La sinodalidad sí funciona: sobre el éxito del Sínodo (testimonios – comentarios)

3:00 p.m. | 4 nov 23 (CM/TT).- A días de culminado el Sínodo, recogemos el testimonio de Austen Ivereigh -escritor, biógrafo del Papa e invitado asesor en la Asamblea- que explica y comenta la experiencia vivida todo el mes pasado en Roma. Coincide con muchos en que si bien no quedaron resueltas cuestiones complicadas, ahí no reside el éxito de esta cumbre: “el triunfo es la nueva forma de discernir y deliberar que, a pesar de todo (diferencias y limitaciones), demuestra que la diversidad de la Iglesia es compatible con la unidad“. Además, queda un año entero para avanzar hacia la segunda y asamblea final en el 2024. Compartimos otras reflexiones también.

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En las primeras décadas del siglo XXI, dirán los historiadores, la Iglesia católica buscó una nueva forma de proceder que le permitiera encaminarse en una nueva era. El modelo clerical, centralista, jerárquico y autoritario, apenas distinguible hoy en día de una corporación, fue construido para sobrevivir e incluso prosperar en la modernidad. Pero ya no es viable en una época en la que la propia modernidad ha colapsado. Entonces, ¿cómo reconfigurar la cultura interna de la Iglesia para permitir que todos participen en su misión y se dejen guiar por el Espíritu, como prometió Jesús?

No se quiere adoptar una democracia parlamentaria eclesial, como han hecho las iglesias protestantes liberales. Los partidos y los debates dirimidos por los votos endurecen la división en lugar de trascenderla. El reto consiste, en cambio, en recuperar un modo católico de proceder para nuestro tiempo, extraído de la propia tradición de la Iglesia de sínodos, concilios y reuniones capitulares que permitan el crecimiento del consenso a lo largo del tiempo. Lo que solía ser el modus procedendi normal de la Iglesia (antigua, primitiva) puede volver a serlo, no recreando un calco de lo que una vez fue (si acaso eso fuera posible), sino reconfigurando la tradición sinodal para nuestra época.

Esto significa que los católicos deben volver a aprender a convocar y a reunirse, a consultar y a discutir y, sobre todo, a discernir, es decir, a descubrir colectivamente lo que el Espíritu Santo llama a hacer a la Iglesia. Esto requiere practicar una especie de kénosis. Nosotros, los bautizados, compartimos lo que vemos que hace el Espíritu, y prestamos mucha atención a lo que ven los demás. De este modo, llegamos al tipo de consenso descrito en el capítulo XV de los Hechos de los Apóstoles, que nos permite declarar: “Al Espíritu y a nosotros nos ha parecido”. Ese es el objetivo. Y sólo llegaremos a ello mediante una conversión que sea simultáneamente cultural, espiritual y estructural. Un medio para esa conversión es una travesía de tres años conocida como el Sínodo sobre la Sinodalidad, el intento más significativo de renovación desde el Concilio Vaticano II, y posiblemente el mayor fruto de ese Concilio.

La decimosexta asamblea del Sínodo de los Obispos que acaba de concluir en Roma inició la última parte de ese recorrido, que terminará con la asamblea final en octubre de 2024. Las dos partes precedentes fueron innovaciones. La primera fue la fase diocesana o nacional, desde finales de 2021 hasta la primera mitad de 2022, en la que los católicos de a pie de todo el mundo se reunieron para compartir sus esperanzas y preocupaciones sobre la Iglesia y reflexionar sobre lo que podría significar convertirse en sinodales. La segunda parte -de octubre de 2022 a julio de 2023- fue la fase continental, en la que siete regiones del mundo (Europa, América del Norte, América Latina, Asia, África, Oceanía y Oriente Medio) organizaron “asambleas del pueblo de Dios” para considerar los frutos de la primera fase. Las asambleas variaron, pero la mayoría fueron eventos de cuatro días a los que asistieron una mezcla de obispos, sacerdotes, religiosos y laicos enviados por cada conferencia episcopal de ese continente.

