La Iglesia impulsa la memoria de los mártires de hoy

1:00 p.m. | 26 oct 26 (VTN).- Aunque sus nombres no lleguen a los altares, la Iglesia ha comenzado a recoger su memoria. Son hombres y mujeres que dieron la vida frente al narcotráfico, la corrupción o la guerra: los “santos de la puerta de al lado”. Dos encuentros en la Santa Sede, uno sobre los mártires de hoy y otro que llevó la mirada a la historia para entender cómo se estudia y se reconoce la santidad, coincidieron en una misma convicción: sin ellos, la historia del mundo sería “menos humana”.

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En las últimas semanas, el Dicasterio para las Causas de los Santos reunió en el Pontificio Instituto Patrístico Augustinianum, en Roma, dos congresos que, desde ángulos distintos, miran un mismo horizonte: la santidad que se vive y se reconoce en la historia. El primero, “El siglo XXI: ¿un nuevo tiempo de mártires?”, se detuvo en quienes han entregado su vida por el Evangelio en contextos de violencia, corrupción y guerra. Se explica quiénes son estos “nuevos mártires” y qué busca la Comisión creada por el papa Francisco para recoger su testimonio, más allá de los procesos canónicos. Se recogen además la recapitulación del cardenal Marcello Semeraro, el mensaje de León XIV a los participantes y la intervención del cardenal Pierbattista Pizzaballa sobre la “fuerza apacible” de los cristianos en Tierra Santa.

El segundo congreso, “La santidad en la historia”, trasladó la mirada del testimonio de hoy a la forma en que la santidad se estudia y se comprende. Durante tres días, historiadores, teólogos y archivistas analizaron cómo la investigación histórica contribuye a las causas de los santos y cómo dialogan la historia y la teología. Se presentan aquí la inauguración de Semeraro, las conferencias de Roberto Rusconi y de monseñor Claudio Palumbo, la clausura del cardenal y el discurso de León XIV, para quien la historia del mundo sin los santos sería “menos humana”.

Nuevos mártires del siglo XXI, “santos de la puerta de al lado”

Entre ellos hay quienes han combatido hasta el don de la vida contra el narcotráfico o la deforestación. Hay quienes han protegido pueblos enteros de la explotación de los recursos naturales, que devasta los ecosistemas haciéndolos inhabitables, y han pagado con su sangre su amor por los demás. Y hay quienes han denunciado acciones criminales o corruptas por el bien de una comunidad-2 o de todo un país y no se les ha perdonado. Son los nuevos mártires del siglo XXI y se calcula que son alrededor de 1.700.

Para reflexionar sobre su identidad y sus motivaciones, y para poner en valor sus actos de sacrificio, el Dicasterio para las Causas de los Santos organizó en el Instituto Patrístico Augustinianum, en Roma, el congreso titulado “El siglo XXI: ¿un nuevo tiempo de mártires?”. La iniciativa se ha celebrado un año después de la Misa presidida por León XIV en la Basílica de San Pablo Extramuros para conmemorar a los mártires y testigos de la fe del siglo XXI. El encuentro coincidió con la fiesta de la Exaltación de la Cruz y fue presentado previamente en la Oficina de Prensa de la Santa Sede.


¿Quiénes son los “nuevos mártires” y qué es la Comisión?

Para comprender el congreso conviene precisar de quiénes se habla. Fue el papa Francisco quien instituyó en 2023, dentro del Dicasterio para las Causas de los Santos, la “Comisión de los Nuevos Mártires – Testigos de la Fe”. Su finalidad es “elaborar un Catálogo de todos aquellos que han derramado su sangre para confesar a Cristo y dar testimonio del Evangelio”.

La denominación de “nuevos mártires” o “nuevos testigos de la fe” indica una categoría más amplia. Es distinta de la de los mártires cuya causa de beatificación está en curso y de la de quienes ya figuran oficialmente en el catálogo de los Beatos y los Santos. La Comisión recoge los testimonios de quienes han dado la vida por Cristo independientemente del proceso canónico, para que su ejemplo no se pierda. Su labor es de carácter historiográfico y divulgativo, no jurídico.

