De la sospecha a los altares: Henri de Lubac

2:00 p.m. | 29 abr 23 (RVN/LC).- Se abrió el proceso de beatificación del teólogo Henri de Lubac, figura clave del Concilio Vaticano II y de la renovación que vivió entonces una Iglesia anquilosada en sus estructuras y distante del mundo que le rodeaba. Sus primeras obras, avanzadas para su tiempo, provocó que se le mire con sospecha e incluso se le prohibió la docencia. Años después, fue convocado al Concilio y llegó a ser referente para tres pontífices. Su caso es esperanza para teólogos silenciados que siguieron el destino de ser profetas incómodos en algún momento y luego se vio la extraordinaria luz que aportaban en beneficio de la Iglesia.

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La Conferencia Episcopal Francesa (CEF) ha iniciado una causa de beatificación para el teólogo jesuita Henri de Lubac (1896-1991), una de las figuras clave del Concilio Vaticano II y de la renovación que vivió entonces aquella Iglesia anquilosada en sus estructuras y temerosa de la modernidad que había pastoreado Pío XII. Los rancios pasillos y los viejos tapices polvorientos fueron sacudidos esos días por una brisa nueva, por el viento impetuoso del Espíritu como en una especie de Pentecostés del siglo XX.

Henri de Lubac no solo fue testigo presencial de aquel viento profético, sino que fue herramienta dócil del Espíritu para alumbrar una nueva etapa en la Iglesia. Lo habían enmarcado entonces en la corriente de la Nouvelle Théologie y esa sola etiqueta bastaba ya para suscitar la desconfianza visceral de los tradicionalistas, pero también para espolear la curiosidad de muchos jóvenes sacerdotes, como por entonces eran Ratzinger, Wojtyla o el propio Bergoglio.

Henri-Marie Joseph Sonier de Lubac había nacido en 1896 en Cambrai, a orillas del río Escalda, en la proximidad de la frontera franco-belga. Al igual que lo hicieran Teilhard de Chardin y Antoine de Saint-Exupéry, De Lubac estudió el bachillerato en el colegio de los jesuitas de Mongré, próximo a Lyon, ciudad en la que inició luego estudios de Derecho. Los interrumpió en 1913 para ingresar en el noviciado de los jesuitas con 17 años.

Se formó en Inglaterra, primero en la isla de Jersey y luego en Hastings, pues la Compañía de Jesús y otras órdenes religiosas habían sido expulsadas de Francia en 1901. En ese tiempo fue lector entusiasta de la obra de san Agustín y santo Tomás y llegó a nadar con estilo en el caldo espeso del neotomismo de la época. Al estallar la I Guerra Mundial, fue movilizado al frente de Verdún y allí una herida de combate en la cabeza le dejaría dolores neurálgicos por el resto de su vida.


Profesor en Lyon

Ya en 1926, los jesuitas pudieron regresar a Francia y De Lubac culmina sus estudios teológicos en Lyon, es ordenado sacerdote y comienza una brillante carrera académica como profesor de Teología Fundamental y de Historia de las Religiones en la Universidad Católica de Lyon. La asignación de disciplinas tan extensas la vivió con el temor a dispersarse demasiado pero, por el contrario, entiendo que resultó providencial en su camino de reflexión teológica. Le obligaba a repensar los fundamentos del catolicismo, pero no desde el epicentro romano, sino desde la perspectiva más universal de la historia del fenómeno religioso en general, extendido en sus dimensiones geográficas y cronológicas. Esto le permitió captar la unidad y diversidad del hecho religioso y entender mejor la originalidad del catolicismo como camino espiritual. Así pues, fueron sus obligaciones docentes las que le llevaron a estudiar en profundidad el budismo y la patrística cristiana, dos raíles que llevaron bien lejos su pensamiento teológico.


Obra fundamental

En 1938 ve la luz una de sus obras fundamentales: Catholicisme: les aspects sociaux du dogme. Plantea ya aquí un modo de análisis de la realidad de la Iglesia menos simplista que el tradicional, separando tres planos de estudio: el social, el histórico y el interior. Aunque el título pueda resultar engañoso, no se trata de un análisis de los aspectos sociológicos de la religión católica, sino de sus implicaciones comunitarias, de su intención esencial de convertirse en “un Jesucristo expandido y comunicado a todos”, como Bossuet definía a la Iglesia, de su vocación “católica” -en el más genuino sentido etimológico- de llamada “universal” a toda la naturaleza humana.


