Un Cuento del ’41: Los moribundos

Mientras que por el hemisferio norte del planeta se enfrentaban los aliados contra las fuerzas del eje, en sudamérica para ser mas precisos, en la frontera peruano-ecuatoriana y entre los años 1941 y 1942, se desarrolló una guerra entre dos países que tenían serias dudas territoriales después de sus respectivas independencias y que desafortunadamente debían ser aclaradas por la fuerza. Ambos países, de marcada herencia caudillista, decidieron enfrentarse.

El conflicto fue duro y muchas vidas se perdieron en una absurda disputa territorial que pudo haberse solucionado negociando en un primer momento. A veces la acción ciega de razón hace que no logremos separar a las personas del problema, o preguntarnos en el interés mútuo sobre el mismo.

Esta breve historia la escuché en palabras de Jamil Mahuad en un discurso dado en el auditorio de la universidad del Pacífico. Luego de escucharla saqué una lección que quisiera compartir:

Corría el año 1941 y la guerra entre el Perú y el Ecuador se desarrollaba con inevitables bajas para ambos lados. En ambos ejércitos el uniforme era prácticamente el mismo, siendo la única diferencia el tipo de calzado: Los peruanos utilizaban “botas” y los ecuatorianos “polainas” (suerte de escarpines pero mas largas). Las operaciones bélicas se llevaban a cabo sobre territorios de El Oro, Loja y Zamora-Chinchipe que el Ecuador defendía y en los esteros de Tumbes en el lado peruano.

Los heridos eran llevados a sus respectivos países en función de su calzado: botas y polainas, para aquí y para allá; esa era la única manera de reconocerlos en medio de ese campo de batalla que era para perder la razón si es que no se perdía la vida primero; sin embargo, una día en el campamento de Paita (Perú) aparecieron dos soldados sin botas. Fueron llevados a la casa de un poblador porque era tan grande el número de heridos que no había espacio para todos en el campamento. De rasgos iguales, mismo color de piel e incluso misma talla; ambos soldados estaban gravemente heridos y el enfermero tenía que salvar con prioridad al soldado peruano, sin embargo, existía esa gran incertidumbre en relación con la nacionalidad de estos dos moribundos.

“- Los que tienen polainas son ecuatorianos, Los que tienen botas son los peruanos.”

Uno es ecuatoriano, el otro peruano. Nadie sabe cual es cual. “Uno de ellos estaba color ceniza y sudaba y el otro tenía un brazo vendado fuera de la cama y las mejillas hundidas”. Aparte de eso no tenían nada especial. “Parecían dos pastorcitos cajamarquinos o dos de esos arrieros que yo había visto caminando infatigables en las punas de Ancash”. Ambos estaban desmayados. El que más sudaba, balbuceaba palabras ininteligibles durante las noches, nadie lo entendía y en su sufrimiento no podía ser atendido -“Esta delirando”- decían algunos.

-“Son peruanos, los ecuatorianos deben ser más peludos.”

A medida que pasaban los días y se celebraba la victoria peruana, nadie quería hacerse cargo de los heridos. Y es que “en medio del regocijo del armisticio, los moribundos eran vistos como los parientes pobres, esos defectos físicos que convenía esconder y olvidar para que nadie pueda ser capáz poner en duda lo bello de la vida y la paz.”

Una mañana uno de los soldados, el del brazo herido, se había despertado y estába levantado apoyándose en la pared. Al ver al enfermero que llegaba señaló al otro herido, y le dijo:

– “Se está muriendo, niño. Todita la noche ha llorado. Dice que ya no puede más.”

Y a continuación le dice:

– “Yo ya me quiero ir. Soy de Ecuador, de la sierra de Riobamba. Este aire me sienta mal. Ya puedo caminar. Despacito me iré caminando”. El enfermero sale corriendo y en el corredor, se topa con un soldado peruano a quien le cuenta que ya sabe cuál es el ecuatoriano. El soldado peruano le grita al herido del brazos que está preso, y le coloca el seguro a la puerta.

Esa noche, el soldado peruano agonizaba. Quería decir algo desde que había llegado a su lecho de herido, pero como ninguno de la casa hablaba quechua, nadie le entiendía. En eso, el soldado ecuatoriano que todo el tiempo había estado cubierto con su sábana, saca la cabeza y dice:

– “Quiere escribir una carta”

– ¿Cómo sabes?- le preguntan

– “Yo entiendo, señor – y ante su mirada de sorpresa continua – El y yo hablamos la misma lengua.”

Entonces, le dicta una carta extraña, de indio, pero al final el soldado peruano muere sin mencionar el destinatario de la misiva. “Habrá que mandar esto” pero como no supo a quién enviarla se la guardó en el bolsillo. En ese momento, el ecuatoriano le pregunta:

– “¿Cuándo me iré de aquí?. Este aire me mata, señor. Ya puedo caminar.” (….)