El concepto de “testigo de la fe” se formuló para dar cabida a situaciones históricas complejas, en las que la motivación de los verdugos no puede atribuirse explícitamente al “odio a la fe”. Por eso se atiende sobre todo a la actitud de la víctima, que se mantuvo fiel a Cristo hasta la muerte.

El Catálogo tampoco sustituye al Martirologio de la Iglesia, que está a cargo del Dicasterio para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos. Su objetivo es otro: ampliar la mirada sobre la gracia y destacar el valor plenamente humano de la santidad. Esta puede ser vivida, escondida y a veces anónima, y pertenece al patrimonio vivo del Pueblo de Dios.

El cardenal Marcello Semeraro, prefecto del Dicasterio, lo explicó en la presentación del congreso: “La santidad no es solo la que es oficialmente canonizada. La gracia de la santidad en la Iglesia está significada, pero no agotada por las canonizaciones”. No se excluye, añadió, que para algunos de los inscritos en el Catálogo, una vez verificadas las condiciones requeridas, pueda iniciarse un procedimiento de beatificación y canonización. Lo que se pretende poner de relieve son más bien la “medida alta de la vida cristiana ordinaria”, indicada por Juan Pablo II en Novo millennio ineunte (n.º 30), y la santidad “de la puerta de al lado”, recordada por el papa Francisco en Gaudete et exsultate (nn. 6-8).

El purpurado subrayó además que la santidad cristiana “tiene también un valor antropológico”, bien señalado por Benedicto XVI. En la encíclica Spe salvi, el papa Ratzinger sostenía que abandonar las cualidades de los mártires —”sufrir con el otro, por los demás; sufrir por amor a la verdad y a la justicia; sufrir a causa del amor y para convertirse en una persona que ama verdaderamente”— comportaría la destrucción del propio hombre, pues “la capacidad de sufrir por amor a la verdad es medida de humanidad”.

Semeraro destacó, por último, “el valor ecuménico de la iniciativa”. Ya lo había percibido Juan Pablo II, quien en Ut unum sint hablaba de un “martirologio común” de los cristianos. Lo recordó también Francisco, quien al instituir la Comisión afirmó que su labor “permitirá colocar junto a los mártires, reconocidos oficialmente por la Iglesia, los testimonios documentados —y son muchos— de estos hermanos y hermanas nuestros, dentro de un panorama amplio en el que resuene la única voz de la martyria de los cristianos”.


Una reflexión histórica y cultural

El profesor Andrea Riccardi, historiador, fundador de la Comunidad de San Egidio y vicepresidente de la Comisión, explicó el origen del congreso. Su inspiración, dijo, nace de un aspecto de la vida de Juan Pablo II, “quien siempre se sintió compañero de los mártires, pero también se preguntó siempre por qué había sobrevivido al atentado” de 1981. La respuesta que se daba era: “para dar testimonio de la gracia de la resistencia, hasta el don de la vida, de tantos hombres y mujeres de todas las condiciones”.

Riccardi respondió afirmativamente a la pregunta que da título al congreso: el nuestro es, sin duda, un tiempo de nuevos mártires. “El papa Francisco lo intuyó al instituir esta Comisión”, continuó. “El tiempo del martirio continúa. Lo sugiere la crónica”. No se trataría de un congreso científico, precisó, sino de una reflexión que se arraiga en una conciencia madura de la Iglesia respecto al valor y el significado del martirio. La Comisión sintió la necesidad de elaborar histórica y culturalmente sobre esta experiencia de la Iglesia del siglo XXI, observando “los muchos rostros del martirio”.


Semeraro: los mártires, testigos de un Evangelio que genera vidas valientes

En su intervención, el cardenal Semeraro recapituló varias cuestiones desarrolladas durante el Congreso. Los mártires, recordó, nos dicen que “hay valores por los que vale la pena vivir y, si es necesario, incluso morir”, a pesar de una cultura actual que “a menudo identifica la felicidad con el bienestar y la libertad, con la ausencia de sacrificio”.

