Claves: Una mujer es la nueva líder de la Iglesia de Inglaterra

1:00 p.m. | 17 abr 26 (NYT/NPR).- Por primera vez en más de catorce siglos, la Iglesia de Inglaterra es dirigida por una mujer. La elección de Sarah Mullally como arzobispa de Canterbury marca un hito histórico y ocurre en un contexto de tensiones doctrinales y de reconstrucción de la confianza en la Comunión Anglicana, afectada por escándalos de abusos. Aunque su nombramiento genera resistencias en sectores más conservadores, su trayectoria es vista como un signo de esperanza y renovación. León XIV la felicitó y ambos se reunirán este mes.

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Esta publicación aborda varias aristas de la elección de Sarah Mullally como arzobispa de Canterbury, un hecho histórico en la Iglesia de Inglaterra, epicentro espiritual de la Comunión Anglicana. En una primera parte, se presenta una reseña de su instalación (inicio oficial de su servicio), centrada en el momento simbólico de su entronización y acompañada de diversas voces de líderes eclesiales, seguida de una revisión de su primer gran discurso como anticipo de su programa pastoral.

Luego, también compartimos un análisis más amplio del proceso que hizo posible este nombramiento —como resultado de un desarrollo institucional de largo plazo—, así como de las tensiones que atraviesan hoy al anglicanismo global. Finalmente, se examinan las implicaciones ecuménicas de este nuevo liderazgo, a partir del vínculo inicial con el pontificado de León XIV, en un contexto eclesial marcado por desafíos internos y una renovada búsqueda de unidad.

Sarah Mullally inicia oficialmente su ministerio

Grabada en losas de piedra en la Catedral de Canterbury se encuentra la lista de todos los arzobispos de Canterbury, comenzando con san Agustín en el año 597 d.C. Los primeros 105 nombres corresponden a hombres. El más reciente, sin embargo, rompe con la tradición: Sarah Elisabeth Mullally. La arzobispo Mullally, de 63 años, tomó posesión oficialmente como la máxima autoridad eclesiástica de la Iglesia de Inglaterra y líder espiritual de la Comunión Anglicana, que agrupa a unos 85 millones de fieles en todo el mundo.

La ceremonia, llena de tradición y a la que asistieron el primer ministro británico y los príncipes de Gales, tuvo un gran significado para muchos miembros de la Iglesia. Se convirtió así en la 106.ª persona en ocupar este cargo, en una ceremonia que mantuvo ritos de más de catorce siglos.

“El nombramiento de Sarah como nuestra primera arzobispa habría sido casi inimaginable hace tan solo 50 años”, afirmó el reverendo Dr. David Monteith, deán de la Catedral de Canterbury, en declaraciones previas a la ceremonia. “Hoy es un día importante”. Aunque asumió legalmente el cargo en enero (confirmación del nombramiento), la toma de posesión de la arzobispa Mullally -en marzo- marcó el inicio simbólico de su ministerio, ocasión en la que pronunció su sermón inaugural ante unas 2.000 personas.

Un ministerio entre la esperanza y la crisis

La arzobispa utilizó su sermón para exaltar el poder de la esperanza, afirmando que se sentía fortalecida por la convicción de que “nada es imposible para Dios”. Pero también reconoció los desafíos que las personas enfrentan en su vida cotidiana y el papel, a veces destructivo, de las Iglesias cristianas, en palabras que parecían aludir a la historia de escándalos de abusos en comunidades religiosas. Fue precisamente la gestión de un escándalo de abusos sexuales por parte de la Iglesia de Inglaterra lo que llevó a la renuncia de su predecesor, Justin Welby.

“En un mundo ya desgarrado por los conflictos, el sufrimiento y la división, debemos también reconocer el dolor que existe mucho más cerca de nosotros”, señaló. “No debemos pasar por alto ni minimizar el sufrimiento de quienes han sido heridos por las acciones, las omisiones y los fallos de quienes forman parte de nuestras propias Iglesias y comunidades cristianas”.

En sus palabras, Mullally también aludió a su condición de primera mujer arzobispo, afirmando: “Al mirar atrás en mi vida (…) nunca habría podido imaginar el futuro que me esperaba, y mucho menos el ministerio al que ahora he sido llamada”. Mullally fue nombrada para el cargo el pasado mes de octubre. Se trata de un momento histórico, ya que la Iglesia de Inglaterra recién permite la ordenación de mujeres como sacerdotes desde 1994 y como obispos desde 2014. La ceremonia de toma de posesión reflejó el alcance global del cargo, con momentos en distintos idiomas, entre ellos español, suajili y urdu.

