Cinco razones por las que Francisco acoge la liturgia del Vaticano II

7:00 p m| 01 set 17 (AMERICA/BV).- No es noticia que la liturgia ha sido una cuestión disputada en la vida católica en las últimas décadas. La oposición a la reforma litúrgica comenzó incluso antes de la conclusión del Concilio Vaticano II, y aumentó a partir de 1964, cuando comenzaron a implementarse reformas como el uso de los idiomas locales -en lugar del Latín- y la práctica del sacerdote de dar la cara a los fieles -y no la espalda- mientras celebra la Eucaristía.

Antes de la elección del Papa Francisco, pasaron años en que se dejó de lado los avances de esta reforma y comenzó más bien a plantearse una “reforma de la reforma”, que ha pretendido reponer prácticas de la llamada Misa tridentina. Pero ha sido precisamente Francisco quien ha retomado el impulso del Vaticano II, y una última intervención ha reforzado públicamente su postura: “La reforma es irreversible”.

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En su forma más extrema, este rechazo de la reforma del Vaticano II a la liturgia encontró una base en el movimiento tradicionalista fundado por el Arzobispo Marcel Lefebvre, quien eventualmente fue separado de la Iglesia Católica después de ordenar obispos por su cuenta (acto cismático). Parte de ese movimiento se mantuvo dentro de la Iglesia y fue alentado hace diez años por el Motu proprio del Papa Benedicto XVI “Summorum Pontificum”, que liberó el permiso para celebrar la Misa latina tradicional, ahora llamada la “forma extraordinaria” (conocida también como Misa tridentina).

Sin embargo, la oposición no se limitó a este extremo. Otro grupo considerado como la “Reforma de la Reforma” propugnaba modificaciones de las reformas post-Vaticano II, como el retorno a una Oración Eucarística (Oración I, Canon Romano) recitada en latín y en voz baja con el sacerdote y el pueblo mirando en la misma dirección (ad orientem).

El defensor más notable de este movimiento fue el cardenal Joseph Ratzinger, pero tuvo como simpatizantes al menos los últimos cuatro prefectos de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos: los cardenales Jorge Arturo Medina Estévez, Francis Arinze, Antonio Cañizares y Robert Sarah (actual prefecto). Estos movimientos de oposición también encontraron apoyo entre algunos jóvenes católicos que buscaban una experiencia de liturgia más trascendente de lo que solían experimentar.

Entretanto, varios intentos de avanzar la reforma, como las propuestas de traducciones del Salterio y del Misal Romano a mediados de los 90 por el Comité Internacional de Inglés en la Liturgia, fueron estancados o rechazados por el Vaticano. Además, el Vaticano también publicó un nuevo documento sobre la traducción (“Liturgiam Authenticam”, 2001) que invirtió la instrucción de 1969 sobre la traducción, hacia una dirección muy tradicional.

Este movimiento restauracionista en la liturgia está siendo revertido por el Papa Francisco. Hace un año el Vaticano refutó públicamente opiniones emitidas a favor de la “Reforma de la Reforma” presentada por el Cardenal Sarah. Además, Francisco estableció una comisión para revisar “Liturgiam Authenticam” (el resultado de su trabajo aún no ha sido publicado). El Papa también reemplazó a un buen número de consultores más tradicionales de la Congregación para el Culto Divino con individuos mucho más afines a las reformas inspiradas por el Vaticano II.

ENLACE: ¿Qué pasará con la reforma litúrgica?

Y ahora, en un notable discurso franco y directo a los participantes en la Semana Nacional de la Liturgia Italiana, el Papa ha apoyado definitiva e inequívocamente un movimiento litúrgico declarando: “Podemos afirmar con seguridad y con autoridad magisterial que la reforma litúrgica es irreversible”. El uso de la fuerte frase “autoridad magistral” no puede ser interpretado como casual. El párrafo con el que termina su fuerte afirmación comienza con lo siguiente:

“Y hoy todavía hay mucho que hacer en esta dirección [la reforma iniciada por el Papa Pablo VI], en particular redescubriendo los motivos de las decisiones realizadas con la reforma litúrgica, superando lecturas infundadas y superficiales, recepciones parciales y prácticas que la desfiguran. No se trata de repensar la reforma revisando las opciones sino de conocer mejor las razones subyacentes, incluso por medio de los documentos históricos, como también de interiorizar los principios inspiradores y de observar la disciplina que la rige”.

Ciertamente el Papa Francisco no es un admirador de la experimentación irresponsable o de la adaptación descuidada de la liturgia (como atestigua fuertemente con su sobrio y simple estilo de celebración y elección de vestimentas), y no hay nada que sea realmente nuevo en esta cuestión.

Pero su importancia se puede encontrar en los diversos aspectos de la reforma litúrgica que enfatiza Francisco. Aquí nombro cinco.

En primer lugar, afirma claramente la importancia de la participación activa en la liturgia, una participación que no acepta la asistencia de fieles como “extraños y silenciosos espectadores” (Sacrosanctum Concilium, núm. 48).

En segundo lugar, Francisco defiende el cuidadoso equilibrio del Vaticano II entre el respeto de la tradición sana y el progreso legítimo (No. 23).

En tercer lugar, reitera la necesidad de una educación litúrgica paciente y a largo plazo, tanto para los pastores como para las personas.

Cuarto, y esto se refiere a un énfasis teológico particularmente significativo, habla de la liturgia como la presencia viva de Cristo, presencia que se manifiesta de múltiples maneras: los elementos eucarísticos, el sacerdote mismo, la palabra proclamada y la asamblea reunida. (No. 7).

El énfasis de Francisco en los múltiples modos de la presencia de Cristo en la liturgia es particularmente importante porque lo lleva a decir que el altar es “el centro hacia el que converge nuestra atención… hacia el altar se orienta la mirada de los orantes, sacerdote y fieles, convocados por la santa asamblea alrededor de él”. Dudo mucho que el Papa hablara a la ligera cuando dijo “alrededor” del altar. En otras palabras, creo que fue un comentario, aunque oblicuo, sobre aquellos que quieren que el sacerdote mire hacia el “este”.

Por último, y ciertamente coherente con el cuarto énfasis, está la insistencia de Francisco en que la liturgia es una acción (“para el pueblo, pero también del pueblo”). Se refiere a sus propias homilías con la idea de que la liturgia no es tanto sobre la doctrina en algún sentido abstracto, sino sobre poner la vida cristiana en acción. La Eucaristía en particular no es tanto un acto de piedad privada sino la reunión del pueblo de Dios.

Se ha dicho que Francisco es el primer Papa real del Vaticano II, habiendo sido ordenado después de la conclusión del Concilio. Lo está mostrando hoy por su firme afirmación del camino a seguir, de acuerdo con la reforma litúrgica que comprendía un elemento tan significativo en el resultado de ese Concilio.


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Fuente:

America Magazine

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