Un modelo de periodismo católico: John Allen Jr.
11:00 a.m. | 19 jun 26 (AM/NCR).- La muerte de John L. Allen Jr. motivó un amplio reconocimiento a quien durante lustros fue una voz de referencia para comprender el Vaticano y la vida de la Iglesia. Su claridad, rigor e independencia para explicar temas complejos, su generosidad para formar nuevas generaciones de periodistas y su trato cercano y respetuoso con personas de todas las sensibilidades eclesiales son las cualidades que colegas y discípulos destacan de quien se convirtió en un modelo para el periodismo católico actual.
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Más que una semblanza biográfica, esta publicación propone un recorrido por las cualidades que hicieron de John L. Allen Jr. un modelo de comunicador católico. La primera parte presenta una síntesis de su trayectoria como corresponsal vaticano, escritor y fundador de Crux, junto con una selección de breves testimonios que describen las virtudes que marcaron su ejercicio profesional: el rigor, el equilibrio, la capacidad de explicar con sencillez temas complejos, la independencia, la pasión por el oficio y su compromiso con la formación de jóvenes periodistas.
Ese retrato se completa con una serie de homenajes escritos por colegas y amigos que lo conocieron de cerca. Andrea Tornielli, director editorial de los medios vaticanos, recuerda al periodista que supo interpretar los grandes acontecimientos de la Iglesia con profundidad, sentido del humor y una extraordinaria capacidad para conectar con sus lectores. Sebastian Gomes resalta la claridad y el entusiasmo que distinguían sus análisis; Michael J. O’Loughlin examina su impacto en el periodismo católico contemporáneo; Matthew Becklo presenta la visión eclesial que inspiró su último libro; y Christopher White evoca al maestro generoso que abrió camino a numerosos vaticanistas.
Reseña con extractos de Colleen Dulle, Christopher White y Thomas Reese
John L. Allen Jr., el audaz y meticuloso periodista estadounidense que durante décadas contribuyó a desmitificar los asuntos vaticanos, falleció en las primeras semanas de este 2026 tras una batalla de tres años contra el cáncer de estómago. Acababa de cumplir 61 años. Allen, criado por una madre soltera en Hays, Kansas, obtuvo una licenciatura en Filosofía en la Universidad Estatal de Fort Hays y una maestría en Estudios Religiosos en la Universidad de Kansas. Entre 1993 y 1997 enseñó periodismo y fue asesor del periódico estudiantil de la Escuela Secundaria Notre Dame en California.
Aunque su carrera como docente duró apenas cuatro años antes de iniciar una etapa decisiva de 17 años como corresponsal en el Vaticano para el National Catholic Reporter (NCR), Allen nunca perdió su pasión por formar a jóvenes periodistas. Varios de los profesionales más destacados del periodismo católico en lengua inglesa de la actualidad —Inés San Martín, Michael O’Loughlin, Christopher White, Claire Giangravè y la querida esposa de John, Elise Ann Allen— dieron sus primeros pasos trabajando junto a él en Crux, el medio especializado en información eclesial que fundó en colaboración con el Boston Globe en 2014.
Quizá Allen estaba tan dispuesto a compartir su sabiduría como corresponsal vaticano porque sabía por experiencia propia lo difícil que era adquirirla. San Martín, exjefa de la oficina de Roma de Crux, escribió en Our Sunday Visitor que Allen se trasladó a Roma en el año 2000 —tres años después de haber asumido su cargo en el National Catholic Reporter—, en parte porque una reseña crítica de su libro de ese mismo año sobre el cardenal Joseph Ratzinger, Cardinal Ratzinger: The Vatican’s Enforcer of the Faith, le había acusado de informar desde la comodidad de su escritorio en el extranjero. “John aceptó que aquella crítica era, en parte, justa, y pasó el resto de su carrera decidido a no volver a merecerla jamás”, escribió.
Su adaptación a Roma tampoco fue sencilla. Sin embargo, Allen estaba decidido a convertirse en “el mejor de la profesión a la hora de explicar al mundo las complejidades del Vaticano”, declaró Giangravè, corresponsal en el Vaticano de Religion News Service. Según ella, alcanzó ese objetivo gracias a que trabajó “incansablemente para perfeccionar su oficio”.
Aquellos años coincidieron con un período decisivo para la Iglesia católica. Desde Roma, Allen publicó informaciones exclusivas sobre el encubrimiento y la resistencia del Vaticano a afrontar el caso de Marcial Maciel, las tensiones entre la Santa Sede y Estados Unidos a propósito de la invasión de Irak y las complejas relaciones entre Washington y el Vaticano tras el estallido de la crisis de abusos sexuales cometidos por miembros del clero estadounidense. Su cobertura de estos acontecimientos contribuyó a consolidar su reputación como una de las voces más fiables para interpretar la actualidad eclesial.
