¿Hacia dónde vas, humanidad? Santa Sede impulsa el diálogo
11:00 a.m. | 31 mar 26 (LOR/PVI).- En un tiempo marcado por la aceleración tecnológica, la Santa Sede aporta al debate sobre el futuro del ser humano. El documento Quo vadis, humanitas?, inspirado en Gaudium et spes, retoma el diálogo “abierto” con el mundo contemporáneo y propone una reflexión teológica y antropológica sobre la inteligencia artificial y los cambios culturales actuales. El texto ofrece una mirada cristiana que sitúa estos desafíos en el horizonte de la dignidad humana y la responsabilidad compartida.
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Esta publicación comparte tres momentos complementarios: en primer lugar, una breve presentación del documento Quo vadis, humanitas? de la Comisión Teológica Internacional; en segundo lugar, se ofrece la reflexión de un especialista que explora y comenta su contenido y aportes; y, finalmente, se comparte la reseña completa —más extensa— elaborada por el medio oficial de la Santa Sede. Compartimos también videos de conferencias y análisis de otros expertos que ayudan en la comprensión del texto.
Presentación del documento
Quo vadis, humanitas? – ¿Hacia dónde vas, humanidad? es el título del documento de la Comisión Teológica Internacional (CTI) sobre el papel de la tecnología en nuestros días, aprobado por León XIV. Este documento, según cita en sus propias páginas, no es un mero análisis técnico sino “una propuesta teológica y pastoral” que reivindica la vida como “vocación integral” en un tiempo marcado por una “aceleración tecnológica sin precedentes”.
Inspirado en la constitución pastoral del Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, el documento retoma el diálogo “abierto” con el mundo contemporáneo y la visión del ser humano “integral, en la unidad de cuerpo y alma, de corazón y conciencia, de intelecto y voluntad”. En ese marco sitúa las tensiones actuales entre transhumanismo y poshumanismo. Mientras el primero busca mejorar las condiciones de vida superando límites biológicos, el segundo alimenta el “sueño” de sustituir al hombre por el cíborg. Frente a ambos, la fe cristiana “impulsa a buscar una síntesis” en Cristo.
La IA puede generar economías “ingobernables”
Según la CTI, “la tecnología digital ya no es solo una herramienta, sino que constituye un verdadero entorno de vida”. Por ello, incluso la palabra “universal” ya no significa lo mismo: antes hacía referencia a una naturaleza común, ahora a lo que se comparte globalmente por Internet. Y cuando “lo artificial relativiza lo natural como referencia normativa” se genera empobrecimiento y “gran injusticia social”, especialmente en el Sur global.
Se advierte igualmente de que la IA puede generar políticas y economías “incontrolables y, por tanto, ingobernables”, con el consiguiente riesgo de “control social y manipulación”. En la “infosfera” —como la llama la CTI—, los medios ya no son “instrumentos neutrales” y, por tanto, el debate se “tribaliza”. Como consecuencias, cita “la crisis actual de las democracias occidentales” y la dificultad para reconocer “lo que nos une como seres humanos”.
Evangelio como “contracultura”
Este documento presenta el Evangelio como “contracultura” alternativa a “la amnesia de la cultura” y “un presente cerrado en sí mismo”. Denuncia la tendencia a ver la existencia de los pobres como “daños colaterales” del progreso y reafirma que “toda existencia humana tiene un valor infinito en sí misma” y que nadie es “superfluo”. Finalmente, critica una “cultura de la no-vocación” que roba esperanza a los jóvenes, advierte de que negar la existencia del cuerpo sexuado “borra la identidad corporal real”. Y concluye que “el futuro de la humanidad no se decide en los laboratorios de bioingeniería, sino en la capacidad de habitar las tensiones del presente”.
Una valoración
Según Giovanni Tridente especialista en ética de la IA y autor de Anima Digitale, “el documento de la Comisión Teológica Internacional ofrece una importante contribución porque recuerda que la cuestión de la tecnología es ante todo una cuestión antropológica”. También señala que el punto fuerte del documento es cómo subraya que “la dignidad de la persona no puede reducirse a sus capacidades cognitivas o al rendimiento que la tecnología promete potenciar”. En su lugar, el texto vaticano “propone utilizar la categoría cristiana de vocación, donde el hombre no es simplemente un proyecto que hay que optimizar o rediseñar tecnológicamente, sino una realidad recibida como don y llamada a desarrollarse en la relación con Dios, con los demás y con el mundo”.