A pesar del carácter festivo de los actos de la jornada, la nueva arzobispa hereda una Iglesia que se encuentra en un momento de transición e inquietud, tanto en Gran Bretaña como en el resto del mundo. Desde hace más de dos décadas, la Comunión Anglicana mundial —que incluye a la Iglesia Episcopal de Estados Unidos y a la Iglesia de Nigeria, entre otras— se encuentra dividida en torno a cuestiones como el matrimonio entre personas del mismo sexo y la ordenación de mujeres y personas LGBTQ.

Tras el anuncio del nombramiento, una alianza conservadora de anglicanos en el extranjero condenó la decisión-1 (más información más adelante), expresando su “tristeza” y afirmando que “la Biblia exige un episcopado exclusivamente masculino”. Sin embargo, dentro de la Iglesia también hay esperanza de que la designación de la arzobispa Mullally, una líder reconocida y cercana con experiencia en el ámbito sanitario, marque el inicio de una etapa más acogedora para la institución y suponga una ruptura con los escándalos del pasado.

Stephen Cottrell, arzobispo de York —el segundo obispo de mayor rango en la Iglesia de Inglaterra—, declaró a National Public Radio (NPR) que la ocasión que marca la instalación de Mullally como arzobispo de Canterbury es motivo de alegría. “No subestimo el desafío que esto representa para algunas personas en la Comunión Anglicana, pero tampoco creo que debamos darle demasiada importancia a ello”, afirmó Cottrell. “Creo que el mundo se regocija hoy por lo que está sucediendo”.

La reverenda Emily Onyango, obispa auxiliar de la diócesis de Bondo, fue la primera mujer ordenada obispa en la Iglesia Anglicana de Kenia. Señaló a NPR que los roles de liderazgo en la Iglesia pueden ser más difíciles para las mujeres. “La mayoría de las personas nunca ha visto a una mujer líder en la Iglesia (…) la gente pone el listón muy alto”, afirmó Onyango. “Todos piensan que debes ser el doble de buena que los demás obispos para ser reconocida, así que creo que es bastante desafiante”.

Onyango se encontraba en el Reino Unido junto a su colega, la obispa Vicentia Kgabe, obispa de Pretoria. Ambas forman parte de lo que se conoce como las “Seis de África”. Cinco integrantes de este grupo de obispas anglicanas viajaron a Canterbury para la ceremonia. “Algunas de nosotras nunca pensamos que en nuestra vida —ni en la vida de la Iglesia— veríamos a una mujer ser elegida y aceptar este nombramiento”, afirmó Kgabe. “Estamos muy emocionadas y agradecidas a Dios por lo que ha sucedido”, añadió Onyango. “Nos sentimos respaldadas, al ver que una de nosotras está en la cúspide de la Iglesia”.

VIDEO. Sarah Mullally, primera mujer nombrada jefa de la Iglesia de Inglaterra

 

Un perfil apropiado para el desafío

Madeleine Davies es una periodista veterana de Church Times que se ha reunido con Mullally en varias ocasiones. Según declaró a NPR, la experiencia de Mullally como enfermera jefe y, posteriormente, como directora general de enfermería de Gran Bretaña, debería ayudarla en el cargo. “Siempre parece muy tranquila, en control, serena”, afirmó Davies. “Tiene una presencia bastante apacible, y creo que eso tranquilizará a la gente”.

Davies señala que algunas personas han criticado a Mullally por tener un perfil “gerencial”, pero sugiere que esta característica probablemente será útil en su labor. Entre sus tareas figuran mejorar la imagen de la Iglesia, hacer frente a la disminución del número de feligreses y ocuparse de cientos de parroquias con problemas económicos en todo el Reino Unido.

“No se trata solo de un cargo con siglos de historia, sino de una institución milenaria”, declaró a NPR el obispo de Winchester, Philip Mounstephen, al explicar que Mullally ha asumido el liderazgo de una de las instituciones más antiguas del mundo-1. “El cargo de arzobispo de Canterbury es anterior incluso a la Corona de Inglaterra”, añadió.

Durante casi mil años, la Iglesia de Inglaterra estuvo en comunión con la Iglesia católica, hasta que el rey Enrique VIII rompió con Roma para obtener el divorcio y casarse con Ana Bolena. En épocas anteriores, el cargo implicaba también asesorar políticamente al monarca. Varios arzobispos fueron asesinados a lo largo de la historia, entre ellos Thomas Becket y Thomas Cranmer. Aunque los actuales arzobispos de Canterbury tienen menos influencia que en el pasado, cuentan con un escaño en la Cámara de los Lores del Parlamento y con frecuencia ejercen liderazgo moral mediante sus intervenciones públicas y declaraciones a los medios.