Además, el obituario que John escribió para el National Catholic Reporter tras la muerte de Juan Pablo II constituye una auténtica lección magistral de periodismo. En él logra captar con precisión las complejidades de un pontífice que, durante casi tres décadas, cautivó al mundo entero, mientras que, de manera involuntaria, permitía que numerosas situaciones problemáticas se deterioraran dentro de su propia Iglesia.
Como escribió en el National Catholic Reporter otro de sus compañeros, Christopher White —años atrás vaticanista del NCR y ahora investigador en la Universidad de Georgetown—: “Los colegas veteranos que recuerdan la llegada de John a Roma suelen hacerlo con una sonrisa, evocando a un hombre del Medio Oeste estadounidense, algo desaliñado en su apariencia, incómodo vistiendo trajes formales, pero profundamente empeñado en ser tomado en serio por una institución definida precisamente por sus formalidades”.
El trabajo y la determinación de Allen dieron frutos, y pronto se convirtió en una voz muy solicitada para analizar cualquier asunto relacionado con el Vaticano, respaldado por una firme convicción: estar dispuesto a hablar con todo el mundo. Durante la enfermedad y muerte de Juan Pablo II, así como durante la elección de Benedicto XVI, Allen se hizo ampliamente conocido entre el público estadounidense como comentarista de CNN, donde llegó a desempeñarse como analista principal sobre temas vaticanos. A lo largo de su carrera continuó publicando libros sobre diversos temas y personalidades del Vaticano; al momento de su fallecimiento, su producción alcanzaba los once títulos.
Entre sus obras más conocidas, además del ya mencionado libro sobre el entonces cardenal Ratzinger, destaca The Rise of Benedict XVI, publicada tras su elección como Papa. También escribió sobre la historia del Opus Dei y, ya en la etapa final de su trayectoria, Catholics and Contempt: How Catholic Media Fuel Today’s Fights and What to Do About It, un libro en el que abordó su preocupación por las crecientes divisiones y polarizaciones dentro del mundo católico.
Durante todo el pontificado de Benedicto XVI, Allen fue el corresponsal vaticano de referencia en lengua inglesa. El jesuita James Martin, editor general de America Magazine, reflexionó: “Durante mucho tiempo, mi amigo John Allen fue uno de los mejores periodistas especializados en el Vaticano, en cualquier idioma. John conseguía noticias exclusivas de manera constante, ofrecía análisis incisivos, contaba con las mejores fuentes y lograba integrarlo todo en una prosa brillante. Su conocimiento del Vaticano y de la historia de la Iglesia, así como su familiaridad con personas que iban desde un cardenal prefecto de un dicasterio vaticano hasta el más reciente nombramiento papal en una diócesis remota, eran sencillamente enciclopédicos”.
Una valoración semejante expresó Austen Ivereigh, analista de asuntos vaticanos y biógrafo del papa Francisco, quien lo definió como “el gran desmitificador”. “Durante los años de Juan Pablo II y Benedicto XVI era la fuente de referencia para comprender lo que estaba ocurriendo en Roma”, afirmó. Según Ivereigh, Allen amaba la Ciudad Eterna por la privilegiada perspectiva que le ofrecía sobre la Iglesia y el mundo, y solía decir que tenía “el mejor trabajo del periodismo”.
El actual corresponsal de CNN en el Vaticano, Christopher Lamb, y Sebastian Gomes, productor ejecutivo de America Magazine y anteriormente integrante de Salt and Light TV de Canadá, recordaron por separado las columnas de Allen durante el pontificado de Benedicto XVI como “lecturas imprescindibles”. En declaraciones a Catholic News Agency, Francis X. Rocca, de EWTN y exreportero de The Washington Post, afirmó que Allen “cambió la manera en que los periodistas cubren el Vaticano y la Iglesia católica, enriqueciendo y dinamizando lo que había sido una sección de noticias un tanto aburrida”.
En efecto, el trabajo de Allen, aunque minucioso y sustentado en una sólida red de fuentes internas, siempre fue accesible y, con frecuencia, entretenido. “Después de leer una breve columna de John, uno también se sentía un experto”, recordó Gomes. En la etapa final de su carrera, Allen incursionó en el mundo de los pódcast, conduciendo un programa titulado Last Week in the Church (“La semana pasada en la Iglesia”), que permitió que su voz aguda, perspicaz y cargada de ironía ocupara un lugar central.
Los amigos de Allen —¡un título que no era difícil ganarse!— disfrutaban de esa voz con frecuencia durante incontables comidas italianas, generalmente acompañadas de platos de pasta más bien modestos, abundante vino y largas conversaciones llenas de ingenio que se prolongaban desde el aperitivo hasta el digestivo.
El trabajo de Allen también era reconocido por su capacidad para trascender las divisiones políticas. Su filosofía de escuchar a todos significaba que, aun trabajando para un periódico identificado con posiciones progresistas, escribía para todos los públicos. Consideraba fundamental presentar de manera justa todas las perspectivas de una cuestión, incluso cuando ese enfoque le valía críticas.
