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Dos historias de mujeres

*Escrito por Edgardo Pezo Pérez

Son las cinco de la tarde y ella no regresa. Al abrir la puerta que da a la calle, un olor nauseabundo que se levanta de los basurales del barrio de Belén, entra en la casa. Estoy acostumbrada a este olor, que ni un solo músculo de mi rostro se altera. Además, mi preocupación es mucho más grande que todos los olores nauseabundos juntos, pues lo único que me preocupa es que son las cinco y mi niña no regresa.

Son las cinco, lo sé. Porque a esa hora, todos los días, don Anselmo baja con sus cargadores a negociar en las embarcaciones los productos que llegan a Iquitos desde los más remotos caseríos de la selva. El Jirón Itaya es el corazón del Barrio de Belén, por él, hombres y mujeres caminan noche y día, de un lado a otro, como hormigas cargadoras. Belén parece un mercado persa, donde se compra y se vende de todo, desde aves exóticas que tienen su propia leyenda, hasta cortezas de árboles con posibles poderes para estimular el sexo hasta límites insospechados. También por sus calles, caminan de la mano la miseria y la pobreza, acompañadas de gallinazos que revolotean entre los basurales.

Miro al horizonte por el este, por donde corre el Amazonas, y veo que se van acumulando enormes nubarrones negros, es el preludio de una fuerte tormenta. Como decía mi difunto abuelo “es una lluvia que se viene con todos sus parientes juntos”. Estas tormentas son muy comunes en esta época del año, cuando el calor es muy fuerte. Por el contrario, por el oeste, el cielo está limpio y el sol se oculta en una alegoría de combinaciones de rojo y naranja.

A esta hora, también veo llegar el lujoso carro rojo que recoge a mi vecina María Teresa todos los días. Pero hoy, lo que me parece extraño, ella no está esperándolo en la puerta de su casa con su carmín recién puesto y su falda tan corta que deja ver sus hermosos muslos.

María Teresa desde niña fue muy bonita, siempre me ha parecido que es de ese tipo de mujeres, que tiene en su belleza un trágica maldición: son mujeres que los hombres desean poseer y no amar. El claxon del carro rojo suena dos veces y su conductor espera ansioso.

Pero yo estoy esperando a mi niña que por un momento me olvido del carro rojo y de mi vecina María Teresa. A mi niña la he criado desde que nació, pues su madre murió durante el parto. Ella no conoció a su padre, pues éste abandonó a su madre a los tres meses de embarazo, diciendo que se iba a buscar oro en un lejano río de la selva. Quizá presientiendo su muerte, su madre me dijo que le iba a poner tres nombres: Cecilia Fátima Alejandrina. El primero no sé de dónde lo sacó, el segundo quería ponerle porque era muy devota de la Virgen Santísima, el tercero porque le gustaba, porque según ella era nombre de princesa. A mi me gusta llamarla por su segundo nombre.

Nuevamente suena por dos veces el claxon del carro rojo que me olvido por un instante de mi niña. En ese momento baja del mismo, un hombre elegantemente vestido, pero con esa elegancia exagerada de los nuevo ricos. El hombre y el carro no hacen juego con la pobreza que existe en el barrio de Belén. María Teresa tiene casi la misma edad que mi niña. Pero ella se hizo mujer muy rápido. A los trece años ya atraía la mirada prematura de los hombres por su singular belleza. No sé cuantos hombres han pasado por su vida, pero ninguno se queda mucho tiempo con ella. Tengo la impresión que nunca se va a casar, parece destinada a ser amante.

Ya serán las cinco y media, porque a esa hora, todas las tardes doña Milagros saca su venta de comida a la calle. Ella también mira, preocupada el horizonte donde se prepara la tormenta. En el Amazonas una leve brisa hace levantar la cresta de pequeñas olas. Yo sé que la lluvia no tardará en caer. Salgo preocupada al centro de la calle y miro por ambos lados y mi niña no parece. Yo le digo mi niña porque los ojos del corazón me hacen verla de esa manera. Para mí siempre será la niñita a quien cambiaba los pañales o le ponía el biberón en la boca. Sin embargo, los ojos de la realidad dicen otra cosa: Ella ya tiene 18 años y es una mujer hermosa.

