin era prácticamente desconocida hasta que han sido descubiertos estos seis libros de cuero, escritos a mano, que detallan las finanzas de los estudiantes en esa época. “Se trata de detalles muy íntimos”, ha continuado el académico. Desde hoy se pueden visitar en esta página: http://darwin-online.org.uk.

Años después, Darwin hablaría de sus días de estudiante como “los más alegres de mi feliz vida”. Al acabar sus estudios, el naturalista inglés se embarcó en el famoso viaje a bordo del Beagle, rumbo a América del Sur, donde desarrolló la teoría de la evolución que luego publicó en su libro El origen de las especies.

Adaptado de El País de España (23-03-09)


Facturas de Darwin en Cambridge

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Recordando al maestro Raúl Porras Barrenechea

Un día como hoy, en Pisco, en 1897, nació uno de los historiadoras más influyentes del Perú en el siglo XX, Raúl Porras Barrenechea. A propósito de esta fecha, ensayamos unas breves ideas sobre su figura y obra.

Raúl Porras Barrenechea se formó intelectualmente en una época crucial de nuestra vida republicana: la crisis del civilismo (la República Aristocrática) y el inicio de la Patria Nueva de Augusto B. Leguía. Fue una época muy rica, efervescente, en la vida política, social, económica e intelectual del país, así como en la del resto de América Latina. Como alumno de San Marcos, estuvo muy influenciado por el movimiento universitario que demandaba un mayor compromiso de la Universidad con los problemas nacionales. Fue una época, además, marcada por la presión del movimiento obrero en sus reivindicaciones laborales y los pedidos de la naciente clase media por conseguir mayor participación en los manejos del Estado. En fin, es una coyuntura en la que universitarios, obreros y grupos medios reclaman un Estado más democrático y redistributivo. Por último, se trata de una coyuntura en la que se consolida la economía de exportación, hay un proceso de expansión urbana en la costa y el país intenta resolver sus problemas limítrofes pendientes.

Ese fue el ambiente que rodeó a la llamada Generación de la Reforma Universitaria (1919) o del Centenario, al conmemorarse en 1921 y 1924 los primeros 100 años de nuestra independencia del Imperio español. A ella pertenecieron, además de Porras, intelectuales de la talla de Jorge Basadre, Luis Alberto Sánchez, Jorge Guillermo Leguía, César Vallejo o Luis E. Valcárcel, entre otros; en el campo político, se suman a ella Haya de la Torre y José Carlos Mariátegui. Como vemos, buena parte de la trayectoria política e intelectual del país en el siglo XX se debió a este grupo de jóvenes, quienes escribieron sus obras fundamentales en la década de 1920. El problema del indio, la existencia de la nación peruana o, simplemente, qué es el Perú fueron sus planteamientos básicos. No olvidemos, por último, que este grupo de intelectuales también se nutrió de las ideas de la generación anterior, la del Novecientos, especialmente de José de la Riva-Agüero y Osma, Francisco García-Calderón y Víctor Andrés Belaunde.

Realmente hubo, por esos años, una vocación totalizadora; es decir, una preocupación por entender al Perú desde todos sus aspectos. Ello explica, en gran medida, la trayectoria intelectual de Porras quien fue más allá del oficio de historiador, y que puede ser resumida como la de formar o levantar conciencias. La verdad, hasta ahora nos sorprende su gran capacidad de trabajo que se desdoblaba en la cátedra universitaria, la investigación académica y la participación política. No cabe duda que su verdadera vocación fue el Perú. Influido por Riva-Agüero y Belaunde, defendió el carácter mestizo de la nación peruana. No fue ni hispanista ni indigenista. Sus libros y artículos demuestran su preocupación por comprender la influencia hispánica (sus estudios sobre la Pizarro, la Conquista, los cronistas, las instituciones virreinales) y andina (sus aproximaciones al Tawantinsuyo o su ensayo sobre el cronista indio Felipe Guamán Poma y Ayala). Porras, además, se preocupa por descubrir el origen del nombre del Perú y su vocación por el mestizaje queda demostrada por su brillante aproximación a la vida y la obra del Inca Garcilaso de la Vega, nuestro primer historiador.