Tras la elección del papa Francisco en 2013, Allen dio un giro decisivo hacia el análisis más que hacia la búsqueda de exclusivas informativas, un cambio que algunos atribuyeron a que algunas de sus fuentes mejor situadas habían perdido influencia bajo el nuevo pontificado. Sin embargo, esta transición vino acompañada de una nueva iniciativa profesional: en 2014 lanzó Crux, una publicación especializada del Boston Globe, con Allen como su principal analista.
Dos años después, el Boston Globe retiró su financiamiento, dejando a Allen como propietario del proyecto y planteándole el reto de buscar recursos mediante colaboraciones con diócesis y otras organizaciones católicas, entre ellas los Caballeros de Colón. Aunque hoy Crux es conocido sobre todo por haber publicado la primera entrevista extensa con el papa León XIV —quien había cenado en casa de Allen apenas unas semanas antes del cónclave—, quizá el legado más duradero tanto del medio como de su fundador sea la manera en que Allen transformó el periodismo católico en lengua inglesa al contratar, formar y promover a jóvenes talentos prometedores.
Giangravè declaró a America Magazine que, aunque Allen era reconocido por su trabajo periodístico, “donde realmente brillaba era en su capacidad para alentar y apoyar a sus amigos”. Según ella, Allen le dio “el valor para acercarme a los laicos o clérigos más influyentes de una sala y formular preguntas difíciles, sabiendo que contaba con el respaldo de un buen editor y de un verdadero amigo”. Y añadió: “En un mundo polarizado, revisar el trabajo periodístico de John a lo largo de su extraordinaria trayectoria cubriendo temas delicados de la Iglesia católica y del Vaticano constituye una auténtica lección magistral de periodismo equilibrado y atento a los matices, construido sobre la confianza y relaciones humanas reales”.
Michael J. O’Loughlin, director editorial del National Catholic Reporter, recordó: “En mi primer viaje de trabajo periodístico a Roma, durante el Sínodo sobre la Familia de 2014, John me impresionó con su enorme comprensión de los mecanismos que hacen funcionar a la Iglesia. Sigo agradecido por su generosidad para con los colegas, especialmente porque me facilitó varias entrevistas con cardenales y obispos, lo que supuso para mí, que por entonces era un periodista novato, un gran impulso de confianza”.
Compartir recursos no es algo que todos los periodistas estén dispuestos a hacer, pero John siempre estaba dispuesto a ayudar a otros colegas, incluso a aquellos que no trabajaban para Crux. Philip Pullella, histórico corresponsal de Reuters en el Vaticano y compañero de Allen durante décadas en Roma, comentó: “John poseía unas capacidades periodísticas extraordinarias y una generosidad igualmente extraordinaria. Era competitivo, como creo que deberían ser todos los periodistas. Pero también era justo: si conseguías una exclusiva, te felicitaba por ello. No todos los reporteros que tienen el mismo objetivo actúan de esa manera”.
Gerard O’Connell, vaticanista senior de America Magazine y también compañero de Allen durante décadas, recordó: “John y yo fuimos amigos durante más de un cuarto de siglo. Nos conocimos cuando llegó a Roma en el año 2000 y, desde entonces, compartimos mucho tiempo juntos, intercambiando confidencias y viajando en las visitas internacionales de Juan Pablo II y Benedicto XVI. Recuerdo especialmente nuestro viaje a Kazajistán poco después del 11 de septiembre, donde él —el estadounidense— era el periodista más solicitado por todos los medios locales”.
O’Connell describió a Allen como “una persona muy generosa, siempre dispuesta a ayudar. Nos divertimos mucho juntos y cubrimos la mayoría de los grandes acontecimientos vaticanos, cada uno a su manera. Todos reconocían en John a un gran periodista, un excelente comunicador, un conferencista cautivador, una figura destacada de CNN y un hombre que nunca se quedaba sin palabras. Yo admiraba la rapidez y la precisión con las que difundía las noticias”.
O’Connell y Allen mantenían con frecuencia interpretaciones distintas sobre las noticias del Vaticano, diferencias que ambos reconocían abiertamente. Sin embargo, se profesaban una profunda estima mutua y cultivaban una sólida amistad. “Compartí su alegría —recordó O’Connell— cuando, durante un almuerzo en un restaurante romano, me confió que iba a casarse con Elise. Fue una auténtica historia de amor. Demostró un enorme coraje durante estos últimos años mientras luchaba contra el cáncer, y Elise fue verdaderamente heroica por la manera en que permaneció a su lado y lo acompañó en esta etapa final de su peregrinación terrena”.
VIDEO. John Allen comentó la llegada de Mons. Prevost al Dicasterio de Obispos (2023)
John Allen: Explicó el Vaticano con conocimiento y agudeza – Homenaje de Andrea Tornielli (Director editorial de medios vaticanos)
Murió tras cuatro años de lucha contra el cáncer, sin rendirse jamás y continuando su trabajo mientras las fuerzas se lo permitieron. John Allen Jr., de 61 años, fue fundador y editor de Crux, un portal de noticias especializado en la cobertura de la Santa Sede y de la Iglesia en todo el mundo. Conocí a John cuando llegó a Roma hace 26 años como corresponsal del National Catholic Reporter. Lo primero que recuerdo de él es su sonrisa y su manera abierta y cordial de relacionarse con las personas.
