Habermas: el filósofo del diálogo, entre fe y razón
1:00 p.m. | 8 may 26 (LCC/VTN).- El filósofo alemán Jürgen Habermas, fallecido a los 96 años, fue uno de los pensadores más influyentes del siglo XX. Además de su legado en la filosofía política contemporánea, dejó un histórico intercambio con Joseph Ratzinger sobre religión, secularización y vida pública. Pese a sus diferencias de pensamiento, ambos coincidieron en que la razón y la fe necesitan corregirse mutuamente frente al relativismo y el fundamentalismo. Su obra más influyente, Teoría de la acción comunicativa, se centra en el diálogo y el consenso como base de la convivencia democrática.
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Esta publicación explora el pensamiento y legado del filósofo alemán Jürgen Habermas, una de las figuras más influyentes del pensamiento contemporáneo y protagonista de uno de los diálogos más relevantes entre fe y razón en las últimas décadas. En una primera parte, compartimos un artículo publicado en Vatican News sobre su trayectoria intelectual, su teoría de la acción comunicativa y su defensa de la democracia, así como las tensiones que enfrentó su propuesta en un mundo atravesado por guerras, polarización política y crisis culturales.
Luego, entramos en más detalles sobre el histórico intercambio que sostuvo en 2004 con Joseph Ratzinger —futuro Benedicto XVI— sobre secularización y religión en la democracia liberal. El texto reconstruye los principales puntos de encuentro y desacuerdo entre ambos pensadores, abordando cuestiones como la verdad, el derecho natural, la “razón ampliada” y la necesidad de una mutua purificación entre religión y racionalidad secular frente a los riesgos del fundamentalismo y del relativismo contemporáneo.
Finalmente, se ofrece una síntesis de la extensa reseña que hace La Civiltà Cattolica sobre el ensayo “Fe y saber”, publicado por Habermas tras los atentados del 11 de septiembre de 2001. Se desarrollan conceptos como la sociedad postsecular, el cientificismo, la secularización y la razón comunicativa, brindando más enfoques de cómo el filósofo intentó replantear el lugar de la religión, la ética y el diálogo dentro de las democracias modernas.
Artículo homenaje a Habermas en Vatican News
En una época marcada por el conflicto, las divisiones culturales y la crisis de la democracia, Jürgen Habermas —fallecido el 14 de marzo de 2026 en Starnberg, cerca de Múnich, a los 96 años— dedicó su vida a defender una convicción sencilla pero radical: la convivencia humana solo puede sostenerse mediante el diálogo. Filósofo del lenguaje y de la democracia deliberativa, influyó en el pensamiento europeo durante más de medio siglo. En los últimos años, su trayectoria se cruzó con la del teólogo Joseph Ratzinger en uno de los debates más importantes sobre la relación entre fe y razón en la sociedad contemporánea.
Nacido en Düsseldorf en 1929, Habermas fue uno de los más grandes filósofos, sociólogos y politólogos del siglo XX, discípulo de Adorno y Horkheimer, exponente de la Escuela de Frankfurt y autor de la famosa teoría de la “acción comunicativa”, que influyó en el debate filosófico, político y jurídico europeo durante décadas.
Desde muy joven, Habermas mostró interés por el lenguaje. Esto no se debía únicamente a sus aspiraciones intelectuales: una fisura palatina, que padeció de niño, le dificultaba hablar. El lenguaje se convirtió así también en una herramienta de redención personal y una afirmación de la dignidad de la comunicación humana.
Tras estudiar en Bonn, Gotinga y Zúrich, se graduó en 1954 con una tesis sobre Schelling y comenzó a colaborar con la Escuela de Frankfurt, trabajando como asistente de Adorno. Profesor en Heidelberg y Frankfurt, y posteriormente director del Instituto Max Planck en Starnberg, fue una de las figuras centrales de la filosofía alemana entre las décadas de 1960 y 1990. Miembro de la segunda generación de la Escuela de Frankfurt, renovó su enfoque marxista, transformándolo en una teoría de la racionalidad y la comunicación orientada hacia la democracia deliberativa.