Vuelve a sonar el claxon del carro rojo. Por un instante el conductor duda. Luego decidido se acerca a la casa de María Teresa y golpea la puerta con furia. No le auguro a María Teresa un buen futuro con este hombre, parece de aquellos que piensan que con el dinero pueden conseguirlo todo.

Son las seis de la tarde porque a esa hora se encienden las luces de la ciudad. La lluvia está cada vez más cerca. El cielo está totalmente encapotado y mi niña no parece por ningún lado. Hasta hace poco no le interesaban los hombres, últimamente ha cambiado mucho, pienso que está enamorda, más aún, su comportamiento me preocupa. Parece esconderme algo. Sufre de frecuentes mareos y nauseas; a mi edad creo saber lo que eso significa, por algo he llegado a vieja. El pensar que le sucede es precisamente lo que me da temor, no quiero que termine como su madre: abandonada como muchas mujeres y con un hijo en la barriga. Hoy precisamente ha salido a buscar a su enamorado que no aparece por la casa hace más de una semana.

El conductor del carro rojo toca por dos veces la casa de María Teresa. Su furia aumenta por cada minuto que no le abren la puerta. Los chismes dicen que la riqueza que exhibe es producto del dinero mal habido. El hombre sigue tocando la puerta con tanta insistencia que muy pronto parece un escándalo, lo cual hace que algunos vecinos se asomen a sus ventantas. En ese instante, María Teresa abre la puerta y parece increpar al hombre su actitud. Entontes comienza una discusión acalorada.

La gente ante la inminente tormenta se aleja rápidamente, buscando refugio en cualquier parte. La calle se va quedando desierta y mi niña no se aparece por ningún lado. El viento que precede a la lluvia arrecia sobre las casas, sus frágiles hojas de palma en los techos parecen desprenderse. Comienzan a caer algunas gotas que se disuelven en el polvo sucio de la calle. Cuando siento que una gota golpea mi rostro, veo la figura de mi niña que se acerca lo lejos corriendo.

María Teresa continúa discutiendo acaloradamente con el condutor del carro rojo. Cuando la lluvia comienza a caer con toda su fuerza, mi niña está a mi lado, me abraza con fuerza y yo le doy un beso en la frente húmeda.

El hombre del carro rojo grita a María Teresa un sonoro insulto: “Puta de mierda, te voy a matar”, ella como respuesta le escupe el rostro. El hombre le da una bofetada en la boca causándole una herida en los labios de la cual mana un hilillo de sangre que se mezcla con las gotas de lluvia que caen inmisericordes sobre el barrio de Belén.

Dejo a María Teresa discutiendo con su hombre de turno, pienso que así seguirá por toda su vida. Entro con mi niña en la casa. Cojo una toalla y seco su rostro, entonces ella estalla en llanto, luego se suelta de mis brazos y corre hasta su cuarto, encerrándose en él. En ese momento comprendo que la historia se ha vuelto a repetir y que mi presentimiento era cierto: Ella ha sido abandonada por su enamorado y está embarazada.

La lluvia va calmando lentamente y sé que sólo ha servido para traer a mi niña de regreso a casa, con los ojos llenos de tristeza y las ilusiones muertas.
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Lo que no traen los periódicos

* Escrito por Edgardo Pezo Pérez

Al leer aquella noticia me causó tanta risa, que la gente que pasaba por mi lado se volteó curiosa a observarme.

La noticia decía así:

CAPIBARA. Venezuela. Dic. 5 (AFP). Últimamente ha aparecido en la selva venezolana un extraño insecto, que los nativos llaman “La Machaca”. Según el decir de mucha gente, la picadura de este insecto es mortal. Pero lo interesante es que la creencia popular afirma que el único antídoto contra el veneno es hacer el amor antes de las 24 horas. Como comprenderán los lectores, ante semejante antídoto, los picados por “La Machaca” han aumentado considerablemente lo que sí, tiene preocupadas a las autoridades.