Muchas veces, frente a un problema reaccionamos sin meditar, sin ver lo subyacente a ciertas situaciones y siempre con prejuicios, es el típico temor a lo desconocido, al otro. Cuando existe claridad en nuestros pensamientos, meditamos sobre todo lo ocurrido y vemos nuestros puntos en común con el otro, colocándonos en su lugar, es cuando realmente damos el primer paso para vencer el problema.

Esta ha sido una historia de guerra, una historia donde no existen derechos ni piedades y sin embargo un elemento común (el idioma Quechua) nos hace ver que compartimos algo que va más allá de las armas o de las fronteras, algo más ancestral y vivo en nosotros a pesar de todo lo sufrido por el pueblo indígena durante 5 siglos. “La guerra, más allá del discurso nacionalista y chauvinista, es una estupidez entre pueblos hermanos. Sin embargo, ni los gobernantes, ni los militares parecen entenderlo” hasta que la situación los toque de verdad. Siempre debemos dar una mirada al pasado parar poder proyectarnos al futuro.

*Algunas partes han sido tomadas y modificadas de mi fuente para los fines del presente post: http://www.explored.com.ec/noticias-ecuador/los-moribundos-77302-77302.html Continúa leyendo “Un Cuento del ’41: Los moribundos”

La panadería del gato

Cuando uno compra pan para el desayuno se imagina al panadero preparando la masa, su ayudante mezclando la harina, y otro colocando la masa cruda dentro de un horno de metal. Patrañas!.

Una mañana mi mamá llegó a la casa con seis panes dorados, crocantes por fuera y muy pequeños como pastillas; suficientes para el rápido desayuno de las mañanas de comienzos de semana. Esos panecillos no eran suaves como los bizcochos, ni tan duros como para atorarse o remojarlos. Tenían un sabor entre salado y dulce incomparable. Su color y brillo le daban ese toque de “hecho en casa”, lo cual me causaba cierta curiosidad por conocer su origen. Mi lengua quedó atrapada por su sabor y textura pues era “la zona gris” de la panadería artesanal.

Muchas veces me había propuesto ir a comprar el pan en las mañanas pero nunca lo hice y, en vez de ello, decidí hacerlo en las tardes despues de clases. Mi mamá me dió la dirección para llegar “seguro”:

-“Mira, caminas de frente, y cruzas la pista, de ahí vas por la vereda y doblas a la izquierda, luego bajas y ten cuidado con resbalarte (a dónde me estaría enviando); pasas por la casa de señora Catalina y dos casas mas allá esta la panadería” – Mejor me hubiera dicho que quedaba cerca de la casa de la sensual Doña Catalina (Ahí me ubicaba como radar).

En fin, esa tarde fui camino a la casa de Doña Cata y “dos casas más allá” encontré otra casa. Nada que ver con lo que mi imaginación me había hecho soñar: Una panadería de mayólicas blancas donde hubieran estantes y aparadores con una serie productos lácteos y jamones de toda clase expuestos al respetable público, un horno metálico rechinando de limpio y donde se vendiera leche fresca por la cual pagabas el precio mientras uno de los ayudantes cobraba el dinero y lo depositaba en una computarizada caja registradora. De todo lo anterior lo único confirmado era que te cobraban el dinero por el pan. No había mayólicas, aparadores con lácteos, ni hornos de metal ni mucho menos caja registradora, ésta era una bolsa colgada de un clavo en la pared de quincha. En la mesa, solo una caja dispensadora grande de té filtrante y seis latas de leche eran la oferta adicional al cliente.

El local era una suerte de casa pero sin separaciones internas. Mas se parecía a un patio con techos de paja y calamina metálica juntos y a través de los cuales se colaban unos pocos rayos del sol de la tarde. El ambiente era fresco y el color de las paredes daba una sensación de que estabas en medio del desierto. Las paredes eran del material con el que se suelen construir las casas rurales (caña brava, barro, pajilla y caca de burro), cero ventanas y sólo la puerta de ingreso y salida. El piso de tierra acababa de ser barrido y mojado superficialmente para que no se levantara una polvareda. Había un hombre de unos 50 años ahí parado esperando a que le pagues para darte el pan del día. El color de la tierra dominaba tanto el ambiente como la tez del opaco señor de los panes.

Después de esa rápida mirada al lugar, me concentré en el horno y le pedí al hombre que por favor me diera diez panes, llevé mi propia bolsa pero él los colocó en una bolsa de plástico y la cerró de dos vueltas con un rápido nudo. En ese momento, miré el horno por dentro y ví una pala brillante del tamaño de una mesa familiar. El horno era grande y estaba hecho del mismo material de la casa, dudé al recibir el pan, su forma acampanada con una boca mediana en la entrada y una salida de aire en su parte superior me hicieron pensar que era la casa de un duende. Cobró, pagué, recibí el pan y me fui.

En la salida encontré un gato atigrado, que mirándome hacia arriba me dijo “Miau” y lo contesté “chau”, al menos habíamos versado. Si este gato me hubiera dicho algo más ese día me hubiera enterado que compartiríamos algo más que saludos en el futuro.