En el año 2000, Juan Pablo II, ya afectado por la enfermedad, vivía el Gran Jubileo, uno de los hitos más significativos de su pontificado, y realizaba viajes destinados a entrar en la historia. Desde hacía años circulaban rumores y especulaciones sobre los posibles papabili del próximo cónclave. El nuevo milenio comenzó cargado de esperanza y apertura, tras la caída del comunismo y de las grandes narrativas. Sin embargo, aquella perspectiva quedó abruptamente destruida por el impacto de los atentados del 11 de septiembre de 2001 y las guerras que siguieron en Afganistán e Irak.
John supo narrar e interpretar tanto los asuntos internos del Vaticano y de la Iglesia —por ejemplo, la irrupción del escándalo de los abusos sexuales contra menores— como el papel de la Santa Sede y su diplomacia en los acontecimientos internacionales, especialmente aquellos relacionados con Estados Unidos. En cada uno de sus artículos combinaba el rigor y la atención meticulosa a las fuentes con marcos interpretativos, análisis y contexto.
Además, insistía en utilizar declaraciones “atribuidas” (on the record), siempre identificando plenamente a sus interlocutores. Otro rasgo distintivo de su trabajo era que nunca daba nada por supuesto y, por ello, jamás escribía únicamente para iniciados o especialistas: sabía dirigirse a una audiencia compuesta no solo por católicos, ni siquiera exclusivamente por creyentes. Incluso cuando uno no compartía las conclusiones de sus análisis, siempre merecía la pena leerlos, porque John explicaba la compleja realidad de la Santa Sede sin simplificarla ni banalizarla.
En una época marcada por la masificación de la información y la simplificación excesiva de los acontecimientos, comprendió que el periodismo profesional y especializado constituía un valor indispensable, porque los lectores —bombardeados por noticias frecuentemente imprecisas— querían y necesitaban comprender.
De John —admirador de la gastronomía romana y ferviente seguidor de la AS Roma— quisiera recordar cuatro cualidades más: su capacidad para construir relaciones y establecer contactos con personas de todos los niveles de la Iglesia; su determinación de no quedarse nunca en las primeras impresiones, sino de esforzarse por comprender las razones de los demás; su sentido del humor; y su extraordinario talento como orador, capaz de mantener cautivada a cualquier audiencia alternando análisis sofisticados con anécdotas e ingenio.
Tres razones que hacían de John Allen una lectura imprescindible – Homenaje de Sebastian Gomes (Editor ejecutivo en America Magazine)
Cuando comencé mi carrera en los medios católicos en 2012, no tenía idea de lo que estaba haciendo. Acababa de terminar mis estudios de posgrado, especializado en historia de la Iglesia. De repente, tuve que dirigir mi atención a una historia que se desarrollaba en ese momento en el Vaticano. Había mucho que observar y asimilar. Por ello, busqué orientación e inspiración en los profesionales de prensa acreditada ante la Santa Sede. Entre los periodistas anglófonos, hubo una persona por la que rápidamente sentí una gran afinidad y cuyas columnas consideraba de lectura obligatoria: John L. Allen Jr. Como homenaje, quisiera reflexionar sobre aquello que lo convirtió en una referencia imprescindible. Estas son tres razones que me vienen de inmediato a la mente y que continúan inspirando mi trabajo en los medios católicos hasta hoy.
En primer lugar, John era accesible. Su escritura era sencilla, directa, atractiva e incluso entretenida. Pero ser accesible no significa ser superficial ni simplificar en exceso su análisis. Al contrario, iba directo al meollo de la cuestión utilizando un lenguaje que incluso un joven católico, sin mayores conocimientos, podía seguir y comprender. A lo largo de toda su carrera, John evitó la tentación habitual en el comentario católico —y, en realidad, en cualquier ámbito— de escribir pensando en colegas o especialistas para ganar reconocimiento y aceptación entre ellos. No; John escribía y hablaba para las personas comunes interesadas en lo que sucedía en el Vaticano, siempre con claridad y precisión. Después de leer una breve columna suya, uno también tenía la sensación de haberse convertido en un experto.
En segundo lugar, John poseía una notable capacidad para captar los matices. Con frecuencia, las noticias más apasionantes que surgen del Vaticano están marcadas por la controversia y el conflicto. Llevada al extremo, la obsesión de un periodista católico por el drama puede desembocar en comentarios sensacionalistas, propios de la prensa amarillista, o en especulaciones conspirativas. En el extremo opuesto, un periodista católico puede acercarse demasiado a la institución eclesial y, en su afán por conservar relaciones de confianza con la jerarquía, terminar convirtiéndose en portavoz de la institución en lugar de ofrecer un análisis objetivo, perdiendo así credibilidad ante un público más amplio.