Los informes que resumían los frutos de cada cumbre se estudiaron y sintetizaron en el Instrumentum laboris, o “documento de trabajo”, para la asamblea de Roma del 4 al 19 de octubre. Pero, a diferencia de los documentos de trabajo de todos los sínodos de obispos anteriores, no se trataba de un borrador de texto sobre el que trabajar, sino de una serie de preguntas a las que había que responder mediante el discernimiento de treinta y cinco circoli minori (grupos) de unas diez personas cada uno. Cada grupo se comunicó en una de las cinco lenguas del sínodo: catorce en inglés, ocho en italiano, siete en español, cinco en francés y uno en portugués.

La decisión de celebrar toda la asamblea sinodal en pequeños grupos fue transformadora. En lugar de utilizar la sala de estilo teatro – auditorio del edificio Pablo VI del Vaticano, se distribuyeron mesas redondas con pantallas, micrófonos y cámaras giratorias por la sala de audiencias del edificio, un lugar familiar para los peregrinos que asisten a la Audiencia General con el Papa en invierno.

Era un espectáculo sorprendente, sobre todo por la diversidad de cada circulo minore. De los 364 madres y padres sinodales (los que tienen voz y voto), el 75% eran obispos, la mayoría delegados de sus conferencias de todo el mundo. Al fin y al cabo, se trataba de un sínodo de obispos. Pero el otro 25% eran lo que el Vaticano describió como “miembros no investidos del munus episcopal que participaron como testigos en el proceso sinodal”. Estos no obispos eran clérigos (incluido un diácono permanente), religiosos y laicos enviados por los organismos continentales: diez de cada uno, lo que hacía un total de setenta. Al igual que los obispos, procedían de todos los rincones del planeta.

Se informó ampliamente de que, por primera vez, cincuenta y cuatro mujeres -el 15% del total- podían intervenir y votar como miembros de pleno derecho. Esto es cierto, pero sólo es parte de la historia: también podían hacerlo los laicos y religiosos de ambos sexos, así como los sacerdotes y diáconos. Algunos de estos miembros no obispos estaban presentes ex officio, en virtud de representar, por ejemplo, a las uniones de órdenes religiosas. Pero un número significativo estaban allí ex nomine pontificia, nombrados por el Papa porque dirigían organizaciones que sirven y representan a personas con discapacidad o migrantes o personas LGBT. El Papa quería que en la sala se oyeran también voces de los márgenes.

Todos los miembros, sin importar su procedencia, estaban presentes como iguales, con la misma oportunidad de hablar dentro de los grupos y de dirigirse a la asamblea. Los grupos utilizaron un método llamado “conversación espiritual” (o conversación en el Espíritu), considerado ahora como el método sinodal por excelencia. En primer lugar, tras un silencio orante, todos escucharon paciente y atentamente las reflexiones preparadas por cada miembro. Tras otro periodo de silencio, se les invitó a compartir las “resonancias” que les había producido lo que habían escuchado. Con la ayuda de decenas de facilitadores -que no eran miembros- cada grupo entabló un debate más libre, en el que se identificaron los puntos de convergencia o divergencia y se sugirieron formas de avanzar, ya fueran propuestas concretas, preguntas a las que había que dar respuesta o cuestiones sobre las que había que seguir reflexionando.

Durante las “congregaciones generales” -como pauta al trabajo en círculos menores y a las que solía asistir el Papa, que escuchaba atentamente e intervenía ocasionalmente- un relator elegido por cada grupo leía un resumen de tres minutos de lo reflexionado ante toda la asamblea. Luego seguía media jornada de “intervenciones libres”, en las que cada uno podía pedir la palabra sobre lo que había escuchado. Por último, los treinta y cinco grupos se reunieron para revisar sus informes antes de enviarlos a la secretaría.