Su innegable preocupación por el Perú se extiende a la profunda investigación que hizo sobre la historia de nuestros límites fronterizos. Para esa titánica empresa, enmarcada en los asuntos pendientes con los países vecinos, Porras tuvo que hurgar documentos que se remontaban a los años de la Conquista española. Los derechos territoriales del Perú, especialmente el tema de las provincias cautivas de Tacna y Arica, es algo que lo desveló y lo llevó no sólo a la investigación sino a la vida diplomática. Trabajó en el Ministerio de Relaciones Exteriores, integró varias misiones al exterior y, en plena madurez intelectual, a fines de los años cincuenta, fue nombrado Canciller de la República por el presidente Manuel Prado. Su nombramiento coincidió con una coyuntura internacional muy crítica: el triunfo de la Revolución Cubana y los intentos de los Estados Unidos por condenar el hecho y decretar el bloqueo a Cuba. Como historiador, como gran conocedor del pensamiento de los precursores y libertadores (manejaba al dedillo el pensamiento de Viscardo, de Bolívar, de Miranda, de Sánchez Carrión), no podía claudicar de las ideas de integración y solidaridad continental. Por ello, cuando representaba al Perú en una reunión de cancilleres convocada por la OEA, en la que Estados Unidos presionó para que todos los países del Hemisferio condenaran a Cuba, él, luego de un brillante discurso, votó en contra. Su voto consecuente, lamentablemente, no fue compartido por el presidente Prado quien, en una actitud que lindó con el maltrato, lo destituyó del cargo. Para muchos que lo conocieron, este episodio amargo le precipitó la muerte en setiembre de 1960.

Pero yendo a asuntos más gratificantes, Porras es recordado por sus brillantes clases. Su elocuencia, sus gestos, su gran erudición (recitaba en las aulas páginas enteras de los cronistas, por ejemplo) todavía son recordados por aquellos que lo escucharon en las aulas de San Marcos o la Universidad Católica. No quedaba ni un espacio vacío cuando se anunciaban las clases del maestro Porras. Al menos en el campo de las Humanidades, no hubo otro profesor universitario como él. Jorge Basadre recuerda que sabía Porras dar una amenidad muy propia a sus clases, sus conferencias y sus conversaciones. Logró en su aula escolar y universitaria algo muy raro en una época contestataria: que los alumnos lo aplaudieran entusiastamente y que las llenaran aunque solía escoger, como profesor, a veces, horas inverosímiles. Son muchos los que recuerdan, desafiando los años, sus conferencias admirables entre otras las que dedicó a Pancho Fierro y a la ciudad de Lima (donde acuñó la frase “Del puente a la Alameda”). Su aptitud para la frase rapidísima, ingeniosa, chispeante y certera, o sea para lo que cabe llamar la espontánea gracia vituperativa, infaliblemente causada gran impresión en su auditorio, cualquiera que él fuese.

Su elocuencia también se trasladó al Parlamento en los años que le tocó representar al departamento de Lima en el senado de la República. Sus intervenciones eran piezas maestras de retórica y sabiduría. Con un castellano impecable (fue miembro de la Academia Peruana de la Lengua), se desenvolvía en todos los temas que le tocaba defender u opinar. No por casualidad, hoy uno de los hemiciclos del Congreso lleva su nombre.

Esa misma brillantez se nota en cada página que escribió. Porras exhibió una de las prosas más impecables del siglo XX peruano. Además, a la pulcritud del idioma le añadió la solidez en el manejo de las fuentes y sus agudos comentarios. Cada dato y cada opinión eran respaldados por un vasto aparato bibliográfico y documental. Cuentan que, como erudito, extremaba su escrupulosidad y era capaz de de pasarse días enteros hasta encontrar la certeza de la exactitud en un dato. Como comenta Mario Vargas Llosa, escribió siempre como si el país al que pertenecía fuera el más culto e informado del mundo, exigiéndose un rigor y perfección extremos, como correspondería al historiador cuyas investigaciones van a ser sometidas al examen de los eruditos más solventes. Basadre, por su lado, anota lo siguiente: Muchas de sus páginas son de antología. Su prosa se revistió en determinados pasajes de atavíos clásicos; pero, en innumerables ocasiones, irrumpe de pronto en ella, con puntería certeza de cazador, el ingenio criollo para generar el adjetivo preciso, el detalle esclarecedor, la anécdota amena y también para volverse, cuando quería, demoledor e implacable.

Pero quizá ese excesivo celo por la rigurosidad le impidió concretar, como muchos opinan, la gran obra para la que él estaba sindicado: una síntesis de la historia del Perú. Hasta 1960, Porras era, en el Perú, el historiador más capacitado para escribir la historia del Perú “total”, desde los primeros habitantes que poblaron el territorio peruano hasta nuestra trayectoria republicana.

Por último, Porras es también recordado por haber formado un nutrido grupo de discípulos. Sus clases en la Universidad se trasladaban a su casa de la calle Colina, en Miraflores, donde acudían sus alumnos más destacados y una pléyade de intelectuales, tanto nacionales como extranjeros, para investigar en su biblioteca y a conversar o discutir, con tasas de chocolate caliente incluidas, temas académicos o de interés nacional. Por allí desfilaron alumnos como Pablo Macera, Mario Vargas Llosa, Carlos Araníbar, Waldemar Espinoza, Hugo Neyra, Luis Jaime Cisneros, Raúl Rivera Serna o Féliz Álvarez Brun, e intelectuales consagrados como Víctor Andrés Belaunde o el poeta José Gálvez. Dice Vargas Llosa que en esas tertulias se aprendía más que en las aulas de San Marcos: no sólo era entretenido pasarse esas tres horas consultando las crónicas; además, con motivo de una averiguación cualquiera, había la posibilidad de escuchar una disquisición de Porras sobre personajes y episodios de la Conquista.

