La Teología de la prosperidad oscurece el Evangelio de Cristo

3:00 p m| 11 set 18 (VN/LOR).- Jesús no promete salud y riqueza a sus discípulos. Por eso no hay nada más distante y, también peligroso, para la fe cristiana que el criterio de la eficiencia y de la funcionalidad que fatalmente termina por transformar también a la Iglesia en una especie de empresa multinacional. Es lo que sostienen el padre Antonio Spadaro y Marcelo Figueroa en un artículo dedicado a la “teología de la prosperidad”, publicado en la Civiltà Cattolica.

El sacerdote jesuita y el protestante definen y valoran esta “corriente teológica neopentecostal evangélica cuyo núcleo es la convicción de que Dios quiere que sus fieles tengan una vida próspera, es decir, que sean económicamente ricos, físicamente sanos e individualmente felices”. Un texto muy crítico y rico de datos, que ya desde el título advierte del peligro de un “evangelio diferente”. También hace propias las numerosas intervenciones pronunciadas en este sentido por el papa Francisco.

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Por “teología de la prosperidad”, se explica en el artículo, se entiende una corriente teológica neo-pentecostal evangélica hoy muy popular. En Estados Unidos millones de personas asisten asiduamente a “mega-iglesias” que difunden esta teología. Y nombres como Oral Roberts, Pat Robertson, Benny Hinn, Robert Tilton, Joel Osteen, Joyce Meyer “han incrementado la propia popularidad y riqueza a fuerza de profundizar, enfatizar y llevar al extremo este evangelio”.

El riesgo de esta forma de “antropocentrismo religioso”, es el “de transformar a Dios en un poder a nuestro servicio, la Iglesia es un supermercado de la fe y la religión en un fenómeno utilitarista y eminentemente sensacionalista y pragmático”.

En este sentido, el “evangelio de la prosperidad” está muy lejos de la enseñanza de san Pablo: “Conocéis la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza” (2 Corintios, 8, 9). Y está también muy lejos de esa “profecía positiva y luminosa” que toma el nombre de sueño americano. No solo, la teología de la prosperidad está lejos también del “sueño misionero” de los pioneros americanos, y todavía más del mensaje de predicadores como Martin Luther King y “del contenido social, inclusivo y revolucionario” de su discurso más memorable.

Por otro lado, esta no es la primera vez que ambos autores señalan esta problemática, ya el año pasado denunciaron de manera similar el ecumenismo del odio, en el artículo “Fundamentalismo evangélico e integrismo católico en Estados Unidos, un ecumenismo sorprendente”, que provocó incluso que un consejero evangélico de Trump solicitara una reunión con el Papa para desmentir que exista la problemática destacada por Spadaro y Figueroa.

-Presencia en todo el mundo

Los autores alertan del peligro que supone este “antropocentrismo religioso” que, sin duda, hace referencia a una interpretación reduccionista del “sueño estadounidense”. Aunque esta “teología” nació en EE.UU. y durante décadas fue difundida con grandes campañas mediáticas de los neocarismáticos, también se difundió por África, Asia, India, Corea del Sur y China.

En América Latina “este fenómeno religioso se traduce en el uso de la televisión por parte de figuras muy carismáticas de algunos pastores, que lanzan un mensaje simple y directo montado en torno a un espectáculo de música y de testimonios y a una lectura fundamentalista y pragmática de la Biblia”. Mientras que “en América Central, Guatemala y Costa Rica se han convertido probablemente en los dos bastiones principales de esta corriente religiosa”.

-El bienestar económico y la salud

“Al Espíritu Santo se lo reduce a un poder al servicio del bienestar individual. Jesucristo ha abandonado su papel de Señor para transformarse en un deudor de cada una de sus palabras. El Padre ha sido reducido a una especie de botones cósmico que se ocupa de las necesidades y de los deseos de sus criaturas”, explican.

La Cività Cattolica, que cuenta con el beneplácito de Secretaría de Estado, critica el papel de los predicadores, quienes indican a sus seguidores que “con sus palabras, son responsables de lo que les sucede, trátese de la bendición o de la maldición económica, física, generacional o espiritual. Y reclaman las promesas de Dios extraídas de los textos bíblicos, colocando al creyente en una posición dominante respecto de un Dios prisionero de su misma palabra tal como esa palabra es percibida y creída por el fiel”.

Ante desastres naturales o las tragedias de los migrantes, “no ofrecen narrativas convincentes que sirvan para mantener a los fieles vinculados al evangelio de la prosperidad”. Este es el motivo por el cual, en estos casos, se nota una falta total de empatía y de solidaridad por parte de los adherentes”, añaden.