El problema de la gracia

Poco después, se publicó su obra Surnaturel, sobre el problema de la gracia, un tema que le inquietaba ya desde sus tiempos de teologado en Inglaterra. Había ido guardando numerosas notas en una carpeta, que fue creciendo y tomando forma y que incluía siempre en el escueto equipaje de sus exilios y sus huidas durante la ocupación alemana. Su firme actitud frente a los fascismos, a los que considera una forma abyecta de neopaganismo, le ocasionará la persecución de la Gestapo y la necesidad de no dejarse ver ni poner en peligro a otros, lo que le obligó a recluirse secretamente en el escolasticado jesuita de Vals, cerca de Puy, y ocupar el tiempo dando un impulso definitivo a esta obra. Recibida inicialmente con interés, Surnaturel despertó luego algunas suspicacias, especialmente cuando Pío XII, gran temeroso de la modernidad, se refirió en 1946 a los peligros de la Nouvelle Théologie.

 

Defensa de Teilhard de Chardin

Hubo un sutil cruce de miradas con De Lubac, que se encontraba presente en la sala y ya nadie tuvo dudas de que la alusión del pontífice tenía un claro destinatario. Por otra parte, a nadie le extrañó, conociendo la defensa abierta que hizo siempre de otro teólogo proscrito: Teilhard de Chardin. La insinuación papal volvió a repetirse en la encíclica Humani generis de 1950. En la curia generalicia tomaron buena nota y el profesor De Lubac fue apartado de sus funciones docentes y sometido a una censura académica. El teólogo no solo aceptó con deportividad ejemplar este silenciamiento, que jamás le fue aclarado y que duró casi una década, sino que manifestó su plena adhesión explícita a la Iglesia, a la que se debía plenamente como hijo de la Compañía de Jesús.


Meditación sobre la Iglesia

Se volcó entonces en dos proyectos que marcarían los rumbos teológicos del siglo XX: por un lado, puntualizó los nudos aparentemente más oscuros de su pensamiento en una nueva obra Le mystère du surnaturel y escribió una hermosa historia teológica de la Iglesia, que muchos piensan que es lo mejor que ha escrito y el espejo de su oración personal en aquellos días oscuros: Méditation sur l’Église, publicada con gran éxito en 1953. Él, sin embargo, explicaba que esta obra no fue sublimación ni expiación de nada, sino el fruto sencillo de la reelaboración de las pláticas que impartió en un retiro para sacerdotes que le encargaron en el seminario de Marsella.


Perito conciliar con Congar y el calvario de la sospecha

En los años 60, la primavera de la Iglesia que brotó en el Concilio Vaticano II fue también la primavera de Henri de Lubac, que fue nombrado por Juan XXIII perito en las reuniones preparatorias, junto al dominico Yves Congar. Su misión allí fue tratar de alumbrar la incertidumbre de los nuevos tiempos con la luz de los Padres de la Iglesia, de modo que la renovación conciliar fuese, sobre todo, un retorno a las fuentes del cristianismo. Merece la pena asomarse a la crónica de las interioridades del Concilio que De Lubac recoge en Entretien autour du Vatican II. Souvenirs et réflexions (1985).

Comenzó así, desde 1960, la lenta y costosa rehabilitación teológica de este sacerdote ejemplar, no exenta todavía del espinoso calvario de la sospecha. En 1961 sus superiores jesuitas le piden que elabore una defensa de Pierre Teilhard de Chardin, fallecido en 1955, a quien De Lubac conocía bien. El superior provincial había sido explícito: “La Compañía no puede desentenderse de uno de sus hijos. Los cuatro Provinciales de Francia, con la aprobación del Padre General, desean que uno de los jesuitas que lo han conocido y que siguieron el hilo de su pensamiento aporte su testimonio. De hecho, ya no hay ninguno que siga vivo, por lo que le hemos designado a usted. En la medida de lo posible libérese de cualquier otra ocupación y póngase al trabajo”.

Y, efectivamente eso fue lo que hizo y en pocos meses pudimos disfrutar de uno de los libros más documentados y rigurosos que se han escrito sobre Teilhard. La obra llevaba el título de La pensé religieuse du père Pierre Teilhard de Chardin y apareció en la primavera de 1962. Para entonces el cardenal Ottaviani ya había señalado “ambigüedades y errores en la obra de Teilhard que ofenden a la doctrina católica” y monseñor Parente solicitó su inclusión inmediata en el Índice de libros prohibidos.