La teoría de la acción comunicativa y la ética del discurso
Su obra más conocida, La teoría de la acción comunicativa (1981), publicada en español en dos volúmenes en 1987, representa la culminación de su pensamiento filosófico y uno de los intentos más influyentes de fundamentar racionalmente la convivencia democrática en las sociedades modernas. Allí propone que la racionalidad surge no de la imposición ni del poder, sino del diálogo entre interlocutores libres e iguales. De ahí proviene su “ética del discurso”: una norma es justa si puede ser aceptada por todos los implicados mediante un intercambio libre. Por lo tanto, el fundamento de la convivencia civil no reside en la tradición ni en la revelación, sino en el consenso argumentado racionalmente.
Frente a la “razón instrumental” —centrada únicamente en la eficacia, el control o el beneficio— Habermas propuso una “razón comunicativa”, orientada al entendimiento mutuo y a la construcción de consensos. Su proyecto buscaba establecer las condiciones de posibilidad del diálogo en sociedades plurales, secularizadas y situadas más allá del pensamiento metafísico tradicional. Sin embargo, Habermas no era ingenuo respecto de las dificultades de este ideal: sabía que alcanzar acuerdos auténticos en medio de conflictos culturales, religiosos y políticos resulta extraordinariamente complejo, aunque seguía considerando el diálogo como la única alternativa verdaderamente civilizada frente a la violencia.
Este proyecto representa uno de los intentos más ambiciosos de la filosofía contemporánea por dotar a la modernidad de un fundamento normativo tras la crisis de la metafísica tradicional. Sin embargo, es precisamente aquí donde surgen algunas de sus limitaciones. La confianza en el proceso racional del diálogo se muestra hoy más frágil ante las tensiones del siglo XXI: guerras, el resurgimiento del nacionalismo, fracturas culturales y religiosas, pero también los desafíos que plantean la biotecnología y la inteligencia artificial. La racionalidad comunicativa parece capaz de regular los conflictos, pero no siempre de generar las profundas motivaciones morales que las sociedades requieren.
Su imagen pública también ha sido controvertida. En ocasiones, Habermas apoyó intervenciones militares occidentales justificadas en nombre de los derechos humanos, como el bombardeo de Serbia por la OTAN en 1999, lo que le valió críticas de quienes veían tales posturas como un conflicto con su ideal de diálogo racional.
En sus últimos años, la sintonía de Habermas con algunos planteamientos del magisterio de la Iglesia se hizo especialmente visible en debates bioéticos. Preocupado por los riesgos del transhumanismo, la manipulación genética y la mercantilización de la vida, defendió la inviolabilidad de la naturaleza humana con argumentos que encontraron resonancias en la antropología cristiana. Estas reflexiones consolidaron su figura como uno de los interlocutores laicos más relevantes en el debate contemporáneo entre fe, razón y ética pública.
Sus reflexiones sobre la comunidad ideal de diálogo también influyeron profundamente en la teoría política contemporánea y en la comprensión democrática de la deliberación pública. En un contexto marcado por la polarización política y el maniqueísmo ideológico, Habermas insistió en que el lenguaje no debe reducirse a una herramienta de manipulación estratégica, sino que puede convertirse en un espacio auténtico de búsqueda compartida de acuerdos y de construcción del bien común.
VIDEO. Filósofo alemán Jürgen Habermas muere a los 96 años
Diálogo con Ratzinger sobre fe, razón y secularización
A pesar de su formación laica y aconfesional, en las últimas décadas Habermas dedicó considerable atención a la relación entre fe y razón. Su diálogo con Joseph Ratzinger es emblemático. El 19 de enero de 2004, el cardenal —entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y futuro papa Benedicto XVI— se reunió con él en la Academia Católica de Baviera para un debate público que posteriormente se recopiló en el libro Dialéctica de la secularización: Sobre la razón y la religión.