De este modo, la asamblea trabajó a lo largo de los cuatro “módulos” del Instrumentum laboris, de sesenta páginas, formando nuevos grupos al comienzo de cada módulo. El módulo A fue una invitación a revisar todo lo sucedido desde el inicio del Sínodo en octubre de 2021 y a identificar prioridades para desarrollar la sinodalidad en la Iglesia. El módulo B profundizó en las tres dimensiones principales de la sinodalidad: comunión; corresponsabilidad en la misión; y participación, gobierno y autoridad. Estas dimensiones se exploraron mediante una serie de preguntas, como por ejemplo cómo podría la Iglesia reconocer mejor la dignidad bautismal de la mujer (B2.3) o cómo podría fortalecerse el Sínodo como “expresión de la colegialidad episcopal dentro de una Iglesia plenamente sinodal” (B3.5). Por último, en el módulo C, los grupos examinaron un borrador del documento de síntesis, revisándolo antes de votar una versión final.

Fui invitado a la asamblea no como facilitador, sino como parte de un grupo más pequeño de “teólogos”, término que abarcaba una variedad de conocimientos y habilidades considerados útiles para la asamblea. No éramos miembros, por lo que no teníamos ni voz ni voto. Estábamos sentados en mesas al borde de la sala, y nuestra tarea consistía en escuchar y leer las reflexiones de los circoli minori, junto con los diversos discursos y reflexiones al comienzo de cada módulo. Éstos estuvieron a cargo del relator general de la asamblea, el cardenal Jean-Claude Hollerich, y de los dos guías espirituales que acompañaron todo el proceso: el dominico inglés Fr. Timothy Radcliffe y la abadesa benedictina Madre Maria Angelini, quienes, en otra innovación, habían dado a los miembros un retiro de tres días previo a la asamblea. Tras escuchar y leer todo este material, trabajamos contrarreloj para redactar los informes de síntesis que destilaría el documento final de síntesis.


¿Funcionó la Asamblea sinodal?

Hablando con los miembros durante las pausas para el café a lo largo de las tres semanas, me enteré de muchas experiencias diferentes. La mayoría fueron abrumadoramente positivas. El método de la conversación espiritual permitió sorprendentes yuxtaposiciones de culturas y puntos de vista, y ayudó a los miembros a resolver tensiones y desacuerdos de forma pacífica y creativa. Todos podían hablar con total libertad, pero también tenían el deber de escuchar atentamente a los demás. Uno podía estar en total desacuerdo con lo que oía, pero también era posible comprender mejor por qué otra persona mantenía sus puntos de vista.

Un obispo africano, por ejemplo, podría considerar extraño u ofensivo hablar de la ordenación de mujeres al diaconado o de la bendición de parejas del mismo sexo, pero el mismo obispo podría estar profundamente preocupado -de un modo difícil de comprender para un estadounidense o un europeo- por la injusticia pastoral de que un hombre polígamo tenga que romper los lazos con sus esposas como condición para recibir los sacramentos. Una mujer norteamericana podría considerar la admisión al diaconado como una simple cuestión de justicia, mientras que una mujer asiática podría verlo como un intento de clericalizar la contribución distintiva de las mujeres al ministerio.

Todos estaban de acuerdo en que Jesús mantuvo unidos el amor y la verdad en perfecta armonía, y que la Iglesia debe hacer lo mismo. Sin embargo, las conversaciones revelaron profundas diferencias sobre si la verdad o la misericordia parecían ahora más amenazadas, y cuál necesitaba mayor énfasis. ¿Cuál es el mayor obstáculo para el testimonio de la Iglesia en nuestro tiempo? ¿Un moralismo que oscurece la misericordia de Dios o un inclusivismo que se aleja del desafío de la verdad de Dios? La respuesta a esta pregunta dependerá de la experiencia de cada uno y de cómo se lea esa experiencia. Aprender a caminar juntos en la inmensa diversidad de nuestra Iglesia global no es fácil. Exige mucha paciencia, confianza y, en última instancia, certeza en la acción del Espíritu para superar nuestros tropiezos y callejones sin salida.