Por todo lo expuesto, el lector puede estar seguro de tener ahora en sus manos dos de los textos más emblemáticos preparado por el maestro Porras, “Pequeña Antología de Lima” y “El nombre del Perú”, en los que quedan demostradas las calidades académicas de un conocedor sin par, en este caso, de la historia de Lima y del origen mestizo del nombre del Perú.

BREVES DATOS BIOGRÁFICOS.- Raúl Porras Barrenechea, quien fue historiador, catedrático universitario, político y diplomático, nació el 23 de marzo de 1897 en Pisco en el seno de una familia de “clase media” de la época. Sus padres fueron Guillermo Porras Osores y Juana Barrenechea y Raygada. Cuando era muy niño, su familia se traslada a Lima donde realiza sus estudios escolares y universitarios. Pasó por las aulas de los colegios San José de Cluny en Lima (1900-1905) y La Recoleta (1906-1911). En 1912, ingresa a la Universidad de San Marcos en la que se gradúa de Bachiller y Doctor en Letras (1928).

Su trayectoria como docente se inició como profesor de Historia en los colegios Anglo Peruano (1923-34) y Antonio Raimondi (1932-34); luego, en San Marcos, lleva la cátedra de Historia de la Conquista y la Colonia (1931). Asimismo, es director del Colegio Universitario (1931), profesor del curso Fuentes Históricas Peruanas en la Universidad Católica (1933-58), Director del Instituto de Historia de la Facultad de Letras en San Marcos, organizador del I Congreso Internacional de Peruanistas, y miembro del Instituto de Historia del Perú y de la Academia Peruana de la Lengua.

Su trayectoria política se inicia muy joven siendo uno de los animadores de la Reforma Universitaria (1919) y como miembro del Congreso Nacional de Estudiantes (Cusco, 1920) en el que presentó propuestas innovadoras para la organización de la Federación de Estudiantes. De otro lado, su vida diplomática se inicia cuando es incorporado al servicio del Ministerio de Relaciones Exteriores como secretario del ministro Melitón Porras (1919); también trabajó en el Archivo de Limites (1920) y la Biblioteca de Torre Tagle (1922). Luego, asumió la jefatura del Archivo de Limites (1926) y redacta la Exposición presentada a la Comisión Especial de Limites sobre las fronteras norte y sur del territorio de Tacna y de Arica (1926-27). Cabe destacar que, como intelectual, fue uno de los miembros más destacados de la llamada Generación de 1920 o Generación del Centenario, quizá la más ilustre del Perú del siglo XX, junto a personajes de la talla de Jorge Basadre, Luis Alberto Sánchez y Jorge Guillermo Leguía.

En 1935, viaja a España en calidad de Ministro Consejero e integra la delegación acreditada ante la Liga de las Naciones como Ministro Plenipotenciario (1936-1938). Asimismo, asistió a las conferencias peruano-ecuatoriano, en Washington, para negociar el diferendo limítrofe (1938). Residió varios años en Europa dedicado a investigar en los archivos españoles (1940).

Se reencontró con la política activa en 1956 cuando fue electo senador por Lima y ejerció la presidencia de su Cámara. Debido a su talla intelectual, el presidente Manuel Prado lo nombra Ministro de relaciones Exteriores, cargo que ejerció de 1968 a 1960. En dicho cargo, en una reunión de cancilleres en la OEA, cuando los miembros de este organismo votaron la exclusión de Cuba de la Comunidad Americana, Porras votó en contra de esa medida. En represalia, el presidente Prado, siempre alineado a los intereses norteamericanos, lo separa de su cargo. Esta amarga experiencia lo lleva a la muerte, en Lima, el 27 de setiembre de 1960.

El maestro Porras fue autor de casi un centenar de obras fundamentales para la historia de nuestro país. Entre ellas, destacan Alegato del Perú en la cuestión de limites de Tacna y Arica (1925), Historia de los limites del Perú (1926-1930), El Congreso de Panamá, 1926 (1930), Cuadernos de Historia del Perú (1936), Pizarro, el fundador (1940), Pequeña antología de Lima (1961), Mito, Tradición e Historia del Perú (1951), Cronistas olvidados sobre el incario (1941).