En el centro del debate se encontraba una cuestión crucial: ¿puede la democracia moderna ignorar por completo la religión, o se apoya en sus recursos morales? Habermas y Ratzinger coincidieron en un punto: la fe no es meramente un residuo privado, sino que puede generar motivaciones éticas y un sentido de los límites. Sin embargo, diferían en sus premisas. El filósofo partía del Estado constitucional democrático y del principio de la justificación racional de las normas; el teólogo, de la revelación cristiana, en la que la razón se considera luz divina y la fe, su guía.
El diálogo reveló puntos en común. Ambos rechazaron el relativismo moral absoluto y el fundamentalismo religioso. Asimismo, enfatizaron la necesidad de una “purificación mutua”: la fe debe aceptar la crítica racional para evitar desviaciones ideológicas, mientras que la razón debe reconocer que no todo puede reducirse a la tecnología o la lógica instrumental. Por lo tanto, la religión puede desempeñar un papel público, siempre que sea capaz de traducir su contenido a un lenguaje comprensible para todos los ciudadanos.
Desde esta perspectiva surge la idea de una sociedad “postsecular”: una realidad que no regresa a una Europa confesional, sino que reconoce que la religión continúa ofreciendo símbolos, narrativas y motivaciones morales que la racionalidad secular por sí sola se esfuerza por producir.
Un legado para el futuro
Las reflexiones de ambos pensadores se centraron principalmente en el futuro de Europa. Habermas y Ratzinger coincidieron en defender la democracia liberal, pero criticaron su potencial deriva tecnocrática y la reducción de la sociedad a un mercado de intereses. En este contexto, la fe, sin reivindicar privilegios políticos, puede contribuir a devolver la sustancia ética a la vida pública, haciendo hincapié en el valor del individuo, los derechos fundamentales y la justicia social.
Ante las crisis democráticas actuales, el auge del populismo y las tensiones culturales, su diálogo sigue siendo sorprendentemente relevante hoy en día. La “postsecularidad” que vislumbraron Habermas y Ratzinger exige una cultura política más madura: capaz de distinguir entre secularismo y nihilismo, entre identidad abierta y cierre ideológico, entre una fe que dialoga y una religión que reclama poder.
La muerte de Habermas marca, pues, el fin de una gran era del pensamiento europeo. Pero el diálogo que inició con Ratzinger sigue siendo un punto de referencia para quienes conciben Europa no solo como un mercado o una institución administrativa, sino como un proyecto cultural y moral fundado en el diálogo entre la razón, el pluralismo y la responsabilidad histórica.
VIDEO. La teoría de la acción comunicativa de J. Habermas
Habermas-Ratzinger: un diálogo fecundo
A principios del milenio, el mundo contemplaba con horror cómo el fanatismo religioso derribaba las Torres Gemelas. En aquel 2001, mientras las imágenes del desastre daban la vuelta al planeta, surgió una pregunta inquietante: ¿estábamos ante una nueva guerra de religión en pleno siglo XXI? Hoy, con el eco de conflictos similares en lugares como Gaza, Irán o Ucrania ‒guerras poco religiosas‒, esta reflexión cobra una nueva vigencia. Fue en este clima de perplejidad donde Jürgen Habermas recibió el premio nacional de los libreros en la Paulskirche de Fráncfort. Este reconocimiento marcó el inicio de un giro intelectual hacia lo que hoy se denomina la “sociedad postsecular”. Habermas observó que tras la tragedia, iglesias, sinagogas y mezquitas se llenaron, y no necesariamente para clamar venganza.