Tridente explica que “la reflexión teológica deberá seguir profundizando en la relación entre la antropología y las tecnologías emergentes, tratando de comprender con mayor precisión las dinámicas reales que están transformando nuestra forma de conocer, decidir y relacionarnos”. Al fin y al cabo, “la cuestión no se refiere solo a lo que las máquinas pueden hacer, sino también a lo que estamos dispuestos a delegarles de nuestros procesos cognitivos. Solo así será posible ofrecer pistas de discernimiento capaces de acompañar verdaderamente al hombre en la era de la inteligencia artificial”, concluye el experto italiano.
LEER. Quo Vadis, Humanitas? (completo)
VIDEO. P. Javier Prades, Presidente Subcomisión CTI sobre Quo Vadis Humanitas?
Análisis del documento (Fundación Pablo VI)
No es un texto improvisado. Resultado oportuno. Y tiene una fundamentación muy seria y relevante. Se enmarca en la conmemoración del 60 aniversario de la Gaudium et spes del Concilio Vaticano II. Busca promover un humanismo integral y solidario (n. 7). Se orienta en positivo hacia una propuesta teológica y pastoral de la vida humana entendida como vocación (n. 18).
El subtítulo, pensar la antropología cristiana ante algunos escenarios futuros de la humanidad, refleja a las mil maravillas el sentido del texto: estamos implicados en una exploración nueva del misterio del ser humano en cuanto tal (n. 5). Y es que los desafíos de la biotecnología, de la robótica y de la IA, y también los que plantea el imaginario cultural dominante, ponen en cuestión la experiencia elemental que el ser humano tiene de sí mismo.
El primer capítulo está dedicado a la noción de “desarrollo” porque, señala la Comisión, en cualquier acepción en que se la considere, esta categoría implica una comprensión axiológica y antropológica a partir de la cual se puede juzgar si un ideal cualquiera conlleva progreso o retroceso. Late en su corazón la idea de desarrollo humano integral que ya expresara Pablo VI en Populorum progressio, santo y seña de toda la Doctrina Social de la Iglesia desde entonces.
El núm. 51 me parece especialmente esclarecedor: “El impacto de la transformación antropológica vinculada al desarrollo científico y tecnológico deja huellas sin duda en el imaginario social de la cultura de masas, pero alcanza su expresión más fuerte en los movimientos del transhumanismo y del posthumanismo. El estudio de los mitos elaborados por la cultura de masas respecto al futuro de la humanidad (ciencia ficción, distopías) y el análisis crítico de los principios fundacionales de los movimientos transhumanista y posthumanista desvelan el significado y el alcance de los cambios antropológicos en curso”.
El capítulo segundo (La vida como vocación: la persona humana como actor en la historia) abarca los números 63 a 105. Se parte de una idea clave en todas las antropologías del siglo XX: el ser humano es un sujeto histórico y cultural, capaz de transformar la naturaleza, de cultivar su humanidad y de dar un significado a la historia (n. 65). ¿Por qué resulta nuclear esta idea? Porque, como se dice en el documento, en la actualidad se advierte una pérdida del sentido de la historia y una reducción de la experiencia al instante fugaz, con una concentración ambigua en el hoy (n. 68).
Me parece muy valiente la afirmación del núm. 71: “Muchas de estas situaciones son fruto de una economía globalizada que favorece un único modelo cultural masificado, en el que los poderes fuertes se consolidan y protegen sus propios intereses a expensas de las culturas más débiles”. En este capítulo se reflexiona también sobre el espacio (no el sideral sino el que habitamos en esta tierra), de cómo la transformación de la movilidad repercute en la experiencia humana de ese espacio y cómo la mera organización global del espacio no nos vuelve más hospitalarios y abiertos a los otros.