Los mártires, subrayó, “no celebran el dolor, sino que dan testimonio del amor que hace que el dolor sea fecundo”. Son “personas que han preferido la verdad a la mentira, la justicia a la violencia, la fidelidad a la conveniencia, la dignidad de la conciencia al compromiso”, y “hombres y mujeres que devuelven la confianza en lo que el ser humano es capaz de hacer”.

El prefecto aclaró la función del Dicasterio: “Los santos no los ‘fabricamos’ nosotros, sino que ‘florecen’ en la Iglesia”. Evocó la imagen de san Ambrosio de un “jardín lleno de flores, donde florecen las violetas de los confesores, los lirios de las vírgenes y las rosas de los mártires, y donde la flor más hermosa es Cristo”. El Dicasterio tiene como objetivo “custodiar el rigor eclesial del discernimiento sobre la santidad canonizada y acompañar los procesos que conducen a su celebración”. La creación de la Comisión de Nuevos Mártires, añadió, “no cambia, obviamente, la naturaleza del Dicasterio, pero amplía su horizonte”.

“La Iglesia sigue canonizando a los santos”, afirmó, pero también pretende conservar la memoria de los testigos que han entregado su vida. “La santidad es la mayor de las canonizaciones”, destacó, pues es el signo con el que la Iglesia la reconoce tras haber esperado el consentimiento del Padre celestial. Los milagros, recordó siguiendo a Benedicto XVI, son una demostración concreta. Las canonizaciones y las beatificaciones solo se llevan a cabo bajo ciertas condiciones, y “es por eso —agregó— que, lamentablemente, en este 2026 no se ha podido incluir ninguna canonización en el calendario”.

En el Catálogo, explicó, se destaca una santidad vivida, escondida, a veces anónima, que “pertenece al patrimonio vivo del Pueblo de Dios”. No sustituye al Martirologio, sino que amplía la mirada sobre la gracia. Los mártires, señaló, no solo pertenecen a la historia de la Iglesia, sino también a la de la humanidad, y revelan hasta qué altura puede llegar una persona habitada por el amor.

El último aspecto que destacó Semeraro fue el valor ecuménico del Catálogo. “La sangre de los mártires —afirmó— a menudo precede a nuestros diálogos teológicos. Allí donde nuestras confesiones cristianas aún tienen heridas por sanar, los mártires muestran que lo esencial ya lo compartimos: la confesión de Cristo hasta el punto de entregar la vida. Es un ecumenismo que no se construye en una mesa de trabajo, sino que surge de la fidelidad al Evangelio”.

Se trata del “ecumenismo de la sangre”, que busca unir a los mártires reconocidos por la Iglesia con los testimonios documentados de hermanos y hermanas cristianos en una sola voz de la martyria. “El Catálogo de los Nuevos Mártires no es simplemente un archivo de la memoria, sino, más profundamente, una gramática de la esperanza. No mira al pasado con nostalgia, sino al futuro con responsabilidad. Custodiar la memoria de los testigos significa educar a las nuevas generaciones para que reconozcan que el Evangelio sigue generando vidas hermosas, valientes y luminosas”. El Catálogo replantea así la pregunta sobre qué testimonio espera este tiempo y recuerda que “la santidad no pertenece solo a la historia de la Iglesia, sino que es su forma permanente en la historia del mundo”.

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El Papa: “Se oponen a las injusticias en nombre del Evangelio”

León XIV recibió a los participantes en audiencia y les dirigió un discurso. Muchos de los “nuevos mártires” o “nuevos testigos de la fe”, señaló, son asesinados “por abuso de poder o por organizaciones criminales porque, como cristianos, se oponen a las injusticias en nombre del Evangelio”.