Un rito antiguo con proyección global

Al comienzo de la ceremonia en Canterbury, la arzobispa golpeó con un bastón la Gran Puerta Oeste de la catedral-1, solicitando su ingreso, y fue recibida por escolares de la localidad. Se leyó el mandato enviado por el rey Carlos III que instruía a la Iglesia a instalarla como arzobispa —él no estuvo presente, pero sí el príncipe Guillermo y Catalina, princesa de Gales—, y la arzobispa renovó sus votos y compromisos ministeriales antes de prestar juramento.

Hacia el final de la ceremonia, fue entronizada en la cátedra de san Agustín, un gran asiento de mármol que data de principios del siglo XIII. La Catedral de Canterbury, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y situada en el sureste de Inglaterra, fue fundada en el año 597 por Agustín, quien llegó desde Roma para convertir a la población al cristianismo.

A lo largo de los siglos, creció hasta convertirse en el lugar cristiano más importante de Inglaterra. La catedral, reconstruida tras un incendio en 1174, se alza con una escala imponente, con elevados arcos góticos, bóvedas de crucería y extraordinarios vitrales. Tras el asesinato del arzobispo Becket en la iglesia en 1170 y su posterior canonización, la catedral se convirtió en un importante lugar de peregrinación, inmortalizado en los Cuentos de Canterbury de Geoffrey Chaucer.

Antes de su toma de posesión, la arzobispa Mullally emprendió su propia peregrinación de 140 kilómetros, caminando durante seis días desde la catedral de San Pablo en Londres hasta Canterbury. Es la primera arzobispa de la era moderna en realizar este viaje.

En la celebración participaron además primados anglicanos de distintas partes del mundo, así como representantes de otras Iglesias cristianas y de diversas religiones, reflejando el carácter global y ecuménico del cargo. Entre los invitados ecuménicos se encontraban los líderes de la Iglesia Ortodoxa Copta, la Iglesia Ortodoxa Asiria, un representante del Vaticano, otros funcionarios católicos romanos y líderes protestantes británicos. También estuvieron presentes representantes de una amplia gama de tradiciones religiosas mundiales, entre ellas el judaísmo, el islam, el budismo y el sijismo.

Como arzobispa de Canterbury, Mullally es considerada uno de los cuatro “Instrumentos de Comunión” que agrupan a las 42 provincias de la Comunión Anglicana en más de 165 países. Los otros tres Instrumentos de Comunión son el Consejo Consultivo Anglicano, la Reunión de Primados y la Conferencia de Lambeth de obispos anglicanos. Mullally tiene previsto convocar su primera reunión del Consejo Consultivo Anglicano, o ACC, este verano en Belfast, Irlanda del Norte.

Una trayectoria marcada por el servicio

Antes de ser ordenada sacerdote, la arzobispa Mullally trabajó durante años en el Servicio Nacional de Salud del Reino Unido, donde se desempeñó como enfermera especializada en oncología hasta llegar a ser directora de enfermería en el hospital Chelsea and Westminster de Londres. A los 37 años, en 1999, se convirtió en la persona más joven en ocupar el cargo de directora general de enfermería de Inglaterra en el Departamento de Salud. Según ha declarado, durante todo ese tiempo sintió la llamada de la Iglesia.

Fue ordenada en 2001 y dejó su cargo gubernamental en 2004, decisión que en ese momento describió como “la más importante que he tomado en mi vida”. El Dr. Monteith, quien ha trabajado junto a la arzobispa durante años, la describió como una persona de “fe realmente profunda y sincera”, como lo demuestra su decisión de abandonar su carrera en enfermería para convertirse en ministra ordenada. “Es una decisión importante y arriesgada, que nace de alguien con una fe muy viva y una conexión con Dios lo suficientemente fuerte como para escuchar la llamada a dar un giro y seguir otro camino”, afirmó. “Y creo que eso habla de una persona con integridad y profundidad”.

Durante la ceremonia de toma de posesión, la arzobispa lució en sus vestiduras eclesiásticas un broche decorado con una hebilla de cinturón de su época como enfermera. Según los observadores eclesiásticos, aportará al cargo su formación como enfermera y sus años de experiencia en puestos de liderazgo, más recientemente como obispa de Londres y en la Cámara de los Lores, la cámara alta del Parlamento, donde ocupa un escaño.

Una Iglesia en transformación

Es muy probable que, en su nuevo cargo, tenga que recurrir a su experiencia a la hora de gestionar instituciones grandes y complejas. El centro de gravedad de la Iglesia Anglicana se ha desplazado de su cuna tradicional hacia el sur global, ya que la gran mayoría de los anglicanos vive ahora fuera de Inglaterra y el número de fieles está aumentando en África, algunas zonas de Asia y América Latina.

Las estadísticas más recientes recopiladas por la Iglesia de Inglaterra revelan que, según casi todos los indicadores, las congregaciones en Inglaterra son más reducidas que antes de la pandemia; el número de fieles habituales descendió a 1 009 000 personas en 2024, frente a las 1 114 000 de 2019. El anglicanismo en algunas partes de África ha tendido a ser más conservador y se ha resistido a la postura más progresista de la Iglesia de Inglaterra en cuestiones sociales.

