Pobreza, castidad y obediencia… Los votos religiosos en el siglo XXI

Votos religiosos en el siglo XXI

4.00 p m| 4 jul 13 (NCR/BV).- Pensemos en el supuesto de que alguien quiere vivir comprometido con el Evangelio, pero no quiere vivir los tres votos tradicionales de la forma en que generalmente son interpretados. O de repente sólo uno o dos de esos votos tiene sentido para esa persona. Puede pasar también que alguien quiere pronunciar un nuevo voto que le nazca del corazón, de su forma de ser. O por último, alguien quiere desarrollar una nueva forma de vida comprometida sin votos. Todas estas posibilidades ya están sucediendo y evolucionando.

En este post Buena Voz presenta el enfoque de la hermana Maureen Fiedler, productora y conductora en la emisora radial “Interfaith Voices”, una de las más reconocidas en el ámbito de información religiosa en los Estados Unidos.

Mi amigo y mentor espiritual Bill Callahan era un jesuita con cuatro votos eclesiales (pobreza, castidad, obediencia y un voto especial de obediencia al Papa), pero añadió un quinto: “llevar una vida en la fe dedicada a la búsqueda de la justicia”. Su vida fue un documental sobre el significado de esa promesa.

Las Hermanas de la Misericordia siempre han tenido cuatro votos, el cuarto es “el servicio a los pobres, enfermos e ignorantes”. La Madre Teresa de las Misioneras de la Caridad tomó un cuarto voto de “servicio a los más pobres entre los pobres”.

Un miembro de Loretto elaboró y pronunció tres votos que tienen sentido para ella: un voto de practicar la no violencia de Jesús, un voto de solidaridad con todos aquellos no privilegiados de la sociedad, y un voto de conciencia ecológica en la búsqueda de salvar nuestro planeta.

Comenzaremos con los tres votos tradicionales, revisar brevemente su propósito original, y volverlos a examinar a la luz del siglo 21.


Pobreza

En los viejos tiempos, el voto de pobreza a menudo se convirtió en un voto de dependencia. Uno tenía que pedir al superior para todo, desde pasta dental hasta para poder usar un automóvil. Eso cambió después del Concilio Vaticano II (1962-1965), cuando los religiosos con votos comenzaron a tener presupuestos y gastos personales.

Pero la dependencia no era el propósito del voto de pobreza, sino que tenía la intención de alejar la mente y el corazón de la persona, de la búsqueda de riquezas y bienes mundanos. En la práctica, se convirtió en un voto sobre compartir, tener cosas en común. Muchos de los que viven el voto de pobreza enfatizan su compromiso con la vida sencilla, teniendo solamente lo necesario.

Entonces, ¿cómo luce un voto como este en el siglo 21? Hay varias respuestas posibles. Alguien hoy podría adoptar un “voto sobre compartir” (con otros miembros de la comunidad o el mundo en general), o un “voto de vivir con sencillez” en un mundo atiborrado de mercaderías. O, en una era de cambio climático, algunas personas podrían considerar un “voto de vivir ecológicamente”.


Castidad

El voto de castidad lleva un nombre inapropiado. La castidad es una virtud que requiere la fidelidad de alguien hacia un estatus de vida o una pareja. Uno puede estar casado y ser casto al mismo tiempo, siempre y cuando sea fiel a su cónyuge. En la vida religiosa, el voto de castidad es en realidad un voto de celibato, el voto de vivir sin una relación exclusiva o sexual con otro ser humano.

El supuesto detrás de esto es que una relación amorosa como el matrimonio distrae la atención que se puede entregar al amor hacia Dios y el prójimo. Muchos teólogos cuestionan esta idea, y apuntan a una gran cantidad de personas en relaciones comprometidas, que fortalecen su amor a Dios y su ministerio gracias a una relación humana íntima. Otros argumentan que el celibato, para los que sienten el llamado, mejora “la entrega absoluta del corazón a Dios” en la persona que hace el voto.

La idea básica detrás del celibato era una búsqueda por expandir el amor: la devoción de la mente y el corazón hacia Dios y hacia las personas que acompañan en el ministerio, los miembros de la propia comunidad y hasta el mundo en general. Entonces, ¿cómo se puede ver este voto tradicional en el siglo 21?

Los que están en relaciones comprometidas, e incluso los que no, pueden optar por un voto de “fidelidad en relaciones de amor”. Para ambos este sería un voto de fidelidad a Dios. En algunos casos esto podría significar una vida de celibato y, para otros, una promesa de fidelidad en una relación comprometida.

Alguien podría prometer una vida con un “gran amor humano” y compartir con los necesitados, además de rechazar las tradicionales divisiones entre los hombres (de raza, etnia, clase, género y/u orientación sexual). Esto es similar a un “voto de solidaridad” o también podría ser llamado un “voto de vivir con compasión”. Y como el amor sin duda exige la no violencia, un “voto de vivir pacíficamente” podría ser parte de ese compromiso.