En términos generales, John evitó ambas tentaciones. Se adentraba sin rodeos en los temas más controvertidos y, en poco tiempo, exponía las distintas perspectivas implicadas. Después de leerlo, uno no podía saber con certeza cuál era su posición personal sobre el asunto, una prueba de su capacidad para apreciar los matices y de su comprensión del auténtico papel de un periodista católico.
En tercer lugar, John era un apasionado. Y si leerlo resultaba cautivador, verlo en acción lo era aún más. Como analista del Vaticano para la CNN, era sencillamente extraordinario. Además de su claridad, su capacidad para captar los matices y su conocimiento enciclopédico de la realidad vaticana, aportaba entusiasmo y energía a cada entrevista. Lo comprobé de primera mano durante la histórica renuncia del papa Benedicto XVI en 2013 y la elección del papa Francisco. Ambos nos encontrábamos en Roma trabajando con la prensa secular, y no fue una tarea fácil. A menudo nos cruzábamos pasada la medianoche, cuando él realizaba intervenciones en directo para los programas de máxima audiencia en Estados Unidos. Y había muchas cuestiones difíciles que explicar, desde el escándalo de Vatileaks hasta la crisis de los abusos sexuales cometidos por miembros del clero. Sin embargo, el entusiasmo de John por analizar y comentar la actualidad nunca decayó.
Como católico, no sentía la necesidad de minimizar ni de eludir las preguntas difíciles. Siempre tenía algo lúcido y sincero que aportar, sin vacilaciones ni ponerse a la defensiva. Puede parecer paradójico, pero daba la impresión de que su pasión brotaba de una serenidad más profunda, como si, pese a las dificultades o a la complejidad de una historia, supiera que Cristo resucitado seguía actuando en la Iglesia y que todo acabaría encaminándose. A mi juicio —y no lo digo a la ligera—, sus intervenciones en los medios durante la transición papal de 2013 lo convirtieron en el evangelizador más eficaz del catolicismo en aquel momento histórico.
VIDEO. John Allen comentó la investigación previa a la disolución del Sodalicio (2024)
John Allen: lecciones de periodismo y de amistad – Homenaje de Marco Carroggio (Comunicador, profesor en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz)
John Allen ha sido uno de los periodistas en lengua inglesa más influyentes en la información sobre la Iglesia, además de un autor prolífico. Su columna semanal “The Word from Rome”, en el National Catholic Reporter, inauguró una nueva época en el periodismo religioso: muchos esperábamos con interés esos textos a la vez informativos y analíticos, que lograban hacer comprensibles y atractivos incluso los debates teológicos o canónicos más complejos, gracias a una insólita mezcla de profundidad, humor y amplitud de miras. En los textos de John nada era blanco o negro, no había buenos ni malos; sus crónicas eran el reino del matiz y de la pluralidad de voces. En el fondo latía algo que él llevaba muy dentro: entendía la comunicación como el deber de crear comunidad, no solo —ni principalmente— como transmisión, y mucho menos como lucimiento personal.
John era una persona comunitaria. Creía en el periodismo como una fuerza de bien, de verdad y de unión. Su profesionalidad lo llevó a publicar no pocas scoops importantes e incómodas, como es propio de quien nace periodista, pero entendía también esos momentos como servicio: el servicio que acaba prestando quien ama la verdad y busca comprender a los demás. He visto personalmente, en varias ocasiones, que en esos casos John terminaba siendo amigo y asesor informal de la persona sobre la que había tenido que escribir algo doloroso o difícil de contar. Nunca dejaba a nadie en la estacada. Como ha escrito Elise, su compañera de vida y trabajo en los últimos años, John tenía un lema que no traicionó ni una sola vez: “Nunca reduzcas a alguien a su peor momento”.
Esa misma pasión del Reporter la puso después en Crux, el portal católico especializado que dirigió hasta su fallecimiento y que es desde entonces un punto de referencia indiscutible para la información católica. Muchos lo conocen también por sus podcasts y por su trabajo durante 20 años como analista vaticano de la CNN. Con motivo del último cónclave decidió interrumpir momentáneamente las sesiones semanales de quimioterapia para poder cubrir esos días desde la CBS. Sacando fuerzas de donde no las había, pudo dar la noticia de su vida, pocos meses antes de morir: la elección del primer papa estadounidense, el cardenal Robert Prevost, como León XIV.
Sí, el mismo cardenal Prevost para quien, poco antes, había cocinado un buen plato de spaghetti en su casa del barrio de Prati, junto a su amada esposa Elise. Esa misma casa en la que nos reuníamos con frecuencia sus amigos romanos: laicos y religiosos, de todas las instituciones y de ninguna; de todas las sensibilidades; de izquierdas, de centro y de derechas. Siempre con su atención a la buena comida y al buen vino, que para él eran otro signo importante de la catolicidad: la religión del banquete y de la comunidad, del abrazo y de la acogida, que rehúye visiones demasiado estrechas o ideológicamente marcadas. John ha sido un gigante de la información religiosa. Al preguntarme por qué, me vienen a la cabeza algunas de sus lecciones.