A MODO DE CONCLUSIÓN.- Raúl Porras Barrenechea fue, sin lugar a dudas, una de las figuras cumbres de la intelectualidad peruana del siglo XX. Quienes lo conocieron, reconocen en él no sólo al gran erudito sino al agudo crítico del pasado peruano. En sus libros podemos apreciar no sólo su rigor científico sino una prosa impecable. En sus clases, hacía gala de una erudición que no conocía límites así como de una elocuencia que encandilaba al auditorio. Durante los años cuarenta y cincuenta, con toda seguridad, era el que más conocía nuestro pasado, desde los tiempos prehispánicos hasta la dura experiencia republicana. Por ello, muchos esperaron de él el gran libro que sintetizara las tres grandes etapas de nuestra historia. Lamentablemente, no lo hizo, quizás, por las múltiples responsabilidades que le toco asumir, tanto en la universidad como en la vida diplomática y la arena política. Sin embargo, a pesar de no habernos dejado esa gran síntesis, nos legó un conjunto de estudios monográficos que nos abren surcos imprescindibles para conocer temas tan variados como la vida de Pizarro, las crónicas y los cronistas, las instituciones del virreinato, los ideólogos de la Emancipación, la historia diplomática o la literatura virreinal y republicana. Su compromiso académico, además, queda consolidado al ver cuántos intelectuales de primera importancia en nuestro país se consideran discípulos del maestro Porras. Por último, no podemos olvidar su más profundo americanismo, de solidaridad continental, cuando le tocó ejercer, al final de su vida, el cargo de ministro de Relaciones Exteriores.

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El Hotel Country Club de San Isidro

En 1925 se formó la empresa “Sociedad Anónima Propietaria del Country Club”, con un capital de 150,000 libras peruanas. La idea era construir el Country Club y urbanizar el área contigua de 1´300,000 metros cuadrados adquiridos a las haciendas Conde de San Isidro, Lobatón, Matalechuzas y Orrantia. Se calculó vender los terrenos de esta urbanización a 15 soles por metro cuadrado urbanizado para reinvertir parte de las ganancias en la construcción del nuevo edificio. En 1926 se funda el “Lima Country Club”, empresa independiente de la anterior, que contrató la elaboración del proyecto arquitectónico del local del club. La tarea de terminar los planos fue encargada al arquitecto norteamericano T.J. O´Brien, quien culminó el proyecto e inspeccionó la construcción. Gran parte de los materiales de construcción fueron importados de Estados Unidos y Gran Bretaña. El local fue inaugurado el domingo 8 de febrero de 1927 por el Presidente Augusto B. Leguía. Hubo un almuerzo al Presidente, a su Gabinete de Ministros y una serie de personalidades políticas, intelectuales y artísticas de la ciudad.

Desde aquella lejana fecha, hasta mediados de los años setenta, el Country Club fue el local predilecto de la elite limeña para sus actividades sociales. En sus primeros 70 años de existencia, el Hotel Country Club recibió a innumerables personalidades de la política y el espectáculo, contando entre sus huéspedes a mandatarios, príncipes y diplomáticos. Las actividades más importantes eran los matrimonios, agasajos a personalidades, bailes de carnaval y año nuevo, almuerzos de camaradería y grandes banquetes. Entre las personalidades que se alojaron en el Hotel estuvieron el Duque de Windsor con su esposa (quien había renunciado al trono de Inglaterra), el presidente de Francia Charles de Gaulle, la actriz Ava Gardner y muchos otros representantes de la política, el arte, las letras y el espectáculo.

Luego de una ligera “decadencia” en los años 80 y principios de los 90, el Consorcio Inmobiliario Los Portales tomó la concesión del Country Club (1996), en sociedad con ICA, de México, para devolverle su tradicional belleza y esplendor. Con una millonaria inversión el hotel fue remodelado guardando su estructura original y abrió sus puertas el 21 de Julio de 1998. Hoy, el Hotel es Patrimonio Cultural declarado por Resolución del Ministerio de Educación y del Instituto Nacional de Cultura.


El Country Club en los años 30

El hotel tal como luce en la actualidad

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El Hotel Bolívar

El 28 de diciembre de 1972, por Resolución Suprema, el “Gran Hotel Bolívar” fue declarado monumento nacional. Símbolo de Lima, este primer hotel de lujo que tuvo nuestra capital, fue inaugurado el 9 de diciembre de 1924 por el presidente Leguía como parte de las celebraciones del Primer Centenario de la batalla de Ayacucho.

Pero hagamos un poco de historia. Desde la administración del alcalde Federico Elguera (1901-1908), hubo diversos proyectos para encontrar un uso adecuado al terreno donde hoy se levanta el Gran Hotel Bolívar. Elguera propuso construir el Gran Teatro Nacional, que nunca pudo hacerse realidad. Después se levantó una novedosa carpa, la “Carpa Pathé”, donde se proyectaban películas que llegaban a Lima. Luego hubo el proyecto de construir el Hotel Pizarro en dicha manzana. En 1921, durante el Centenario de la Independencia se convirtió el terreno en salón para al Exposición Internacional de Industrias. Popularmente se le conoció como el “Palacio de Cartón” pues era un edificio de “cartón-piedra” donde en su interior había juegos mecánicos, venta de comidas, rifas y otras diversiones. Terminadas las festividades, resurgió la polémica para ver qué se hacía con el terreno. Entonces, fue en el contexto del próximo Centenario de la batalla de Ayacucho (1924) que Leguía convenció al empresario Augusto N. Wiese para que construyera el Gran Hotel Bolívar conjuntamente con otros inversionistas integrantes de la empresa Sindicato Wiese que él presidía.

