Cinco años sin el cardenal Martini, cinco intuiciones para recordarle

2:00 p m| 06 set 17 (VN/EN/RV).- El jueves 31 de agosto se cumplieron cinco años de la muerte del cardenal Carlo Maria Martini, aquel al que muchos soñaron ver convertido en el sucesor de Pedro en el cónclave de 2005, hasta que el jesuita despejó todas las dudas al entrar intencionadamente en el mismo con bastón. Con todo, el legado de quien simbolizó la vivencia de una fe abajada y encarnada de un modo preferente en los últimos de la sociedad continúa hoy muy vivo, recordando mucho al modo en el que Jorge Mario Bergoglio interpela al mundo. Compartimos una reflexión publicada en la revista Vida Nueva y una columna del diario El Nacional.

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Al año de su muerte, el papa Francisco afirmó que recordarle es “un acto de justicia”. Por ello, desde aquí revivimos la memoria del emblemático arzobispo de Milán con cinco de sus intuiciones más significativas:

1) El vicio clerical por excelencia es la envidia, acompañada por la vanidad y la calumnia. (…) El carrerismo es un mal malísimo para la Iglesia, ya que se intenta decir lo que gusta al superior y se actúa según cada uno se imagina que le gustaría al superior” (fragmento de un artículo en La Reppublica, en 2008).

2) “Si pensamos en las muchas propuestas religiosas que hay en el mundo, lo que nos distingue de los demás es Jesús y su camino, no el hecho de pertenecer a una organización con reglas y preceptos. Pero en la fe en Jesús no tiene ningún sentido contraponer Evangelio y dogmas, misericordia y mandamientos. (…) Todo se compagina en unidad, en la realidad de la Iglesia, que tiene un aspecto interior y también un aspecto exterior y, por tanto, comprende también estructuras, reglas, instrumentos de organización. Lo importante es que también estas realidades sean, en lo posible, expresiones de vida interior. Y además, hay que distinguir las cosas importantes y las que no lo son. Creo que la Iglesia ya ha hecho una obra de purificación de muchas cosas exteriores que no servían. Con todo, cuando aún leo en los periódicos que yo soy el ‘jefe de los progresistas’, me hecho a reír. (entrevista con 30Dias, dirigida por Giulio Andreotti, en 2010).

3) “Antes tenía sueños sobre la Iglesia. Soñaba con una Iglesia que recorre su camino en la pobreza y en la humildad, que no depende de los poderes de este mundo; en la cual se extirpara de raíz la desconfianza; que diera espacio a la gente que piensa con más amplitud; que diera ánimos, en especial, a aquellos que se sienten pequeños o pecadores. Soñaba con una Iglesia joven. Hoy ya no tengo más esos sueños” (fragmento de su libro Coloquios nocturnos en Jerusalén, publicado en 2008).

4) “No es un mal que, en lugar de relaciones homosexuales ocasionales, dos personas tengan una cierta estabilidad y por lo tanto en este sentido el Estado podría también favorecerlos” (fragmento de su libro Creer y conocer, publicado en 2012).

5) “En un mundo en el que la Iglesia habla ya todos los idiomas y está presente entre todos los pueblos, es importante que los obispos tengan forma de reunirse y de comparar sus lenguajes, viviendo de una manera intensa esta colegialidad. Todo esto se produce, sobre todo, en el Concilio ecuménico. Considero probable que en el siglo que se inicia se sigan celebrando estas convocatorias universales” (cuestionado sobre un Concilio Vaticano III en una entrevista con El País, en el año 2000, poco antes de recoger el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales).


Martini, el Papa que no fue (Míriam Díez)

Me he tomado un Martini rosso para conmemorar los cinco años de la muerte del cardenal Carlo Maria Martini. Evoco así al Martini rosso, uno de los cardenales más sagaces y listos de los últimos tiempos a quien se tildaba de ser rosso precisamente por sus ideas adelantadas. Antes de morir, dijo que la Iglesia está “200 años atrás”. Ya se sabe que las personas mayores, tontos y niños pequeños profesan la verdad. Martini era arzobispo de Milán, rector del Pontificio Instituto Bíblico y de la Pontificia Universidad Gregoriana e inventó la Cátedra de los No Creyentes.

Convencido de que hacía falta más misericordia y menos regulación a golpe de derecho canónico, era una eminencia de las de antes, un eclesiástico elegante que apostaba por la autenticidad. Pedía a la gente que tomara decisiones, “porque sin riesgo no había vida”. Una frase muy buena de Martini que suscribo a menudo es esta: “Dios pierde el equilibrio, se compromete, se sitúa a nuestro lado para que seamos nosotros los que nos expongamos. La vida humana es riesgo”.

Los cristianos más progresistas adoraban a Martini porque representaba una bola de oxígeno en unos momentos en que la libertad de pensamiento estaba encorsetada. Martini era el Papa que muchos habrían querido, pero no tenía las alianzas necesarias, ni era el momento. La última vez que lo vi fue en la Pontificia Universidad Gregoriana, donde vino a hacernos una Lectio Divina, una sesión de meditación bíblica. Él, experto en estudios bíblicos, era austero pero elocuente, y cautivador como un encantador de serpientes. Martini imponía y despertaba respeto. No hay demasiados Martinis, después de él, con esta autoridad.