Presencia. John Allen era un periodista de presencia: no solo de escritorio, sino de territorio. Iba a los lugares, hablaba con mucha gente, escuchaba todas las voces. En los treinta años en que compartimos las calles de Roma, podías encontrártelo en congresos especializados sobre derecho canónico, teología, filosofía o historia de la Iglesia. Le interesaba comprender el fondo de los debates y entender las distintas posiciones. La mayoría de las veces no publicaba nada, pero ampliaba su mirada. Todo eso hacía que sus textos rezumaran una visión profunda y poliédrica de la realidad, lejos de soluciones binarias. Como un buen director de cine que dedica semanas a una escena de un minuto, John consideraba todo esto parte de su trabajo, un requisito necesario para hacerlo relevante a los demás.
Relación. Era habitual verlo en restaurantes de Roma conversando con un historiador, un cardenal, un profesor o un religioso, aprovechando cualquier contexto de diálogo y amistad para conocer mejor a las personas. Escuchaba mucho, y por eso sus crónicas eran capaces de abarcar tanto en tan poco espacio. Tenía amigos y fuentes de todas las sensibilidades eclesiales: se entendía con muchos y llegaba a las personas más allá de su encargo institucional, hasta llegar al núcleo y de la verdad de cada uno.
Precisión. Prestaba extrema atención al dato. No conozco otro periodista que haya publicado tantas correcciones y fe de erratas. Para él era fundamental que, si un dato no era correcto, se aclarara públicamente, y no tenía ningún reparo en hacerlo, a veces con un fino sentido del humor. Siempre confirmaba los datos; doy fe de ello desde el otro lado de la profesión durante casi treinta años.
Claridad. Fue un gran intérprete y explicador de la Iglesia, capaz de utilizar metáforas deportivas, culinarias, culturales o cinematográficas que iluminaban la comprensión de los hechos. Muchas veces era una frase de los Simpson (¡tenía miles memorizadas!). Se dice que la metáfora es a menudo el mejor modo de explicar la realidad, y él fue un narrador extraordinario, un verdadero storyteller, algo que —según me contó— aprendió de su abuelo.
Foco. Era fascinante verlo trabajar: se aislaba por completo, ya fuera en un avión o en cualquier otro lugar. Mientras estaba con la noticia, estaba totalmente inmerso en ella; y en cuanto terminaba, reaparecía su enorme capacidad relacional, como si saliera de un túnel. Este foco también le permitió escribir numerosos libros que compitieron en librerías de todo el mundo y solían figurar en los rankings de literatura católica junto a los de Scott Hahn y George Weigel. Entre ellos alcanzaron gran difusión su biografía de Benedicto XVI, su documentado libro sobre el Opus Dei, su conocido Cónclave, así como otros sobre la estructura del Vaticano (All the Pope’s Men) o sobre el papa Francisco. Puso mucha ilusión en otro libro sobre la persecución religiosa en el mundo (The Global War on Christians), que, en mi opinión, aún está por descubrir.
Generosidad. Daba lo mejor de sí mismo con sus colaboradores y era extremadamente generoso con sus compañeros de trabajo, como lo era en sus banquetes: hacía siempre comunidad. Hoy hay muchos periodistas especializados que le deben mucho. Pienso, sin duda, en su esposa Elise Harris, pero también en otros como Stacy Meichtry (The Wall Street Journal), Inés San Martín (The Pontifical Mission Societies), Christopher White (National Catholic Reporter), Filipe Domingues (O Estado de S. Paulo) o toda la actual plantilla de su Crux, formada por jóvenes periodistas que han tenido en él una gran escuela.
Creo que las crónicas de John Allen y sus libros serán, con el tiempo, un material extraordinario para redescubrir el valor del periodismo con mayúsculas. Merecerían ser objeto de una tesis doctoral como ejemplo de lo que significa el periodismo especializado bien hecho: riguroso, informado, honesto, divertido y profundamente respetuoso con la complejidad de la realidad.
Cuando hace unos días fui a despedirme por penúltima vez, le llevé uno de sus amados tiramisú, que ya no pudo tomar por las dificultades para deglutir; al menos lo pudo disfrutar su querida Elise. “Thanks, my friend”, decía, mientras hacía el gesto de no poder. Los volverá a tomar en el paraíso (donde estoy seguro de que ya habrá recibido el abrazo del Padre y de sus padres: se había preparado bien para ello). Tiramisú y su famoso licor de hierbas Canaja, que compartía con tanta generosidad con sus muchos amigos en la terraza de su casa romana.
Una palabra sobresale sobre todas en el funeral de John Allen, el pasado 26 de enero: amistad. “Thanks, my friend” fue el sentir de los cientos de amigos que llenaban la basílica: colegas de profesión, amigos de Roma, fuentes… e incluso varios de quienes habían sido objeto de informaciones incómodas, pero siempre tratadas con honestidad. Porque para John lo primero era la persona, la comunidad, y eso daba sentido al periodismo, a su Periodismo. Gracias, John, por tus lecciones de periodismo, y por haber vivido “para la comunidad”.
