El sentido del Adviento en nuestro mundo herido

3:00 p.m. | 9 dic 23 (NCR/CW).- Este año que comenzó con una guerra en los titulares, termina con dos. Sumemos a eso otros conflictos y crisis que nos golpean a nivel global y local. El Adviento, como preparación para celebrar el nacimiento del Niño Jesús, podría apreciarse desconectado de la realidad, o por el vértigo de las fechas, pasar desapercibido. Compartimos reflexiones que nos invitan a conseguir del Adviento más que un tiempo de alivio superficial o falso optimismo. Que motive a explorar su auténtico sentido. Y para acompañar ese camino, una guía de lecturas de la Palabra de Dios, desde el calendario del Adviento.

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Este tiempo litúrgico, de un mes de duración, suele sorprendernos a muchos, y además transcurre con rapidez. Los semestres académicos terminan, la temporada de compras se acelera y el estrés usual por los cierres y planes por fiestas llevan al límite incluso a las personas más tranquilas. Con todo eso, puede resultar difícil percatarse de la presencia del Adviento, por no hablar de dedicar algún tiempo a reflexionar sobre su significado y su importancia. Por eso es oportuno detenerse a reflexionar sobre el significado de este tiempo.

Para esta reflexión, se recurre al monje trapense, crítico social, místico y escritor Thomas Merton. En los años sesenta escribió dos ensayos que ayudan mucho a renovar la comprensión y aprecio del Adviento. El artículo de Merton de 1963, “Adviento: Esperanza o apariencia”, publicado más tarde en el libro Tiempos de Celebración, desafía a los cristianos a reflexionar más profundamente sobre lo que celebramos durante el Adviento y luego la Navidad. ¿Acogemos la auténtica esperanza cristiana o reducimos este tiempo litúrgico a la celebración de una suerte de sentimiento optimista superficial y pasajero?

Esto último, que es la forma en que muchos cristianos celebran este tiempo, puede experimentarse con demasiada facilidad como un modo de escapar de las realidades de la vida y de la historia. Por el contrario, como escribe Merton: “En Adviento celebramos la venida y, de hecho, la presencia de Cristo en nuestro mundo. Somos testigos de su presencia incluso en medio de todos sus inescrutables problemas y tragedias. Nuestra fe en el Adviento no es un escape del mundo hacia un reino lleno de lemas y comodidades que declaran que nuestros problemas son irreales, que nuestras tragedias son inexistentes”.

En ocasiones, cuando se piensa en el Adviento, estamos condicionados a tener pensamientos felices y a prepararnos para la fiesta del nacimiento del Niño Jesús. Pero este tipo de pensamiento hace un flaco favor a la radicalidad de lo que realmente celebramos como comunidad de fe que existe en un mundo herido y atormentado. Merton explica:

“Nuestra tarea es buscar y encontrar a Cristo en nuestro mundo tal y como es y no como podría ser. El hecho de que el mundo sea diferente de lo que podría ser no altera la verdad de que Cristo está presente en él, y que Su plan no ha fracasado ni cambiado: en efecto, todo se hará conforme a Su voluntad. Nuestro Adviento es la celebración de esa esperanza. Lo que es incierto no es la ‘venida’ de Cristo sino nuestra acogida a Él, nuestra docilidad y capacidad de salir a Su encuentro”.

El Adviento no pretende apartar nuestra atención del mundo y de todo lo que nos perturba en él, desde la violencia de la guerra en lugares como Ucrania u Oriente Medio, hasta los casos locales de discriminación, exclusión o maltrato. Por el contrario, el Adviento es un tiempo para recordar que Dios entró en este mundo sin coacción y voluntariamente, y que la llegada de Cristo como un niño vulnerable es un acto de solidaridad con todas las personas, pero especialmente con las que se encuentran en las posiciones más precarias de la sociedad.

En su ensayo de 1965, “The Time of the End Is the Time of No Room”, publicado en el volumen Incursiones en lo indecible, Merton describe el contexto moderno en términos sorprendentes: “Vivimos en el tiempo de la falta de espacio, que es el tiempo del fin. El tiempo en que todo el mundo está obsesionado con la falta de tiempo, con la falta de espacio, con ahorrar tiempo, conquistar espacio, proyectar en el tiempo y en el espacio la angustia producida en su interior por las furias tecnológicas del tamaño, el volumen, la cantidad, la velocidad, el número, el precio, la potencia y la aceleración”.