Vienen a continuación unos números dedicados a las relaciones y sentido de pertenencia, a la intersubjetividad. De ahí destaco, sobre todo, la siguiente afirmación: “La familia, al ser comunidad originaria, encuentra en el niño –propiamente en el hecho de que se recibe y llega a la conciencia de sí mismo a través del don sonriente de los padres– una realización particularmente significativa de la existencia humana que ningún transhumanismo o posthumanismo puede olvidar” (n. 87). Se recupera la noción de pueblo, en su doble significado secular y religioso. También el valor de la tierra, entendida como el lugar simbólico de una cultura y de una identidad de pueblo.
Frente a un modelo de la persona sin vocación, el documento considera que esta existencia personal, que se sitúa en una historia, en un tiempo y en un espacio concretos, que se despierta a la conciencia de sí misma en el seno de unas relaciones que manifiestan la pertenencia que la precede y la fundamenta, encuentra su significado pleno y radical en una interpretación de la vida como vocación. Efectivamente, “el amor eterno del Padre excluye que la existencia de las personas sea fruto de la necesidad o del azar: cada existencia humana tiene un valor infinito en sí misma. Se entiende desde esta perspectiva que el ser humano no pueda ser sometido a ninguna medida exclusivamente de orden político, económico o social que disminuya su dignidad infinita” (n. 100).
El tercer capítulo lleva por título “el don de la vida y de la comunión ante diferentes escenarios sobre el futuro de lo humano” (nn. 106-127). Es la parte del documento que me ha resultado menos interesante, a pesar de ser, en mi opinión, la que podría haber sido la aportación más valiosa del texto. Me llama la atención, positivamente, la reflexión que se hace sobre la discapacidad en el núm. 118. Destaco también la advertencia del núm. 126: “Conviene evitar los excesos de ciertas sociedades avanzadas, sobre todo en Occidente, que tienden a considerar a algunos animales, especialmente los domésticos, casi como personas. Es necesario evitar las tentaciones recíprocas de humanizar a los animales y de reducir a los seres humanos a animales”.
Llegamos así al último capítulo: “La humanidad afirmada, salvada y elevada” (nn. 128 a 158). Su intención aparece claramente expresada en el primer número del capítulo: “No se trata de acelerar el desarrollo hacia nuevas formas de vida, sino de sostener el camino de los pueblos y de las personas, ofreciendo una finalidad y un sentido que permitan a todos y a cada uno realizar la propia vocación, plasmando la identidad de hijas e hijos de Dios en una fraternidad universal. Los sueños del transhumanismo y del posthumanismo presumen de simplificar las tensiones que atraviesan la experiencia humana. Pero esos proyectos, bien mirado, aparecen como deshumanizadores”.
Y es que la condición humana aparece marcada por tensiones o polaridades irreductibles, que no se deben interpretar mediante una lógica dualista y que se deben asumir a la luz de ese carácter prometedor que brota del don. La Comisión subraya que la persona humana no puede explicarse solo como resultado de la evolución de la materia. Es en ese contexto en el que se recoge la famosa frase de san Agustín: Nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti (n. 138). El documento se detiene brevemente en la experiencia humana del drama del pecado y de la gracia (nn. 139-147). Es un resumen apretado y, como tal, denso. Cabe preguntarse si, dada la naturaleza del documento, era necesario incluirlo.
Echando mano de la Gaudium et spes, en el último apartado de este capítulo se desarrolla una idea básica de la antropología cristiana: el misterio del hombre solo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Reconoce, por tanto, los rasgos cumplidos de lo humano a la luz de la humanidad de Jesús de Nazaret. “No vamos más allá de Jesucristo, sino que buscamos alcanzarlo, entrando cada vez más profundamente en su misterio pascual”, leemos en el n. 150.
Me parece importante recoger en su totalidad el párrafo con el que finaliza este apartado: “La reflexión teológica sobre la experiencia humana y sobre el proceso de maduración de la identidad que hemos descrito se fundamenta en la economía sacramental de la salvación. Para (re)elaborar y proponer una cultura plenamente humana, capaz de mirar al futuro y de enfrentarse también con los desafíos y los malentendidos fundamentales que se expresan en el transhumanismo y el posthumanismo, esta reflexión teológica debe ir acompañada de la aportación de otras ciencias y de las artes. Por eso, es oportuno invitar a las personas e instituciones involucradas en los ámbitos económico-social, académico, artístico, cultural y político a colaborar con este fin.
