El quechua es una de las lenguas más habladas en nuestro país. A lo largo de la historia, los hablantes del quechua han sido numerosos. En el siglo XVI, los españoles la escogieron para efectuar sus propósitos evangelizadores y colonizadores porque se percataron de que se trataba de una lengua general: había quechuahablantes en la costa y en los Andes. A pesar de la imposición del español, y la posterior negación de enseñar hablar este idioma, la lengua se siguió hablando. Es una de las lenguas andinas vivas como el aimara y el jaqaru. Sin embargo, algunos de los hablantes dejan de usarla.

En nuestro país, los quechuahablantes sienten desprecio por su lengua materna debido a la vergüenza lingüística. La vergüenza lingüística es la actitud de autonegación y marginación contra la propia lengua materna que surge de la valoración de utilidad de esta en diversos espacios sociales. En el país, no hay condiciones para hablar quechua en las universidades, los hospitales, los colegios, los juzgados, colegios, el Congreso. Esta reacción emocional ocasiona que el hablante oculte que hacer uso de la lengua y deje de emplearla. Los hablantes de quechua piensan que hablar la lengua es inservible, por lo que cada vez disminuye la cantidad de quechuhablantes de lengua materna en zonas andinas, como Junín, Huancavelica y Cajamarca, e incluso en zonas urbanas no andinas, en las que han migrado los usuarios. Dicho rechazo verbal es justificado por los hablantes en el sentido de que sostienen que en el Perú existe poca importancia hacia la enseñanza y el aprendizaje de la lengua como primera y segunda lengua en las escuelas y centros de idiomas, los cuales en los años sesenta a noventa, e incluso algunos hasta ahora, se convirtieron en espacios de burlas por parte de los profesores y alumnos castellanohablantes. Por eso, los padres quechuahablantes prohíben enseñar hablar la lengua a la siguiente generación, pues consideran que sus hijos no deben ser discriminados. Para ellos, su lengua termina por ser objeto de burla y rechazo.

Los hablantes de quechua, asimismo, abandonan su lengua porque es difícil comunicarse en una sociedad jerárquica y desigual. No es lo mismo ser hablante de una lengua originaria que ser hablante de castellano. El quechua como otras lenguas nativas están estigmatizadas: se las considera inferiores, deformes, malsonantes, raras. En cambio, el castellano goza de prestigio, por ejemplo, aparece en diversos libros y medios de comunicación. Esta forma de ordenar socialmente las lenguas también se ve alimentada por otros prejuicios que afectan la imagen de los hablantes. A dichos usuarios se los cataloga de motosos, pobres, analfabetos, miserables, campesinos, ingenuos, desmuelados. Así, por ejemplo, en programas como La Paisana Jacinta se parodia a la mujer andina como una persona tonta, mal vestida, sin educación, y, de esta manera, se genera rechazos hacia la comunidad andina. He visto que algunos limeños usan la expresión “ña, ña, ña” del personaje para oprimir a personas que han sido cosificadas en la ciudad como “serranas” o “cholas”. En otras palabras, se refuerzan estructuras sociales de jerarquía. En el Perú, unos ciudadanos son mejores aceptados que otros. Asimismo, la desigualdad que existe en la sociedad ocasiona que los hablantes de lenguas originarias no tengan los recursos y servicios con los que cuentan los hablantes de castellano. Las escuelas rurales carecen de tecnologías e infraestructuras necesarias para mantener, revitalizar, preservar, difundir y desarrollar las lenguas autóctonas. Los profesores que proceden de comunidades indígenas no son bien remunerados salarialmente y muchas veces se les pide solo enseñar castellano. En el Perú, no se sabe cuántos profesores de quechua existen y tampoco de las demás lenguas. Es más, a muchos ciudadanos no les interesa. Generalmente, en el lado del prestigio, nadie se cuestiona por la desaparición de los hablantes de las lenguas originarias, a lo mucho puede preocuparles la pérdida de la lengua vista como un “componente” esencial del patrimonio cultural.

A pesar de esta situación, los quechuahablantes que se resisten a abandonar su lengua son ejemplo de una emblemática lealtad lingüística. Es decir, continúan hablando la lengua frente a las condiciones más adversas y humillantes productos de un pasado o un presente colonizador, homogeneizante y hegemónico. La lengua originaria usualmente se emplea en espacios familiares, como la casa, y de encuentro o congregación, como las ferias y las fiestas. Recuerdo haber escuchado hablar quechua muy  grata y amicalmente a un grupo de tres mujeres en un puesto de venta de emoliente en Cusco. También recuerdo a Nieves, hablante del jaqaru, quien siempre motivaba a los pobladores de Tupe a hablar la lengua en la escuela y en la comunidad, sobre todo porque el castellano está siendo empleado más por las generaciones jóvenes, y motivaba a los especialistas a estudiarla. En algunos lugares del Perú, las mujeres son vistas como las mayores responsables de transmitir la lengua a los niños y también de mantenerla. Como defensoras de sus lenguas originarias, sobreviven en sus pueblos y en las zonas de migración. La presencia del quechua en zonas urbanas ha generado que hablantes del castellano se interesen por aprenderlo e incluso miembros de familias quechuahablantes se cuestionan por qué sus padres no les enseñaron «el idioma». En la universidad, algunos jóvenes se inscriben en talleres o cursos de Quechua, en los que aprenden generalmente la gramática. Otros buscan centros de idiomas para poder desarrollar sus habilidades comunicativas. Asimismo, en algunos eventos académicos se habla en quechua o se menciona su existencia. Es más, hay políticos y candidatos que usan algunas palabras en dicha lengua en los discursos de bienvenida y despedida, como lo hizo Keiko Fujimori en su último debate presidencial: “Ya estoy lista para gobernar, ¡Kausachun Perú!”; lo mismo sucede con algunos cantantes de música vernacular, quienes incluso saludan y hacen bromas en quechua. De alguna manera, se busca aprenderla y hacerla suya. Estas manifestaciones de resistencia ocasionan que aparezcan corrientes en defensa del uso del quechua. Incluso, aparecen páginas web, blogspots, como Runasimet, y diccionarios en línea en el mundo virtual para los aprendientes. En este contexto, cabe preguntarse si la difusión del quechua va dirigida también para los hablantes nativos. Y, además, si la revalorización de la lengua se asume como un objeto ancestral y exótico que hay que conservar o, por lo contrario, como parte de una identidad viva que hay que potenciar. Estamos, pues, ante un dilema ideológico.

En suma, el quechua desaparece puesto que sus hablantes sienten vergüenza de usarla en una sociedad vertical. Este segundo factor es el que más influye en la toma de decisión de negar comunicarse en una lengua y despreciarse como ser humano. La sociedad peruana puede convivir con hablantes de muchas lenguas y reconocerse como multicultural y hasta intercultural, pero mientras no cambie el sistema de opresión y marginación social, no habrá cambio social ni aceptación lingüística favorable para los grupos peruanos minorizados. Por ello, es necesario que se desarrollen más ciudadanos críticos en defensa de la democracia, la pluralidad, la equidad, el buen vivir. En un mundo globalizado que deteriora el ecosistema, la vida social, las relaciones familiares, la reciprocidad, y el amor por los otros, no es vital crecer económicamente por crecer y distanciarse cada vez más en la lucha por un posicionamiento social, es mejor decrecer socioeconómicamente a favor de todos.

 

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¿Cómo citar esta fuente?
LOVÓN CUEVA, Marco (2018). “Los hablantes del quechua y la vergüenza lingüística”. Blog de Lenguaje y Redacción. Lima: PUCP. https://bit.ly/2sFTd30
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