Subraya lo aceleradas que son nuestras vidas (¡y esto fue escrito en 1965!) y nos recuerda que es precisamente en este mundo caótico y herido donde Dios eligió entrar. Además, el Adviento que celebramos es una vigilia de gozosa esperanza, y no la de una divinidad que aparece de repente en la historia y lo arregla todo de un plumazo. Por el contrario, Dios abrazó a las personas más precarias, solidarizándose con los marginados y olvidados, los sin voz y despreciados, haciéndose uno de ellos en el tiempo y en el espacio.

Esto se olvida con frecuencia por nuestro instinto de imaginar el Adviento y la Navidad como tiempos de alegre, ingenuo y edulcorado optimismo, en contraposición a la desafiante pero auténtica esperanza del cristianismo. Esta esperanza real surge de nuestro reconocimiento de que Cristo se acerca a nosotros en nuestro quebranto, soledad y sufrimiento. Esta esperanza real está ligada a la sobria conciencia de que Dios no nos llama a huir de este mundo imperfecto y doliente, sino a entrar más profundamente en él mientras nos esforzamos por trabajar por la justicia social y la paz siguiendo el ejemplo de Jesucristo. Merton hace esta afirmación sobre el verdadero significado del Adviento y la Navidad con audacia y poesía cuando escribe:

“En este mundo, esta posada insensata, en la que no hay sitio para Él en absoluto, Cristo ha venido sin invitación. Pero como no puede sentirse como en casa en él, porque está fuera de lugar en él, y sin embargo debe estar en él, su lugar está con aquellos otros para quienes no hay lugar. Su lugar está con aquellos que no pertenecen, que son rechazados por el poder porque se les considera débiles, aquellos que están deshonrados, a los que se niega la condición de personas, torturados, exterminados. Con aquellos para los que no hay sitio, Cristo está presente en este mundo. Está misteriosamente presente en aquellos para los que no parece haber más que el mundo en su peor momento”.

Durante este Adviento, tal vez podríamos dedicar algún tiempo a pensar en una celebración de la esperanza que no encuentre su significado en el escapismo o en el optimismo superficial, sino en el poderoso signo del amor divino contenido en Dios que se introduce de lleno en el caos, en el mundo doloroso, sufriente y desgarrado en el que nos encontramos.

Este Adviento, vamos a pensar en lo que significa para Cristo entrar en este mundo en solidaridad con los israelíes y palestinos, ucranianos y sirios, etíopes y afganos, y tantos otros atrapados en la violencia de la guerra y el conflicto; en solidaridad con los refugiados, migrantes e indocumentados que buscan seguridad en todo el mundo; en solidaridad con la comunidad LGTBQ+ que sigue siendo marginada, maltratada y asesinada; y en solidaridad con todos los demás que son vulnerables u olvidados.

Y lo que es más importante, dediquemos este Adviento a reflexionar sobre lo que significa llamarme cristiano durante este tiempo en el que Cristo llegó a este mundo para solidarizarse con todos los que no encajan en él y están marginados de nuestra Iglesia y nuestra sociedad. ¿Cómo podemos parecernos más a Cristo en este Adviento y en adelante?

 

Adviento en tiempos de guerra

La guerra en Ucrania, muy impactante cuando estalló en febrero de 2022, es ahora un rasgo desolador y familiar de las noticias, que sigue devastando sin un final a la vista. La guerra en Gaza, que comenzó hace dos meses, ya ha cambiado Oriente Medio para siempre. Mientras tanto, más allá de los titulares, otros conflictos pasan desapercibidos ante los ojos del mundo: las guerras civiles en Sudán y Myanmar, la salvaje violencia de las bandas en Haití. El mundo nos trae malas noticias una y otra vez. ¿Paz en la Tierra? Ni ahora ni pronto.

En estos tiempos, el hermoso mensaje del Adviento puede parecer poco realista o incluso impertinente. La masacre de los inocentes por Herodes parece más pertinente. Karl Marx describió la religión como “el suspiro de la criatura oprimida, el corazón de un mundo sin corazón, así como es el espíritu de una situación carente de espíritu. Es el opio del pueblo”. Incluso algunos creyentes estarían de acuerdo en que se trata de una descripción bastante realista de la religión.

¿Acaso la religión es simplemente opio? No deberíamos apresurarnos a responder que no. Dondequiera que se ofrezca como excusa para ignorar las “condiciones sin alma”, dondequiera que se pase por alto el sufrimiento terrenal de los demás como mero preludio de compensaciones celestiales, la religión funciona de hecho como un opio, y quienes la ofrecen en estos términos son poco mejores que traficantes de drogas. Nos corresponde a nosotros demostrar que la fe no es sólo una forma de escapismo.