Así pasó el tiempo y nada, seguí probando y comiendo ese rico pan. Mi familia no tanto pero yo si, casi todos los dias, religiosamente iba a la panadería a comprar ese pan suave por la grasa hidrogenada y pringoso por la tintura de clara de huevo. Lo sabía porque los ingredientes estaban siempre ahí, a la vista de todos los compradores.

Tiempo después agradecería el hecho de que este panadero artesanal no se haya animado a preparar y hornear panetones para navidad o fiestas patrias:

Hoy mil veces hubiera preferido
que mi madre sea la que hubiera ido
a aquella panadería
para evitar la sorpresa
que hasta el día de hoy,
quedaría en mi cabeza.

Un día cualquiera
Voy por la tarde
rumbo a la panadería
cuando el sol ya no arde.

Iba a entrar por un ratito,
y miro el pan muy animado
pero de pronto quedo desganado,
cuando veo a un lindo gatito
durmiendo dentro del horno.
“Mamma mia!,
Un gatto che dorme nel forno!”

Agh!, puaj! mi estómago decía,
y en los pelos y demas cosas
que ese minino podía estar dejando,
mi mente aún seguía pensando;
Mientras ál señor le pedía
que con sólo veinte céntimos,
me de dos “gato-panes” para ese día.

Por un ratito
miré al gatito,
estirándose a sus anchas.
Qué buena raza
tener una casa
donde vives solo,
y no cocinas, ni planchas.

Me convencí que ahí tirado vivía,
dentro de ese hueco que ya no ardía,
pasándola boca arriba,
casi nueve horas al día.
Tal vez esperando a su minina
y sin la conciencia que mi pan contamina.
Hasta yo sentía calentito
a ese lindo gatito.

Conchudo michifuz
no le tengas miedo a la luz
de ese carbón prendido que estoy metiendo
para que rapidito salgas de ahí corriendo…

Sucedió que el gato atigrado dormía en el horno, acurrucado, caliente y tranquilo después de cada faena. No lo culpo, al final es un animal inocente. Sin embargo no me gustó la idea de haber estado comiendo ese pan durante un año entero. Sólo me quedó ir mas lejos a comprar pan seco y cachangas pero, esta vez, sin pelo de gato.

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Navidad en Tumbes

Justamente hoy me di cuenta de que es el momento indicado para hablar de la navidad. Como allá hay verano eterno a 21ºC de vida y no es aceptable tomar chocolate caliente, teníamos que esperar a que éste, en punto de ebullición, se enfriara como sea. Mientras tanto, todos los chicos nos juntábamos a reventar verdaderos arsenales militares en plan de demostrar nuestra valentía mientras las chicas se sentaban en los columpios y observaban nuestras atrevidas acciones, cuando nos colocábamos temerariamente un petardo encendido a la altura de los genitales mientras gritábamos: “Mira, mira la rata blanca” o cuando concursábamos por nuestra hombría colocándonos cohetecillos encendidos en nuestros bolsillos, o cuando “íbanos” a las madrigueras de los pacazos y jañapes para detonar “napoleones” en sus entradas (¿qué culpa tenían ellas?). En suma, realizabamos acciones que felizmente se justificaban con nuestra pueril edad mental. Oh! noche buena, se viene la navidad!.

Luego, “subíanos” al pozo de agua y desde esas alturas (apróximadamente 25 metros) gustábamos de atacar a los más “lornas” con cohetecillos dirigidos a sus pies. Cuando querías no les dabas y cuando ni te lo esperabas chuntabas con alguna extremidad de la pobre víctima. Los más alucinantes eran los que íban a la “luna”..sí, a la luna de la casa de algún vecino ausente. Oh noche buena , se viene la navidad!.

“Bajábanos” inmediatamente y corríamos a encender los petardos que al dar vueltas rápidamente cambiaban de colores. Ya eran las 11 de la noche y nos separábamos poco a poco para recibir la llegada de Jesús en nuestras respectivas casas. Pasábamos por algunas de ellas y ya veíamos en los patios el bosquejo de algunos muñecos rellenos con kilos de polvora (y uno de ellos con un petardo enorme en el área púbica para variar) que iban ser quemados en la noche de año nuevo. Oh noche buena, se viene la navidad!.

Algunos ya estrenaban ropa nueva y otros alguna pelota Adidas “Questra” que sería la sensación del próximo año. Chimpunes marca Umbro y zapatillas de luces L.A. Gear (sí, las mias) llamaban la atención. La verdad hice que me compraran esas zapatillas de puro “mono” ahora que lo recuerdo, esas luces no tenían ninguna funcionalidad salvo que estuviera perdido en el desierto de sechura o perdido en el camino de la peregrinación del sagrado señor de Ayabaca. Sin embargo, hoy he visto zapatillas con ruedas, muy prácticas si es que estas apurado por llegar a un sitio puntualmente o si quieres jalar como maleta a tu pequeño hijo. Extravagancias aparte, recuerdo con cierta melancolía esas navidades en grupo rodeado de verdaderos amigos y regalos llamativos.