Los planes para la ceremonia incluyeron esfuerzos deliberados por reflejar la diversidad de la Iglesia y su presencia en 165 países. Una oración central fue cantada en urdu, otra se realizó en lengua bemba de Zambia, se proclamó el Evangelio en español y los himnos fueron interpretados por el coro africano de Norfolk.

Sobre el proceso de selección

La elección del arzobispo de Canterbury es un proceso largo y estructurado, coordinado por la Comisión de Nombramientos de la Corona, organismo de la Iglesia de Inglaterra encargado de proponer candidatos para los principales cargos episcopales. En el caso de Canterbury, esta comisión está integrada por 17 miembros: obispos, clérigos y laicos, junto con representantes de la diócesis, del Sínodo General y de la Comunión Anglicana, lo que refleja tanto la dimensión local como global del cargo. El proceso incluye además una fase de consulta pública, en la que fieles y comunidades pueden aportar opiniones sobre el perfil del futuro arzobispo.

Tras un periodo de discernimiento que puede extenderse durante más de un año —15 meses en el caso reciente— la comisión elabora una lista reducida de candidatos que se presenta al primer ministro del Reino Unido. Este, en nombre de la Corona, recomienda el nombramiento al monarca —actualmente Carlos III—, quien lo formaliza. Este procedimiento evidencia la naturaleza singular de la Iglesia de Inglaterra como Iglesia establecida, en la que el liderazgo eclesial se articula mediante un proceso que combina discernimiento interno, participación de fieles y una intervención formal del Estado.

VIDEO. Sarah Mullally hace historia al ser proclamada como la primera arzobispa de Canterbury

Sarah Mullally: Su programa en su primer gran discurso

La nueva arzobispa de Canterbury pronunció el 10 de febrero su primer discurso oficial ante el órgano rector de la Iglesia de Inglaterra, con la promesa de dar máxima prioridad a la protección de los feligreses frente a los abusos sexuales —el tema que provocó la caída de su predecesor, Justin Welby—. La Iglesia, afirmó, “ha fallado en demasiadas ocasiones a la hora de reconocer o tomarse en serio el abuso de poder en todas sus formas”, y en el pasado ha tenido “un lamentable desempeño” en materia de rendición de cuentas.

Mullally, que en octubre se convirtió en la primera mujer nombrada al frente de la Iglesia de Inglaterra, prometió: “Me comprometo a aportar un enfoque serio y una dirección centrada a todos los asuntos relacionados con la salvaguarda en todos los contextos de la Iglesia. Este enfoque debe tener en cuenta el trauma. Poner a las víctimas y a los supervivientes en el centro de todo lo que hacemos y comprometernos con una independencia apropiada”.

La arzobispa, que antes de ser ordenada fue jefa de enfermería del Servicio Nacional de Salud del Reino Unido, anunció que se centraría en establecer procedimientos. “Los procesos sólidos y transparentes son fundamentales para la salud de cualquier institución. Procesos adecuados en torno a los nombramientos, directrices claras sobre la conducta y buenas prácticas para abordar las preocupaciones, los vínculos con campañas y la denuncia de irregularidades. Y en ningún ámbito es la rendición de cuentas más imperativa que en relación con la salvaguarda”, afirmó.

Los comentarios de Mullally sobre los abusos sexuales reflejaron las dificultades que la Iglesia de Inglaterra y los líderes de la Comunión Anglicana en general —de los cuales, como arzobispa de Canterbury, se la considera la “primera entre iguales”— han tenido en los últimos años. Welby dimitió tras un informe condenatorio sobre un abusador infantil en serie vinculado a la Iglesia de Inglaterra. Ahora, dijo Mullally, la Iglesia “debe estar siempre dispuesta a que se arroje luz sobre nuestras acciones y nuestras decisiones. Solo podemos empezar a reconstruir la confianza a través de la transparencia y la integridad”.

Este discurso es un momento habitual en el Sínodo General de la Iglesia de Inglaterra y constituye un mensaje clave de apertura, pronunciado tradicionalmente por el arzobispo de Canterbury o el arzobispo de York, en el que se establece la estrategia, dentro de un contexto espiritual y teológico, para el órgano legislativo de la Iglesia. Pero, al ser la primera vez que Mullally intervenía como primera mujer arzobispa de Canterbury, el discurso cobró un significado especial.