Un problema central para los cristianos en la actualidad es cómo conciliar dos de las bienaventuranzas en nuestras vidas como ciudadanos: cómo ser constructores de paz y, al mismo tiempo, tener hambre y sed de justicia. En el mundo real, los que buscan la paz y los que exigen justicia a menudo parecen estar profundamente enfrentados. Para los artífices y guardianes de la paz, la exigencia de justicia puede parecer una mal disimulada llamada a la venganza. En los días que siguieron a los brutales actos terroristas de Hamás en el sur de Israel, oímos hablar mucho del “derecho a defenderse” de Israel, porque este derecho es reconocido por todo el mundo excepto por quienes desean ver a Israel destruido. Pero el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, al tiempo que afirmaba este derecho, también prometía una “poderosa venganza”. Para los pacifistas, la diferencia entre defensa y venganza no es trivial: la defensa tiene que ver con el futuro, la venganza con el pasado. En la medida en que el bombardeo de Gaza supone el castigo colectivo de miles de civiles inocentes por las acciones pasadas de Hamás, no puede describirse honestamente como “defensa” ni como un derecho de Israel.

Mientras tanto, para los que tienen hambre y sed de justicia -para las familias de los asesinados o secuestrados por Hamás, o para los padres palestinos que sacan a sus hijos muertos de entre los escombros de sus casas bombardeadas- hablar sólo de paz puede parecer mostrar una insensibilidad obscena. “Lo pasado, pasado está” es un consejo fácil de dar a seis mil kilómetros de distancia. Rechazando ese consejo, los airados manifestantes de Nueva York y Londres corean: “Sin justicia no hay paz”. Sin embargo, es difícil creer que el tipo de justicia exigida por Hamás o por los políticos israelíes de derechas pueda conducir a la paz. Ambos sólo pueden concebir la paz imaginando la destrucción total de sus enemigos. Pero como sostiene Andrew J. Bacevich (“La guerra Israel-Gaza fracasará”, página 12), lo que están imaginando es una fantasía; no habrá solución militar al conflicto entre Israel y los palestinos, no habrá victoria total para uno u otro bando. Como escribe Bacevich: “A fin de cuentas, la coexistencia sigue siendo el único camino hacia la paz”.

El Adviento es el tiempo en que los cristianos se preparan para celebrar la venida del Príncipe de la Paz, que no apareció como un héroe conquistador, sino como un niño vulnerable en un pequeño pueblo de lo que hoy es Cisjordania. Predicó el perdón, ofreció misericordia y murió como un criminal a manos de un imperio que definía la paz como dominación. Hasta que vuelva, habrá guerras y rumores de guerras, y líderes que nos inviten a sacrificar la paz -o al menos a posponerla- en aras de una seguridad perfecta y, por tanto, ilusoria. Una forma de demostrar que nuestra fe en Cristo es más que el opio es rechazar ese trato engañoso.

VIDEO. En tiempos difíciles… Adviento (P. Juan Bytton – 2021)

Cuatro semanas para Navidad: personas y lugares en las Escrituras

Los calendarios de Adviento adoptan muchas formas, pero no debemos ignorar las dos que nos ofrece nuestra liturgia de Adviento. El primero se basa en las lecturas dominicales y el segundo es uno más detallado, que consiste en las lecturas que se nos ofrecen para los días de semana. Ambas nos ofrecen un camino significativo hacia la Navidad y nos invitan al conocimiento más profundo y amplio de los tesoros de las Escrituras que tantos de nosotros deseamos.


Domingos de Adviento: tres venidas

La primera alternativa nos invita a dedicar las semanas concretas a los distintos “advenimientos” (o llegadas) que contemplamos en nuestra preparación para la Navidad. La liturgia invierte su orden temporal natural. Considera primero la venida de Cristo al final de los tiempos, luego su llegada a Galilea para el inicio de su ministerio público y, por último, su llegada inmediata a este mundo con su nacimiento.

El primer domingo de Adviento escuchamos extractos del discurso de Jesús a sus discípulos sobre los acontecimientos que precederán al fin y a su venida final. El segundo domingo, escuchamos el anuncio de Juan el Bautista sobre la llegada inminente del que él llama “el más fuerte”. El tercer domingo, en el año A del ciclo trienal, oímos a Jesús hablar de Juan el Bautista, y en los años B y C, oímos más de la predicación del propio Bautista. Sólo en el cuarto domingo, cuando nos acercamos a la Navidad, oímos hablar de los acontecimientos que precedieron al nacimiento de Jesús. Estos textos, especialmente si los combinamos con la primera y segunda lecturas cuidadosamente seleccionadas, son lo suficientemente valiosos como para proporcionarnos un material adecuado para la oración y la reflexión durante la semana que sigue a cada domingo. Nos ofrecen palabras de vida para que las tengamos presentes durante los días de la semana que siguen.