Al momento de su inauguración, se contrató a Ernesto Oechsner, maitre del Hotel Ritz de Londres, y como chef de cuisine al suizo José Heanggi. Los primeros administradores fueron José Visconti y Samuel Velásquez, propietarios del Hotel Maury y del Restaurant del Zoológico, de amplia experiencia en este ramo.

En Lima, la ciudad de los virreyes, obra de Cipriano A. Laos (1927) se lee lo siguiente: El estilo empleado en la construcción de la fachada principal es adaptación del colonial peruano, de cuerdo con los planos presentados por el arquitecto Sr. R. Marquina; luego, agrega: El arquitecto a cuyo cargo corrió la obra así como la confección de los planos fue el señor Marquina, de nacionalidad peruana y los ingenieros constructores Fred T. Ley y Co., de EE.UU. de América.

En efecto, el imponente edificio de seis plantas, sobre un terreno de 4 mil metros cuadrados, en el cruce de la avenida Nicolás de Piérola y el jirón de la Unión, frente a la plaza San Martín, es ejemplo de la influencia modernista en la arquitectura peruana. Fue diseñado por Rafael Marquina, arquitecto peruano formado en al Universidad de Cornell en Estados Unidos (1909), quien a su regreso fue uno de los máximos exponentes del estilo neocolonial, caracterizado por la aplicación de los materiales contemporáneos a una concepción tradicional; Marquina también se encargó de la construcción del Hospital Arzobispo Loayza, del Puericultorio Pérez Araníbar y del conjunto arquitectónico de la Plaza San Martín.

El hotel fue concebido para alojar a presidentes y dignatarios; por ello, su mobiliario y sus acabados constituyen una ostentación del lujo de la época. Las columnas y los pisos de sus salones principales son de mármol importado de Italia y la mayoría de las lámparas que lo iluminan fueron adquiridas en Francia. En su libro, Cipriano A. Laos menciona la linda rotonda circundada de columnas y con soberbia farola de finísimo ‘vitreaux’, la iluminación y decorado es realmente atrayente; mueblería confortable y elegante de la casa inglesa Waring Gillow. Como vemos, no se escatimó en los gastos. Por ejemplo, se adquirieron muebles antiguos para el salón dorado, compuesto por espejos, consolas, canapés, sillones y sillas, y otros juegos de salón de madera exquisitamente tallada y con aplicaciones en bronce.

En el Bolívar se alojaron príncipes europeos y asiáticos. El primer dignatario hindú que visitó oficialmente nuestro país, el Maharajá de Kapurtala, estuvo entre sus huéspedes; asimismo, connotados artistas y hombres de negocios. Incluso, el gran intelectual peruano José de la Riva-agüero y Osma pasó los últimos años de su vida en una de sus suites, luego de que el terremotos de 1940 dañara seriamente su residencia de la calle Lártiga.

Como datos curiosos, podemos mencionar que en el Bolívar están los dos primeros ascensores que funcionaron en el Perú (uno de los cuales aún está operativo), así como el primer radio a tubos que se pudo escuchar en el país, que fue instalado en la habitación 312, la que, frecuentemente, era asignada a los más altos funcionarios. Cabe destacar que en 1934 el hotel fue ampliado, bajo la supervisión del propio Marquina, y restaurado luego del terremoto de 1970.

De otro lado, el Gran Hotel Bolívar contaba con dos bares, el Bar Inglés y el Cocktail Lounge. Después de los años 40, fue abierto el Grill Bolívar, restaurante, bar y salón de espectáculos, en el subsuelo del edificio, con entrada por la avenida La Colmena. La elegancia de sus bares y la profesionalidad des sus barmen los volvieron insuperables, sobre todo en la difusión de nuestro pisco sour.

Estas fueron algunas de las celebridades que visitaron el Bolívar: Walt Disney (1942), John Wayne, Clark Gable, Ava Gardner (1940), Orson Welles (1950), Ginger Rogers (1955), Yul Brynner (1957), John Derek y Ursula Andrés (1959), Rita Hayworth (1962), Maurice Chevalier (1963), Cantinflas (1965), Roberto Rossellini (1965), Tyrone Power, Vivien Leigh, Alain Delon (1965), Marcel Marceau (1965), Dámaso Pérez Prado (1951), Pedro Infante (1957), Mick Jagger y Keith Richards (1969), Nat King Cole (1959), Agustín Lara (1964), Igor Stravinsky (1960), Louis Amstrong (1962), André Malraux (1959), Jorge Luis Borges (1960), Pablo Neruda (1966), William Faulkner, Robert Kennedy (1966), Christian barnard (1968), la esposa del presidente Richard Nixon (1958 y 1970), entre otros.