Los autores ven el peligro de esta teología en el “perverso efecto que tienen sobre la gente pobre”, puesto que “exacerba el individualismo y anula el sentimiento de solidaridad, e impulsa a las personas a tener una actitud milagrera. Los pobres que se sienten fascinados por este pseudoevangelio queden atados en un vacío sociopolítico que permite a otras fuerzas plasmar fácilmente su mundo, haciéndolos así inofensivos e indefensos”.

-Crítica del Papa a esta teología

En sus diferentes visitas a países donde la teología de la prosperidad está muy presente, Francisco siempre ha tenido palabras para criticarlo y aplicar la Doctrina Social de la Iglesia. “En Brasil, en 2013, el Papa señaló que la Iglesia tiende así a modalidades empresariales que son aberrantes y alejan del misterio de la fe. En Corea, en 2014, dijo: “Estén atentos, porque su Iglesia es una Iglesia en prosperidad. Que el diablo no siembre esta cizaña, esta tentación de quitar a los pobres de la estructura profética de la Iglesia, y les convierta en una Iglesia acomodada para acomodados, una Iglesia del bienestar no digo hasta llegar a la teología de la prosperidad, no, sino de la mediocridad”.

El artículo concluye denunciando “otra gran herejía de nuestro tiempo, el gnosticismo”. Y usando palabras de Francisco en Gaudete et exsultate, afirmando que “una fe utilizada para manipular mental y psíquicamente la realidad, pretende dominar la trascendencia de Dios”.

Un extracto del artículo

Una de las características de estos movimientos es el énfasis que ponen en la “alianza” sellada por Dios con su pueblo, sus testamentos de la Biblia. Y principalmente se ha tratado de alianzas con sus patriarcas. Es así como el texto de la alianza con Abrahán ocupa un lugar central, en el sentido de la prosperidad que promete. La lógica de este concepto del “Dios de las alianzas” es que, del mismo modo como los cristianos son hijos espirituales de Abrahán, son también herederos de los derechos materiales, de las bendiciones financieras y de las ocupaciones territoriales terrenas. Más que de una alianza bíblica parecería que se trata de un “contrato”.

Kenneth Copeland escribió en su libro The Laws of Prosperity [Las leyes de la prosperidad] que, habiendo Dios establecido la alianza y estando entre los legados de esa alianza la prosperidad, el creyente debe tomar consciencia de que, hoy, la prosperidad le pertenece por derecho.

En estas teologías la pertenencia filial de los cristianos en cuanto hijos de Dios se reinterpreta como la de los “hijos del rey”: una filiación que da a quienes la reconocen y proclaman derechos y privilegios monárquicos, principalmente materiales. Harold Hill, en su libro How to be a Winnner [Cómo ser un ganador], escribió: “Los hijos del rey tienen derecho a recibir un tratamiento especial porque gozan de una relación especial viva, de primera mano, con su Padre celestial, que ha hecho todas las cosas y sigue siendo su Señor”.

Otro concepto central de esta teología, íntimamente relacionado con el anterior, es el principio de “siembra” o de “semilla”. El texto clásico de referencia es Gál 6,7: “No os engañéis: de Dios nadie se burla. Lo que uno siembre, eso cosechará”. Pero también Mc 10,29-30: “Jesús dijo: “En verdad os digo que no hay nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, que no reciba ahora, en este tiempo, cien veces más —casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones— y, en la edad futura, la vida eterna”

La prosperidad material, física y espiritual halla uno de sus textos preferidos en el vers. 2 de la Tercera Carta de Juan: “Querido, te deseo que la prosperidad personal de que ya gozas se extienda a todos tus asuntos, y que tengas buena salud”. En el Antiguo Testamento, el texto de referencia es Dt 28,1-14.

Los pasajes son interpretados de manera totalmente funcionalista. Por ejemplo, en el libro God’s Will is Prosperity [La voluntad de Dios es la prosperidad], la predicadora Gloria Copeland escribió, en referencia a donaciones para los ministerios como el suyo: “Das un dólar por amor al evangelio, y ya te tocan 100; das 10 dólares, y a cambio recibirás 1000 de regalo; das 1000 dólares, y a cambio recibes 100000. Si donas un avión, recibirás cien veces el valor de ese avión. Regala un automóvil y obtendrás tantos automóviles que ya no tendrás necesidad de ellos durante toda la vida. Dicho brevemente, ¡Marcos 10,30 es un buen negocio!”.

En definitiva, el principio espiritual de la siembra y la cosecha, a la luz de una interpretación evangélica completamente extrapolada de su contexto, es que dar es ante todo un hecho economicista que se mide en términos de retorno de la inversión. Se olvida, por tanto, lo que se lee inmediatamente después de Gál 6,7: “El que siembra para la carne, de la carne cosechará corrupción; el que siembre para el espíritu, del Espíritu cosechará vida eterna”.

ENLACE: Leer aquí el artículo completo en La Civiltà Cattolica

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Fuentes:

La Civiltà Cattolica / Revista Vida Nueva / L’Osservatore Romano

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