Como verán la noticia tiene mucho de graciosa. Pero noticias graciosas nos traen todos los días los periódicos. El motivo de mi risa era por otra cosa. La noticia me hizo recordar aquella terrible historia.

I

Habían pasado seis meses, desde que nos encontrábamos sacando caucho de las selvas del Putumayo. Éramos muchos mestizos al mando de centenares de indios. La gran mayoría de nosotros no había llevado sus mujeres; y como ustedes comprenderán seis meses en la selva es terrible…

En un principio, como sucede siempre mientras dura la curiosidad por lo nuevo, todo nos parece interesante, pero conforme pasa el tiempo y todo se hace viejo y conocido, la vida se va haciendo monótona. Entonces comienzan los recuerdos. Primeros son muchos. Luego quedan muy pocos. Finalmente queda uno: El recuerdo de la mujer amada. Bueno, no sé si eso les sucede a todos, pero a mí, me sucede así siempre. Al principio el recuerdo es de una pureza espiritual inmensa: La voz dulce, la mirada tierna, las manos delicadas que apretaban las nuestras buscando seguridad y calor. Al pasar el tiempo estos recuerdos se hacen casi materiales: se sienten los susurros del deseo en los oídos; el ardor de la mirada, la piel quemar en las manos.

II

La vida seguía su curso lentamente, como las aguas del río. Por aquellos días comenzaron a suceder cosas extrañas en el campamento. Por las noches los hombres salían de sus covachas, con sus ojos convertidos en dos brasas de fuego, y como un ejército de luciérnagas se perdían en la inmensidad del bosque. También por las noches se escuchaban ruidos extraños que venían desde la playa mezcla de voces humanas y gruñidos de animales. Al día siguiente al recorrerla, se encontraban muertos, bufeos hembras con sus sexos expuestos al sol.

La luna brillaba en lo alto. Era noche de luna llena en la selva. Había una quietud misteriosa. Asomado a la ventana de mi covacha contemplaba esa noche inmensa, con mis recuerdos asomándose a todos sentidos. De pronto apareció ella. Su larga sombra confundiéndose con la sombra de los árboles. Era la mujer del patrón. Pasó por el marco de mi ventana sin darse cuenta de mi presencia, perdiéndose en el camino que llevaba al río. Largo rato, la esbelta figura, estuvo de pie contemplando el lento correr de las aguas sumida es sus pensamientos. Después como en un rito a aquella hermosa luna en lo alto se comenzó a desvestir lentamente. Muy pronto aquel cuerpo hermoso y moreno estuvo desnudo, bañado en forma irreal por un polvillo de plata. Después no recuerdo, mi cerebro pareció explotar y cuando desperté al día siguiente sobre la arena de la playa, había nacido en mí aquella terrible idea.

III

Un día el campamento amaneció alborotado. Un indio amaneció muerto. Su cuerpo no presentaba signos de violencia alguna. Muy pronto la noticia llegó hasta el patrón. Este descansaba plácidamente, con su mujer, ajeno a la vida que transcurría a su alrededor; donde hombres cansados y hambrientos sacaban para otros, las riquezas de la selva. Cuando le mostraron el cadáver simplemente dijo:

¡Entiérrenlo! – Total un indio muerto es solamente un indio menos, después de todo me quedan muchos, pensaría.

Una mañana nuevamente el campamento amaneció alborotado. Otro indio había muerto. Como la primera vez, no presentaba signos de violencia alguna en el cuerpo. La noticia corrió por el campamento y llegó hasta el patrón.

¡Entiérrenlo! – Volvió a decir, total es otro indio menos, pensaría.

Nuevamente la vida y el río siguieron su curso, inexorables, sin detenerse un instante. Con el correr de los días los muertos aumentaron en el campamento. Lo extraño y misterioso era que nadie podía dar razón de esas muertes. Todas siempre lo mismo: sin ningún signo de violencia.

El miedo comenzó a invadir todos los actos de nuestras vidas. Por las noches los hombres no dormían, esperando alertas, al enemigo invisible que les arrebataría la vida. Incluso el patrón, había mandado montar guardia alrededor de su covacha.