El Papa explicó el alcance de la denominación: pretende indicar “una categoría más amplia”, distinta de los mártires con causa en curso y de los inscritos oficialmente en el catálogo de los Beatos y los Santos. La Comisión, recordó, tiene el objetivo de recoger los testimonios sobre quienes han dado la vida por Cristo, “independientemente del proceso canónico, para que su ejemplo no se pierda”. Recordó también que el concepto de “testigo de la fe” se formuló precisamente para dar cabida y honrar “situaciones históricas complejas” en las que la motivación de los verdugos “no se puede atribuir explícitamente al odio a la fe”.

Por ello, la labor de la Comisión, con el apoyo del Dicasterio, “es de carácter historiográfico y divulgativo, no jurídico, y se centra más en el estado de ánimo de la víctima que en las motivaciones del perseguidor”. Es decir, se toma en cuenta “el hecho de que la víctima se mantuvo fiel a Cristo en el cumplimiento de su compromiso evangélico y lo hizo hasta la muerte”.

“Se trata de hermanos y hermanas que, en diversos contextos geográficos, históricos y políticos, han dado su vida por el Evangelio”, dijo el Pontífice. Sus vidas evocan las palabras del Resucitado en su última aparición antes de ascender al cielo: “Recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra”. Su testimonio, subrayó, nos dice que también nuestra época, “dominada por la cultura del poder, de la fuerza sin límites y del desarrollo incesante de los sistemas armados, es una época que ve el heroísmo de aquellos a quienes nos gusta definir como nuevos testigos de la fe”.

León XIV destacó que en ellos “se hace evidente que la perseverancia en el bien y la fidelidad hasta el don supremo de sí mismos en el amor han sacado fuerzas de la victoria del Cordero sacrificado sobre el mal, la única certeza capaz de ofrecer una paz profunda a quienes creen en Él”. En ellos, añadió, “se manifiesta heroicamente el estilo del cristiano, que nunca busca la confrontación, sino que más bien la desactiva con la eficacia de la mansedumbre”. Citó a Francisco en Evangelii gaudium: “El discípulo sabe dar la vida entera y jugarla hasta el martirio como testimonio de Jesucristo, pero su sueño no es llenarse de enemigos, sino que la Palabra sea acogida y manifieste su potencia liberadora y renovadora”.

“La fuerza evangelizadora de los nuevos testigos de la fe constituye uno de los mayores recursos de la Iglesia para anunciar el Evangelio en el mundo de hoy”, recalcó el Papa. Recordó la célebre afirmación de san Pablo VI en Evangelii nuntiandi: “El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan […], o si escuchan a los que enseñan, es porque dan testimonio”.

Los testigos de la fe, continuó, “no proponen una ideología, sino que muestran una fe vivida en la vida cotidiana”, y “su credibilidad surge de la coherencia entre las palabras y las acciones, coherencia que a menudo llega hasta el sacrificio supremo”. Añadió: “En contextos culturales indiferentes, la ‘santidad de la puerta de al lado’ y el heroísmo silencioso se convierten en argumentos significativos, capaces de interpelar a todos, incluso a los más desconfiados”. Concluyó reiterando que todos estamos llamados a dar nuestro aporte “a este horizonte de compromiso, a esta obra de esperanza”.


Pizzaballa: En Tierra Santa prevalezca la mansedumbre

Una “fuerza apacible” capaz de resistir la lógica del poder y de las armas y de preservar, incluso en medio de la guerra, las relaciones, la comunidad y la esperanza: este es el testimonio que se pide hoy a los cristianos, especialmente en una Tierra Santa marcada por profundas heridas y divisiones. Así lo expuso el cardenal Pierbattista Pizzaballa, patriarca de Jerusalén de los Latinos, en su ponencia “Los cristianos, fuerza apacible en la era del poder y las armas”.

Advirtió contra la tentación de confiar en la fuerza para resolver los conflictos: cuando se convierte en el único lenguaje, se transforma en una forma de idolatría, y ninguna superioridad militar o material puede eximir de la responsabilidad de construir relaciones. La referencia fue, ante todo, la realidad de Tierra Santa, en Cisjordania y en Gaza, donde, a pesar de la devastación, la vida parece prevalecer. “En medio de los escombros y los temores de Gaza surge un anhelo de vida que ninguna guerra logra borrar”, afirmó.