Semanas de Adviento: voces proféticas

Podemos ser más ambiciosos prestando mucha atención a los pasajes seleccionados para los días de Adviento. Se puede dar prioridad a las primeras lecturas de los autores del Antiguo Testamento. Los pasajes evangélicos que las acompañan pueden considerarse complementarios de estas primeras lecturas, a diferencia de nuestras lecturas dominicales normales, en las que la primera lectura está subordinada al Evangelio. A continuación se sugiere un modelo de calendario de Adviento para los días de la semana.


Segunda semana: afrontar la catástrofe

¿Cómo afrontamos las catástrofes? Los pasajes de Isaías seleccionados para esta segunda semana de Adviento pueden ayudarnos. Nos unimos a la comunidad exiliada de Jerusalén en la Babilonia del siglo VI, tratando de dar sentido a su situación en la que han sufrido la destrucción de su ciudad santa y del templo, el lugar donde su Dios tenía su morada. ¿Por qué ha permitido Dios que esto suceda? He aquí un grito que se repite en todas las épocas de la Iglesia, incluso en la nuestra, cuando lamentamos las pérdidas de la guerra y la pandemia. Leemos fragmentos del capítulo 40-55 de Isaías. El profeta nos recuerda los fundamentos: ¿quién es nuestro Dios? Él es nuestro pastor, nuestro creador y nuestro redentor. Admitimos que hemos fallado en nuestra respuesta. Como en la semana anterior, los pasajes evangélicos nos ayudan a reflexionar sobre el mensaje profético.

Comenzamos con un pasaje de celebración, una vívida descripción del gozoso regreso a casa de los exiliados, que bien podría pertenecer a Isaías 40-55 (Isaías 35:1-10; lunes). La aclamación de Dios como pastor de su pueblo (Isaías 40:1-11; martes*) nos invita a volver la mirada al capítulo del pastor de Ezequiel 34 y al pastor del Salmo 23. Estos textos son la inspiración de la descripción que Jesús hace de sí mismo como el Buen Pastor en Juan 10:11. Dios es más que un pastor. Es el Creador, el que nunca se cansa (Isaías 40:25-31; miércoles). Volvemos a los relatos de la creación en Génesis 2-3 y reflexionamos sobre el Salmo 104, el salmo de la creación.

En general, sin embargo, la Biblia tiene mucho más que decir sobre Dios como redentor (Isaías 41:13-20; jueves). Dios liberó a su pueblo de la esclavitud en Egipto y lo convirtió en pueblo; repetimos el canto de Moisés (Éxodo 15, 1-18) en nuestra liturgia pascual. Una buena oración incluye la contrición y la confesión de la necedad, de ahí el lamento de Dios en Isaías: “Ojalá hubieras puesto atención a mis mandamientos” (Isaías 48:17-19; viernes). Podríamos recordar el pecado de Israel en Meriba (Números 21, 4-9) evocado en el Salmo 95, el salmo recomendado para el comienzo de cada día en la Oración de la Iglesia. La semana termina con la celebración del profeta Elías (Eclesiástico 48:1-4, 9-11; sábado). Fue un profeta predecesor de Isaías; su papel será retomado por Juan el Bautista, de quien oiremos hablar en la semana siguiente.

Las lecturas del Evangelio de esta semana están relacionadas con los textos proféticos de las primeras lecturas. Celebramos el regreso a casa del paralítico a quien Jesús curó y perdonó sus pecados (Lc 5,17-26; lunes). Jesús, que es el Buen Pastor, relata una parábola sobre una oveja perdida y encontrada (Mt 18,12-14; martes*). Jesús evoca las palabras de Dios en Isaías, prometiendo descanso a los agobiados (Mateo 11:28-30; miércoles) y liberándolos mediante obras de misericordia (Mateo 11:11-15; jueves). Sin embargo, en su ministerio, Jesús encontró el rechazo (Mateo 11:16-19; viernes). Después de la Transfiguración, relacionó a Elías con Juan el Bautista (Mateo 17:10-13; sábado)… (click aquí para leer el artículo completo, para acompañar todo el Adviento).

LEER. Lectura orante de la Palabra de Dios para el Segundo domingo de Adviento (CELAM)

VIDEO. II Domingo de Adviento – Santa Misa (12-10-23)

 

VIDEO. En este tiempo de adviento ¡Es Él, Jesús, nuestra única esperanza!

 

Información adicional
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Fuentes

Commonweal Magazine / National Catholic Reporter / Thinking Faith / Videos: Arzobispado de Lima – Radio Gozo / Foto: Pexels

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