Una mañana el hermano del patrón amaneció muerto. La noticia alborotó el campamento; y como siempre sucede en estos casos, el último en saberlo fue el patrón. Al ver al muerto casi se desmayó, alguien tuvo que sostenerlo. Sin embargo, pudo recobrar la calma y preguntó asustado:

¿Qué? … ¿Qué ha pasado?

Nadie le respondió. Todos miraban asustados. El patrón suplicante volvió a preguntar.

Por favor… Díganme ¿qué ha pasado? … ¿Cómo es que está muerto?

Nadie volvió a responderle. El pánico había hecho presa de todos, impidiéndonos hablar. Pero de pronto, de la multitud de indios salió una voz que tímidamente dirigiéndose al patrón dijo:

Machaca patrón… machaca

El patrón ubicando de dónde venía la voz, le dijo:

¡Tú ven acá!… a ver… ¿qué cosas estás diciendo?

El indio pasó al frente y mirando asustado al patrón volvió a decir:

Machaca patrón… machaca

Esta vez el patrón al no entender nada de lo que el indio le decía, perdió la paciencia y con voz alterada le gritó:

¡Carajo! ¿No puedes hablar bien?

El indio se atemorizó hasta el extremo que comenzó a temblar y solamente dijo:

Ma… machaca…ma… mata – Luego quedó silencioso y ni las amenazas del patrón pudieron hacerle hablar.

Entonces cansado de querer lograrlo, el patrón se dirigió a todos nosotros preguntando:

¿Alguien sabe lo que quiere decir este indio imbécil?

Un silencio absoluto reinó en la multitud, fue entonces cuando di un paso adelante y dirigiéndome al patrón le dije:

Yo se lo puedo decir patrón

El patrón me miró extrañado, pero reponiéndose al instante me preguntó:

¿Qué cosa sabes tú? …. ¡a ver habla!

Después de pensarlo un instante le respondí tranquilamente sin perder la calma:

Lo que este indio quiere decir patrón. Es que a su hermano le ha picado la Machaca – Por un instante callé esperando que el patrón volviera a preguntarme.

A ver… no te entiendo nada… ¿qué cosa es la Machaca?

Por un instante, medí al patrón con la mirada, entonces comencé a explicar lo que era la Machaca.

La machaca es un insecto muy feo, que según los caucheros brasileros cuando nos pica, nos mata – Antes de proseguir miré a la multitud, que silenciosa y asombrada seguía mi relato pero entre todos aquellos rostros, pude descubrir algunos que me miraban cómplices.

También se dice que muchos le han visto por este monte

Un murmullo temeroso, salió de la multitud, todos se miraron asustados.

Entonces el patrón preguntó tembloroso:

¿Quiere decir… que… que todos… vamos a… a morir? ¿No hay forma de curarse si nos pica?

Nuevamente volví a poner la mirada sobre la multitud asustada.

Cuando vieron que iba a dar mi respuesta, se hizo un silencio absoluto.

Si… Tirar antes de las 24 horas

IV

Han pasado muchos años desde que sucedió todo esto. Como les dije al principio al leer el periódico, me causó tanta risa que me hizo recordar aquella terrible historia.

Algún día les contaré como matamos a aquellos hombres. Solamente les puedo decir que a partir de aquel instante, los picados por “La Machaca” aumentaron considerablemente, pero las mujeres del campamento resultaron ser un antídoto formidable.

No me tomen por muy malo, pero ustedes comprenderán que seis meses en la selva es por demás terrible.

Agradecimientos:
Edgardo Pezo Pérez y a su blog El Urcututo de día
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L’écrivain Edgardo Pezo Pérez

Escribir de uno de los tesoros de Loreto sería metafóricamente como un imposible para un ser tan humanamente “langostino” como yo. Intentar siquiera describir a mon cher écrivain sería un intento que, sinceramente, no me atrevo a realizar.