VIDEO. John Allen comentó el cierre del Sínodo sobre sinodalidad (2024)
Un legado más: El periodismo como espacio de encuentro – Homenaje de Matthew Becklo (escritor y editor)
John fue, probablemente, el mejor periodista especializado en la cobertura diaria del Vaticano en el mundo de habla inglesa. En todo lo relacionado con la vida de la Iglesia, se distinguió por estar siempre bien informado, por su imparcialidad y por su objetividad: el periodista católico por excelencia. También fue un autor prolífico, con once libros de su autoría, además de dos conversaciones publicadas con el cardenal Timothy Dolan (A People of Hope) y con el obispo Robert Barron (To Light a Fire on the Earth).
Aunque nunca llegué a conocer personalmente a John, más allá de intercambiar correos electrónicos y una breve videollamada, tuve el privilegio de ser el editor de su undécimo y último libro, publicado en 2023 por Word on Fire. El proyecto comenzó a tomar forma en diciembre de 2020 —un año que seguramente muchos recuerdan— bajo el título provisional Cacophony: The Catholic Media Landscape in the Early 21st Century. Cuando John entregó el manuscrito en 2022, este ya tenía un nuevo título: Catholics and Contempt: How Catholic Media Fuel Today’s Fights and What to Do About It. Fue el único libro que escribió sobre aquello a lo que había dedicado toda su vida adulta: el periodismo y los medios de comunicación.
Es un libro excelente, que primero ofrece una panorámica del contexto actual y luego analiza seis estudios de caso, procedentes de distintas partes del mundo, sobre la “cultura del desprecio” que está causando estragos en la Iglesia a través de medios de comunicación tanto de orientación conservadora como progresista, y tanto tradicionales como digitales. De hecho, en la introducción, John incluye un ejemplo extraído de su propia experiencia: un artículo difamatorio publicado por un conocido comentarista de Internet que atacaba aspectos de su vida personal.
Según explica, aquel texto contenía errores y omisiones fundamentales y estaba claramente dirigido a “herir a quienes eran percibidos como rivales profesionales e ideológicos”. Como demuestra el libro, ese deseo insaciable de dañar al adversario, sin importar las consecuencias —a menudo a través de Internet—, constituye el modo de actuar característico de la cultura del desprecio y, cada vez más, también de algunos medios católicos.
Combatir esta cultura era algo que importaba profundamente a John, no solo en el plano profesional, sino también en el personal. Elise Allen, en el homenaje dedicado a su esposo, señala que la principal lección de vida que dejó John fue esta: “Sean amables. En un mundo donde la ira y el desprecio suelen dominar nuestras relaciones con los demás, John siempre decía: Simplemente, sean amables”.
Por su parte, el obispo Barron afirmó en su propio homenaje: “Muchas personas hablan de tender puentes y de reconciliar a grupos enfrentados, pero John realmente lo hacía, tanto mediante la elegancia de su escritura como a través de su encanto personal”. Asimismo, Crux se mantuvo —y sigue manteniéndose— como una fuente sólida, estable e imparcial de información católica en Estados Unidos. Estoy convencido de que este legado influyó significativamente para que John y Elise obtuvieran la primera entrevista oficial concedida por el primer Papa estadounidense, León XIV.
Pero John no se limitó a dar ejemplo con su conducta personal; también propuso una visión sobre cómo la Iglesia —especialmente quienes trabajan en los medios de comunicación— podría resistir de manera institucional la lógica del desprecio. En el primer capítulo del libro, titulado “Una declaración de principios para la prensa católica”, escribe:
“Si queremos nadar contra la corriente actual de polarización, acritud y tribalismo, debemos crear espacios donde católicos con perspectivas y sensibilidades distintas puedan encontrarse y llegar a ser amigos. No se trata de programas formales de diálogo, donde las personas se reúnen para debatir sus diferencias, pues eso suele profundizar las divisiones en lugar de mitigarlas. Se trata, más bien, de momentos naturales, espontáneos, orgánicos y no planificados, en los que las personas se relacionan desde su condición humana básica y no como representantes de una determinada posición ideológica. Para que eso ocurra, hacen falta espacios de encuentro.
La mejor opción siempre será el contacto personal, cara a cara; pero cuando esto no sea posible, los medios católicos también pueden desempeñar un papel complementario creando esos espacios en el ámbito virtual. Existen innumerables formas en que los medios pueden ayudar a las personas a salir de sus antagonismos habituales y brindarles oportunidades de interactuar de maneras que favorezcan la amistad. Con frecuencia he pensado, por ejemplo, en realizar una serie de conversaciones con católicos destacados de distintos sectores para hablar sobre sus platos favoritos.