El nacimiento de Jesús es algo para recordar, a quienes creen en él, que la pobreza en la cual debemos enfocarnos no es esa pobreza material sino la de espíritu que significa la carencia de su presencia en el alma humana. Dios, nos envia a su hijo como un gran gesto de amor y con ello busca llenar nuestra falta de iluminación divina interna. Pasarla en familia, con amigos, con quienes más quieres y con quien realmente amas, es lo más bonito y real de la navidad. Por eso, no esperes regalos en navidad, considéralos ya entregados con el más puro amor y bondad.

El chocolate no llegaba frío a las 12 de la medianoche, entonces le metiamos hielo ante la impotencia de no poder tomar algo refrescante. Llegábamos a nuestras respectivas casas sudando y por eso esperábamos un buen chocolate contra el omnipresente calor .

Oh noche buena, ya llegó la navidad!.

Feliz Navidad!

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La rutina y la razón

Las mañanas iluminadas de fuerte luz vespertina son muy comunes en el Norte. El sol se levanta justo debajo de tus pies y te despierta como si te encendieran una potente linterna en los ojos. Una vez espabilado y bien desgañitado, bostezas cual hipopótamo sabanero para luego a estirar tus extremidades como gato de faraón.

Esa iluminación, tan fuerte y calurosa, al rato me causaba un ligero dolor de cabeza desde mis ojos hacia la nuca y de paso me hacía sudar. Se suponía que el sol curaba todo y a lo mejor me estaba curando en aquél momento de agonía. Esperaba temblar y levitar, pero no. No importaba. El mejor remedio para ello era salir a comprar el pan para el desayuno en la famosa “casa del gato”. Una caminata mañanera caería muy bien y de paso vería al pequeño minino.

Abro la puerta mosquitera, coloco un pie fuera, entre la puerta y el marco, para aguantarla (es que la puerta tenía algo que la jalaba hacia el marco) y mientras calculaba los céntimos para comprar una buena cantidad de panes-cápsula y cachangas, escucho un sonido poco usual a unas cuadras de mi casa. Saco la cabeza y veo, nada más y nada menos a una vaca que, con torpes trancos respiraba con mucha fuerza con la lengua afuera, estaba huyendo de algo a sólo unos próximos 4 metros de la puerta de mi casa y de mi.

Inmnediatamente después de ver al mamífero desbocado le grité a mi madre que aún no iba a poder comprar el pan para el desayuno porque había “una vaca suelta corriendo frente a la casa” y que, por esa razón, podría ser peligroso salir. Ella no me creyó y me dijo que dejara de hablar huevadas tan temprano; de pronto apareció galopando un vaquero quien portaba una cuerda gruesa que colgaba de su brazo, mientras que con la otra extremidad se sostenía firme de las riendas. Seguramente iba camino a enlazar a la vaca loca. “Tocotoc, tocotoc, tocotoc” concertaban las sonoras pezuñas del brioso equino. Alucinante! nunca había visto una escena así tan de cerca, simplemente quedé sorprendido de ver algo así.

Cuando noté que los inusuales visitantes se habían alejado lo suficiente decidí salir a comprar el pan para el desayuno.

En sandalias caminé por la lustrosa vereda de cemento, doblé la esquina, pero luego, amables lectores, me podían ver regresando en presuroso correr hacia mi casa con una expresión en el rostro de “Puta madre, corre que no la cuentas!”:

Un toro gigantesco corría frenéticamente, como loco, respirando muy fuerte y con los cuernos en posición de ataque, bramaba y exhalaba tanto que su respiración se sentía a muchos metros, a eso añádanle un semblante enojado. Al parecer estaba persiguiendo a la vaca que yo había visto hace rato y escapando de los otros dos arrieros que lo perseguían gritando “Jo!, Jo!, Jei!” y golpeando las costillas de unas “brillantes mascotas de Héctor”. Ellos iban en posición inclinada y muy enojados, veloces: ¿20 km/h aproximadamente?.

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Años después me toparía con una imagen similar en New York

Me fijé un poco y la mirada de los caballos le daban un aire sereno y solemne al momento. Pude ver los grandes y profundos ojos negros de esa bestia y su enormidad me hizo recordar a los demás toros sobre los que había escuchado: los de miura o los de creta junto con las espectaculares acrobacias que sus bípedos oponentes realizaban en sus lomos en vez de clavarles vistosas banderillas con agudas puntas ganchudas que hoy traspasan su carne.

Asimismo recordé la festividad de San Fermín en España donde no sólo habia que tener valentía sino unos enormes mangos piuranos en vez de bolas entre las piernas: Porque correr delante de un toro loco que te puede asesinar de un solo golpecito, podría ser algo posible sólo si estuviera desahuciado. Su altura y su fortaleza me hicieron ver que el ser humano no era nada y sin embargo, gracias a su inteligencia, tiene un privilegiado poder sobre los demás seres vivos (hacer viviendas con caca de burro por ejemplo).