Pero hablar de ti, mi amigo, El Escritor, es algo que encantada puedo hacer… Y me puedo jactar de que fuiste el primer loretano en leer este humilde y figuretero blog, que sólo habla de chicha y limonada. Ah si, by the way, es imposible obviar tu mmm “tropical” naturaleza de ingeniero (no hay nada perfecto en la vida dicen…)

El día en que comencé a conocerte, fue por demás mágico… estaba como recién bajadita en El Milagro. Mi amiga Kristin se había quedado en el pabellón donde dormimos y yo me había ido a la biblioteca del ISTEM, en medio de la hermosa nada y a la vez todo: rodeada cual (bella, cough) Amazonas por el verdor que sólo un lugar mágico como mi Macondo-El Milagro en Iquitos me puede otorgar. Sin Internet obviamente (si Escritor, ya sé que luego-luego me vas a decir que supedito las necesidades naturales a un vicio tecnológico como la Internet… pero media nerd salió la Belle, pues, qué le vas a hacer?).

Estaba comenzando a reflexionar sobre la inmortalidad del mosquito en medio del corazón del verdor de mi mágico Macondo, cuando de pronto apareció una figura alta, con una hermosa piel curtida por el sol, imponente, ojos morenos que observan profundamente el entorno y obviamente, con esas señales físicas que indican por demás experiencia y harta sabiduría (jojojojo, ves cómo reemplazo poéticamente las canas y las arrugas?).

Ya estaba previamente avisada, el mensaje de mi muy admirado François Vallaeys había calado hondo anteriormente: las historias de los pueblos son sabiduria, y por medio de los cuentos, nuestros antepasados nos transmitieron enseñanzas valiosísimas. Y de pronto tú, Escritor, confirmaste en mi vida eso: que podía aprender muchísimo de la Amazonía gracias a sus cuentos, sus historias, sus mitos y a sus bellas leyendas.

¡Qué gran honor para mí fue hablar contigo! Escritor, con basta experiencia… omyyyyy, cuándo en mi vida pude haber tenido esa oportunidad ah? Gracias Iquitos, mi mágico Macondo (ok, Iquitos no es tanto como Macondo, pero El Milagro, sí que lo es!!!) por darme la maravillosa oportunidad de conocer al ganador del Primer Puesto en el Concurso de Cuentos Amazónicos de l’Alliance Française d’Iquitos y prolífico ganador del TROFEO COPÉ por su cuento “La Primera Danza Bora” (mira cómo te hago cherry ves? Jojojo)

Y le hablé de uno de los cuentos que más me impresionó a mis amigos…. Sí, te estoy hablando de ese que trata de “La Machaca”…. (No, Christian, no te traeré especies de ese insecto a Lima) y no tienes idea de cómo se impresionaron… Me encanta imaginar lo mucho que puedes transmitir sobre la cultura de la Amazonía a través de tus cuentos y tus poemas…

Mon cher écrivain: Escribes como la miel!!! Claro, que un toque “esperanzadores” tus cuentos ah! Por cierto, ya me cansé de que me digas caviar una y otra vez! (no mentira… La Belle no se cansa, sino que lo digan los bailes amazónicos!)
¿Ser un intelectualoide pequeño burgués es ser caviar? ¿Qué •$•&$%&$ es ser caviar? Prefiero ser langostina!!! Además, tú también eres recontra caviar (no sé ni lo que es eso) y brichero by the way! (bien ahí con las cooperantes jajaja).

Es intelectualmente estimulante hablar contigo, lástima que seas ingeniero 🙂 jajaja, no nada que ver! Qué le vamos a hacer pues! La ciencia y la ingeniería se meten por todos lados o no? Sino que lo diga Ernesto Sabato y Chespirito.

Le haré el cherry respectivo a tu hermoso blog: El Urcututo de día y que te pregunten tus lectores el por qué de tu nombre místico.

La Belle.

En la biblioteca del ISTEM, ampayados por lente islandés de Kristin, luego de hablar de blogs, el verdor de la Amazonía y la lectura de Tavito Gutierrez (devuelve pe varón!)

PD: Nastassja Kinski no es mi doble… nada que ver! Y con tu debido permiso y venia, publicaré uno de tus cuentos que más me impactó, ese que habla de la machaca para deleite de las mentes dobleteras de algunos amigos míos; obviamente haciendo referencia a que tú lo escribiste, biensûr!
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