Terapia de los pensamientos: Una práctica antigua

11:00 a.m. | 16 jun 23 (LCC).- Los pensamientos forman parte de nosotros, nos acompañan, nos aconsejan, pero también nos perturban, nos desaniman. Algunas personas están tan atormentadas por ellos que no encuentran la paz, incapaces de deshacerse de ellos e impidiéndose llevar una vida tranquila y activa. Ciertamente, no es un problema nuevo; la espiritualidad cristiana se ocupa de ellos desde hace mucho tiempo. Frente a los pensamientos que inducen a la desesperación, la vida espiritual ofrece caminos, que tienen como punto de partida que todo –pensamientos, palabras, obras– puede ser atravesado por el amor de Dios, que no conoce obstáculos.

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San Ignacio, recordando el episodio decisivo de su vida que le llevó a elaborar las reglas para el discernimiento, había notado la diferencia, a veces repentina, de los pensamientos que se agolpaban en su mente: “Empezó a maravillarse desta diversidad y a hacer reflexión sobre ella. Cogiendo por experiencia que de unos pensamientos quedaba triste, y de otros alegre” (Autobiografía, n. 8). Para Ignacio, esta diversidad es tan importante que la describe como “el primer discurso que hizo en las cosas de Dios”.

Sin embargo, el análisis de los pensamientos era conocido en la tradición espiritual cristiana mucho antes de Ignacio. Evagrio Póntico escribió un famoso tratado, Contra los malos pensamientos, que se ha convertido en uno de los textos clásicos en la discusión teológica de los vicios capitales. Evagrio veía en los pensamientos el origen de las malas acciones que, repetidas a lo largo del tiempo, se convierten en vicios que minan la voluntad y, sobre todo, sugieren que la tendencia al mal es invencible, hasta el punto de dejar a la persona en las garras de la soledad total y la desesperación de sí mismo.

Los malos pensamientos no sólo pueden llevar a hacer el mal, sino que también restan energía e impiden expresar lo mejor de uno mismo: recuerdan obsesivamente los traumas sufridos, los fracasos, las preocupaciones por la salud, las tareas que no se pueden terminar, las evaluaciones negativas de la propia valía y de la posibilidad de ser apreciado por los demás; o engañan, sugiriendo una idea exagerada de uno mismo, hasta el punto de creerse el centro del mundo.

Este abigarrado cosmos acapara gran parte de nuestro tiempo y ocupación cuando estamos sometidos a estrés, o cuando está en juego nuestro valor personal, y nos vemos, a pesar nuestro, obligados a dialogar, luchar o intentar eliminar este lastre interior. En vano. A pesar de los esfuerzos realizados, el resultado es frustrante: la batalla está perdida de entrada, porque esos pensamientos tocan cuerdas muy sensibles y centrales de la propia personalidad, historia y criterios de evaluación. Y con el tiempo, uno acaba convirtiéndose en lo que cree ser, como una profecía autocumplida.

Conocer nuestros pensamientos recurrentes, su relación con el bienestar o el malestar psicológico y las formas en que nos enredamos en ellos puede resultar útil para seguir una relación más práctica con un aspecto importante de nuestros procesos mentales.

 

¿Una batalla inútil?

Los padres del desierto habían comprendido que luchar contra los pensamientos obsesivos los fortalecía, mientras que limitarse a notarlos, sin juzgarlos, debilitaba su mordacidad: seguían estando presentes, pero con el tiempo perdían su capacidad sugestiva. Sobre todo si uno reconfirmaba con sus acciones la intención de servir al Señor. Por eso san Ignacio nos invita a no hacer nunca cambios en momentos de desolación, sino que, por el contrario, es decisivo fortalecernos en la opción emprendida.

En los dichos de los Padres encontramos una advertencia semejante: “Un hermano preguntó al abad Arsenio: ‘¿Qué debo hacer, Abba? Un pensamiento me angustia diciendo: ya que no puedes ayunar ni trabajar, al menos visita a los enfermos. Esto merece recompensa’. El anciano reconoció en esto la semilla del demonio: ‘¡Vamos! –le respondió– come, bebe, duerme; y no salgas de tu celda’. Porque sabía que la fidelidad a la celda hace del monje lo que debe ser”.

Este es un aspecto importante de la vida espiritual: la acción logra lo que el conocimiento y la comprensión no podrían alcanzar. Actuar deliberadamente significa provocar una transformación inmediata en la propia vida, demuestra que uno es capaz de vivir de otra manera el momento de la prueba, y esto también influye en el curso de los propios pensamientos.

Esto está muy en consonancia con la mentalidad bíblica, según la cual uno escucha y comprende lo que ha realizado. Como afirma un midrash sobre Ex 24,7 (“Haremos y oiremos todo lo que el Señor ha dicho”): “Moisés dijo a Israel: ‘¿Cómo podéis hacer que la acción preceda a la escucha? ¿Acaso la acción no suele venir de haber aprendido lo que hay que hacer?’. Y ellos respondieron: ‘Haremos todo lo que oigamos de Dios’. Por eso decidieron observar la Torá incluso antes de haberla oído”. Como diría Jesús: “Ven y verán” (Jn 1,39). Un ejemplo eficaz de acción que aclara el conocimiento es la decisión de manifestar los propios pensamientos a una persona experta en la vida espiritual: esto ayuda a dominarlos.