Velocidad, fuerza, corpulencia y gran altura no eran nada si no fuera por la exclusiva organización del pensamiento. Entendí que la inteligencia objetiva era la clave en nosotros. Con este episodio (y no con Kant O Hegel), y en ese mismo momento, comprendí la importancia de la relación entre la razón y la frágil condición humana.

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La Caca de Burro ¿Estas bromeando, no?

La población de Tumbes por tradición ha morado dentro de casas rurales construidas con la útil caña brava, la mezcla de cemento con pajilla y como techo una fresca calamina de metal (aunque ésta puede volverse insoportable a las 12:00 del mediodía si se construye a una baja altura). Estas viviendas eran tan flexibles y ecológicas que no necesitaban de ladrillos y cemento para obtener seguridad frente a inusuales o inexistentes movimientos sísmicos. Su utilidad, frescura, bajo costo y su finalidad ecológica le daban una buena onda al ambiente norteño.

Un día, mientras retornaba del colegio por el corto pero peligroso camino del barrio “El Pacífico”, a la altura del segundo cementerio, vi como un padre y sus 3 hijos construían lo que iba a ser la sala de su futura casa. La verdad no me sorprendió mucho la manera en que la estaban costruyendo: Un puñado de clavos grandes, un atado envolviendo cinco cañas bravas, barro mojado, machetes, palas para revolver el barro, alicates y alambres, escalera, etc; eran los instrumentos que yo normalmente había visto utilizar a los pobladores de otras zonas del Perú en las cuales viví.

En eso me da el alcance “Aldillo car’e caldillo”, un amigo que estaba estudiando dos años menos que yo en mi colegio.

-“¿Que haces?” Me preguntaba él con los ojos medio cerrados por el intenso sol.
-“Viendo como hacen la casa”.
-“Uuuy! de aqui se demorarán hasta el viernes, Shhh” – “Era martes”, me decía a mi mismo mientras sacaba la cuenta con mis dedos y con las pupilas hacia arriba.
-“Y eso que falta lo mas importante” – me decía Aldillo con esa retorcida sonrisa.
-“¿Que más falta ahí? – le preguntaba yo con ese típico desconocimiento de foráneo.
-“El burro pues!” – me gritaba él como si yo estuviera ignorando algo tan vital en la vida como el hecho de comer un bolo a las 12:00 del mediodía.
-“Ah ya!, ¿para que cargue las cosas?”- le preguntaba yo con la finalidad de sacarle la verdad de manera ingenua.
-“No ‘hijo’ (no sé por qué pero a algunos tumbesinos les da por tratarte de ‘hijo’ aún sabiendo que tienen menos edad que su interlocutor), si ya esta todo ahí, ¿o crees que el burro va a subir la escalera?- me decía como si yo fuera nuevo (en efecto, era nuevo y nunca había escuchado del burro como el ingrediente final para la construcción de una casa rural).
-“Bueno, entonces ¿para qué lo necesitan?”
-“Por su caca”- me dijo – “su caca es el elemento esencial, no es la pajilla, no es el barro, ni la habilidad del constructor; es la caca” – me insistió tratando de convencerme de que la caca era como el “quinto elemento” (aire, agua, fuego, tierra y…caca pues!). Así, el amor pasaba a ser un elemento privativo de quienes construían la casa.
-“Ah! entonces es para que ‘descargue’ en vez de que ‘cargue’ “- y me reí con él al imaginar la situación.
-“Si pues” – me decía aliviado y satisfecho de que al fin su foráneo amigo haya compredido.

Nos reimos mucho después de imaginarnos a un pobre burro dando vueltas cual pollo a la brasa mecánico, al mismo estilo de esas cementeras que se utilizan en las construcciones modernas y que dan vueltas sin parar. Alucinando más: con cada vuelta iría soltando caca, dura al comienzo y menos espesa después luego de darle algún laxante con yogurt o algo así, un rebuzno indicaría la falta de alfalfa y los obreros esquivarían peligrosas salpicaduras en el piso. Aquella sería la máquina modelo Pollino-720-HP con motor piajeno. Recuerdo que ese fue uno de los primeros chistes de humor escatológico que tuve en mi vida (después vendrían más).

Aldillo me contó que la caca de burro era utilizada en la construcción de las viviendas rurales porque cumplía no solo una finalidad antisísmica (teniendo en cuenta de que hubo, a lo mucho, 1 temblor en los últimos 30 años) sino además cumplía la función de impermeabilidad ante las torrenciales lluvias de verano. Que esta era una tradición que venía de años desde sus ancestros hasta el día de hoy y, quizás, hasta Felipillo, antes de volverse español, tuvo su casita armada con las heces de algún otro animal que no haya sido traido de Europa. No lo sé, pero en esta última Aldillo no me pudo convencer.

Así, llegué a convencerme de que la caca de burro, era el elemento integrador de la construcción rural. Sin este elemento la construcción se vendría abajo como un castillo de naipes. Carecería de sentido contruir una casita rural sin tener al menos prestado un pollino que buenamente te hiciera el favor. Sin la caca de burro no existiría esa comunión de elementos. De cohesión. En suma, sin la caca de burro, simplemente, lo construído no pegaría.