El reto de la Iglesia, añadió, consiste en “mantener unidas a las comunidades” y encontrar “una palabra cristiana en este conflicto”, tarea que reconoció como extremadamente difícil. La dificultad se agrava en la diócesis de Jerusalén: durante la guerra, algunos fieles estaban al servicio de Israel, mientras que otros se encontraban bajo el fuego israelí. En Gaza, además, la tregua aún no coincide con una verdadera reconstrucción, y la población vive concentrada en una parte muy reducida del territorio y sin servicios esenciales.

Aun así, el cardenal detectó signos concretos de resistencia: “Hemos reabierto una escuela con mil alumnos, pero aún no tenemos pupitres ni lápices, ya que no se permiten su entrada, y los niños estudian en el suelo”. Los profesores, sin embargo, están presentes, utilizan incluso papel reciclado y “se esfuerzan muchísimo”.

En declaraciones a los medios vaticanos al margen del congreso, el Patriarca profundizó en el significado concreto de la mansedumbre cristiana. “No es fácil, ninguno de nosotros es un marciano”, observó: también los cristianos sufren “las influencias, las dificultades, el dolor e incluso la ira que generan situaciones profundamente injustas”. La respuesta no puede basarse solo en la capacidad individual de resistir; lo decisivo es la comunidad: “Cuando alguien está en dificultades, otro puede apoyarle y viceversa. Es una forma muy concreta, muy verdadera, e incluso muy humana, de apoyarse mutuamente”. Sin esa red, soportar la violencia sería casi insostenible: “Solos sería, no digo imposible, pero sin duda casi imposible”.

En un territorio donde incluso los cristianos son víctimas de la violencia, defender la vida cotidiana adquiere un valor especial. “La vida cotidiana a veces puede convertirse incluso en una importante prueba de fuerza”, subrayó. Recuperar la normalidad en medio de la emergencia permanente es una forma concreta de resistencia, que exige “mucha fuerza interior” y “mucha unidad entre las personas”. Es fundamental también el papel de los pastores, llamados a apoyar a las personas y, sobre todo, “a estar presentes”.

La unidad fue uno de los puntos centrales de su testimonio. El Patriarca no ocultó la dolorosa contradicción de una comunidad en la que los cristianos israelíes pueden formar parte de las fuerzas armadas, mientras que los cristianos palestinos sufren la guerra. Es una situación “muy difícil y, al mismo tiempo, muy real”, que revela algo esencial: “No somos una Iglesia étnica ni nacional”. Por eso, cuando el contexto empuja en la dirección opuesta, la tarea de los cristianos es no dejarse atrapar en pertenencias contrapuestas: “Mientras todo apunta a la división, debemos, con esfuerzo y en medio de las dificultades, hacer todo lo posible por buscar, en cambio, la unidad”.

Este testimonio respondió también a la pregunta del congreso sobre los mártires de nuestro tiempo: el martirio no se vive solo en el sacrificio extremo de la vida, sino en la fidelidad cotidiana de comunidades que, en medio de la violencia, siguen optando por la relación en lugar de la confrontación y por la mansedumbre en lugar de la fuerza.

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La santidad en la historia

El cardenal Marcello Semeraro, prefecto del Dicasterio, abrió las sesiones del segundo evento, “La Santidad en la Historia”, con una afirmación de fondo: “La santidad no borra la humanidad de la persona, sino que la asume y la transfigura. No elimina la historia, sino que la atraviesa, imprimiéndole una nueva orientación. Esto es lo que hace necesario el trabajo del historiador”.

