Creciendo después de la lluvia I

Durante las estaciones de primavera y verano comenzaba a a llover como si el gordo de arriba hubiera abierto la ducha por ese calor que probablemente le molestaba a él y literalmente abrasaba a la gente que osaba caminar en las calles de este rincón norteño del Perú. Yo siempre consideraba que el clima tropical era el mejor: no me gusta el frío ni la nieve, ni tampoco los climas húmedos con cielo panza de rata; prefiero estar en el calor, con el sol sofocándome y con las piernas abiertas a la sombra del saliente techo de calamina de mi casa, y, posada en el piso, una jarra de limonada azucarada con hielos semejantes a tres icebergs flotando dentro (y que poco a poco se empequeñecían = COP15).

El viento del litoral soplaba suavemente, con los ojos cerrados y muy apaciblemente lo sentías susurrándote algo..¿que?..que no te preocuparas..ah no?..no, porque en un ratito nomás..sí, en un momentito..iba a empezar el aguacero…primera gota…, segunda, tercera y EMPEZÓ A LLOVER! -“Shhh! la primera lluvia de la temporada Guá!”- qué satisfacción.

A pesar de que la lluvia era algo esperado durante la epoca de verano, era mostro tenerla al comienzo, pero luego de estar casi tres meses presente, ya aburría y molestaba. Era como aquél huésped esperado, ese familiar que no veías hace mucho tiempo y que se quedaba varios días sin aportar nada y que constituía un estorbo en vez de un aporte para la casa. Primero, la lluvia era muy jodida porque ésta significaba siete horas de chorreo acuoso incontenible (aquí sí que las nubes se exprimían con ganas), literalmente formaba lagunas y esto era sinónimo de arduo trabajo cuando terminaba de caer. Asimismo, el sustantivo “lluvia” significaba la salida (o mejor dicho, escape) de todos aquellos bichos que se habían escondido del peligro y la muerte segura que representaba el encontrarse en su camino con un ser humano: hormigas chiquitas, iguanas, cucarachones, sapos, zarigueyas, gusanos, escorpiones, hormigas gigantes, pacazos, etc. Todos ellos pugnando por entrar a la casa como sea, después de tiempo..que ingratos!

-“Pero pasen con confianza! acá los espero con mi chancleta”.

La lluvia también era una molestia porque era la correcta traducción de “baldear” el jardín cuando ya las gotas caían en intervalos mucho más largos. En efecto, para que mi casa no se convirtiera en la película “2012” tenía que salir con mi balde de pintura y una escoba en forma de “T” para empujar el agua hacia la puerta de salida. Trabajo mecánico hecho sin parar durante cuatro horas..cuatro horas!!!!!

Esas tres razones eran el dolor de cabeza para cualquiera por allá; era el “después de la lluvia”, aquella molestia inevitable por el bien de la casa. Sin embargo, la lluvia era lo mejor que se podía sentir en ese momento: era la tregua del sol con el hombre. Como el acuerdo entre la tierra y nosotros. La lluvia era ese relajo esperado, era salir a la calle y sentir las gotas caer en toda la cara, coronilla, hombros, pecho, espalda, brazos..axilas, etc. (algunos aprovechaban para darse el merecido baño). Era, en suma, la alegría compartida de muchos, era una comunión concretizada. Todos te iban a responder lo mismo si les preguntabas con la palma de la mano en el borde de la oreja, al mismo estilo de misa de domingo:

“¿Les gusta la lluvia hijos..?”
Y todos -“¡Guá, que sí!”-al unísono

Así, yo no era el único que salía y empezaba a correr como un orate desvergonzado con la ropa mojada pegada al cuerpo. Todos los demás locos del lugar salían eufóricos (porque, al igual que yo, eran nuevos en el lugar) y prestos a “enmarranarse” (nueva palabra) en el barro. Recuerdo que salíamos a jugar fútbol en una cancha de tierra improvisada con todo lo necesario: cuatro piedras visibles y/o ladrillos partidos colocados en forma opuesta. Gente al medio y listo -pásame la bola cojudo!- gritábamos.

Correr, gritar, tomar agua sin necesitar aguatero, sudar sin sentir el sudor, correr y revolcarse cual puercos en el barroso suelo, realizar barridas espectaculares dignas de Paolo Maldini, volar por los aires como Ravelli, faulearnos sin piedad, intentar no mentarnos la madre y sobrevivir a la justa deportiva sin heridas se volvía en un gran reto si queríamos afirmar la “limpieza del juego”..Correr, correr y con cada tranco sentir que creces, eres más grande, más que los demás…un momento…todos también crecieron..¿que ocurre?..¿qué pasó?

Sentirte grande en un partido en plena lluvia es algo que se hace realidad para cualquiera en Tumbes..en el próximo post les contaré por qué.

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