En la práctica, estos votos irían evolucionando alejándose de la sexualidad y acercándose hacia el sentido amplio de relaciones humanas afectivas.


Obediencia

El voto de obediencia se instituyó en un mundo donde gobernaba la realeza. Era una época en que los obispos, los abades y abadesas eran los que recibían una educación óptima, a diferencia de sus subordinados, y se supone que sabían más acerca de las necesidades del mundo. Por lo tanto simplemente se les debía obedecer, sobre todo cuando se trataba del ministerio. En muchos aspectos era un modelo militar.

Antes del Vaticano II, este modelo fue más visible en el ministerio y en las labores asignadas a las hermanas, usualmente con una periodicidad anual. Pero el Vaticano II marcó el comienzo de grandes cambios. Las hermanas comenzaron a elegir sus propios ministerios y labores.

Hoy en día, la mayoría de las comunidades religiosas femeninas, rara vez operan con estilo militar: Las superioras no dan órdenes a las demás. A todas se les anima a que consulten con las más experimentadas, con un líder espiritual o entre ellas mismas, en un proceso de discernimiento para tomar decisiones importantes, tales como un cambio en el ministerio, y son muy raras las ocasiones en que se les ordena hacer o no hacer algo.

Por lo tanto, las interpretaciones históricas de estilo militar de este voto no encajan en el siglo 21. Entonces, ¿cuál es la esencia de este voto? La idea básica es que una persona pueda seguir el llamado del Evangelio descubriendo cómo vivir según el ejemplo que nos mostró Jesús.

En la actualidad la mayoría de los que vivimos o consideramos una forma de vida comprometida hemos recibido una buena educación y estamos bien informados sobre las necesidades del mundo, con acceso casi instantáneo a la información. La mayoría de las personas que consideran un estilo de vida comprometida tienen una sólida conciencia formada por los valores que informan su fe.

Al mismo tiempo, los seres humanos no viven aislados. A menudo necesitamos y queremos la ayuda y el apoyo de nuestras familias y comunidades para tomar grandes decisiones. Anhelamos guía y sabiduría en la comunidad, no órdenes de arriba.

Entonces, ¿cómo podría alguien expresar la esencia de este voto de una manera que refleje la nueva realidad?

Podría ser un voto de “fidelidad a los valores del Evangelio guiados por una conciencia informada”. Eso comprometería a la persona a un proceso de discernimiento, consultando con otros, si se trata de una decisión importante. También sería un compromiso de estudiar los Evangelios y en base a eso, una honesta exploración de su conciencia. Podría llamarse simplemente “fidelidad a una conciencia informada”. O podría ser un voto “para ofrecer sus dones al servicio de la comunidad en general”.


Otros votos

Aquellos que viven una vida comprometida en el siglo 21 no tienen que limitarse a los tres votos tradicionales necesariamente. Pueden optar por desarrollar votos que expresan la clase de vida en que quieren comprometerse, valores que tienen una resonancia especial en el mundo de hoy. Algunos ejemplos podrían ser:

– Compartir bienes terrenales con aquellos en necesidad;

– Vivir pacíficamente;

– Ofrecer hospitalidad;

– Cuidar de aquellos que lo necesitan

– Respetar la integridad de nuestro planeta;

– Ofrecer una vida dedicada a la justicia y la paz

– Hablar sin miedo y con la verdad ante el poder

A pesar de que formalmente no llevan el nombre de “votos”, muchas casas de voluntarios católicos (Catholic Worker houses) tienen compromisos concretos, como negarse a recibir pagos o intereses sobre el dinero, la oposición a la guerra, compartir la casa con los indigentes y rechazar el estatus de estar eximidos de impuestos.

Por supuesto, los votos de cualquier tipo no tienen por qué definir la vida comprometida en el siglo 21, aunque no están demás algunos parámetros significativos. Algunas comunidades centradas en el tema ecológico, como “Génesis Farm”, ofrecen, por dar un ejemplo, un compromiso con la salud del planeta Tierra al relacionarse con comunidades humanas.

Algunas de estas vidas comprometidas se pueden vivir en soledad. Pero ser parte de una comunidad de valores la de más fuerza a cualquier compromiso. A menudo estas vidas comprometidas se viven a modo de pertenencia alternativa en las comunidades religiosas existentes, siempre y cuando estas comunidades están abiertas a nuevas ideas y nuevas realidades. Tal vez la disminución de las vocaciones tradicionales es un catalizador del Espíritu, abriendo los corazones y las mentes a nuevas posibilidades.

Por lo tanto, no se debe temer el crear, saludar y celebrar nuevas formas de vida comprometida en el presente. Deben ser bienvenidas y alentadas. He sido testigo de esa evolución en muchos casos y con diversas formas de expresión. Todo lo que se requiere es la apertura al Espíritu, o mejor dicho, la voluntad de danzar con el Espíritu.


Texto de Maureen Fiedler. Publicado en la web del National Catholic Reporter.

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