Con su sonrisa de vivo, Aldillo se separó de mi para ir con dirección a su casa que, como me lo había confesado, estaba hecha con caca “pero” de vaca (al final venía a ser lo mismo sólo que con “otro estilo” según él). Yo aún trataba de explicarme lo raro que sería pegar tus muebles a la pared, colgar los cuadros familiares e incluso al mismo Jesus y la ultima cena en un muro así. Qué herejía!. Yo acostumbraba colocar los cachetes contra la pared durante las noches. Después de haberme enterado de esto, no lo haría más. Ahora, si eres amante de la ecología, esta es tu oportunidad: viaja a Tumbes, consigue un sencillo hospedaje con las características descritas, instálate y empieza la lectura de la biblia en el capítulo del Apocalipsis (que es, en resumen, “el fin de los tiempos”) para ir entrando en onda. Si viviera en una casa así, colocaría mi cama en medio del cuarto.

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Creciendo después de la lluvia II

Pasaba el domingo y empezaba otra nueva pero rutinaria semana, con ese plus que la convertía algo diferente: la lluvia. El cielo seguía gris después del tremendo chapuzón de fin de semana (lo cual era signo de que la lluvia continuaría por unas horas más), aún chispeaban esas gotitas de agua parecidas a la “lluvia” que los limeños ven en la capital. Tenámos que estar en el colegio a las 8:00 a.m. y el bus se aparecía a las 7:15 a.m. para hacerla a tiempo. Yo, por fortuna, vivía muy lejos del paradero del bus y llegaba a ser uno de los más altos del grupo. Oh verdad! “creciendo después de la lluvia”, pues sí, el asunto es que muchos quienes han vivido en climas tropicales dirán que lo que les cuento sobre el barro aquí es cierto: El suelo barroso de Tumbes no te suelta..se te pega en las plantas de los zapatos, chancletas o yanques que estes utilizando. La unica solución es caminar descalzo en el barro o caminar de espaldas (porque se te despega caminado en sentido opuesto).

En efecto, con cada paso, en cada avance, en cada pisada, hacia adelante, siempre se iba adhiriendo una gratuita capa de barro en las plantas de mis recién lustrados zapatos negros escolares. Una verdadera mierda: tener que abrir la lata de betún para lustrar mis zapatos era un suplicio para mi naríz porque se me cerraban las fosas nasales y por poco acabaría desmayado en el piso antes de ponermelos y es que mis alergias respiratorias se habían mitigado mas no curado. En fin, tener que lustar mis zapatos en vano me enseñó a no lustralos durante el verano.

Frases como: “Ya no lo hago porque esta lloviendo mucho, ¿ves?”, justificaban mis convicciones de abril y marzo. Por ello, lustar mis zapatos en época de lluvias era algo tan innecesario como la obligación de lavarte los dientes antes de comer, saludar a todos en una reunión ni bien has llegado y aún sabiendo que sólo conversarás a lo mucho con dos personas y nadie más, inclusive hoy, lo comparo con algo tan innecesario como comprar el periódico del día teniendo internet en casa (mil disculpas para quienes no tengan el servicio).

Retornando a mis días de grandeza temporal; yo llegaba, solo por molestar, midiendo siete centímetros más de lo que habitualmente mido, para luego, con aquél barro desprendido de mis suelas, meter espectaculares goles de media tijera en las rejas de la casa ubicada frente al paradero con esas suelas de barro que la naturaleza me dio: mis suelas estilo “creación del Dr. Frankenstein”. Era grande, en el “fútbol-reja” nadie me ganaba en ensuciar la pared, y la chica que me gustaba estaba ahí mirándome con asco y deseo: asco de esa actitud infantil de ensuciar paredes y deseo de que el bus me atropellara por casualidad, “oops!”. Una mueca de su boca entreabierta me lo decía todo. Ella, más alta y desarrollada que las demás chicas que yo conocía, y yo, aún hecho una papa rellena de cabello muy corto e hirsuto nunca estaríamos destinados a estar juntos en cuestión de sentimientos (pero esa es otra historia).

Entonces, al avisorar el bus a lo lejos, nos afanábamos por tener los zapatos menos sucios. Golpeábamos los tacos contra la pobre pared y, luego, en fiel desacato de las normas de respeto y urbanidad; los más grandes entraban antes que los pequeños, incluso entre amigos la amistad se volvía de barro, yo ya no podía imponer respeto porque éste se había quedado pegado en la pared de la casa vecina, el encargado del bus bajaba tratando de poner fin al estado de naturaleza que se desarrollaba en la puerta del bus escolar, obviamente no podía y tenía que gritarnos terminando cada exclamación con un “carajo”, un “puta” o un “mierda”: la cola se convertía así en el fiel retrato del pensamiento Darwinista o Darwiniano y creo que Thomas Hobbes hubiera estado aplaudiendo a carcajadas, señalándonos ahí parado (y mas alto que de costrumbre..por el barro) por la confirmación de sus teorías. Como dicen por ahí: “todo depende de la motivación”, para algunos todo ese cáos era por obtener un asiento y llegar decansaditos (¿más?) al colegio; mientras que para mi, era sólo para estar en el rango de visión de la chica que me gustaba mucho. Todas las cosas son motivaciones.