En 1962, la familia Wiese vendió el hotel al empresario tejano John W. Mecon, quien años después lo donaría a la cofradía jesuita de los Frailes Menores de la Providencia del santísimo nombre de Jesús. En 1979, la empresa Inversiones Gran Hotel Bolívar S.A., propiedad de Luis León Rupp, lo adquirió, y fue transferido, en 2003, a la empresa panameña Hurón Equities Inc. Debido a problemas entre sus propietarios, el destino del Bolívar fue incierto hasta que en marzo de 2005, el Poder Judicial dispuso que el hotel sea devuelto a la empresa panameña propietaria.


Una de las ampliaciones del Hotel Bolívar

Imagen del Hotel Bolívar

Vista lateral del Bolívar, años 30

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Nuevos datos sobre los juicios de Nüremberg

El principal abogado de la acusación británica en los juicios de Núremberg le contó a su mujer en una carta que pensaba que había quedado por encima del “chico gordo” Hermann Goering durante un interrogatorio mientras que su colega estadounidense había balbuceado.

Unas cartas nunca antes publicadas, que envió David Maxwell Fyfe a su mujer Sylvia y que han sido donadas al Centro de Archivos Churchill, de la Universidad de Cambridge, arrojan nueva luz sobre el famoso proceso a la cúpula del régimen nazi.

“El viernes por la mañana creo que mi interrogatorio a Goering fue muy bien”, escribió Fyfe en referencia al jefe nazi. “Todo el mundo estaba encantado. [El jefe de la acusación de EE UU, Robert H.] Jackson no sólo no ha causado buena impresión, sino que ha dado más argumentos al niño gordo. Creo que yo le he dado para el pelo”.

El nieto de Fyfe, Tom Blackmore, descubrió en 1999 las cartas de su abuelo, que creía perdidas, en la caja fuerte de un letrado de Londres. Entonces empezó a transcribirlas y ordenarlas.

“En marzo de 1946 el interrogatorio de Maxwell Fyfe a Goering en Nuremberg empezó a arrojar luz sobre la culpabilidad de los líderes del Tercer Reich”, señala Blackmore. Allen Packwood, director del Churchill Archives Centre, afirma que aunque las transcripciones del proceso están publicadas, las cartas ofrecen nuevas perspectivas sobre los pensamientos privados de uno de los protagonistas de Núremberg. “Lo que hacen las cartas privadas es profundizar en algunas de las personalidades y personajes implicados en esos importantes momentos”, señaló.

“Es consciente de que está viviendo un momento histórico. Se le encargó el contrainterrogatorio de Goering en lo que, para él, era un momento de todo o nada. Sabe que si todo va bien ello tendrá implicaciones en su propia carrera”. Así fue: Maxwell Fyfe tuvo una carrera política de éxito y fue esencial en la redacción de la Convención Europea de los Derechos Humanos.

Goering fue sentenciado a la pena de muerte (algo que según Packwood hubiera ocurrido con o sin Maxwell Fyfe) pero se quitó la vida envenenándose en su celda antes de la hora fijada para su ejecución.

Adaptado de El País de España (20/03/09)


Algunos acusados con sus abogados en una de las sesiones de los juicios de Núremberg

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La última cena del TITANIC

Era difícil que el menú estuviese a la altura. El Titanic era el buque más grande, rápido y seguro, según se vanagloriaba la publicidad. Un mastodonte mecánico de lujo superior que iba a transportar en su viaje inaugural, el 10 de abril de 1912, a una selección de la gran industria, la banca y el comercio de Europa y Estados Unidos. Así que el menú de primera clase se lo encargaron al gurú de los fogones Auguste Escoffier (1846- 1935), gran renovador de la cocina francesa y alumno aventajado de Antonin Carême, creador de la “alta cocina”. Su cometido sería elaborar los platos que tenían que deslumbrar a paladares habituados a lo exquisito.

Cada menú estaría preparado con sumo cuidado. El de la noche del 14 de abril, por ejemplo, era un despliegue impresionante. Desde la ostra con velou-té de cava y salsa holandesa, al salmón al vapor con salsa muselina y pepino, o desde el filet mignon Lili (con patatas, alcachofas y foie) a la pierna de cordero con salsa a la menta. Diez platos elaborados con productos que hoy quizá no sorprendan, pero que entonces eran prohibitivos para la gran mayoría del pasaje, que se alojaba fuera de la primera clase.