Y no quiero dejar de lado las dificultades. Reconstruir una dinámica de grupo cada pocos días al comienzo de un nuevo módulo era agotador. Muchos dijeron que la asamblea era demasiado larga, los temas demasiado amplios, el método demasiado restrictivo, los discursos demasiado repetitivos. Hubo intentos de negar tensiones y conflictos significativos para presentar una máscara de unidad, y a veces intentos de promover un punto de vista de manera que produjera resistencia.

Para preservar la libertad de discernimiento, los participantes estaban obligados a mantener la confidencialidad, por lo que no puedo dar rienda suelta a mi instinto de escritor para ofrecer los detalles que cuentan la historia más amplia. Hubo enfrentamientos, lágrimas e incluso alguien se marchó de la sala indignado. Pero fueron casos aislados, y no debería sorprender: resultaba agotador escuchar docenas de intervenciones de tres minutos durante todo un día, sobre todo cuando algunas se desviaban del tema principal. Al final del Módulo B, se notó la tensión.

Pero lo más importante es que, a pesar de estas dificultades y dilaciones, el Sínodo funcionó. El método de la conversación espiritual fue, al menos para la mayoría de los miembros en la mayoría de los casos, un éxito notable; la mayoría abandonó la asamblea con ganas de aplicarlo a todos los niveles de la Iglesia. La simple alegría de forjar lazos más allá de las barreras era el consuelo de la asamblea, un signo inequívoco del Espíritu. Si había un don que Dios nos ofrecía allí, era la lente a través de la cual ver a la Iglesia como un todo global, en toda su variedad, en su fragilidad tanto como en su resiliencia.

Ahora comienza un periodo de evaluación y un año de discernimiento antes de la asamblea final de octubre de 2024, que tendrá que decidir sobre algunas de las principales cuestiones señaladas en el informe de síntesis. Habrá comisiones que propondrán revisiones del derecho canónico, y documentos teológicos que profundizarán y aclararán las cuestiones planteadas por la asamblea de este año. Mucho se ha aprendido ya, y mucho será sin duda diferente el próximo año. Pero al menos ahora tenemos un mapa para llegar hasta allí y una buena noticia que contar: el triunfo de una nueva forma de discernir y deliberar que, a pesar de todo, demuestra que la diversidad de la Iglesia es compatible con la unidad. Al poner en marcha la sinodalidad, esta asamblea ha demostrado que existe un modo de avanzar juntos hacia una nueva era, con la confianza de que Cristo lo hizo antes que nosotros.

VIDEO. Asamblea 2023 del Sínodo: Quiénes participan, formato y contenidos. Por Austen Ivereigh

La Iglesia empieza a soñar

El Sínodo sobre la Sinodalidad ha puesto la primera piedra para una profunda reforma de cómo la Iglesia católica lleva a cabo su misión y cómo concilia los desacuerdos que amenazan su unidad. El documento publicado al término de la etapa 2023 de la Asamblea apunta hacia una profunda renovación de la Iglesia. Entre sus propuestas figuran la ampliación del papel de la mujer en el ministerio, la obligatoriedad de la participación de los laicos en la toma de decisiones, la revisión del sistema de seminarios y del Código de Derecho Canónico de la Iglesia.

En cuanto a las mujeres diáconos, el Sínodo acordó que esta cuestión requiere un mayor discernimiento y pidió que las conclusiones de las comisiones papales anteriores sobre el tema se presenten en la parte final de la Asamblea, en octubre de 2024. No estaba previsto que esta primera fase se centrara en los temas más controvertidos de la Iglesia y formulara resoluciones drásticas. “Hoy no vemos el fruto completo de este proceso, pero con amplitud de miras podemos contemplar el horizonte que se abre ante nosotros”, dijo el papa Francisco en la homilía de la misa con la que concluyó la asamblea en la basílica de San Pedro.