El objetivo es desarrollar nuevas modalidades de pensamiento y acción, de forma interdisciplinar y transdisciplinar, a partir de los intercambios que ya están en marcha. De este modo, la antropología teológica podrá traducirse en experiencias vividas y concretas, tanto a nivel personal como social, especialmente en el campo educativo y cultural. Hoy más que nunca, ante los desafíos de una humanidad que mira al futuro con esperanza e incertidumbre, hace falta el diálogo y la cooperación interdisciplinar y transdisciplinar. Esta debe saber traducir la riqueza inagotable de la experiencia humana según el designio bueno de Dios Padre” (n. 158).
El apartado de cierre del documento, con el título “el don de la divinización como humanización verdadera”, me parece redundante, no aporta nada y, en mi opinión, no cumple con lo que debiera ser una conclusión. Es más, tanto el n. 163 (la Madre plenamente humana) como el 164 (el desafío de los pobres), los dos últimos números del texto, me parecen metidos con calzador. En cualquier caso, fuera de esas debilidades que he señalado, de lo dicho hasta ahora se deduce claramente que se trata de un aporte significativo al actual debate social, cultural y político sobre la gobernanza que debemos ejercer ante este cambio de época que estamos viviendo.
No debiéramos ser indiferentes ante unas cuestiones que no son -en absoluto- abstractas, ni dejar estos asuntos en manos de quienes puedan tener poderosos intereses económicos. En este sentido, debemos felicitar a la Santa Sede, la cual, a través de diversos organismos, incluida la voz autorizada de los Papas, ha entrado de lleno en este debate desde hace ya unos años. Me consta, además, que es una aportación que se escucha con atención y se acoge muy positivamente.
VIDEO. “No se puede hacer una revolución tecnológica que haga más pobre a los pobres”
Reseña completa de Vatican News
Quo vadis, humanitas? – ¿Hacia dónde vas, humanidad?. El título del nuevo documento de la CTI, resume perfectamente sus motivos fundamentales y su objetivo final: hoy, ante una aceleración tecnológica sin precedentes, la teología quiere ofrecer “una propuesta teológica y pastoral” que entiende la vida humana como “vocación integral” y “corresponsabilidad hacia los demás y hacia Dios”, a la luz del Evangelio. Es fundamental la referencia a la Constitución conciliar Gaudium et spes, publicada hace casi 61 años: el documento de la CTI toma prestado tanto el diálogo “abierto” entre la Iglesia y el mundo contemporáneo como el concepto del ser humano “integral, en la unidad de cuerpo y alma, de corazón y conciencia, de intelecto y voluntad”.
El desarrollo entre transhumanismo y poshumanismo
El primero de los cuatro capítulos del texto está dedicado al desarrollo, caracterizado por dos polos: el transhumanismo y el poshumanismo. El primero engloba la voluntad de mejorar concretamente, a través de la ciencia y la tecnología, las condiciones de vida de los pueblos, superando sus límites físicos y biológicos. El segundo vive el “sueño” de sustituir incluso al ser humano, enfatizando el cyborg, es decir, el híbrido que difumina la frontera entre el hombre y la máquina. Entre estos dos polos se sitúa la fe cristiana, que “impulsa a buscar una síntesis” de las tensiones humanas en Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado.
Lo digital como ambiente de vida
Tras un rápido repaso de la relación entre desarrollo y tecnología en el magisterio más reciente —desde san Juan XXIII hasta Francisco—, el documento se centra en particular en la tecnología digital, a la luz de las reflexiones de León XIV. “La tecnología digital —precisa— ya no es solo una herramienta, sino que constituye un verdadero entorno de vida”, ya que estructura las actividades humanas y las relaciones. Por eso, la era digital ha inaugurado un nuevo horizonte de sentido: “Cambia igualmente la noción de lo que es universal, que en vez de remitir a una naturaleza común alude a lo que se comparte en la conexión global”.
La deuda ecológica y la soledad de lo virtual
De ello se derivan diversos riesgos: en el ámbito ambiental, la expansión del mundo artificial conlleva una economía basada en la explotación ilimitada de los recursos, en nombre del máximo beneficio. “Una trágica consecuencia” de ello es la deuda ecológica entre el Norte y el Sur del mundo, la urbanización “salvaje e ilegal” y las políticas extractivas contaminantes. En la relación con los demás, la revolución digital puede llevar al individuo a sentirse insignificante y perdido en un flujo ingobernable y desestabilizador de información, entre contactos meramente virtuales, sin tiempo ni lugar.