Mullally habló sobre el cargo en sí, admitiendo que es desafiante y complejo, pero afirmó que la llamada, al igual que la de sus compañeros obispos, a compartir la esperanza que se encuentra en Jesucristo lo hacía esencialmente sencillo. El hilo conductor de su mandato como arzobispa, dijo, sería fomentar la confianza y la esperanza, arraigadas no en las instituciones, sino en Dios y en el Evangelio de Jesucristo. A pesar de las recientes dificultades, afirmó que creía que “lo mejor está aún por llegar para la Iglesia”.

Sugirió que no introduciría cambios importantes en la Iglesia de Inglaterra y la Comunión Anglicana. “Creo que he sido llamada a amar y servir a la Diócesis de Canterbury, a la Iglesia de Inglaterra y a la Comunión Anglicana, no mediante el desarrollo de nuevos programas e iniciativas”, dijo, “sino siendo una pastora que trabaja de forma colaborativa y en asociación”.

También reconoció que el sínodo, al igual que el resto de la Iglesia de Inglaterra, ha sido testigo en los últimos años de intensas discusiones y divisiones sobre temas como las relaciones entre personas del mismo sexo. La discordia entre quienes están a favor de respaldar tales relaciones y quienes se oponen vehementemente a ellas ha dividido a la Iglesia de Inglaterra y a la Comunión. Esas discusiones continúan a pesar de la elaboración de oraciones especiales para la bendición de parejas del mismo sexo. La participación en el debate “tiene un gran coste”, dijo Mullally, dirigiéndose a los miembros del sínodo: “Veo que están aprendiendo a escucharse más profundamente unos a otros a pesar de las diferencias”.

Dirigiéndose a quienes conforman las congregaciones de su iglesia local, Mullally reconoció el trabajo realizado a nivel parroquial “día tras día”, rindiendo homenaje a la forma en que los anglicanos viven su vocación con “cada eucaristía que se celebra, con cada oración que se reza, con cada niño al que se ayuda a prosperar en nuestras escuelas, con cada familia a la que se atiende en momentos de celebración y de dolor, con cada refugio nocturno y banco de alimentos, con cada servicio de culto, grupo juvenil y almuerzo comunitario, con cada esfuerzo por trabajar en pro de la justicia, la dignidad y la equidad en nuestra nación y en nuestro mundo”.

Pero no hizo mención alguna a los enormes costes a los que se enfrentan muchas parroquias para mantener sus edificios históricos. El mes pasado, el Gobierno del Reino Unido anunció que crearía un fondo de 92 millones de libras a lo largo de cuatro años para lugares de culto históricos y catalogados. Este fondo sustituye a un programa de desgravaciones fiscales de dos décadas de antigüedad destinado a la reparación y el mantenimiento de edificios eclesiásticos históricos, que el Gobierno ha suprimido recientemente.

Según el nuevo plan, las iglesias históricas tendrán que competir entre sí para obtener una subvención, así como con otros lugares de culto, como sinagogas, mezquitas y templos. Ante la disminución de la asistencia y los ingresos, además de contar con menos voluntarios para recaudar fondos y tramitar las complicadas solicitudes de financiación del Gobierno, el nuevo sistema de subvenciones podría suponer un gran quebradero de cabeza.

No obstante, Mullally se mostró optimista sobre el futuro de la Iglesia de Inglaterra, señalando que, desde la pandemia de COVID-19, la gente ha empezado a asistir de nuevo a la iglesia. Estos aumentos, dijo, eran brotes de esperanza. “Hay indicios tempranos de un aumento en la asistencia y la participación, que se ha mantenido durante el último año. Por supuesto, debemos ser cautelosos. Se trata de cifras preliminares, pero la tendencia es clara. La gente está volviendo a la iglesia. Encuentran allí una amistad acogedora, una comunidad, un sentido y un propósito”.

Mullally fue ordenada sacerdote en 2006 y nombrada la primera mujer obispa de Londres —el tercer miembro de mayor rango del clero de la Iglesia de Inglaterra— en 2018. A sus 63 años, Mullally solo puede ejercer durante siete años hasta la jubilación obligatoria a los 70, por lo que algunos podrían considerarla una arzobispa interina. Pero, interina o no, su nombramiento ha sido acogido con entusiasmo por la mayoría de los anglicanos.

En la ceremonia de confirmación del nombramiento de Mullally, celebrada el 26 de enero en la catedral de San Pablo de Londres, un manifestante protestó alegando que en la Biblia no se menciona a ninguna mujer obispa. Los líderes anglicanos conservadores de todo el mundo, en particular los de la Fraternidad Global de Anglicanos Confesantes, conocida como GAFCON, argumentaron que el nombramiento de Mullally era contrario a las enseñanzas bíblicas e ignoraba las opiniones de muchos anglicanos en todo el mundo.

