Meditación para enriquecer la oración: método e inspiración

2:00 p.m. | 24 oct 19 (RM/VN).- Los obispos españoles han publicado un documento que critica el vínculo entre la expresión de la fe en la oración y prácticas como la meditación zen. Acusan a estos ejercicios de tratar de suplantar “la auténtica oración cristiana”, lo que las hace “incompatibles” con la fe. Incluso se argumentan diversos riesgos, como el poder confundir la “sensación de quietud” con las “consolaciones del Espíritu Santo”.

Dos teólogos han respondido las críticas, y ofrecen vías de compatibilidad de la oración cristiana con la meditación de otras tradiciones. Nos recuerdan la figura de Jesús, orante contemplativo, y del Espíritu divino que sopla donde quiere. Y explican, desde su experiencia y otros autores, cómo la oración es un encuentro con Dios que necesita un previo conocimiento de uno mismo, y destacan el ejercicio del silencio como un método que complementa la inspiración cristiana.

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Meditación cristiana y de otras tradiciones religiosas (Victorino Pérez Prieto)

La “nota doctrinal” de la Comisión Episcopal española para la Doctrina de la Fe lleva por título “Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo. Orientaciones doctrinales sobre la oración cristiana”. Su razón de ser queda de manifiesto en los primeros números:

(2) “Estamos asistiendo al resurgir de una espiritualidad que se presenta como respuesta a la demanda creciente de bienestar emocional, equilibrio personal, o serenidad para encajar las contrariedades; una espiritualidad entendida como cultivo de la propia interioridad para que el hombre se encuentre consigo mismo, y que muchas veces no lleva a Dios. Para ello, muchas personas, incluso habiendo crecido en un ámbito cristiano, recurren a técnicas y métodos de meditación y de oración que tienen su origen en tradiciones religiosas ajenas al cristianismo”.

(6) “Esta Comisión quiere mostrar la naturaleza y la riqueza de la oración y de la experiencia espiritual enraizada en la Revelación y Tradición cristiana, recordando aquellos aspectos que son esenciales; ofreciendo criterios que ayuden a discernir qué elementos de otras tradiciones religiosas hoy en día muy difundidas pueden ser integrados en una praxis cristiana de la oración y cuáles no; e indicando las razones de fondo de la incompatibilidad de ciertas corrientes espirituales con la fe cristiana”.

Y en las conclusiones dice:

(37) “Cualquier misticismo que, rechazando el valor de las mediaciones eclesiales, oponga la unión mística con Dios a la que se realiza en los sacramentos (…) o que lleve a pensar que los sacramentos son innecesarios para las personas ‘espirituales’, no puede considerarse cristiano”

(40) “Exhortamos a los sacerdotes, personas consagradas, catequistas, (…) y a quienes están al frente de casas o centros de espiritualidad, cuya misión en la Iglesia consiste en ayudar a los cristianos a crecer en la vida interior, a que tengan en cuenta estos principios y no se dejen “arrastrar por doctrinas complicadas y extrañas” (Heb 13, 9) que desorientan al ser humano de la vocación última a la que ha sido llamado por Dios, y llevan a la pérdida de la (…) oración cristiana”.

La nota da una serie de pautas bien conocidas para la oración cristiana, que ocupan la mitad del texto. Pero, su orientación parece un ataque frontal contra una línea de espiritualidad y meditación contemplativa que cada vez está teniendo más acogida entre los cristianos más conscientes, cansados tanto de una fe cristiana de Catecismo (el texto más veces citado en la nota episcopal), una fe de conceptos que no transforman, o de un activismo que no cambia la realidad en profundidad, y a veces ni siquiera en la superficie.

Una línea de espiritualidad y meditación contemplativa que se está viviendo no solo en personas y grupos que, cansados de una meditación a base de conceptos y palabras que no les llevan a progresar en su vida interior, en la consciencia y en la comunión con Dios y con Todo, a descubrir que son Uno con ese Todo, se reúnen periódicamente en casas particulares; sino que se vive también en ejercicios espirituales que se hacen en casas de espiritualidad de la Iglesia, con la anuencia de sus responsables jerárquicos.

La nota episcopal dice que el problema de la oración no es de método o formas, sino de planteamientos religiosos acordes el credo católico. Pero lo cierto es que, como bien dice Paul Knitter en su magnífico libro “Sin Buda no podría ser cristiano” (Fragmenta, 2016) -aunque esta Congregación de la CEE no dudaría en criticarlo-, el problema de la espiritualidad cristiana es que, si bien es un pozo “que contienen aguas de una profunda experiencia mística no-dualista”, atestiguada por los místicos cristianos, “los cubos que tenemos a nuestra disposición para sacar esas aguas están agujereados”.

O lo que es lo mismo, “estamos en lo más alto en cuanto a inspiración, pero bajo mínimos en cuanto a técnica; muy desarrollados en ideales y contenidos, pero cortos en método” (p. 244). Por eso, Knitter invita al sacramento del silencio: “Usar un cubo budista en un pozo cristiano”.