En este análisis, Habermas encontró un interlocutor inesperado en Joseph Ratzinger, entonces prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe, quien sostenía que el fundamentalismo islámico guardaba más similitudes con el marxismo que con el islam. Este paralelismo entre el filósofo neomarxista y el teólogo dogmático sentó las bases para el encuentro histórico que tendría lugar dos años y medio después en Múnich. En aquel encuentro en la Academia Católica de Baviera de 2004 entre el filósofo posmarxista y el entonces cardenal Ratzinger no fue una simple charla académica, sino un esfuerzo por encontrar los “fundamentos morales prepolíticos” que sostienen a una sociedad democrática y plural.
El encuentro de dos mundos
El diálogo puso frente a frente a dos figuras aparentemente opuestas: el epígono de la Escuela de Fráncfort ‒alguien “con escaso oído musical para la religión”‒, y uno de los teólogos más influyentes del cristianismo contemporáneo. Ambos compartían una preocupación común por la fragilidad del Estado liberal. Habermas reconoció que los fundamentos éticos del Estado moderno tienen un origen religioso, aunque hoy se expresen de forma racional y secularizada. Ratzinger defendió que la Iglesia y el Estado deben mantener su autonomía ‒”dar al César lo que es del César”‒, rechazando cualquier intento de volver a un Estado confesional.
Uno de los puntos de mayor fricción fue la concepción de la verdad. Para Habermas, es fruto del diálogo y del consenso; para Ratzinger, es el diálogo el fruto de una verdad previa, a la cual podemos acceder mediante la razón. Ratzinger apeló a la necesidad de un derecho que esté por encima de la “ley del más fuerte”. Recordando la barbarie nazi que ambos vivieron en su juventud, el teólogo advirtió que el simple consenso de las mayorías no basta para fundamentar los derechos humanos; se requiere una instancia superior que proteja la dignidad de todos.
El filósofo ilustrado y el teólogo de la razón
Jürgen Habermas representaba la culminación del proyecto de la modernidad, un ilustrado que dedicó su vida a la teoría de la acción comunicativa y a la defensa de la democracia. Su enfoque era postmetafísico: para él, la verdad es una construcción que dimana del diálogo simétrico entre ciudadanos libres. En su esquema, el Estado liberal debe ser neutral y legitimarse a través de procedimientos democráticos, sin necesidad de apoyos religiosos directos, si bien reconoce que la religión contiene sentido que la sociedad no puede ignorar.
Joseph Ratzinger personificaba la síntesis entre la fe cristiana y la razón filosófica. Como participante en el Concilio Vaticano II y un teólogo entre dos milenios, Ratzinger siempre defendió que el cristianismo es una religión ilustrada que, desde sus orígenes, optó por el logos frente al mito. No se refugió en un sincretismo o en un mero simbolismo, propios de religiones orientales. Su pensamiento, profundamente influenciado por figuras como Agustín, Buenaventura o Tomás de Aquino, sostiene que la razón humana es capaz de conocer la verdad objetiva y que el derecho natural constituye el refugio necesario contra la arbitrariedad del poder. Para Ratzinger, la verdad se fundamenta en la persona de Jesucristo, accesible mediante una razón abierta a la trascendencia. El Logos divino fundamenta el de todas las cosas, que a su vez puede ser entendido por el logos humano (cf. Jn 1.1.3.14).
Razón y religión: curarse de las respectivas patologías
Quizá la conclusión más luminosa de aquel encuentro fue la propuesta de una colaboración necesaria para evitar las “patologías” de ambos bandos. Razón y religión deben curarse de las respectivas patologías. La razón como medicina debe purificar a la religión, para evitar que caiga en el fanatismo o el fundamentalismo que matan en nombre de Dios. La religión como límite debe evitar que la razón caiga en la hybris y engendre “monstruos” como Auschwitz, Hiroshima o Chernóbil. “El sueño de la razón produce monstruos”, podría citar a Goya, evocando los errores históricos que ha causado una razón moderna, aislada de la ética, del arte, de los sentimientos, de la religión.