Pero en una entrevista el 26 de enero, Mullally afirmó que denunciaría la misoginia durante su mandato como arzobispa. “Soy consciente de que, al ocupar este cargo, es importante que hable de ello, porque hay quienes no tienen necesariamente el estatus o el poder de este cargo y se sienten más reacios a hacerlo. Me comprometo a crear un entorno en el que todas las personas puedan prosperar y que sea más seguro para todos”, afirmó.

VIDEO. Sarah Mullally sobre su nombramiento como 106.ª arzobispa de Canterbury

Cómo se gestó la designación de la primera mujer arzobispo

En una entrevista a la periodista británica Catherine Pepinster —exeditora de la reconocida publicación católica The Tablet— en el pódcast Complexified, reconoce que este acontecimiento no puede entenderse como un cambio repentino ni como un gesto aislado. El programa, producido por el Institute for Religion, Politics and Culture de la Iliff School of Theology, es conducido por Amanda Henderson, académica y directora de dicho instituto. La conversación busca desmontar el “mito del cambio súbito” y mostrar que el ascenso de Mullally es, en realidad, el resultado de un proceso largo, deliberado y estratégicamente acompañado dentro de la Iglesia de Inglaterra.

Desde el inicio, la entrevista plantea una clave interpretativa clara: la diferencia entre permitir el acceso y hacer posible el liderazgo. Durante décadas, las mujeres estuvieron excluidas de los niveles más altos de gobierno eclesial. Incluso después de que las normas cambiaran —con la ordenación sacerdotal femenina en 1994 y la apertura del episcopado en 2014—, no existía garantía alguna de que las mujeres alcanzaran efectivamente posiciones de poder. “Ser autorizadas a liderar y llegar realmente a hacerlo son dos cosas muy distintas”, resume el enfoque del diálogo.

Pepinster confirma que la instalación de Mullally representa un momento “realmente histórico”, recordando que durante siglos las mujeres no ocuparon posiciones de liderazgo en la Iglesia de Inglaterra. “No hace tanto tiempo que las mujeres pueden ser sacerdotes… eso ocurrió en 1994”, señala, subrayando además que en 2013, durante la instalación del anterior arzobispo, “no había mujeres obispos en la Iglesia de Inglaterra”. Que hoy una mujer ocupe el cargo más alto constituye, en sus palabras, “algo realmente notable”.

Sin embargo, el valor de la entrevista radica en desplazar la atención del acontecimiento hacia el proceso que lo hizo posible. En este punto emerge un elemento central: la creación de la iniciativa Leading Women. Según Pepinster, cuando se aprobó la posibilidad de que las mujeres fueran obispos, un grupo de mujeres dentro de la Iglesia identificó un problema estructural. “Tenemos que asegurarnos de que haya mujeres que puedan asumir estos roles, y vamos a hacer algo al respecto”, decidieron. Así nació esta red de mentoría, concebida no solo como formación técnica, sino como acompañamiento integral.

El programa incluía aspectos prácticos —desde familiarizarse con los símbolos y vestimentas episcopales hasta comprender el funcionamiento institucional—, pero también una reflexión más profunda sobre el liderazgo cristiano, la teología del ministerio y el lugar de la ambición. “Miraban la ambición, que no es una mala palabra”, explica Pepinster. Más aún, se trataba de generar una red de apoyo frente a una estructura históricamente patriarcal: “Si entras en una institución con cientos, si no miles de años de patriarcado, eso es algo que hay que superar”.

En este contexto, la figura de Mullally aparece no como una excepción aislada, sino como parte de una generación preparada. Su trayectoria es, sin embargo, singular. Pepinster destaca que ha alcanzado la cima en dos profesiones: primero como jefa de enfermería del sistema nacional de salud británico, y luego en la jerarquía eclesial. “No muchas personas llegan a la cima dos veces”, afirma. La propia Mullally ha vinculado ambas vocaciones, señalando que su llamada al ministerio está profundamente unida a su experiencia como enfermera.

La entrevista también sitúa este proceso en el marco institucional más amplio. La Iglesia de Inglaterra no es una comunidad religiosa aislada, sino una institución profundamente entrelazada con el Estado británico. Pepinster recuerda que cuenta con 26 obispos en la Cámara de los Lores, donde intervienen en debates éticos sobre pobreza, migración o bioética. Este dato refuerza la dimensión pública del cambio: no se trata solo de una transformación interna, sino de un hecho con implicaciones sociales y políticas.

A pesar del carácter histórico del nombramiento, la oposición existe, aunque de manera desigual. Pepinster señala que en el Reino Unido es “muy limitada”, pero más significativa en otras regiones de la Comunión Anglicana, especialmente en África, donde algunos rechazan su liderazgo “no por ser Sarah Mullally, sino porque es una mujer”. Este dato introduce una tensión clave: la Iglesia anglicana es global, pero no homogénea.