El avance logrado por el Sínodo no se encuentra en los textos centrados en cuestiones particulares, sino en la aceptación generalizada de los métodos de debate y discernimiento que se adoptaron en este Sínodo por primera vez. El enfoque, radicalmente diferente, fomentó la escucha atenta y orante entre pequeños grupos de cardenales, obispos, sacerdotes y laicos sentados en mesas redondas. Los cerca de 350 madres y padres sinodales pudieron tomar la palabra y cada uno de ellos dispuso del mismo tiempo. El proceso desembocó en el espectáculo sin precedentes de cardenales de la Curia Romana sentados en mesas redondas con mujeres de Asia y América Latina. “Fue una especie de nivelación de los participantes”, dijo un delegado.

Los fatalistas que habían advertido de una conspiración para derribar la doctrina de la Iglesia y habían predicho un cisma, o un descenso a una polarización irreconciliable, se equivocaron. Cada uno de los párrafos del “documento de síntesis” final fue sometido a votación, y todos recibieron la aprobación de al menos dos tercios de los votos. El nuevo proceso se ganó a varios obispos que antes habían expresado su preocupación o se habían mostrado abiertamente escépticos ante el Sínodo… (click aquí para leer la reflexión completa).

LEER. “The Church begins to dream” del vaticanista Christopher Lamb (The Tablet)

Síntesis final reconoce que la sinodalidad es el futuro de la Iglesia

Lo que varios se llevarán del Sínodo sobre la Sinodalidad es que los 450 participantes convocados a la reunión eludieron los puntos más polémicos del orden del día: la ordenación de mujeres, el matrimonio de los sacerdotes y la acogida de los católicos LGBTQ. Después de que el Sínodo publicara la síntesis de sus trabajos, la Conferencia sobre la Ordenación de las Mujeres se declaró “consternada” por el fracaso del Sínodo, al no permitir el acceso de las mujeres a la ordenación. “Una ‘Iglesia que escucha’ pero que fracasa a la hora de transformarse por la exclusión fundamental de las mujeres y las personas LGBTQ+, no consigue modelar el propio Evangelio”, rezaba un comunicado.

El término LGBTQ no se incluyó en el documento final, lo que provocó la “decepción” de New Ways Ministries, una organización de católicos homosexuales y sus aliados, en su declaración del domingo (29 de octubre), aunque señaló que el grupo se sintió alentado por algunas de las palabras de apoyo del papa Francisco.

Pero para los organizadores del sínodo, el evento no ofreció dar respuestas definitivas sobre estos temas, sino promover el diálogo y superar la división. “Muchos piden resultados. Pero la sinodalidad es un ejercicio de escucha: prolongado, respetuoso y humilde”, dijo en el cierre de la Asamblea el cardenal Mario Grech, secretario general del sínodo. En el documento final de 42 páginas, aprobado por los 364 padres y madres sinodales con derecho a voto, la cumbre se presenta como un éxito, con la mayoría de los puntos aprobados por abrumadora mayoría, aunque ningún párrafo obtuviera pleno consenso.

Durante el evento los participantes hablaron del espíritu de fraternidad, respeto y diálogo que supera la polarización aún en los debates más divisivos. Incluso los eclesiásticos conservadores que se mostraron críticos en un principio, como el cardenal alemán Gerhard Müller y el cardenal austriaco Christoph Schönborn, coincidieron en que el sínodo había sido una experiencia positiva.

No obstante, las divisiones fueron evidentes: En las votaciones sobre los puntos individuales del documento final, 69 asistentes votaron en contra de un párrafo sobre la posibilidad de que las mujeres se conviertan en diáconos, que son ordenados para predicar en misa pero no para celebrar la Eucaristía o escuchar confesiones. Las menciones a considerar la posibilidad de sacerdotes casados obtuvieron 55 votos negativos, o el 15% de los miembros con derecho a voto… (click aquí para leer la columna completa).

LEER. “Agreement that synodality is church’s future” de la vaticanista Claire Giangravé (NCR)

VIDEO. Las propuestas del documento del Sínodo

 

VIDEO. Acaba el Sínodo… ¿y ahora qué? (RD dialoga con los cardenales Pedro Barreto y Michael F. Czerny)

Información adicional
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Fuentes

Commonweal Magazine / The Tablet / Religion News Service / Videos: Rome Reports – Religión Digital / Foto: Jesuitas.lat

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