La lección resultaba clara: en una esfera pública cada vez más fragmentada, es vital recuperar conceptos como la conciencia, la justicia y una noción amplia de la naturaleza humana. El acuerdo alcanzado por Habermas y Ratzinger demuestra que, incluso desde posiciones divergentes, es posible construir un terreno común donde la fe y la razón se ayuden mutuamente a ser más humanas.
Este diálogo se continuó posteriormente con el famoso discurso pronunciado en Ratisbona en 2006, donde Ratzinger ‒ya como Benedicto XVI‒ apostó por la “razón ampliada”. Frente a una razón puramente instrumental o matemática, el Papa bávaro reivindicó una razón abierta. Habermas lo replicó en el Neue Zürcher Zeitung, calificándolo la Vorlessung como “antimoderna”. Pero después se retractó en parte en un posterior encuentro en Roma al año siguiente, volviendo a la postura inicial expuesta en Múnich años atrás.
Este diálogo continuó posteriormente con el célebre discurso pronunciado en Ratisbona en 2006, donde Ratzinger —ya como Benedicto XVI— defendió la idea de una “razón ampliada”. Frente a una racionalidad reducida a lo instrumental o meramente técnico, el Papa bávaro reivindicó una razón abierta. Habermas reaccionó inicialmente con reservas en el Neue Zürcher Zeitung, considerando la Vorlesung de Ratisbona excesivamente crítica con la modernidad secular. Sin embargo, en encuentros y reflexiones posteriores matizó parcialmente esa valoración y volvió a aproximarse a varios de los planteamientos compartidos en el diálogo de Múnich.
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Jürgen Habermas: la frontera entre religión y filosofía
Un artículo publicado en La Civiltà Cattolica sitúa el pensamiento de Jürgen Habermas en una de las grandes tensiones de la modernidad: la dificultad de mantener unidas las distintas dimensiones de la experiencia humana. Aunque el mundo moderno valorizó ámbitos como la ciencia, la política, la subjetividad y la conciencia individual, terminó separándolos entre sí y, especialmente, alejándolos de la dimensión religiosa y trascendente. Según el artículo, esta tendencia condujo a una visión parcial del ser humano, donde la razón científica pasó a ocupar un lugar casi absoluto, reduciendo otras formas de comprensión de la realidad.
En este contexto se presenta a Habermas, principal representante de la segunda generación de la Escuela de Frankfurt y discípulo de Theodor W. Adorno. El texto destaca que, a diferencia de otros pensadores más pesimistas de esa corriente, Habermas intentó construir una teoría de la racionalidad capaz de sostener la convivencia democrática y el diálogo social. Sus investigaciones se centraron en la sociedad contemporánea, las ciencias sociales y, especialmente, en la posibilidad de una “acción comunicativa”, es decir, una racionalidad basada no solo en la eficacia técnica, sino también en la capacidad de las personas de entenderse mediante el lenguaje y el consenso.
El ensayo “Fe y saber”, publicado después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, surge como una reflexión sobre la convivencia entre creyentes y no creyentes en las sociedades modernas. Para Habermas, el terrorismo reveló el fracaso de un mundo incapaz de construir un lenguaje común entre culturas y religiones distintas. Frente a ello, el filósofo propone revisar críticamente la secularización occidental y preguntarse qué papel pueden seguir desempeñando la religión, la razón y el diálogo democrático en una sociedad marcada por el pluralismo y los conflictos culturales.
La secularización en la sociedad postsecular
Jürgen Habermas analiza el significado histórico de la secularización y cómo este proceso ha marcado la relación entre religión y modernidad. El filósofo recuerda que el término nació originalmente en el ámbito jurídico, cuando designaba la transferencia de bienes de la Iglesia al poder civil. A partir de allí surgieron dos interpretaciones opuestas de la modernidad: una que celebra la emancipación de la sociedad respecto de la autoridad religiosa y otra que considera la secularización como una pérdida de fundamentos morales y espirituales.