“En resumen, lo artificial relativiza lo ‘natural’ como referencia normativa para el actuar humano, y causa en amplias regiones de la Tierra -especialmente en el Sur del mundo- fenómenos de empobrecimiento en la vida de poblaciones enteras, provocando situaciones de gran injusticia social”.
El crecimiento del poder de la IA
Así, emerge cada vez con mayor fuerza el poder de la Inteligencia Artificial, tanto la entendida en sentido estricto (IA) como la general (IAG). La primera puede procesar rápidamente grandes cantidades de datos, de un modo no siempre controlable por el ser humano, las empresas o los Estados, resultando por ello poco fiable. La segunda, mucho más invasiva, en el futuro será capaz de sustituir todos los aspectos de la inteligencia humana, tanto computacionales como operativos, con consecuencias profundas y radicales. En un mundo tan hiperconectado —afirma el texto—, las dinámicas económicas, políticas, sociales o militares corren el riesgo de volverse “incontrolables y, por tanto, ingobernables”, y aumenta el peligro de “control social y manipulación”.
La pérdida de neutralidad en los medios de comunicación
La comunicación también sufre las repercusiones de este escenario: aunque se subrayan las ventajas del desarrollo tecno-científico en este ámbito —como, por ejemplo, “una ciudadanía activa”, “una información directa y participativa” y “una información independiente” que permite, por ejemplo, denunciar la violación de los derechos humanos—, la CTI advierte sobre “un mercado infinito de noticias y datos personales, no siempre verificables y muchas veces manipulados”. En esencia, hoy los medios de comunicación no son “instrumentos neutrales” y, por lo tanto, su influencia sobre la ética y la cultura interpela directamente a la antropología.
La infosfera y la crisis de las democracias occidentales
En esta “infosfera”, el individuo se muestra cada vez más inseguro respecto a su propia identidad y, por ello, reclama el reconocimiento de los demás: un reconocimiento que debe conquistarse incluso “falseando la realidad” o afirmando los propios derechos “contra el otro”. De ahí surgen conflictos sociales que a menudo se convierten en conflictos identitarios. Y también de ahí brota “la crisis actual de las democracias occidentales”, inconscientes de la “creciente dificultad” para reconocer, de manera compartida, “lo que nos une como seres humanos”. Además, cuando la opinión se homologa mediante los “me gusta”, el debate político se “tribaliza”, es decir, se fragmenta en grupos fuertemente polarizados que se enfrentan de manera “conflictiva y violenta”. En definitiva —subraya la CTI—, falta ese “diálogo social” que construye el consenso desde la base, apoyado en “vínculos solidarios”.
El human enhancement y la búsqueda de equilibrio entre tecnología y ser humano
La revolución de la información también cambia la manera de percibir el conocimiento, cuyo horizonte podría reducirse únicamente a aquello que la IA puede procesar. Los principios de la filosofía, la teología o la ética podrían considerarse entonces cuestiones subjetivas o de “gusto” personal. Algo similar podría ocurrir con la corporeidad: si, por un lado, son valorables los avances de las biotecnologías para la salud y el bienestar de muchos pueblos, por otro el documento advierte sobre la difusión del “culto al cuerpo”, especialmente en Occidente, donde se tiende a la “figura perfecta, siempre en forma, joven y bella”.
Igualmente riesgoso es el human enhancement: en sí mismo, este término indica todas aquellas tecnologías biomédicas, genéticas, farmacológicas y cibernéticas orientadas a mejorar las capacidades del ser humano. Pero si tal concepto se entiende “sin límites ni cautelas”, entonces se vuelve urgente una reflexión sobre la necesidad de equilibrio entre “lo técnicamente posible y lo humanamente sensato”.