Con palabras de alguien más cercano aún, Pablo D’Ors (escritor, sacerdote y asesor cultural del Vaticano) en un libro reciente en el que colaboramos ambos (Hacia una teología de la interioridad, PPC, 2019), “ha sonado la hora de una profunda renovación espiritual”, para los cristianos y la sociedad occidental actual: “La palabra clave es para mí silencio –dice-. Acaso también consciencia. La interioridad es substancialmente silencio; ambas son una misma y única cosa”.

ENLACE. Pablo D’Ors: “Las formas tradicionales de la Iglesia no responden a la sensibilidad y al lenguaje contemporáneos”

“El cristianismo se ha leido hasta ahora fundamentalmente en clave de palabra. Proyectarlo ahora en clave de silencio supone un replanteamiento muy radical. Pero necesario” (p.22). Los cristianos estamos llamdos no sólo a reconocer que Jesus es el Camino, la Verdad y la Vida, sino “sea atrevernos a asumir que nosotros somos el Camino, la Verdad y la Vida… Se trata de reconocer que en el interior, todos somos lo mismo. Que todos seamos uno” (pp.23-24).

Para ello necesitamos un método que nos ayude a meditar permaneciendo en este silencio, esta quietud. Son las tradiciones orientales de meditacion las que nos ofrecen métodos más depurados para hacer nuestra meditación cristiana.

Orar para los cristianos es algo difícil, sobre todo en los últimos tiempos. Nuestro problema, además de separar vida y oración –como se ha dicho con acierto tantas veces-, es el exceso de palabrería –estamos verdaderamente sofocados por las palabras, una oración tan locuaz que a veces no nos deja ni respirar-; y aun el exceso de adoración dualista -un Dios a quien adorar más que un Dios en quien adorar, que vive y actúa con nosotros, en nosotros-.

En la oración cristiana padecemos, desde siempre, una falta de silencio, de un verdadero silencio silencioso; un silencio que sepa estar en la consciencia, escuchar, que sepa simplemente estar, ser conscientes y contemplar. Taizé repitió durante años que la vida del cristiano debe ser “lucha y contemplación”.

Que vengan ahora los obispos a criticar a los que buscan una oración/meditación/contemplación que –sin abandonar la fidelidad al Jesús orante- quiere ser más auténtica cada día, menos vana y vacía, ese “cultivo de la propia interioridad para que el hombre se encuentre consigo mismo” (n.2), en medio de un mundo de secularidad que abandonó primero la Iglesia con sus instituciones clericales decadentes, luego los dogmas y finalmente la religión, parece muy poco inteligente.

Entre otras cosas, porque Dios no está fuera, sino dentro de nosotros, y ahí debemos buscarlo privilegiadamente. Agustín de Hipona –a quien tanto gustan citar los obispos- también dice en las Confesiones que Dios es “lo más íntimo de mí mismo” (cap. VI). O a Teresa de Jesús -que también citan en la nota-, el Señor Jesús le dice en una ocasión: “Teresa, búscate en mí y a mí búscame en tí”. Y el Espíritu sopla donde quiere y como quiere (Jn 3, 8); no está sujeto a los dogmas de ninguna religión y actúa en quien está abierto a Él.

Los obispos, la oración y la doctrina (José Arregi)

¿Qué diría Jesús, el orante contemplativo, que no conoció ni previó organismo sacramental ni aparato eclesial alguno? Los obispos se proponen ayudar a “ofrecer caminos de espiritualidad con una identidad cristiana bien definida”, que solo ellos conocen y poseen en exclusiva. He ahí su clave teológica fundamental. Una clave poco espiritual, pues el Espíritu abre siempre más allá de todas las formas, y todas las instituciones y religiones no son más que eso: formas culturales de la experiencia universal del Misterio apenas vislumbrado entre velos.

El documento alerta sobre todo contra los graves errores que acechan a los cristianos que practican el mindfulness (ejercicio de plena atención) o la meditación zen. Por ejemplo: establecer paralelismos “entre el camino del zen y Jesús como camino”, o entre el “vaciamiento” de Jesús y el “desapego” budista, o eliminar “la diferencia entre lo divino y lo creado”, o confundir la “sensación de quietud” con las “consolaciones del Espíritu Santo”.

En quienes practican el zen no ven más que peligros y confusiones, pero no advierten peligro ni confusión alguna en quienes creen mantener la “identidad cristiana bien definida”. Miden, definen, diseccionan la experiencia espiritual sin reparar en la compleja ambigüedad del espíritu humano, tan impenetrable en su fondo como el Espíritu divino que sopla donde quiere. Doble falta de lucidez y de respeto: de lucidez para observar en sí las sombras ajenas, y de respeto para reconocer en el otro la luz que nos ilumina.

ENLACE. Reflexión completa de José Arregi

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Fuentes: Religión Digital / Atrio

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