El arte según Francisco

4:00 p m| 29 ene 16 (VIDA NUEVA/BV).- Esperanza y consuelo, dos nociones que según el Papa se asocian mucho con el arte. También con el encuentro, la dignidad y la prueba de la grandeza de Dios. “El artista es el testigo de lo invisible, y la obra de arte es la prueba más fuerte de que la encarnación es posible”. Así lo afirma en La mia idea di arte (Ingrandimenti), 99 páginas de reflexiones sobre el arte y la evangelización, la cultura y la Iglesia, que Francisco hace en diálogo con el escultor argentino Alejandro Marmo y que la periodista italiana Tiziana Lupi, autora también de la biografía Il nostro Papa, transcribe.

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La idea del arte de Jorge Mario Bergoglio es sencilla en su enunciación y, sin embargo, reveladora o, incluso, provocadora: “El papel del poeta, del artista, es contrastar la cultura del descarte y evangelizar”. Esas dos ideas centrales van a ir desarrollándose en una reflexión a partir de la cual surgen múltiples nuevas vías de exploración del arte según Francisco: “Los Museos Vaticanos deben ser cada vez más el lugar de lo bello y de la acogida. Deben acoger las nuevas formas de arte. Deben abrir las puertas a las personas de todo el mundo. Ser un instrumento de diálogo entre las culturas y las religiones, un instrumento de paz. ¡Estar vivos!”.

Y llega a añadir: “No polvorientas recopilaciones del pasado solo para los elegidos y los sabios, sino una realidad vital que sepa custodiar aquel pasado para relatarlo a los hombres de hoy, comenzando por los más humildes, y disponerse así, todos juntos, con confianza al presente y el futuro”.

Ese toque de atención a los Museos Vaticanos a los que Francisco concibe como “la casa de todos” –y que ha generado una cierta polémica con el actual director, Antonio Paolucci, que afirmó que el Papa no los ha visitado aún oficialmente– va, sin duda, mucho más allá si se lee el opúsculo de Francisco: apunta una crítica radical contra el arte como industria del lujo y que se erige sobre la desigualdad social. La mia idea di arte parte de ese concepto de “cultura del descarte” sobre el que Francisco ha construido su denuncia de la sociedad contemporánea.

Esta idea central en el Papa para tantos ámbitos –desde el medioambiental, expresado de manera brillante en la encíclica Laudato si, hasta el socioeconómico, con su reivindicación del inmigrante y la cultura de la acogida– es también básica en su concepción del arte. De hecho, el libro nació como un diálogo de Bergoglio con Alejandro Marmo, artista reconocido por la reutilización de materiales usados en sus esculturas y con el que mantiene una intensa amistad desde sus tiempos de arzobispo en Buenos Aires.

“Cuando conocí a Alejandro inmediatamente sentí que era un poeta, y por eso quise ayudarlo. Y también yo aprendí de él”, dice Francisco. Marmo le sirve a Bergoglio de espejo donde proyecta su visión del arte contemporáneo: “Es un audaz que cree en la inspiración, en la posibilidad de cuidar y curar una sociedad herida, anestesiada por la indiferencia que no nos permite ver el sufrimiento de los descartados ni escuchar su grito de dolor”. A Marmo lo llama el Papa “recreador de descartes”.

No solo porque crea a partir de deshechos industriales; es ejemplar, según Francisco, sobre todo, porque “trabaja con gente que la sociedad de hoy, poderosa y muy devota del dios dinero, tira”. Marmo involucra en sus proyectos a ancianos que viven en asilos, niños de la calle, jóvenes drogadictos, obreros desempleados o presos. Es decir, genera lazos de integración y afecto mediante la producción creativa. “En la cultura del encuentro es donde está el arte”, afirma el propio escultor argentino, de padre italiano y madre griega.