La relación entre lo digital y la religión: luces y sombras
Amplia es también la reflexión sobre la relación entre la tecnología digital y la religión: en este ámbito existen tanto aspectos positivos —como la facilidad para el conocimiento y la información— como negativos. Entre estos últimos, se señala la creación en la web de “un gigantesco ‘mercado religioso’ que ofrece una elección a la carta según los intereses individuales”, así como cierta comunicación cristiana que, en las redes sociales, se utiliza para “alimentar polémicas e incluso destruir la buena fama de otras personas”. No solo eso: en esta “metamorfosis en el modo de creer”, la propia tecnología termina por fungir como “guía espiritual y mediadora de lo sagrado”, con casos extremos de “bendiciones y exorcismos virtuales y espiritualismo digital”. Tampoco faltan formas de “neo-gnosticismo” que, en nombre de una humanidad libre de todo límite, comunidad e historia, consideran la religión únicamente como un obstáculo para la investigación y el progreso.
La cultura de la anamnesis y la amnesia de la cultura
El segundo capítulo del documento se enfoca en la vocación integral: la experiencia humana debe considerarse en las categorías concretas de tiempo, espacio y relación. Hoy —explica la CTI— se ha perdido el sentido de la historia; todo se reduce a un “presente cerrado en sí mismo” y “la cultura de la anamnesis” ha cedido el lugar a la “amnesia de la cultura”. Ya no existen tradiciones vividas, sino datos procesados que pueden recuperarse en cualquier momento desde una computadora. La tecnología hace que todo sea contemporáneo, pero “un presente que ya no conoce un pasado no tiene ningún futuro”, ni tampoco esperanza. Esto puede dar lugar a “formas de revisionismo y negacionismo”, así como a “falsas culturas” (del desperdicio, de los muros, del aislamiento) o a “populismos”.
Frente a todo ello, el Evangelio se presenta como una “contracultura” por dos razones: porque valora y promueve todas las dimensiones auténticamente humanas y porque, en la “aceleración horizontal” que sufre la historia, el Verbo le ofrece un sentido, es decir, Jesucristo, punto de encuentro entre el tiempo del hombre y la eternidad de Dios.
El fenómeno de la “urban age”
Es amplia la reflexión sobre el espacio, sobre todo frente al fenómeno de la “edad urbana”, es decir, la formación de regiones metropolitanas que unen centros y periferias en espacios enormes, no exentos de problemas, como la falta de servicios esenciales. Además, la cultura global y la facilidad en la movilidad hacen que el hombre sea “ciudadano del mundo”, pero también un “nómada” errante en no-lugares anónimos y uniformes, como los aeropuertos y centros comerciales. “Así se pierde la figura del peregrino”, señala el documento, es decir, aquel que, sin perder la relación con su tierra, se pone en camino para responder a la llamada de Dios.
La diferencia entre frontera y umbral
El espacio global ya no hace que seamos más hospitalarios ni abiertos al otro. Al contrario, provoca “reacciones identitarias fuertes”, aumenta los “sentimientos de invasión” que ven en el otro una amenaza, y crea fronteras allí donde los cristianos ven “umbrales”, es decir, “zonas que ponen en contacto” con el prójimo. Cristo, de hecho, “abre el espacio de los pueblos y de las personas”, convirtiéndolo en un lugar hospitalario, sin muros ni cerrazones, en un presente salvífico, en camino hacia un futuro trascendente.
Las relaciones como barrera frente a la globalización uniformadora
Así, la relación, la intersubjetividad entendida como la pertenencia del hombre a una familia, a un pueblo y a una tradición. Estas pertenencias, señala el documento, moldean la identidad personal y constituyen “casi un dique frente a la expansión de la globalización uniformadora”. El núcleo familiar, de hecho, sobre todo en el “hacerse uno como hombre y mujer en la fecundidad del hijo”, expresa la “plenitud y la promesa” del don de la vida.
Del mismo modo, el pueblo se realiza “en la compartición” de una cultura y de una tierra, oponiéndose así a una visión “cosmopolita, anónima y globalizada” que anula las diferencias y las identidades propias. La unidad en la diversidad es, en cambio, el principio que la CTI evoca en nombre de la “fraternidad” y de la “amistad social”. En este contexto también se sitúa el “pueblo de Dios que es la Iglesia”, cuyo camino se funda en la fe y está abierto a las diferencias para un “proyecto unitario más grande”.