Según el artículo, estas dos visiones terminaron alimentando una confrontación permanente entre ciencia y religión. Por un lado, la modernidad racionalista tendió a pensar que la religión sería progresivamente reemplazada por la razón científica; por otro, algunos sectores religiosos vieron el mundo moderno como una decadencia cultural y moral. Habermas considera insuficiente esta oposición porque ignora una realidad evidente: las religiones continúan presentes dentro de las sociedades democráticas contemporáneas.
A partir de ello introduce el concepto de “sociedad postsecular”, es decir, una sociedad moderna y secularizada que, sin embargo, sigue conviviendo con comunidades religiosas activas. El filósofo distingue entonces a las comunidades religiosas “razonables”: aquellas capaces de aceptar el pluralismo, renunciar a la violencia y dialogar tanto con otras religiones como con la ciencia y el Estado democrático. Cuando esto no ocurre —advierte— las religiones pueden desarrollar un potencial destructivo y alimentar conflictos culturales o políticos.
El ensayo subraya que, para Habermas, la convivencia democrática solo es posible si creyentes y no creyentes reconocen sus propios límites y aceptan las reglas comunes del Estado de derecho. El Estado debe mantenerse neutral frente a las distintas visiones del mundo, sin favorecer ni a la religión ni al secularismo. Al mismo tiempo, la razón secular no debe cerrarse completamente a las tradiciones religiosas, porque todavía puede aprender de ellas. En esa apertura mutua, sostiene Habermas, se juega la posibilidad de construir una convivencia pacífica en sociedades cada vez más plurales.
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El esclarecimiento científico del “sentido común”
Jürgen Habermas reflexiona sobre la relación entre ciencia y experiencia humana cotidiana. El filósofo define el “sentido común” como la manera básica en que las personas se comprenden a sí mismas: seres capaces de actuar, hablar, tomar decisiones y relacionarse con otros dentro de un mundo compartido de normas y significados. Aunque esta comprensión cotidiana puede contener errores o ilusiones, Habermas reconoce que debe permanecer abierta a los avances de la ciencia y al conocimiento racional.
Sin embargo, advierte un riesgo: que el desarrollo científico termine reduciendo completamente al ser humano a una explicación puramente biológica, física o neurológica. Según Habermas, la ciencia tiende a “despersonalizar” la realidad cuando transforma todo en objeto de observación y explicación causal. El problema aparece cuando esa lógica pretende explicar también la conciencia, la libertad o las decisiones humanas únicamente desde modelos naturalistas o computacionales, dejando de lado la dimensión social y moral de la persona.
El texto cuestiona así el “cientificismo”, es decir, la idea de que la ciencia podría algún día reemplazar completamente la autocomprensión humana. Para Habermas, esto no constituye verdadera ciencia, sino una filosofía reduccionista que olvida aspectos esenciales de la experiencia humana. Aunque la investigación científica pueda iluminar muchos aspectos de la vida, no puede resolver por sí sola preguntas éticas fundamentales, como aquellas relacionadas con las manipulaciones genéticas o el valor de la vida humana.
Por ello, el filósofo sostiene que el “sentido común” conserva una autonomía propia frente a las ciencias. La capacidad humana de decidir, asumir responsabilidades, cometer errores y corregirlos no puede ser eliminada por ninguna explicación técnica o científica. Con esta reflexión, Habermas intenta poner límites a una visión de la modernidad donde la razón científica corre el riesgo de convertirse en el único criterio válido para comprender al ser humano.
Traducción cooperativa de contenidos religiosos
En esta sección, se aborda uno de los puntos centrales del pensamiento de Habermas sobre religión y democracia: cómo pueden dialogar creyentes y no creyentes dentro de una sociedad secular. El filósofo sostiene que los Estados democráticos modernos, aunque hoy se presenten como seculares, conservan fundamentos morales heredados históricamente de las grandes tradiciones religiosas. Sin embargo, considera que el proceso de secularización ha llevado a muchos creyentes a sentir que la religión ya no tiene un lugar legítimo en el espacio público y que la racionalidad científica intenta ocupar completamente ese terreno.