Habría que explicar que la comisión de consultores a la que pertenecía el padre De Lubac dependía directamente del Santo Oficio y él mismo relata que en muchas ocasiones se sintió allí más en el papel de reo que de consultor. Y eso doblemente, pues se veía obligado a dar razón, oral y escrita, no solo de su propio pensamiento, sino también del de Teilhard de Chardin, frente a quienes buscaban interpretaciones torticeras y trasnochadas de las intuiciones teológicas de ambos.


Renuncia al cardenalato

Ya con la nueva luz del Concilio, el entusiasmo ganó terreno a las reticencias de los rigoristas, el peso intelectual de De Lubac creció y se reeditaron algunas de sus obras. En 1969 renunció al nombramiento como cardenal que le proponía Pablo VI, porque se resistía al requisito de ser ordenado obispo. Quince años después, Juan Pablo II le reitera el nombramiento, atendiendo ahora la petición expresa del padre De Lubac de acceder al cardenalato como simple sacerdote.

Así pues, tras la sospecha que sobre él lanzó Pío XII, son cinco los papas que han elogiado y seguido con provechoso interés su magisterio: Juan XXIII lo nombró consultor del Concilio Vaticano II, Pablo VI y Juan Pablo II quisieron que accediera al cardenalato y Benedicto XVI y el papa Francisco fueron lectores entusiastas de su obra cuando eran todavía jóvenes sacerdotes.

LEER. Samuel Sueiro: “Para Henri de Lubac hacer teología era anunciar la fe”

“Lubac tuvo un profundo impacto en el pensamiento de la Iglesia contemporánea”

Testimonio del experto en el pensamiento de Henri de Lubac y ganador del premio Ratzinger 2022, el jesuita Michel Fédou dice que “a través de la obra del teólogo Henri de Lubac, emerge un itinerario creyente: una fe atenta a los problemas de la época, enraizada en la experiencia de Dios, alimentada por la Escritura, apegada a la vida de la Iglesia”. Aquí una entrevista publicada en La Croix.

¿Cuál es la aportación teológica del cardenal de Lubac?

Esta contribución se encuentra por primera vez en Catolicismo, obra publicada en 1938, que es en cierto modo la proa de su obra futura. El padre Henri de Lubac no procedió como se hacía habitualmente, comentando las tesis de santo Tomás de Aquino o de los comentaristas de santo Tomás. Procedió de otra manera recurriendo en particular a los textos de los Padres de la Iglesia (que editó fundando la colección Sources chrétiennes con el jesuita Jean Daniélou), pero también a autores medievales.

Se preocupa de enraizar la teología en la gran tradición de la Iglesia, en su continuidad a través de los tiempos, desde los pensadores de los primeros siglos hasta los escritores espirituales contemporáneos. Catolicismo subraya también que el cristianismo tiene una dimensión profundamente social, en el sentido de que es una enseñanza para todo ser humano. El padre de Lubac recuerda también la dimensión histórica del cristianismo, que se basa en un acontecimiento de la historia: el nacimiento, la vida, la muerte y la resurrección de Cristo.

Henri de Lubac defendía el diálogo con el mundo moderno…

Por supuesto, pensó en cómo el cristianismo puede hacer frente al desafío del humanismo ateo, encarnado en particular por los filósofos Nietzsche y Feuerbach. No quería desarrollar una teología intemporal, sino reflexionar sobre el lugar y el significado del cristianismo en la época contemporánea. Esto implicaba una confrontación con el ateísmo y con otras religiones, en particular el budismo, al que dedicó tres libros.

También estuvo atento al desarrollo de la reflexión sobre las ciencias. Dio a conocer y rehabilitó la obra del paleontólogo Teilhard de Chardin, también jesuita y también sospechoso para Roma. Admiraba su enfoque, muy audaz, que intentaba conciliar la fe cristiana con los datos de la ciencia moderna, en particular los vinculados a las teorías de la evolución.

LEER. Entrevista completa al P. Michel Fédou

Información adicional
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Fuentes

Revista Vida Nueva / La Croix / Videos: Instituto Jesuita Pedro Arrupe – Juan Luis Lorda / Foto: Wikimedia Commons

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