Otro aspecto relevante es el proceso de selección, descrito como largo y complejo. A diferencia del cónclave católico, la elección del arzobispo de Canterbury implicó una comisión de 17 miembros, consultas públicas y la participación de representantes de la Comunión Anglicana mundial. El proceso duró 15 meses. Este dato refuerza la idea de que el cambio institucional no solo es gradual, sino también profundamente estructurado.

La entrevista no idealiza el momento. Mullally asume el cargo en un contexto de crisis: declive numérico, tensiones internas sobre sexualidad y una herida abierta por los escándalos de abusos que llevaron a la renuncia de su predecesor. Pepinster es clara: “Esos dos temas son realmente importantes y ella tendrá que afrontarlos”. A ello se suman los desafíos financieros y pastorales de parroquias cada vez más pequeñas y con menos recursos.

En este punto, la conversación recupera su tesis central: cómo ocurre el cambio en instituciones diseñadas para resistirlo. La respuesta no es espectacular, sino progresiva. “Las campañas para la ordenación de mujeres duraron mucho tiempo, y luego sucedió”, explica Pepinster. Con el tiempo, lo que parecía excepcional se normaliza. “La gente puede aceptar el cambio muy rápido… a veces parece monumental, luego ocurre y la vida continúa”.

En suma, la entrevista ofrece una lectura sobria y lúcida del momento actual. La elección de Sarah Mullally no es solo un símbolo, sino la culminación de décadas de desarrollo institucional y discernimiento. Más que un punto de llegada, es el resultado visible de un proceso silencioso que ha preparado tanto a las personas como a la estructura para un cambio que, una vez realizado, comienza a parecer natural.

VIDEO. Sarah Mullally toma posesión como la primera arzobispa de Canterbury

Entre la ruptura declarada y una fractura aún no consumada

En las semanas previas al inicio del ministerio de la nueva arzobispa de Canterbury, el movimiento conservador GAFCON volvió a situarse en el centro de las tensiones internas de la Comunión Anglicana. Reunidos en Abuya, sus líderes dieron un paso que muchos interpretaron como un desafío directo: aunque finalmente desistieron de elegir un primus inter pares alternativo —título que designa al arzobispo de Canterbury como “primero entre iguales”—, anunciaron la creación de un nuevo consejo de liderazgo encabezado por el arzobispo ruandés Laurent Mbanda.

La ambigüedad del gesto no pasó desapercibida. Preguntados sobre si reconocían la autoridad de Canterbury, el portavoz del grupo respondió sin matices: “El Consejo Anglicano Global reconoce al arzobispo Laurent Mbanda como su líder”. Al mismo tiempo, se insistía en una afirmación formal que revela la tensión de fondo: “Sarah Mullally es la arzobispa de Canterbury”. En los hechos, GAFCON evitó una ruptura institucional total, pero avanzó en la configuración de una estructura paralela que, para muchos observadores, constituye ya “un acto de desafío” y una profundización de la fractura.

El núcleo del conflicto, según sus propios portavoces, es doctrinal. “La cuestión no es el matrimonio entre personas del mismo sexo ni la arzobispa mujer; es si la Escritura o la cultura contemporánea gobiernan la vida de la Iglesia”, afirmó el reverendo Justin Murff. Sin embargo, esa formulación convive con críticas explícitas a la nueva primada por haber “promovido enseñanzas no bíblicas y revisionistas sobre el matrimonio y la moral sexual”, así como con la convicción de que “la Biblia exige un episcopado exclusivamente masculino”. La oposición, por tanto, se articula en términos teológicos, pero se expresa en cuestiones concretas de género y sexualidad que llevan décadas dividiendo a la Comunión.

Este posicionamiento no es nuevo. Como recuerda el análisis de Ray Mwareya en Broadview, las tensiones en torno a la autoridad, la moral sexual y la ordenación de mujeres forman parte de un conflicto prolongado. En una carta del 3 de octubre, Mbanda ya había denunciado el nombramiento de Mullally como una violación de lo que considera el orden bíblico, reiterando además que GAFCON dejaba de reconocer al arzobispo de Canterbury como “Instrumento de Comunión” o “primero entre iguales”. Días después, fue más allá al afirmar que el movimiento había “reordenado la Comunión Anglicana” mediante la creación de una nueva entidad, presentada como una restauración de su estructura original.

Sin embargo, el alcance real de estas declaraciones es objeto de debate. Diversas voces dentro del anglicanismo coinciden en que la ruptura proclamada por GAFCON no se ha materializado plenamente. El teólogo Christopher Brittain advierte que, pese al tono “dramático”, “esto no es un cisma”: “Los actores de GAFCON no han abandonado la Comunión Anglicana”. A su juicio, las disputas actuales prolongan desacuerdos de décadas, especialmente en torno a las bendiciones a parejas del mismo sexo y a la autoridad del arzobispo de Canterbury como figura simbólica global.