Finalmente, era en vano llegar con los zapatos limpios al colegio. El piso del corredor del bus era una verdadera cochinada. Parecía el transporte de cuarenticuatro cerditos yendo por el camino de la granja feliz. Nunca pude llegar en esas época de lluvias con los zapatos limpios al colegio. Ahora, soy capáz de decir: “Crecí paso a paso de camino al colegio en aquéllas mañanas norteñas de lluvia ligera”.

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Creciendo después de la lluvia I

Durante las estaciones de primavera y verano comenzaba a a llover como si el gordo de arriba hubiera abierto la ducha por ese calor que probablemente le molestaba a él y literalmente abrasaba a la gente que osaba caminar en las calles de este rincón norteño del Perú. Yo siempre consideraba que el clima tropical era el mejor: no me gusta el frío ni la nieve, ni tampoco los climas húmedos con cielo panza de rata; prefiero estar en el calor, con el sol sofocándome y con las piernas abiertas a la sombra del saliente techo de calamina de mi casa, y, posada en el piso, una jarra de limonada azucarada con hielos semejantes a tres icebergs flotando dentro (y que poco a poco se empequeñecían = COP15).

El viento del litoral soplaba suavemente, con los ojos cerrados y muy apaciblemente lo sentías susurrándote algo..¿que?..que no te preocuparas..ah no?..no, porque en un ratito nomás..sí, en un momentito..iba a empezar el aguacero…primera gota…, segunda, tercera y EMPEZÓ A LLOVER! -“Shhh! la primera lluvia de la temporada Guá!”- qué satisfacción.

A pesar de que la lluvia era algo esperado durante la epoca de verano, era mostro tenerla al comienzo, pero luego de estar casi tres meses presente, ya aburría y molestaba. Era como aquél huésped esperado, ese familiar que no veías hace mucho tiempo y que se quedaba varios días sin aportar nada y que constituía un estorbo en vez de un aporte para la casa. Primero, la lluvia era muy jodida porque ésta significaba siete horas de chorreo acuoso incontenible (aquí sí que las nubes se exprimían con ganas), literalmente formaba lagunas y esto era sinónimo de arduo trabajo cuando terminaba de caer. Asimismo, el sustantivo “lluvia” significaba la salida (o mejor dicho, escape) de todos aquellos bichos que se habían escondido del peligro y la muerte segura que representaba el encontrarse en su camino con un ser humano: hormigas chiquitas, iguanas, cucarachones, sapos, zarigueyas, gusanos, escorpiones, hormigas gigantes, pacazos, etc. Todos ellos pugnando por entrar a la casa como sea, después de tiempo..que ingratos!

-“Pero pasen con confianza! acá los espero con mi chancleta”.

La lluvia también era una molestia porque era la correcta traducción de “baldear” el jardín cuando ya las gotas caían en intervalos mucho más largos. En efecto, para que mi casa no se convirtiera en la película “2012” tenía que salir con mi balde de pintura y una escoba en forma de “T” para empujar el agua hacia la puerta de salida. Trabajo mecánico hecho sin parar durante cuatro horas..cuatro horas!!!!!

Esas tres razones eran el dolor de cabeza para cualquiera por allá; era el “después de la lluvia”, aquella molestia inevitable por el bien de la casa. Sin embargo, la lluvia era lo mejor que se podía sentir en ese momento: era la tregua del sol con el hombre. Como el acuerdo entre la tierra y nosotros. La lluvia era ese relajo esperado, era salir a la calle y sentir las gotas caer en toda la cara, coronilla, hombros, pecho, espalda, brazos..axilas, etc. (algunos aprovechaban para darse el merecido baño). Era, en suma, la alegría compartida de muchos, era una comunión concretizada. Todos te iban a responder lo mismo si les preguntabas con la palma de la mano en el borde de la oreja, al mismo estilo de misa de domingo:

“¿Les gusta la lluvia hijos..?”
Y todos -“¡Guá, que sí!”-al unísono

Así, yo no era el único que salía y empezaba a correr como un orate desvergonzado con la ropa mojada pegada al cuerpo. Todos los demás locos del lugar salían eufóricos (porque, al igual que yo, eran nuevos en el lugar) y prestos a “enmarranarse” (nueva palabra) en el barro. Recuerdo que salíamos a jugar fútbol en una cancha de tierra improvisada con todo lo necesario: cuatro piedras visibles y/o ladrillos partidos colocados en forma opuesta. Gente al medio y listo -pásame la bola cojudo!- gritábamos.