El historiador, explicó, “no puede conformarse con reproducir una imagen ya consolidada por la devoción”, sino que debe examinar críticamente las fuentes y distinguir los hechos de las interpretaciones posteriores. Esa investigación “no empobrece la santidad ni pone en tela de juicio su significado espiritual”; al contrario, la devuelve a su verdad humana. Los santos, añadió, fueron hombres y mujeres “que realmente vivieron”, que hablaron el lenguaje de su época y que, “no pocas veces, también cuestionaron profundamente las ideas dominantes“.

Como ejemplo, citó a san Luis Gonzaga, que no es solo el joven con el lirio de las imágenes hagiográficas, sino también quien cargó a un enfermo de peste y terminó contagiado. Apoyándose en san Agustín, sostuvo que es posible unir “el rigor de la investigación histórica y la especificidad de la mirada teológica”. El historiador reconstruye los orígenes y el desarrollo de una experiencia de santidad; el teólogo reconoce en ella la posibilidad de que la caridad, por obra del Espíritu Santo, “haga presente en la historia la propia vida de Cristo”.


Rusconi: la historiografía y la comprensión de la santidad

El historiador del cristianismo Roberto Rusconi evocó las palabras de León XIV, “los santos hacen la historia”, para subrayar que la santidad “no puede reconocerse al margen de las personas ni puede considerarse de manera abstracta, separada de personajes que viven inmersos en la historia. No tener en cuenta estos aspectos reduce a los santos a las estampitas de las imágenes devocionales”. Retomó también a Albino Luciani: “La santidad vivida es mucho más amplia que la santidad canonizada”, los “santos de la puerta de al lado” de los que hablaba Francisco.

En su análisis, Rusconi profundiza en tres aspectos. El primero es cómo ha cambiado con el tiempo el enfoque histórico-crítico de los santos y de la santidad. El segundo se refiere a las repercusiones que las modificaciones en los procedimientos de reconocimiento de la santidad han tenido en el trabajo histórico. El tercero aborda las perspectivas de investigación más relevantes que han surgido en la época contemporánea y en los últimos años.

Explicó que, desde finales del siglo XIX, el método histórico-crítico ha enriquecido un enfoque limitado a lo teológico y devocional, y que luego se sumaron la sociología y la antropología. Repasó los cambios en los procedimientos de reconocimiento, desde la reserva papal de Gregorio IX (1234) y el decreto de Urbano VIII hasta la verificación médica de los milagros con Benedicto XIV y la reforma de Juan Pablo II en 1983, que redujo el plazo para iniciar una causa de cincuenta a cinco años.

Aludió a la canonización de los fundadores y de otros representantes de las órdenes mendicantes durante la primera mitad del siglo XIII, que constituyeron al mismo tiempo “el reconocimiento y la promoción de un papel dentro de la Iglesia”. Por último, el historiador señaló el uso de la fotografía como fuente historiográfica y llegó hasta la utilización actual de la IA. Dedicó una breve mención al fenómeno hagiográfico en la era de Internet, y reseñó un “fenómeno que todos tenemos ante nuestros ojos”: el de san Carlo Acutis.


Segunda jornada: historia y teología, “mutua autonomía”

Monseñor Claudio Palumbo, obispo de Termoli-Larino, sostuvo que a la historia le corresponde la tarea “titánica y noble” de narrar el “cómo” de las cosas, y a la teología desvelar su “porqué”. Recordó una perspectiva ya esbozada por santo Tomás de Aquino, pero ampliamente acogida en la época moderna: la historia no es una “amenaza de la que haya que defenderse”, sino un “espacio teológico en el que tiene lugar el diálogo entre Dios y la humanidad, entre la Iglesia y el mundo contemporáneo”.

Reconoció la aparente incompatibilidad entre ambos ámbitos, evocando la pregunta de Tertuliano: “¿Qué tiene que ver Atenas con Jerusalén?”. Sin embargo, con el paso del tiempo, teólogos e historiadores fueron adquiriendo conciencia de la necesidad de un diálogo. “Reconocer la frontera de la diversidad” fue “el primer paso para descubrir que, aunque hablen lenguas diferentes, ambas disciplinas contemplan un mismo e idéntico misterio: el camino del hombre en el mundo”.