Aquel esplendor culinario ha resucitado ahora en el restaurante La Rotonda, en el hotel Westin Palace de Madrid, que ha confeccionado un menú degustación de 10 platos idéntico al que se sirvió en el restaurante “a la carta” de primera clase la fatídica noche del 14 de abril de 1912. “Nuestro equipo de cocina ha recabado información sobre las recetas de la época, incluidas las de Escoffier, para que la preparación sea lo más fiel”, indicó Pilar Mantara, directora del departamento de gastronomía del Palace, durante la presentación del menú, que se servirá del 1 al 19 de abril por 50 euros.

“Probar un pichón, un salmón o unas vieiras hoy no es nada del otro mundo, pero entonces sí”. Se incluyen dos platos a elegir entre filet mignon Lilli y pollo salteado a la lionesa o entrepierna de cordero con salsa a la menta, pato canetón a la salsa de manzana o solomillo de ternera con patatas chateau. Todo servido en vajilla de Limoges y cubertería de plata.

Se trata de una oferta gastronómica organizada en paralelo a la muestra Titanic. Objetos reales, historias reales (calle de Goya, 5), que recoge 230 piezas rescatadas del fondo oceánico por la compañía RMS Titanic Incorporated. “Lo más importante del naufragio fue la historia de los pasajeros, y nada lo cuenta mejor que sus pertenencias”, señaló Cheryl Muré, directora de educación de la compañía, en la inauguración, el pasado noviembre.

Quizá así uno pueda hacerse una idea de lo que paladearon el millonario promotor inmobiliario John Jacob Astor IV, el industrial Benjamin Guggenheim o los jóvenes y riquísimos madrileños Víctor Peñasco y Castellana y María Josefa Pérez de Soto y Vallejo (que fue la única de este grupo que sobrevivió).

Poco después de degustar tamaños manjares, sin embargo, un enorme trozo de hielo dañó el casco del “insumergible” Titanic. En menos de tres horas, el gran prodigio del lujo y la mecánica (que dejaría más de 1.500 víctimas) descansaba a 3.800 metros de profundidad, en el fondo del Atlántico.

Adaptado de El País de España (19/03/09)


Fotografía del último menú del Titanic que se sirve en un hotel de Madrid a propósito de la muestra “Titanic. Objetos reales, historias reales” que se viene desarrollando en la capital española


Salón comedor de primera clase del Titanic


Posible iceberg que estrelló con el Titanic (esta fotografía fue tomada 5 días después del hundimiento por el marino Stephan Roherek)

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El cráneo de Descartes

Según las noticias que llegan hoy de Francia, el cráneo del filósofo francés René Descartes (en la foto de abajo) es uno de los miles de objetos que van a ser guardados debido a las obras que van a llevarse a cabo en el Museo del Hombre de París, en cuyo departamento de Antropología se conserva el cráneo. El museo permanecerá cerrado durante cuatro años, periodo en el que además de su rehabilitación se va a realizar una revisión de sus fondos.

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El antiguo Hotel Maury

Ubicado en la esquina de la calle de Villalta (segunda cuadra del jirón Ucayali) con la calle Bodegones (hoy segunda del jirón Carabaya), el Maury fue refundado en 1848, al modernizarse La Posada de Pedro Maury de inicios de la República (1826), propiedad de un ciudadano francés del mismo apellido (algunos dicen que era catalán). En 1851 es adquirido por M.M. Lecaros Alcalde y, tras su fallecimiento en 1892, fue comprado por el italiano Angelo Bertolotto. En su antiguo local, la entrada principal era por la calle Bodegones.

Según José Antonio Schiaffino (El origen del pisco sour: el Morris Bar, el Hotel Maury y el Gran Hotel Bolívar. Lima, 2006), en 1911, los señores José Visconti y Samuel Velásquez lo adquirieron. Los hoteles del grupo, que ocuparon toda la cuadra, fueron cerrando con el correr de los años. En 1945, Visconti y Velásquez transfirieron solo el Hotel Maury a Antonio Bergna Maturo, quien en 1954 ordenó la demolición del histórico local para construir el nuevo edificio de 6 pisos, 64 habitaciones, restaurantes y bar, cambiando a la calle Villalta el ingreso principal (en la revista Caretas n° 111 de junio de 1956 aparece un artículo con 9 fotografías del nuevo local).

El nuevo bar, con entrada directa por al calle de Bodegones 399, se encontraba adornado por tres óleos del pintor indigenista José Sabogal con evocaciones de Lima antigua. Pero fueron sus pisco sours los que dieron mucho que hablar en las décadas del 50 al 70 a este bar. Quizá la mayor anécdota se vivió en 1966 cuando hubo la promesa del propietario Antonio Bergna al turfman Óscar Berkemeyer Pazos de que si ganaba su caballo Dardanus en el “Premio Internacional de América” en el novísimo Hipódromo de Monterrico el 19 de julio, bautizaba el bar con el nombre del caballo; Óscar debía llevar al caballo para una simbólica ceremonia junto a los amigos e hípicos. Lo cierto es que el caballo ganó y ambos cumplieron su promesa en un acto en el que asistió multitud de gente y periodistas.