Los padres del desierto comprendieron también por qué no es posible eliminar los malos pensamientos: están en un nivel más inmediato y básico que la voluntad. Sin embargo, es posible protegerse de ellos dando espacio a los pensamientos, palabras y obras que nos han hecho bien. Así como los pensamientos negativos persisten cuando se cultivan y se traducen en actos, lo mismo ocurre con los pensamientos positivos.

Otro modo de afrontar los pensamientos perturbadores es detenerse a orar, asociando el ritmo de la respiración o los latidos del corazón a un versículo de la Biblia o a una frase del Padre Nuestro. Es la llamada oración del corazón, retomada por San Ignacio en los ejercicios espirituales, en lo que él llama el “tercer modo de orar” en situaciones de gran desolación o aridez espiritual. Todo ello fomenta actitudes contrarias al vicio y al desánimo, que son de gran ayuda ante los pensamientos automáticos.

Una terapia recomendada por los Padres consiste en retomar estas saludables palabras nada más levantarse, a fin de establecer el estado de ánimo adecuado para el resto del día. Si, como dice el proverbio, “a quién madruga, Dios le ayuda”, lo mismo ocurre con las primeras palabras que uno pronuncia. Éste es también el sentido de la oración de alabanza con la que la liturgia invita a comenzar el día. Y la palabra repetida influye en la actitud con que se viven las actividades cotidianas: pueden considerarse una carga, un aburrimiento, o una ocasión, una oportunidad para colaborar en el Reino de Dios. El significado que uno les atribuye es un aspecto no secundario para el resultado final. Como señaló Séneca: “No porque son difíciles no nos atrevemos a hacerlas, sino porque no nos atrevemos son difíciles”.

Del mismo modo, las acciones que preceden al sueño nocturno también son importantes y deben prepararse con cuidado: repasar el día en presencia de Dios, como sugiere la práctica del examen de conciencia, ayuda a captar enseñanzas que pueden haber llegado de forma discreta y silenciosa, pero precisamente por eso sumamente preciosas, que no deben olvidarse. Irse a dormir acompañado de una oración o de una lectura espiritual permite que el espíritu las reelabore durante la noche, de modo semejante a la ruminatio con la que los Padres, retomando la enseñanza bíblica (“Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Graba en tu corazón estas palabras que yo te dicto hoy. Incúlcalas a tus hijos, y háblales de ellas cuando estés en tu casa y cuando vayas de viaje, al acostarte y al levantarte”: Dt 6,5-7) indicaban una de las etapas de la lectio divina.

Es una práctica que reconoce la profundidad del espíritu, que retoma en el sueño lo que le ha precedido en el día. Una enseñanza valiosa que la psicología y el psicoanálisis situarán en el centro de su investigación.


Un vínculo entre el alma y el cuerpo

En su análisis de los pensamientos (a los que llama pasiones), Santo Tomás constata la influencia mutua entre el cuerpo y el alma. Hay pasiones que surgen de la sensibilidad e influyen en el alma, y hay pasiones del alma que son fruto de una evaluación en la que interviene el cuerpo (Summa Theol. I-II, q. 23, a. 2). Los pensamientos relacionados con la ira son un ejemplo de ello: pueden surgir involuntariamente, somáticamente (como cuando alguien nos pisa un pie), pero también voluntariamente, uno puede decidir enfadarse, tomando una posición ante injusticias reconocidas como tales. Un ejemplo es la ira de Jesús cuando ve a los mercaderes en el Templo (Jn 2,14-18): no actúa “automáticamente”, sino que prepara cuidadosamente su ánimo y luego decide ceder a su propia ira. La suya es una ira deliberadamente suscitada por la voluntad, sobre la base de lo conocido. De este modo, la ira voluntaria permite poner la sensibilidad al servicio de la razón.

El análisis de los pensamientos revela así una antropología integrada y unificada. Los pensamientos de ansiedad recurrentes pueden reconocerse por ciertas características somáticas (como el color de la cara, la presión sanguínea, el temblor); inspiran sentimientos precisos que, a su vez, influyen en el estado de ánimo y favorecen o inhiben la acción.


Posibles vías terapéuticas

En línea con lo que señalaban los padres de la Iglesia, intentar combatir o eliminar los pensamientos negativos en sus diversas formas no sólo es inútil, sino contraproducente. De hecho, acaban ocupando cada vez más espacio en la mente, haciéndose cada vez más fuertes.

A nivel psicológico, en primer lugar es importante reconocer, a partir del análisis de Ellis, que estas categorías de pensamientos, además de negativas, son ante todo disfuncionales. Es decir, no dan cuenta de la realidad de la persona, de su situación y del alcance real del problema que hay que abordar. Los pensamientos no coinciden con la realidad, son sólo pensamientos, aunque no pocas veces puedan confundirse con la realidad; una verdad, ésta, bien conocida en filosofía. Puede ser consecuencia de la historia personal, de las propias heridas no resueltas y, sobre todo, del comentario interior formulado ante todo ello. Este es un primer paso fundamental para aprender a cuestionar lo sugerido por la mente, observando cómo el curso real de los acontecimientos muestra una situación más rica y compleja que la que muestran las distorsiones cognitivas; las cuales, con sus sugerencias, no lograrían captar.

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Artículo publicado en La Civiltà Cattolica / Foto: Bulat Silvia (Getty)

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