A lo largo de los siglos, la comida —y, por supuesto, la bebida— ha sido a menudo el elemento que ha mantenido unido al catolicismo; incluso cuando los obispos no lograban ponerse de acuerdo sobre quién era el Papa legítimo, seguían siendo capaces de sentarse juntos a compartir un plato de comida mientras discutían sus diferencias. No veo ninguna razón por la que la mesa compartida no pueda venir nuevamente en nuestro auxilio hoy. Y esa es solo una posibilidad. La cuestión es que los medios católicos deben buscar deliberadamente este tipo de espacios”.
Un ejemplo muy elocuente de este “espacio común” fue la serie de cenas organizadas por Tim Busch, fundador conservador del Napa Institute, que reunían a católicos de todo el espectro teológico y político. El propio Busch ha relatado cómo gracias a esos encuentros desarrolló una amistad duradera con el padre James Martin. Gestos como estos pueden resultar incompatibles con la cultura del desprecio, pero desprenden el aroma propio del Reino de Dios.
VIDEO. John Allen Jr. sobre el documento de la Santa Sede y la bendición de parejas gays
En memoria del fundador de Crux, John L. Allen Jr. – Extracto del homenaje de Christopher White (ex vaticanista del NCR)
Parte de lo que convirtió a John en una lectura imprescindible durante los primeros años de su carrera no fue solo la claridad de su estilo ni la impresión de que siempre tenía el pulso de lo que ocurría dentro del Vaticano, sino también su atención a aspectos de la vida católica que con frecuencia pasaban desapercibidos, pero que terminarían moldeando y transformando la Iglesia en las décadas siguientes. Uno de los libros que escribió, The Future Church, constituye un testimonio elocuente de esa capacidad y, en gran medida, mantiene toda su vigencia. Cuando en 2019 me correspondió sustituir a John en una conferencia de teólogos y obispos africanos celebrada en Nigeria, varios prelados me comentaron que él era el único periodista vaticanista estadounidense que mostraba un interés genuino —y sin influencia de agendas— por comprender la realidad del catolicismo en el continente africano.
John —que nunca tuvo hijos— solía decir que los jóvenes periodistas a quienes había contratado y formado se habían convertido, de algún modo, en sus propios hijos, o al menos en una parte esencial de su legado. Teniendo en cuenta que había iniciado su carrera como profesor de secundaria en Los Ángeles y asesor del periódico estudiantil, no sorprende que se sintiera plenamente realizado enseñando y formando a las nuevas generaciones de periodistas. Nunca olvidaré haberme sentado a su lado durante la proyección de un documental sobre Juan Pablo II en la Universidad Pontificia de Santo Tomás de Aquino (Angelicum), en Roma. John, criado en Kansas por una madre soltera, recordó entre lágrimas que su primer encuentro con el pontífice polaco había sido uno de los momentos decisivos de su vida.
La última vez que vi a John fue durante un viaje a Roma, en octubre. Había regresado al hospital, pero seguía tan dispuesto como siempre a hablar de periodismo y de la actualidad de la Iglesia. Le pregunté cuál era su valoración de los primeros meses del pontificado de León XIV. Me respondió que, aunque con frecuencia había sido crítico del estilo de Francisco, siempre había apoyado el contenido y la orientación general de su pontificado. En su opinión, León estaba consiguiendo ambas cosas: acertar tanto en el fondo como en la forma.
Son muchos los factores que pueden explicar los matices de esa valoración, entre ellos que varias de las mejores fuentes de John pertenecían a sectores considerados críticos del pontificado de Francisco y que León XIV había concedido precisamente a Crux su primera gran entrevista.
Sin embargo, después de despedirme de John aquel día, no pude evitar pensar que existía otra razón, probablemente más profunda. Había dedicado toda su vida profesional a ayudar tanto a periodistas como a lectores a comprender un lugar tan singular como el Vaticano, mientras encontraba también su propio lugar dentro de él. Y allí estaba John, al final de su vida, siendo testigo de una de las circunstancias más improbables y, al mismo tiempo, más gratificantes: ver que otro estadounidense también había logrado abrirse camino en Roma.
VIDEO. John Allen Jr. recuerda cuando invitó al actual papa León XIV a una cena en 2023
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Fuentes
- Dulle, C. (2026, 22 de enero). Vatican expert John Allen shaped a generation of Catholic reporters. America Magazine.
- White, C. (2026, 22 de enero). Remembering former NCR Rome correspondent, Crux founder John L. Allen Jr. National Catholic Reporter.
- Tornielli, A. (2026, 23 de enero). John Allen, the journalist who explained the Vatican with expertise and wit. Vatican News.
- Carroggio, M. (2026, 30 de enero). John Allen: lecciones de periodismo y de amistad. Revista Alfa y Omega.
- Reese, T. (2026, 22 de enero). Vatican journalist and expert John L. Allen Jr. dies at 61. Religion News Service.
- Gomes, S. (2026, 23 de enero). Three things that made John Allen a “must read”. America Magazine.
- Becklo, M. (2026, 23 de enero). From the Culture of Contempt to a “Catholic Commons”: Remembering the Vision of John L. Allen Jr. Crux.
- Videos: Crux Media Now
- Foto: Michael Alexander (The Georgia Bulletin – OSV News photo – CNS)

