El factor Jesús

3:00 p m| 22 abr 16 (NCR/BV).- La mayoría de estudiosos bíblicos están de acuerdo en que no hay prueba empírica de la resurrección de Jesús. Las apariciones del Señor resucitado eran encuentros de fe; los primeros discípulos vieron a Jesús y lo experimentaron como resucitado porque creían en él y en las palabras que había intercambiado con ellos. Sin embargo, el biblista luterano alemán Martin Dibelius (1883-1947) citó lo que llamó el “factor X” como prueba de la verdad de Jesús resucitado. Este factor X, o factor Jesús, se refiere a las diferencias en la actitud y las acciones de sus discípulos antes y después de su resurrección. Estas diferencias son asombrosas, dijo Dibelius, y no se pueden atribuir a otra cosa sino a la gracia y el Espíritu Santo conferido a los apóstoles por Jesús resucitado.

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Antes de la resurrección de Jesús, los apóstoles parecían confundidos y asustados. No entendían bien las enseñanzas e intenciones de Jesús. No tenían claro cómo iba a ejercer su mesianismo,y malinterpretaron la misión que se les había encomendado, al tratar de cumplir sus propias ambiciones en lugar de convertirse en siervos de todos los demás, como lo fue Jesús.

No permanecieron despiertos para orar con él; en su hora más desesperada, se durmieron. Cuando Jesús fue arrestado, muchos huyeron, e incluso Pedro negó conocer a Jesús y tener cualquier relación con Él.

Pero entonces algo sucedió, y los apóstoles se mostraron tan diferentes, tan transformados, que incluso un no creyente se vería obligado a admitir un factor X. Sabemos y creemos que este es el sufrimiento, la muerte y la resurrección a la vida eterna de nuestro Señor y Dios, Jesucristo.

Después de la resurrección de Jesús, los apóstoles fueron audaces y valientes. No ocultaron; predicaban abiertamente el kerigma. Incluso cuando se dan órdenes desde el Sanedrín, escucharon solo la voz de Dios y siguieron evangelizando en nombre de Jesús. Incluso señalaron al sumo sacerdote y el Sanedrín que habían sido cómplices de la muerte de Jesús: “A quien ustedes ejecutaron colgándolo de un madero”. (Hechos 5:30).

¿Eran estos apóstoles los mismos hombres y mujeres que habían seguido a Jesús y que dejaron que solo Él se encargue de hablar? ¿Fueron estos los que evitaron cualquier conflicto “por miedo a los judíos”? Sí, en efecto, fueron ellos los que después se regocijaban por el hecho de “haber sido considerados dignos de sufrir desprecios por el nombre de Jesús”. (Hechos 5:41).

Estos son los mismos que habían llegado a creer en el sacrificio salvador de Jesús y que un día unirían sus voces con las criaturas vivientes y de los ancianos en el cielo para reconocer y proclamar: “Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, el saber, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza, por los siglos de los siglos”. (Revelación, segunda lectura).

Los encuentros con Cristo resucitado, alimentaron la fe y el fervor de los apóstoles y los preparó para su misión. Esa misión sería inclusiva y universal, como la abundante pesca, ocurrida al final del evangelio de Juan, da fe de manera espectacular.

Después del desayuno en la orilla, preparada y servida por Jesús, la conversación entre Jesús y Pedro llegó al corazón de este último. El que había profesado lealtad a Jesús, incluso si le costaba la vida, había negado vehementemente incluso conocer a Jesús.

En este encuentro posterior a la Pascua, a menudo llamado la rehabilitación de Pedro, Jesús aseguró a Pedro su amor y perdón, así como su posición de “pastor” de sus corderos. “Aliméntalos”, le dijo a Pedro.

Por la gracia de la resurrección de Jesús, él lo hizo hasta la muerte, una muerte que soportó en nombre de Cristo.

La transformación de los apóstoles de Jesús posterior a la Pascua nos llama a preguntarnos: ¿Cómo funciona la figura del factor X -o factor Jesús- en mi vida? ¿He alcanzado con gratitud a recibir las gracias que son mías, por Jesús resucitado? ¿He permitido que la gracia me llene, me moldee?

¿He permitido que me haga más sensible a las propuestas amorosas de Dios  pensando en los pobres, los marginados, los odiados, los temidos y en los que se desconfía por cualquier motivo? ¿Soy una fuerza vital de la fe en este mundo? ¿Se dan cuenta otros?

¿Mi testimonio del Señor resucitado hace que la gente desee una relación más profunda con Dios? ¿Hago una diferencia positiva en la vida de aquellos con los que me relaciono? ¿Soy valiente en el testimonio de la palabra y sabiduría de Dios reveladas en Jesús, a pesar del sufrimiento que puede traer?

Si no podemos responder de manera positiva y enfática a todas esas preguntas, entonces aprovechemos los textos sagrados en la temporada de Pascua para sumergirnos más profundamente en esta fe nuestra. ¡Jesús vive! Amén con mis labios. Amén con mi vida.

Fuente:

Texto de Patricia Sánchez. Magíster en literatura y religión de la Biblia de un programa de doble titulación en la Universidad de Columbia y el Seminario de Unión Teológica en Nueva York. Publicado en National Catholic Reporter.

Puntuación: 5 / Votos: 3

Comentarios

  1. Juan Fernando escribió:

    Mmmmm… la explicación alternativa es el factor ES; los apóstoles son transformados en Pentecostés, bastante después de la ascensión, y por supuesto, el Espíritu Santo es todavía más elusivo que la resurrección
    😉

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