Archivo por meses: julio 2009

REFORMAS INCONSISTENTES

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Sinesio López Jiménez

Un texto (incompleto e inconsistente) sin contexto fue el mensaje del 28 de Julio de García. Fue un mensaje más, como el del año pasado o los anteriores en los que no crujía el modelo neoliberal. García cree que, silenciando la crisis del neoliberalismo, ésta deja de existir. La explicitación del contexto de la crisis del capitalismo internacional y de sus hondas repercusiones en la economía peruana, en el Estado y en la sociedad hubiera resituado el mensaje, hubiera permitido organizarlo en forma coherente y hubiera ayudado a formular propuestas orgánicas de política. La ausencia del contexto explica la incoherencia, el desorden, la falta de políticas públicas para combatir la crisis y la propuesta de reformas políticas parciales e inconsistentes. Siete reformas parciales (como si estuviera comenzando a gobernar), un tedioso recuento de tres años (no uno como ordena la Constitución) de gobierno y varias propuestas inconexas en diversos campos para llamar la atención constituyen todo el mensaje de García.

Por ahora, mi análisis se concentra en las propuestas de reforma política. García propuso dos reformas políticas: la renovación por mitades del parlamento a medio período del gobierno y la elección de las presidencias regionales en dos vueltas. ¿Qué diagnóstico sustenta estas propuestas?. Vayamos por partes. Un primer diagnóstico es que el parlamento funciona mal, que no representa bien a la población y que carece de mecanismos de oxigenación. Ese diagnóstico implícito es parcialmente cierto, pero incompleto. ¿ Es sólo el parlamento el que funciona mal?. No. Funcionan mal todos los poderes (ejecutivo, legislativo y judicial) del Estado. Esto significa que lo que funciona mal en el Perú y en América Latina es la forma de gobierno, esto es, el presidencialismo exacerbado. El único presidencialismo que funciona bien es el norteamericano. En AL los presidencialismos que funcionan más o menos bien son aquellos que se sustentan en coaliciones (pre-electorales o electorales en la segunda vuelta realizada en el Congreso). Es lo que Dieter Nolhen ha llamado presidencialismo renovado. En cambio, el presidencialismo plebiscitario, agravado por el caudillismo providencialista, funciona pésimo. El Baguazo es la expresión concentrada de la ineficacia, de la falta de transparencia y de la ilegitimidad de las decisiones de este último tipo de presidencialismo.

El presidencialismo peruano tiene dos incrustaciones irrelevantes del semi-presidencialismo: el voto de confianza del congreso al gabinete nombrado por el presidente y la capacidad de éste para disolverlo si el congreso no le otorga ese voto en una segunda oportunidad. Si se quiere ir a un semi-presidencialismo en serio (como en Francia, Portugal, Finlandia entre otros países) entonces habría que tomar tres medidas decisivas: Separación del jefe de Estado del jefe gobierno (primer ministro), elección de éste por el parlamento y renovación congresal por tercios o por mitades. Lo primero es lo que la oposición pedía (inconstitucionalmente) en tiempos de Toledo y es también lo que el mismo García ofreció en la campaña electoral del 2006. ¿Por qué quedarse entonces en la renovación por mitades?. Otro cambio posible para salir del presidencialismo plebiscitario exacerbado es el presidencialismo renovado asentado en la formación de coaliciones para elegir al presidente en la segunda vuelta en el congreso. Pero esto nos lleva a otro debate para el que no hay espacio en esta columna: el diseño electoral.

Un segundo diagnóstico político tiene que ver con los gobiernos regionales. García cree equivocadamente que los presidentes regionales son ineficaces y tienen una serie de trabas para gobernar porque carecen de la suficiente legitimidad debido a que fueron elegidos en una primera vuelta con una baja votación. Nada más falso. García confunde la legitimidad de origen o de entrada con la legitimidad de desempeño o de salida. La legitimidad de origen es constitutiva de la autoridad del elegido y depende de elecciones limpias e institucionalizadas y punto. Ella no garantiza eficacia, ni transparencia ni legitimidad por desempeño. Esta no depende de la legitimidad de origen. Ella depende de la capacidad política del presidente regional y de su equipo (la mayoría de los consejeros regionales está garantizada por los actuales dispositivos electorales), de la disponibilidad de recursos humanos, económicos, técnicos e institucionales y de las potencialidades de las regiones. Y sobre todo depende de que el gobierno central, en especial el MEF, no ponga trabas de diverso tipo a los gobiernos regionales.

En conclusión, García no tiene que buscar la solución de los problemas de legitimidad de desempeño de los gobiernos regionales en la modificación de las reglas de juego que les otorgan la legitimidad de origen. Lo único que tiene que hacer es levantar todas las trabas que provienen del Ejecutivo. Pero también es cierto que la pérdida de legitimidad de desempeño no tiene por qué afectar (al menos normativamente) la legitimidad de origen. La legitimidad de desempeño puede caer, pero la de origen se mantiene en pie.