En su último escrito, ya retirado a Jerusalén, Martini ya dejaba caer perlas ecologistas y de justicia social que después hemos ido escuchando en palabras del papa Francisco. “La Iglesia está cansada, nuestra cultura ha envejecido, nuestras iglesias son grandes, las casas religiosas vacías”. La diagnosis era demoledora. Invitaba a buscar personas “libres” y “próximas a la gente como lo fueron el obispo Romero y los mártires jesuitas de El Salvador”.

El cardenal desafiaba al papa de turno y a los obispos a encontrar a 12 personas fuera del circuito convencional para puestos de dirección, gente próxima a los pobres, en sintonía con los jóvenes y que experimenten “cosas nuevas”. Este prelado pedía “conversión”, y “reconocer los propios errores”. Reclamaba una vuelta a escuchar la Palabra de Dios, “simple”. Para Martini, el retorno a las fuentes bíblicas era un requisito para una vigorosa vida espiritual. Le preocupaba que la Iglesia no tuviera suficiente nervio ni coraje.

Martini era muy fino especialmente cuando reflexionaba sobre la muerte. Él reconocía que durante la vida había lamentado muchas veces que Dios no hubiera liberado a los humanos de esta necesidad de morirse. Pero fue entendiendo que “si no estuviera la muerte, no haríamos nunca un acto de pleno abandono a Dios, tendríamos siempre una salida de emergencia, una garantía”. En cambio, la muerte es confiar ciegamente en Dios, sin saber exactamente dónde nos llevará. Y Martini, imaginándose en el cielo, confesaba que a veces se decía a sí mismo: “Iré a saludar a Mozart, a Bach, y después, ¿qué haré? ¡Me aburriré!”. Pero recapitulaba y creía que “tenía que tener confianza y pensar que la vida que vendrá es realmente la gloria”.

Martini tenía una mirada penetrante, de niño travieso controlado. No era “tibio” eclesialmente hablando, dijo el periodista Jordi Llisterri cuando murió, que añadía: “Su autoridad no provenía de su carrera eclesiástica, sino de su profundo conocimiento de la Biblia y su capacidad de comunicarlo (de anunciarla)”. Martini hoy resuena, se relee, se cita, se recuerda, se imita. Y se añora. La suya es una sombra de color cardenalicio (o de puro Martini negro) que emite luz.


Recordatorio del Cardenal Carlo Maria Martini en el 5° aniversario de su fallecimiento

Este 31 de agosto es el 5° aniversario de la pascua del Cardenal Carlo Maria Martini, jesuita, que fue Arzobispo de Milán, muy conocido por sus libros de Espiritualidad Ignaciana, unidos a su conocimiento tan profundo de la Sagradas Escritura. En el día de su homenaje, compartimos un fragmento de una de sus meditaciones del libro “Por los caminos del Señor”:

“Te damos gracias Señor, porque tu Palabra, pronunciada hace dos mil años, sigue viva y eficaz en medio de nosotros. Reconocemos nuestra impotencia e incapacidad para comprenderla y dejarla vivir en nosotros. Pero ella es más fuerte y poderosa que nuestras debilidades, más eficaz que nuestra fragilidad, más penetrante que nuestras resistencias.

Por eso te pedimos que nos ilumine tu Palabra, para que la tomemos en serio y abramos nuestra inteligencia a lo que nos comunica; para que confiemos en ella a lo largo de toda nuestra vida y la dejemos actuar en nosotros conforme a la riqueza de su poder.

Madre de Jesús, que te entregaste sin reserva alguna pidiendo que se hiciera realidad en ti la Palabra que se te anunciaba, danos el espíritu de disponibilidad para que podamos encontrar la verdad en nosotros mismos. Concédenos la gracia de poder ayudar a cada cual a encontrar la verdad de Dios sobre sí mismo; haz que la encuentren plenamente el mundo y la sociedad en que vivimos y a los que queremos servir humildemente.

Te lo pedimos Padre, por Jesucristo, tu Palabra encarnada, por su Muerte y Resurrección y por el Espíritu Santo, que renueva constantemente en nosotros la fuerza de esta Palabra, ahora y por siempre. Amén”. Carlo Maria Martini.

Sus libros que no los escribió él, sino que son desgrabaciones que la gente hizo de sus reflexiones y ejercicios espirituales, traducidas y publicadas en muchísimas lenguas. En este texto que habla de la Palabra que se refiera a Jesucristo, decir Palabra con mayúscula es lo mismo que decir Evangelio de Jesús. Y nos recuerda, entonces, el Cardenal Martini, despues de 5 años, aquello que Francisco nos repite constantemente de llevar el Evangelio en el bolsillo para leer aunque sea un versículo cada día.


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Fuente:

Vida Nueva / El Nacional / Radio Vaticano

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