Habermas observa además una desigualdad dentro de las democracias liberales: son principalmente los creyentes quienes deben “traducir” sus convicciones religiosas a un lenguaje secular para participar en el debate público. Pone como ejemplo las discusiones éticas sobre el embrión humano, donde las posiciones religiosas necesitan reformularse en términos jurídicos o racionales para ser aceptadas socialmente. Pero el filósofo advierte que este esfuerzo no puede ser unilateral. También la cultura secular debe mantenerse abierta a escuchar y comprender los contenidos morales presentes en los lenguajes religiosos.
El texto insiste en que la frontera entre razones religiosas y seculares no es completamente rígida, sino “fluida”, y que ambas partes deben realizar un esfuerzo mutuo de comprensión. Para Habermas, las mayorías secularizadas no deberían imponer simplemente sus decisiones ignorando las objeciones religiosas, especialmente en cuestiones éticas sensibles. La convivencia democrática requiere una disposición compartida al diálogo y al reconocimiento de la perspectiva del otro.
En la parte final, el filósofo profundiza esta reflexión desde una dimensión más existencial. Aunque se declara ajeno a la fe religiosa, reconoce que la modernidad secular todavía no logra responder plenamente a preguntas relacionadas con el mal, el sufrimiento, la culpa o la necesidad de perdón. Habermas sugiere que, al traducir conceptos religiosos al lenguaje puramente jurídico o racional, algo importante se ha perdido: la capacidad de expresar el dolor irreparable, la injusticia sufrida por las víctimas o la esperanza frente al sufrimiento humano. Escrito tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, el texto deja entrever que incluso las sociedades modernas y secularizadas continúan buscando recursos morales y simbólicos que la religión todavía conserva.
La razón comunicativa
En la parte final del ensayo, se desarrolla una de sus ideas más conocidas: la “acción comunicativa”. Frente a una sociedad dominada por la lógica técnica, económica o puramente instrumental, el filósofo propone una racionalidad basada en el diálogo, el entendimiento y la búsqueda de consensos. Para Habermas, la convivencia democrática solo puede sostenerse cuando las personas se reconocen mutuamente como interlocutores válidos y participan en discusiones guiadas por criterios como la verdad, la sinceridad, la comprensión y la justicia.
Al final también se recogen algunas críticas a su pensamiento. Diversos autores señalan que una racionalidad basada exclusivamente en procedimientos y consensos puede tener dificultades para fundamentar principios morales universales o para responder con suficiente fuerza frente a dinámicas económicas y tecnológicas indiferentes a la dignidad humana.
El texto de La Civiltà Cattolica presenta a Habermas como uno de los pensadores que más seriamente intentó replantear el lugar de la religión, la ética y la razón dentro de las democracias contemporáneas. Aquí el enlace al texto completo.
VIDEO. Filosofía para todos: Habermas
VIDEO. Habermas. La religión en una sociedad postsecular
Información adicional
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Fuentes
- Colagrande, F. (2026, 15 de marzo). Adiós a Habermas, filósofo del diálogo con Ratzinger entre fe y razón. Vatican News.
- Torralba, F. (2026, 25 de marzo). Jürgen Habermas: la razón del diálogo. Revista Vida Nueva.
- Blanco, P. (2026, 18 de marzo). Habermas-Ratzinger: un diálogo fecundo. Omnes Magazine.
- Mucci, G. (2026, 27 de marzo). Jürgen Habermas: la frontera entre religión y filosofía. La Civiltà Cattolica
- Videos: DW Español (YT) – ADN Chile (YT) – En Perspectiva (YT) – El Mostrador (YT) – Tuercas y Tornillos (YT)
- Foto: CNN Prima News