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GUILLERMO O’DONNELL

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Sinesio López Jiménez

En América Latina elegimos gobernantes supuestamente democráticos, pero nos gobiernan dictadores. Nuestros regímenes son más democracias de entrada que de salida. Pese a algunas deficiencias de entrada (sobre todo en las fallas de la competitividad electoral y en los déficits de ciudadanía), las elecciones han alcanzado un nivel aceptable de limpieza e institucionalidad. Casi todas ellas reciben el visto bueno de los observadores electorales de países extranjeros y de organismos especializados. El problema viene luego en el ejercicio del poder y de la representación. Una vez elegidos, los representantes y los gobernantes se sienten con las manos libres para decidir sin dar cuenta a nadie. Se olvidan del debido proceso, del cumplimiento de la ley, de las instituciones, de la transparencia y de la accountability. Algunas de sus decisiones son abiertamente ilegales e ilegítimas. Las cosas se agravan si el presidente se siente un caudillo que es capaz de llevar a su país del desierto a la tierra prometida.

Guillermo O’Donnell ha llamado democracias delegativas a este tipo de regímenes políticos decisionistas y cesaristas. Han existido en otras épocas y en otras latitudes, pero reaparecieron con fuerza en las transiciones democráticas de los 80 de América Latina. O’Donnell encontró el nombre preciso para designar un viejo fenómeno más menos conocido. Este no es el único caso de éxito en el análisis y en la nominación de los fenómenos políticos. Otro caso notable es el análisis de las dictaduras conosureñas de la década del 70 a las que denominó Estados Burocráticos Autoritarios (EBA). “Coaliciones democratizantes” llamó a las articulaciones implícitas y a los juegos en pared que hacían los blandos de las dictaduras y de la oposición democrática para hacer viables las transiciones.

O’Donnell es probablemente el politólogo latinoamericano de mayor prestigio internacional y el que más ha contribuido al desarrollo de la ciencia política en América Latina. Su originalidad siempre sale a flote en medio de su deslumbrante erudición. Sus libros, artículos e ideas son estudiados y discutidos en las principales universidades y centros de investigación del mundo. Tres grandes temas y problemas han concitado su atención y han merecido sus análisis penetrantes y finos: las dictaduras del Cono Sur, las transiciones democráticas de los 80 y las democracias posteriores. Modernización y autoritarismo fue su tesis de doctorado en Yale que luego apareció como libro preparatorio de los análisis sobre las dictaduras del Cono Sur. Lo que explica esas dictaduras es, según O’Donnell, la profundización de la industrialización (el desarrollo de los bienes de capital) en un contexto de agotamiento de la industrialización sustitutiva de importaciones (ISI) y de reactivación del sector popular. Esta explicación tiene ciertas consonancias con las tesis del historiador Alexander Gerschenkron sobre la industrialización tardía de Alemania, Italia y Japón que dio origen a gobiernos autoritarios.

Esta tesis central sobre los EBA tuvo mucha resonancia en los medios universitarios del norte y del sur. David Collier, profesor de la U. de Berkeley, organizó un gran debate académico en el que participaron algunos de los principales politólogos, sociólogos y economistas (Hirschman entre ellos) del mundo cuyas contribuciones fueron publicadas posteriormente en el libro The New Authoritarianism in Latin América (1979, Princeton University Press, Princeton). Prestó mucha atención a la dinámica de los EBA y a sus fisuras que podían anunciar su crisis y apertura a las transiciones democráticas. Sobre este tema coordinó con el destacado politólogo norteamericano Phillipe C. Schmitter una investigación de largo aliento que tuvo como resultado la publicación del libro (en cuatro tomos) Transitions from authoritarianism rule (1986).

Las principales contribuciones de Guillermo O’Donnell a la ciencia política se refieren, sin embargo, a la teoría de la democracia. Ha analizado las diversas perspectivas normativas y empíricas de la democracia como régimen político, ha reconocido las contribuciones más importantes, ha discutido sus ambigüedades y ha señalado sus límites. Con la enorme autoridad académica que tiene, O’Donnell ha roto con el institucionalismo ortodoxo de la democracia para enriquecer la teoría con el contexto histórico y con el análisis acotado de las condiciones (el estado, el sistema legal, la desigualdad, los déficits de la ciudadanía, la sociedad civil). Me parece reconocer en este viraje la influencia de la escuela de Cambridge, especialmente de John Dunn, de Quentin Skinner y de John Pocok.

Después de haber enseñado varios años en la U. de Notre Dame (USA) y de haber sido profesor visitante de algunas de las más importantes universidades de Estados Unidos y Europa, O’Donnell ha vuelto a su tierra natal, Argentina, y en la próxima semana viene de visita al Perú invitado por la PUCP y por el Instituto Bartolomé de las Casas. La PUCP, en reconocimiento de sus méritos académicos en el campo de la ciencia política, le otorgará el doctorado honoris causa el jueves 23 de julio.