A la muerte de Antonio Bergna, en 1986, sus hijos dieron la administración del hotel a Arturo Rubio Feijóo y José Picasso Salinas, quienes trataron de rescatar la importancia histórica del hotel y su bar, e hicieron heroicos esfuerzos para revivirlo frente a la decadencia del Centro de Lima. Lo cierto es que no hay negocio en nuestra ciudad que siga atendiendo al público desde 1826 sin interrupciones o clausuras temporales. El hotel sigue operando en la misma esquina de Bodegones con Villalta y es testigo viviente de nuestra historia republicana. Hoy es operado por Inversiones Turísticas Maury S.A.C., integrante de un grupo hotelero de Hong Kong, que lo adquirió a los herederos de Antonio Bergna en 1998. Tiene 64 habitaciones y 12 suites con jacuzzi; el restaurante “El Salón de los Espejos”; otros dos restaurantes, uno criollo y el otro oriental; y, lógicamente, su tradicional bar.


Antiguo local del tradicional Hotel Maury

Comedor del antiguo local del Hotel Maury (skyscrapercity.com)

Bar del antiguo local del Hotel Maury (skyscrapercity.com)

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Más de 9 mil libros se desaparecen de la Biblioteca Británica

Más de 9.000 libros se han extraviado en la Biblioteca Británica, entre ellos tratados renacentistas de teología y alquimia, un texto de astrología medieval, así como primeras ediciones. La Biblioteca no cree, sin embargo, que alguien los haya robado, sino que tal vez estén perdidos entre los 650 kilómetros de estanterías de ese centro, informa hoy el diario “The Guardian”. Uno de los libros al que se le ha perdido la pista es el titulado “De la Usuria Legal e Ilegal de los Cristianos”, del teólogo alemán del siglo XVI Wolfgang Musculus, que la biblioteca valora en 22.000 euros. Otros son una Carta de Astrología publicada en 1555 de la que es autor el famoso filósofo judío cordobés Maimónides (1135-1204), primeras ediciones de “El Retrato de Dorian Gray”, de Oscar Wilde, y “Canzoni”, del poeta norteamericano Ezra Pound.

Según Jennifer Perkins, de la Biblioteca Británica, los libros se consideran extraviados cuando un lector los reclama y no aparecen en la estantería en la que deberían estar normalmente. Los mayores tesoros de la Biblioteca, entre ellas la Magna Carta, se guardan en una galería especial sometida a controles de conservación y seguridad extraordinarios. Muchas de las pérdidas se produjeron justo antes o después de 1998, año en el que se trasladó la colección desde el Museo Británico a un moderno edificio cerca de la estación de St. Pancras. El pasado mes de enero, un coleccionista iraní llamado Farhad Hakimzadeh fue encarcelado por haberse llevado mapas, ilustraciones y páginas de varios volúmenes valiosísimos de los fondos de esa biblioteca.

Tomado de los diarios ABC y El Mundo de España

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José Gil de Castro (4)

Terminamos este recuento de la obra del pintor limeño José Gil de Castro con la apreciación de la historiadora del arte chilena Patricia Cepeda Acuña: En la obra del peruano se reemplaza el retrato de santos por el de próceres. Comienza el dominio del mundo conocido, opuesto al mundo imaginado o sugerido de la época colonial… el concepto espacial y su materialización en la pintura de Gil de Castro es originario de la concepción bidimencional de la pintura colonial. Esta estaba al servicio de lo superior, privilegiaba lo plano y se ordenaba de acuerdo a una jerarquía ascendente como símbolo de la espiritualidad… José Gil de Castro se nos muestra como un heredero de formas artísticas propias del periodo colonial en donde se destaca el hieratismo en la figura, el preciosismo en los detalles, la presencia del color saturado, la reiteración de los fondos y poses de los retratados y el empleo de caligrafías y viñetas utilizadas como recurso de presentación. No obstante, vemos en la pintura del artista aspectos innovadores. Destaca especialmente la línea temática conformada por los retratos de hombres y mujeres de la socieadad criolla; la motivación de la obra ya no es religiosa sino esencialmente secular. Esto modifica el rol de la pintura, trasladándose desde el espacio público conventual al espacio privado de los salones. El cambio temático y la nueva función del cuadro van a situar al artista en un rol social diferente, en donde predomina su valor como individuo al servicio de un cliente particular.


Retrato del niño José Raimundo Juan Nepomuceno Figueroa Araoz

Nuestra Señora de la Merced

Retrato de José Manuel Lecaros Alcalde

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