Los pobres no son “daños colaterales” de la tecnología
Central, en este segundo capítulo, también es el principio del bien común, con un llamado a las instituciones financieras para que estén “atentas a la economía real más que a las lógicas del lucro” y no pierdan el enfoque ético ni la solidaridad hacia los más frágiles. Asimismo, “el misterio de la Cruz” llama la atención sobre el punto de vista de las víctimas; por lo tanto, sin justicia ni consideración hacia los más débiles, no puede haber “un cumplimiento humano” de la historia. Al respecto, un punto específico del documento exhorta también a dirigir la mirada hacia los más pobres que, debido al poder tecnológico, corren el riesgo de convertirse en “daños colaterales” que se quieren eliminar “sin piedad”.
La dignidad infinita de toda vida humana y la oración
La vocación integral del ser humano también se orienta hacia la realización en el amor: la vida de cada uno es fruto “del amor creativo del Padre” que lo amó incluso antes de formarlo. Esto significa que “toda existencia humana tiene un valor infinito en sí misma” y que el hombre no puede estar sujeto a ninguna medida —política, económica o social— que disminuya “su dignidad infinita”. La percepción de la vida como don también hace que nadie deba sentirse “superfluo” en el mundo, porque todos estamos llamados a responder a un proyecto pensado por Dios para nosotros, que somos sus hijos y que nos dirigimos a Él en la oración. Una actitud que “califica a la humanidad”: la oración expresa, de hecho, la humanidad que se entrega más allá de sí misma, sin disolverse ni auto-proyectarse.
La cultura de la no-vocación quita esperanza a los jóvenes
Desafortunadamente, hoy, sobre todo en Occidente —subraya el documento— se fomenta una “cultura de la no-vocación” que priva a los jóvenes de una apertura al sentido último de la existencia, así como de la esperanza. El futuro, entonces, se reduce a la elección del trabajo, al lucro económico, a la satisfacción de necesidades materiales. Al contrario, la “cultura de la vocación” es más necesaria que nunca para permitir el correcto proceso de maduración de la identidad de la persona y de los pueblos.
La identidad madura en el amor
Y es precisamente la identidad el tema del tercer capítulo: “Ningún ser humano puede ser feliz si no sabe quién es”, afirma la CTI; por lo tanto, cada uno debe asumir “la tarea” de convertirse en sí mismo y de transformar el mundo según el diseño de Dios. Además, como hijos amados del Señor, los seres humanos maduran su identidad sobre todo en el amor. Pero existen otros factores —culturales, naturales, sociales y religiosos— que hacen que la identidad sea particularmente compleja. Por ello, debe buscarse principalmente en el corazón, “el centro de la persona”, donde se crea unidad y se construyen vínculos auténticos, en una relación justa con el mundo.
Corporeidad y discapacidad
Para moldear la propia identidad es necesario además “aceptar el cuerpo sexuado, visto como un don y no como una prisión que nos impide ser verdaderamente nosotros mismos, ni como material biológico para modificar”. En este contexto, la discapacidad también adquiere un valor relevante: “Sin perjuicio de que las discapacidades congénitas no son directamente queridas por Dios”, explica el documento, es necesario defender la dignidad infinita de cada persona, abrazando su “condición particular”, porque ésta también “puede ser ocasión de bien, de sabiduría y de belleza”.
Las relaciones interpersonales y con el cosmos
Del texto surge con claridad la importancia de las relaciones interpersonales, porque cuanto más las vive el hombre “de manera auténtica”, más madura “su propia identidad personal”. Ser un don para los demás se convierte, entonces, en la manera en que la persona responde a la llamada de una “comunión social” que se realiza en la “capacidad de acoger a los demás, estableciendo vínculos sólidos”, basados en el diálogo, la escucha y el derecho a ser uno mismo y a ser diferente.
Se ofrece también una reflexión sobre la relación entre la humanidad y el cosmos. Este no puede reducirse a mero “objeto” —se subraya— ni puede ser “humanizado”, como sucede sobre todo en Occidente con los animales domésticos. Más bien, los seres humanos deben asumir el papel de “administradores responsables” de la Creación, convirtiéndose en agentes de la evolución del universo físico, “pero siempre respetando sus propias leyes”.