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DE EXTREMO A EXTREMO

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Sinesio López Jiménez

Carl Schmitt, el más insigne representante del pensamiento reaccionario del siglo XX, postulaba que para entender la política había que mirarla desde el extremo, desde la guerra, de la misma manera que, para comprender a Dios, había que mirarlo desde el milagro y que, para entender al Estado de derecho, había que observarlo desde el Estado de excepción. A diferencia de Schmitt, García no quiere comprender ni la política, ni a Dios, ni al Estado de Derecho sino que quiere entenderse a sí mismo. Esa operación de autocomprensión lo lleva a mirar a la orilla de enfrente, al otro extremo. ¿Cómo explicar su defensa del neoliberalismo extremo y del capitalismo salvaje?. ¿Cómo justificar su visión de polarización del país y del continente? ¿ Cómo fundamentar el despliegue de una estrategia permanente de confrontación?. García pretende justificar su diagnóstico polarizante, su propuesta neoliberal extrema, su estrategia confrontacional inventando y librando una imaginaria guerra fría continental contra los estatistas extremos, los extremistas de izquierda y contra los golpistas que quieren desbarrancarlo para instalar una dictadura, convocar a una constituyente y reelegirse hasta destruir el país. En ese escenario bélico imaginario, García se siente el protagonista continental predestinado a salvar el sistema derrotando a todos los antisistema que quieren destruirlo. Delirios reaccionarios de grandeza.

García piensa que la guerra interna se libra contra una minoría de 50 mil extremistas que, sin embargo, tienen la extraordinaria capacidad de poner al país de vuelta y media en alianza extraña con los medios que compiten perversamente por el rating. El se imagina a sí mismo, desde luego, como el líder defensor de la mayoría silenciosa del país. ¿No ha visto ni quiere ver las últimas encuestas que exhiben su desaprobación y la de su gobierno con un contundente 80% de los encuestados?. La realidad, al parecer, no le interesa. El se siente un profeta llamado a llevar al Perú del desierto a la tierra prometida. La confrontación bélica de García es, en puridad de verdades, una supuesta guerra de minorías que se desarrolla imaginariamente por encima de las cabezas de la inmensa mayoría de los peruanos y latinoamericanos.

¿Es certero el diagnóstico de García sobre lo que está sucediendo en el Perú y en América Latina? ¿Por qué García sólo ve dos propuestas extremas cuando en realidad existen (y pueden existir) otras alternativas? ¿Por qué García ve polarizaciones donde sólo hay propuestas a desafíos y problemas?. ¿Por qué ve guerra fría donde hay sólo dos puntos de vista, entre otros, sobre modelos de desarrollo? Mi hipótesis es que García busca lograr varios objetivos con su diagnóstico y su apuesta política. En primer lugar, quiere aparecer como el líder latinoamericano de la alternativa neoliberal de desarrollo en su versión más extrema. En segundo lugar, pretende salvar a un modelo agonizante debido a la crisis mundial del capitalismo. Finalmente, busca aglutinar en torno a su liderazgo a las fuerzas de derecha del Perú para enfrentar a todos los que se oponen al moribundo neoliberalismo extremo. Felizmente para el Perú y América Latina, la realidad es más rica y compleja que el pobre y empobrecedor diagnóstico de García. Los únicos países que polarizan son Perú y Colombia (neoliberalismo extremo), por un lado, y Venezuela (caricaturizada por la derecha latinoamericana) y Cuba, por otro. La mayoría de los países de AL escapan de su diagnostico y de sus propuestas polarizantes.

El manifiesto de García, además, expresa una visión maniquea de la política. El modelo neoliberal (herido de muerte) concentra todas la bondades mientras que todas las propuestas discrepantes condensan los errores y la maldad. Eso explica que no vea las fallas, salvo las de ritmo y velocidad, del neoliberalismo extremo: autorregulación del mercado sin autoprotección de la sociedad y del trabajo, capitalismo sin derechos que privilegia la inversión y la producción y deja de lado la distribución, abandono del empleo adecuado y de los salarios dignos como la política justa para salir de la pobreza, separación entre la política económica (un banquete para los ricos) y las políticas sociales (un reparto de migajas para los pobres). Esa visión maniquea le impide percibir a García que el modelo neoliberal, incluso en sus años de gloria (2005-2008), no logró distribuir sus beneficios a más de la mitad de los peruanos que sobreviven en la pobreza y en la extrema pobreza. Y le impide también entender las protestas de los excluidos y ninguneados por sus políticas económicas. Los reclamos y las protestas constituyen para él declaratorias de guerra.

Finalmente, el esquema de guerra de García es un misil directo contra la democracia. Adiós al pluralismo, a la tolerancia, a la oposición, a la discrepancia y a la protesta. El régimen democrático y sus virtudes son sacrificados en el altar del fundamentalismo neoliberal y del autoritarismo.

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