Los hechos parecen respaldar esa lectura. Algunas provincias vinculadas a GAFCON han optado por no seguir la línea más dura. La Iglesia del Congo, por ejemplo, rechazó la llamada a desvincularse de la Comunión y mantiene su pertenencia a ambos espacios. Otras, como Nigeria, llevan años distanciadas de las instancias formales sin haber formalizado una ruptura total. Incluso dentro de África —frecuentemente presentada como bloque conservador— las respuestas son diversas: mientras algunos sectores reaccionaron con “profunda preocupación”, otros optaron por felicitar públicamente el nombramiento.

Este trasfondo revela que la actual disputa no es solo doctrinal, sino también eclesiológica y geopolítica. Como señala la teóloga Catherine Clifford, subyace una lucha de larga data sobre quién ejerce la autoridad en la Comunión Anglicana, en un contexto en el que la mayoría de los fieles se encuentra hoy en el Sur Global. En ese sentido, parte de la reacción puede leerse también como una forma de resistencia a un modelo percibido como heredero de estructuras coloniales.

Aun así, la Comunión Anglicana dista de una ruptura definitiva. “Los anglicanos necesitan recordar que no somos de una sola mente, y eso es doloroso”, resume Brittain. Otros observadores subrayan que, pese a las tensiones, persiste una notable capacidad de resiliencia. “La Comunión Anglicana ha atravesado muchas tormentas”, afirma el teólogo Ernest van Eck. “Lo que la sostendrá es lo que siempre la ha sostenido: la fe, la humildad y la disposición a escuchar”.

En este contexto, la postura de GAFCON aparece marcada por una doble dinámica: por un lado, una afirmación cada vez más explícita de autonomía y de oposición doctrinal; por otro, una ruptura que sigue siendo parcial, disputada y, en buena medida, más simbólica que estructural. El desenlace dependerá no solo de las decisiones de sus líderes, sino también de la capacidad —o no— de la Comunión Anglicana para procesar sus diferencias sin fracturarse definitivamente.

El saludo y próximo encuentro de León XIV con la nueva arzobispa

En una carta de felicitación a Sarah Mullally, el Pontífice reconoció la magnitud del encargo que asumía, calificándolo como un ministerio “arduo”, cuya responsabilidad abarca no solo la diócesis de Canterbury, sino “toda la Iglesia de Inglaterra y la Comunión Anglicana en su conjunto”. En un contexto que describió como “exigente en la historia de la familia anglicana”, le aseguró su oración para que sea “guiada por el Espíritu Santo” y “fortalecida con el don de la sabiduría”.

Ese gesto se vio acompañado por un signo concreto de comunión: una oración conjunta en la catedral de Canterbury, presidida por la arzobispa junto al cardenal Kurt Koch, enviado pontificio y prefecto del Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos. Ambos rezaron de rodillas en la Capilla de Nuestra Señora del Martirio, utilizando el mismo reclinatorio del histórico encuentro de 1982 entre san Juan Pablo II y el arzobispo Robert Runcie. El momento evocaba, además, el 60.º aniversario del encuentro entre Pablo VI y Michael Ramsey en 1966, que —como recordó León XIV— “comprometió a los católicos y a los anglicanos en una nueva etapa de relaciones fraternas”.

En esa línea, el Papa subrayó el valor del camino recorrido, especialmente a través de la Comisión Internacional Anglicano-Católica (ARCIC), que “ha contribuido enormemente al crecimiento del entendimiento recíproco”. Reconoció que “el camino ecuménico no siempre ha estado exento de obstáculos” y que incluso en tiempos recientes han surgido “nuevos desacuerdos”, pero insistió en que “las divergencias no pueden impedirnos reconocernos mutuamente como hermanos y hermanas en Cristo”. Por ello, reafirmó su convicción: “debemos seguir dialogando en la verdad y el amor”, porque solo así es posible ofrecer al mundo “la gracia, la misericordia y la paz de Dios”.

El horizonte inmediato de esta relación tendrá un nuevo hito en el encuentro previsto en Roma entre ambos líderes, donde se espera consolidar ese compromiso compartido. Por su parte, Mullally respondió con un tono igualmente fraterno: “Estoy profundamente agradecida por su amable carta y por la seguridad de sus oraciones”, escribió, destacando que las palabras del Papa “son recibidas con profundo agradecimiento”. Consciente de su propio rol, añadió: “yo también estoy llamada a servir como instrumento de comunión (…) y a buscar la unidad plena y visible”, y expresó su deseo de “encontrarme con Su Santidad próximamente y seguir fortaleciendo los lazos de amistad y nuestro compromiso compartido”.

VIDEO. León XIV manda un mensaje a la nueva arzobispa de Canterbury: “Seguir dialogando”

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