Las tensiones polares de la identidad humana
El cuarto y último capítulo del documento analiza la dramática condición del proceso de realización de la identidad humana, el cual atraviesa diversas “tensiones o polaridades” entre material y espiritual, masculino y femenino, individuo y comunidad, finito e infinito. Estas tensiones, se explica, “no deben interpretarse bajo una lógica dualista, sino como unidad de los dos”, mostrando así “el justo e irrenunciable valor de la diferencia”. La referencia es a la “vida trinitaria”, en virtud de la cual la relación entre dos no se cierra sobre sí misma, ni anula al otro, sino que “se abre al cumplimiento en el tercero”.
Sobre todo, a través de estas oposiciones polares, “permanece intacto el don originario que precede y funda”. La “armonía perfecta” entre las Personas trinitarias llama a la fraternidad universal y se expresa de manera culminante en la Eucaristía, que “regenera las relaciones humanas y las abre a la comunión”.
Masculino y femenino son un don de Dios, no una variable contingente
Hay dos énfasis en particular: en la tensión entre masculino y femenino, se subraya que la identidad del hombre y de la mujer “no es una variable contingente” que pueda moldearse de manera independiente o en contraste con su significado “originario y permanente”; ni es “una propiedad que se gestione” subjetivamente. Al contrario, esta identidad es un don de Dios. En consecuencia, la tendencia actual a “negar o querer ignorar esta diferencia natural” se convierte en “una forma peligrosa de borrar la identidad corporal real”, en favor de una “auto-contemplación endogámica”. Desde la perspectiva teológica, en cambio, la tensión hombre/mujer encuentra su adecuada perspectiva en la vocación a la unidad de los dos “con idéntica dignidad”.
Los orígenes de la crisis ecológica
El segundo énfasis se refiere a la polaridad entre material y espiritual: cuando se pierde “la armonía” entre estas dos dimensiones, todas las cosas dejan de ser “signos de un misterio más grande” y se reducen a “material para manipular arbitrariamente con vistas únicamente al lucro”. Y esto es “la raíz de la crisis ecológica actual”, la cual también se refleja en las relaciones entre las personas y entre los pueblos, en una “expansión de la conflictividad humana”. Así, la fraternidad universal, “inscrita en el origen común”, deja de ser reconocida y, de hecho, es “constantemente ofendida”. Desde el punto de vista teológico, en cambio, la tensión entre material y espiritual encuentra su “significado pleno” en la resurrección: gracias a ella, el ser humano es salvado por completo, en cuerpo y alma.
El ejemplo de la Virgen María
En conclusión, el documento de la CTI subraya con claridad que “el futuro de la humanidad no se decide en los laboratorios de bioingeniería, sino en la capacidad de habitar las tensiones del presente”, sin perder el sentido del límite y de la apertura al misterio de Cristo resucitado. Ejemplo admirable de ello es la Virgen María: quien acogió libremente el don de Dios se convierte en “el paradigma” del ser humano que se realiza en plenitud. La “verdadera humanización, entonces, será dejarse ‘divinizar’ por un Amor que nos precede y nos hace protagonistas de una humanidad nueva”.
VIDEO. Quo vadis, Humanitas? Antropología, transhumanismo e IA
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Fuentes
- Moreno, R. (2026, 4 de marzo). Frente a la tentación de sustituir al ser humano por robots, el Vaticano llama a la “síntesis” en Cristo. Revista Alfa y Omega.
- Piro, I. (2026, 4 de marzo). La sfida epocale dell’antropologia cristiana nell’era dell’Intelligenza Artificiale e del Postumanesimo. L’Osservatore Romano.
- Amor, J. R. (2026, 13 de marzo). Quo vadis, humanitas? – Análisis, actualidad. Fundación Pablo VI.
- WHIS News (2026, 5 de marzo). Quo Vadis, humanitas? The Vatican Asks Where Humanity Is Headed. World Health Innovation Summit.
- García, J. (2026, 4 de marzo). El Vaticano publica el esperado documento sobre IA y Transhumanismo. Omnes.
- Videos: Ecclesia COPE – Universidad Eclesiástica San Dámaso (UESD) – Bioética Red – Conferencia Episcopal de México (CEM)
- Foto: Lola Gomez (Catholic News Service)