Correr, gritar, tomar agua sin necesitar aguatero, sudar sin sentir el sudor, correr y revolcarse cual puercos en el barroso suelo, realizar barridas espectaculares dignas de Paolo Maldini, volar por los aires como Ravelli, faulearnos sin piedad, intentar no mentarnos la madre y sobrevivir a la justa deportiva sin heridas se volvía en un gran reto si queríamos afirmar la “limpieza del juego”..Correr, correr y con cada tranco sentir que creces, eres más grande, más que los demás…un momento…todos también crecieron..¿que ocurre?..¿qué pasó?

Sentirte grande en un partido en plena lluvia es algo que se hace realidad para cualquiera en Tumbes..en el próximo post les contaré por qué.

Continúa leyendo “Creciendo después de la lluvia I”

Noche de conflicto

7:00 PM: Escaramuzas en la frontera Ecuador-Peru.
7:10 PM: Recogen a todos.
7.15 PM: “Ya me voy a la frontera”.
7:15:27 PM: “Cuídate”.
7:50 PM: Esperando el noticiero nacional de las 8:00 PM.
8:00 PM: Viendo el noticiero ecuatoriano de las 8:00 PM.
8:12 PM: Cambiando el canal: 7, 2, 5, 9…..13, 3, 4, 11…evangélicos no, no..¿33?, ¿45?
8:15 PM: Peruanos: “Ellos nos invadieron” (“cruzaron la frontera”).
8:20 PM: Ecuatorianos: “Nosotros los invadimos” (“los encontramos dentro de nuestro territorio”).
8:23 PM: Llegan los amigos: “Oye! vamos afuera!”
9:00 PM: Todos reunidos, los siete reportándose.
9:16 PM: Una larga fila de tanques salía del cuartel; camiones y soldados marchaban presurosos hacia el norte.
9:20 PM: Sentados y discutiendo que papá iría primero: “Gua! el mio es valiente pero no tan huevón”.
9:30 PM: Primera mamá llamando: “Javicho!”.
9:30:07 PM: Javicho: “Chucha, mi vieja!…Ya voy ma’!”.
9:32 PM: Carloncho: “El que se va primero es un chivo!”.
9:32:01 PM: Contra!
9:34 PM: Javicho prefiere el ignominioso título a un jalón de patillas en la puerta de su casa.
9:35 PM: Se va el chivo a su casa.
9:40 PM: Observando, pensando en una vida sin papá.
9:50 PM: Discutiendo la jerarquías, ¿cuál se salva?…verdadera preocupación, regresamos a nuestras casas.
9:55 PM: Mueren dos, quedan cuatro (eramos siete)..el papá del chivo también se salvó.
10:00 PM: Mensaje a la nación: se cierra la frontera, se rompen relaciones diplomáticas, hay desconfianza mútua.
11:00 PM: ¿Hasta cuando durará esto?, no sabemos nada.
12:00 PM: Corte de energía eléctrica, no hay luz para evitar posibles bombardeos desde el otro lado.

Fueron cuatro noches sin luz, cuatro noches de desconcierto, cuatro noches de incertidumbre. Cuatro noches con los ojos abiertos, recordando las 7:15: 27. Continúa leyendo “Noche de conflicto”

¿Nortencio Gua?

Nortencio Gua; personalidad alternativa de un sujeto que logró sobrevivir al caluroso clima del departamento de Tumbes en el norte de la costa peruana.

Influenciado por el amarillo panorama de los inviernos y el limpio verde de los veranos, sólo se dedicó a jugar fulbito de lunes a domingo, de cenit a nadir bajo el abrasante sol de ese verano eterno. El suelo ardiente con abrojos esparcidos en toda su extensión hacían imposible que caminará descalzo tal y como lo hacían los demás chicos de su edad.

Algarrobos, chilalos, burros, pacazos y el omnipresente rio Tumbes hicieron que su paso por este lugar sea inolvidable. ¿Cómo no recordar el caso de la muca madrugadora?, ¿que fué del gato que perdió la cabeza en mi jardín? ¿y la tortuga gritona? ¿los insoportables monos pichicos y sus dudosas conductas sexuales?..el arból embrujado en la sala de la casa vecina, el misterio del mango enano, etc.

Nortencio, mitad Norte y mitad Hortencio:
A quien le parezca el nombre para un torpe
que se toma en serio la regla de la “H” muda,
dense cuenta de que no hay duda
que en el rico norte
por solo pesatañear se suda.

Norte caluroso,
Cielo lluvioso,
Toros bramando,
Borrachines su chicha tomando
Y en la calle de un tablazo
comiendo un rico cevichazo!

Norte de suelo ardiente,
con sus murciélagos de la tarde,
su imperceptible mordida caliente
hasta hoy en mis labios se sienten.

Nortencio: “no entiendo lo que dices”:
¿Aflojen las alforjas y prueben esos alfeñiques?.
No, que si no te comportas te cae como en el huarique,
Discúlpalo que ya no escucha
Pero si no esta sordo, sino gordo.
Queeee!?
Que no esta flaco y si escucha.

Nortencio Gua ha hablado y contadas aquí algunas de sus vivencias estan. Gua!
Continúa leyendo “¿Nortencio Gua?”