Ahí están, entre las once obras seleccionadas por Francisco, esa Virgen de Luján y el Cristo obrero, dos obras suyas presente en los jardines de los Museos Vaticanos. Y que simbolizan “la nueva vida que puede tener espacio después del descarte”. Realmente, fue en su instalación hace poco más de un año en esos jardines en donde nació la idea de un libro sobre el arte: “Estas imágenes son el signo de la creatividad de la que somos capaces aún con una materia de descarte, abandonada. Son un símbolo de la genialidad que Dios quiso poner en la mente de un artista”.

Bergoglio ya reveló entonces la que es la tesis central de La mia idea di arte, que “este es un mensaje al mundo de que hasta que no venga el hijo de Dios nada está perdido, nada es de descarte. Todo tiene un significado dentro de la magnífica obra de Dios”. O como dice Alejandro Marmo: “Lo importante es convertir la cultura del descarte en un hecho creativo, integrador”. El arte es también integración y evangelización.

“El arte, además de ser testigo creíble de la belleza de lo creado, es instrumento de evangelización”, señala Francisco en el libro, publicado días antes de Navidad en Italia. Y sigue afirmando: “A través del arte –música, arquitectura, escultura, pintura–, la Iglesia explica, interpreta la revelación. Miremos la Capilla Sixtina: ¿qué hizo Miguel Ángel? Un trabajo de evangelización”. Pero esa reivindicación también tiene que ver con la “cultura del descarte”: “Si se saca a los pobres del Evangelio, no se comprende nada. ¿Por qué no deberían entrar en la Capilla Sixtina, porque no tienen dinero para pagar la entrada?”.

Arte como acogida, como encuentro, pero para todos: “La Iglesia debe promover el uso del arte en su obra de evangelización, mirando al pasado pero también a tantas formas expresivas actuales. No debemos tener miedo de encontrar y utilizar nuevos símbolos, nuevas formas de arte, nuevos lenguajes, también aquellos que parecen poco interesantes a quien evangeliza o a los comisarios, pero que son importantes para las personas, porque saben hablarles”.

Diez obras maestras y un viejo Renault 4

Diez obras de arte de todos los tiempos, entre las muchas de las colecciones del Vaticano, son las que elige Francisco para poner imágenes a su visión del arte como “esencia de la vida”. Diez más una, realmente, porque el Papa incluye un viejo Renault 4 blanco –una Renoleta–, regalo del padre Renzo Zoca, llena de simbolismo. Además de la Virgen de Luján y el Cristo obrero, las dos obras de Alejandro Marmo en los jardines de los Museos Vaticanos, en Catelgandolfo hay ocho obras maestras de la historia del arte.

La primera es el conocido como Torso de Belvedere (s. I a C.), la famosa obra del escultor Apolonio de Atenas hallada en el romano Campo di Fiori a principios del siglo XVI, para explicar cómo en el arte nada es descartable, todo cuenta. Sin cabeza, sin brazos, sin piernas, Miguel Ángel se negó a restaurarla y supo ver en ella una inspiración extraordinaria. Ese torso de mármol musculado y en una pose retorcida y extraña –que hoy se identifica como el héroe griego Áyax Telamonio meditando el suicidio–, efectivamente se convirtió en referencia incuestionable para la escultura occidental del Renacimiento al Barroco.

Está, por ejemplo, en muchas tallas de la Crucifixión. Le siguen otras dos esculturas: la denominada Mater Matuta (s. II) diosa etrusca de origen egipcio que amamanta a un niño, y el Buen Pastor (s. III), que sirve de ejemplo de cómo el discurso católico de los primeros tiempos, lejos de descartar a las culturas paganas, se valió de su iconografía para configurar la propia. Incluye además el Obelisco de San Pedro, las estancias vaticanas pintadas por Rafael y el Descendimiento de Cristo de Caravaggio, esa pintura en la que luz y sombra miden toda su potencia: “El eterno contacto entre lo sacro y lo profano”.


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Fuente:

Revista Vida Nueva

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