En la experiencia vivida por la humanidad resuena, en efecto, el anuncio kerigmático de Jesús. Este se realiza en el desarrollo de los acontecimientos, en cuyo interior Dios se da a conocer “hablando a los hombres como a amigos”, explicó monseñor Palumbo. “Si el cristianismo es la religión de la intervención de Dios en la historia, puede decirse que la categoría de la historia se introduce en él precisamente por esta intervención. La historia se convierte en el tejido mismo de la Revelación”.

El principio que vincula la teología y la historia es, por tanto, la “mutua autonomía”: “La historia ofrece a la teología el contexto real” y la teología aporta “una orientación basada en los valores”. La santidad, situada en su encuentro, confirma que, como decía Hans Urs von Balthasar, “no hay verdadera teología si no está arraigada en la experiencia vivida y santa”.


Clausura: “La Iglesia no podría ser lo que debería ser sin sus santos”

En su intervención al cierre del evento, Semeraro resumió que “la tarea de la santidad es manifestar en la historia, en el servicio temporal, la caridad con la que Dios ha amado y ama al mundo”, y que “el Evangelio ha adquirido en los santos una forma que hace creíble la santidad de Dios y también la de la Iglesia”.

Habló de testigos como el mexicano Juan Diego, reconocido por la investigación histórica como persona real. También recordó el documento conciliar Lumen gentium, que habla de la Iglesia “entrando en la historia de la humanidad” y que, aunque “trasciende el tiempo, trasciende las fronteras de los pueblos”, transita por tribulaciones humanas e incluso tentaciones, “pero siempre sostenida por la gracia de Dios, para que no falle por su debilidad humana”.

En referencia a los temas de las diversas intervenciones, el cardenal citó al profesor Bartolomei Romagnoli: “Los santos son un canal por el que Dios entra en la historia”. Sobre el tema de los milagros, recordó las palabras del papa Benedicto XVI: “Un milagro es la señal con la que Dios nos dice que está de acuerdo con nosotros”. Luego, rememoró sus estudios y su trabajo como eclesiólogo, enfatizando que, en los tratados eclesiológicos, el capítulo sobre la santidad de la Iglesia explica que la hace santa: la vocación de Dios, los sacramentos, la Palabra, “pero nadie dice que la Iglesia se reconozca a sí misma como santa en sus santos”.

La última jornada incluyó ponencias sobre la fama de santidad, la iconografía como fuente histórica, las figuras de santidad en el siglo de la doctrina social y cómo contar la historia de los santos.


León XIV: “La historia del mundo sin santos sería menos humana”

León XIV le dedicó un discurso a los participantes de este congreso y afirmó que “la historia del mundo sin santos ni santas sería inmensamente más pobre, es decir, menos humana”. Distinguió dos aspectos. El primero, la “santidad canonizada”, que requiere “pruebas mediante testimonios auténticos, creíbles e incuestionables”, donde la labor de la Comisión histórica diocesana y de los Relatores y Consultores del Dicasterio desempeña “un papel fundamental”. Recordó que fue un historiador, Pío XI, quien instituyó la Sección Histórica de la Congregación de Ritos, y que incluso las “causas recientes” exigen una verificación rigurosa. Las causas, precisó, no buscan hacer historiografía, sino resaltar “la ejemplaridad, la espiritualidad y la fama de santidad”.

El segundo aspecto es la evolución histórica y cultural, que influye en el propio concepto de santidad. Con el tiempo el perfil de los santos puede evolucionar, “no para seguir los estereotipos del momento, sino para interpretar la experiencia contingente a través de las categorías del Evangelio vivido”. Sin embargo, la canonización “trasciende la contingencia histórica”: el Sucesor de Pedro indica a la Iglesia “testigos creíbles del Evangelio, capaces de hablar a todas las épocas”.

Los santos, concluyó, “iluminados por la Gracia, supieron escuchar los llamados de su tiempo, conjugando fe e historia”, y “nos muestran una historia plasmada por la fe”.

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