No solo en Perú, sino también en Ecuador, Bolivia, Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay y hasta en Panamá se le llama, despectivamente, milico al militar. En todos estos países se descalifica al militar con el uso de esta palabra, pues para la población es una forma de rechazar a este miembro que profesa la milicia. La gente ha llegado a desconfiar de los militares y de los policías; en un lenguaje informal, nadie confía en los milicos y los tombos. La percepción de la gente de considerarlos como protectores de las integridad territorial, la soberanía, el orden público y la seguridad particular de los ciudadanos se altera por la imagen de verlos como asesinos, abusivos, rateros o sobornadores. Como ejemplo de esta percepción y calificación negativa se tiene esta cita: “Milicos, cachacos, tombos ladrones y coimeros, demuestren y ganense el respeto de la población, para que así justifiquen sus sueldos”*. Despectivamente se los menosprecia. En nuestro país, el milico y el tombo son infravolarados también con el término cachaco. Ese vocablo que se utilizó en un inicio para referirse al policía terminó a su vez por aplicarse al mismo militar.

Si bien es cierto que los hablantes de una lengua crean palabras para nombrar y referirse a las cosas objetivas, igualmente crean para manifestar las apreciaciones subjetivas (amor, rechazo, dulzura, etc). Podemos estar de acuerdo con las connotaciones que da un grupo a otro o no estarlo, de qué depende, de la pertenencia o identificación con uno de los grupos en un espacio y momento determinado; no obstante, lo que no puede dejar de negarse es la existencia del vocablo. Aunque nos desagrade, hay términos despreciativos producto de la capacidad inventiva del hombre que ve a otro hombre como distinto, raro, superior, injusto, salvaje.

En términos de grados, el alférez es el alfiler, el capitán es capirucho, el comandante es comanche y el coronel es coroncho. Se buscan palabras equivalentes para las denominaciones de la organización militar y policiaca. Cabe señalar que estos términos usados en el lenguaje peruano se presentan con un matiz peyorativo. Se desvalora al militar o al policía por sus distintos grados o autoridad. El lenguaje es como el ajedrez: de un lado hay fichas blancas, del otro, negras; y cada una de ellas se corresponde una a otra. Por cierto, el término capirucho se ha extendido al campo del fútbol para adjetivar al capitán de un equipo.

El lenguaje, ciertamente, permite a los hablantes ocultar aquello que otros no deben conocer. Así en la jerga delictiva se llama moroco al soldado; es decir, la persona que sirve en el Ejército es apodada como moroco por la gente que delinque. Un moroco es, sobre todo, el militar que empieza a trabajar dentro de la escuela militar después de haber egresado. Como soldado posee poca experiencia en la ejecución de las labores militares. Ciertas veces, calificar demanda a los grupos humanos de escabullirse de las alusiones directas. Otras veces requiere denominar aquello que se resiste a ser nombrado. En la Sierra o en la Selva, por ejemplo, se testimonia que el término uniformado es el intento de reconocer al militar o al policía no identificado. El lenguaje, pues, está al servicio de todos.

*X-man. “Reparos a la eliminación de Cédula Viva”. Perú21.pe (Comentario). 2 setiembre 2010. http://bit.ly/bNttiM Reg. 28 enero 2011)

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¿Cómo citar esta fuente?
LOVÓN CUEVA, Marco (2011). “De militar a milico”. Blog de Marco Antonio LOVÓN CUEVA. Lima: PUCP, 28 enero 2011. http://bit.ly/hfSko0
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