Más progreso y más excluidos, “la gran injusticia de hoy”

6:00 p m| 16 nov 16 (AGENCIAS/BV).- Siguiendo a Jesús, la Iglesia “por derecho y deber evangélico” tiene la tarea de cuidar de la verdadera riqueza, que son los pobres, su verdadero tesoro, destacó el Papa Francisco, poniendo en guardia ante la grave e inaceptable cultura del descarte y la injusticia. En su homilía, de la Misa para el Jubileo de las personas socialmente excluidas, el Obispo de Roma aseguró a estos queridos hermanos y hermanas que son ellos los “que nos ayudan a sintonizar con Dios”, que “no se queda en las apariencias, sino que pone sus ojos en el humilde y acongojado, en tantos pobres Lázaros de hoy”.

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¿Cómo podemos estar tranquilos en el propio hogar mientras el pobre y desesperado yace fuera de la puerta? No puede haber “paz en la casa del que está bien, cuando falta justicia en la casa de todos”. Así “nace la trágica contradicción de nuestra época: cuanto más aumenta el progreso y las posibilidades, lo cual es bueno, tanto más aumentan las personas que no pueden acceder”. Como consecuencia, se observa el “síntoma de la esclerosis espiritual”, cuando el “interés se centra en las cosas que hay que producir, en lugar de las personas que hay que amar”.

Lo exclamó Papa Francisco el 13 de noviembre, en la Basílica Vaticana al presidir la Celebración Eucarística en ocasión del Jubileo de las personas socialmente excluidas, del 11 al 13 de noviembre en el contexto del Año Santo de la Misericordia. El Pontífice, en el día en el que se cierran las Puertas de la Misericordia “en las catedrales y en los santuarios de todo el mundo”, recordó que todo pasa, incluso “los reinos más poderosos”, pero no Dios ni el próximo.

Papa Bergoglio comenzó su homilía reflexionando sobre las palabras del profeta Malequías, de la Primera lectura de hoy: “os iluminará un sol de justicia que lleva la salud en las alas”. Se leen estas palabras en la “última página del último profeta del Antiguo Testamento —explica el obispo de Roma— y están dirigidas a aquellos que confían en el Señor, que ponen su esperanza en él, que ponen nuevamente su esperanza en él, eligiéndolo como el bien más alto de sus vidas y negándose a vivir sólo para sí mismos y su intereses personales”.

Para esas personas, “pobres de sí mismos pero ricos de Dios, amanecerá el sol de su justicia: ellos son los pobres en el espíritu, a los que Jesús promete el reino de los cielos, y Dios, por medio del profeta Malaquías, llama mi ‘propiedad personal'”

El Pontífice observó que de aquí surgen “preguntas que nos interrogan sobre el significado último de la vida: ¿En dónde busco mi seguridad? ¿En el Señor o en otras seguridades que no le gustan a Dios? ¿Hacia dónde se dirige mi vida, hacia dónde está orientado mi corazón? ¿Hacia el Señor de la vida o hacia las cosas que pasan y no llenan?”. Y otras interrogantes “similares se encuentran en el pasaje del Evangelio de hoy. Jesús está en Jerusalén para escribir la última y más importante página de su vida terrena: su muerte y resurrección”.

Cristo se encuentra cerca del templo “adornado de bellas piedras y ofrendas”; “la gente estaba hablando de la belleza exterior del templo, cuando Jesús dice: ‘Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra’. Añade que habrá conflictos, hambre, convulsión en la tierra y en el cielo”. El Hijo de Dios no quiere espantar a las personas, precisó el Papa, “sino advertirnos de que todo lo que vemos pasa inexorablemente. Incluso los reinos más poderosos, los edificios más sagrados y las cosas más estables del mundo, no duran para siempre; tarde o temprano caerán”.

Entonces la gente le pregunta muchas cosas inmediatamente al Maestro: “Cuándo va a ser eso? Y ¿cuál será la señal de que todo eso está para suceder? Siempre nos mueve la curiosidad: se quiere saber cuándo y recibir señales”. Pero a Jesús no le gusta esta curiosidad, recordó Bergoglio, “él nos insta a no dejarnos engañar por los predicadores apocalípticos. El que sigue a Jesús no hace caso a los profetas de desgracias, a la frivolidad de los horóscopos, a las predicciones que generan temores, distrayendo la atención de lo que sí importa. Entre las muchas voces que se oyen, el Señor nos invita a distinguir lo que viene de Él y lo que viene del falso espíritu. Es importante distinguir la llamada llena de sabiduría que Dios nos dirige cada día del clamor de los que utilizan el nombre de Dios para asustar, alimentar divisiones y temores”.

El obispo de Roma subrayó la fuerte invitación de Jesús “a no tener miedo ante las agitaciones de cada época, ni siquiera ante las pruebas más severas e injustas que afligen a sus discípulos. Él pide que perseveren en el bien y pongan toda su confianza en Dios, que no defrauda: “Ni un cabello de vuestra cabeza perecerá”. Dios no se olvida de sus fieles, su valiosa propiedad, que somos nosotros”.

Pero llama a los hombres y a las mujeres de todos los tiempos y lugares a que reflexionen sobre el “sentido de nuestra existencia”.  Según Francisco, las Lecturas de hoy “nos recuerdan que en este mundo casi todo pasa, como el agua que corre; pero hay cosas importantes que permanecen, como si fueran una piedra preciosa en un tamiz. ¿Qué es lo que queda?, ¿qué es lo que tiene valor en la vida?, ¿qué riquezas son las que no desaparecen? Sin duda, dos: El Señor y el prójimo. Estos son los bienes más grandes, para amar. Todo lo demás, el cielo, la tierra, las cosas más bellas, también esta Basílica pasa; pero no debemos excluir de la vida a Dios y a los demás”.

Al contrario, “precisamente hoy, cuando hablamos de exclusión, vienen rápido a la mente personas concretas; no cosas inútiles, sino personas valiosas”. Sucede que “la persona humana, colocada por Dios en la cumbre de la creación, es a menudo descartada, porque se prefieren las cosas que pasan. Y esto es inaceptable, porque el hombre es el bien más valioso a los ojos de Dios. Y es grave que nos acostumbremos a este tipo de descarte; es para preocuparse, cuando se adormece la conciencia y no se presta atención al hermano que sufre junto a nosotros o a los graves problemas del mundo, que se convierten solamente en una cantinela ya oída en los titulares de los telediarios”.

Dirigiéndose a los excluidos que estaban presentes en la plaza y que provenían de diferentes ángulos del planeta, Papa Francisco exclamó: “con vuestra presencia nos ayudáis a sintonizar con Dios, para ver lo que él ve: Él no se queda en las apariencias, sino que pone sus ojos “en el humilde y abatido”, en tantos pobres Lázaros de hoy”.

Y afirmó con amargura: “Cuánto mal nos hace fingir que no nos damos cuenta de Lázaro que es excluido y rechazado. Es darle la espalda a Dios. Un síntoma de esclerosis espiritual es cuando el interés se centra en las cosas que hay que producir, en lugar de las personas que hay que amar. Así nace la trágica contradicción de nuestra época: cuanto más aumenta el progreso y las posibilidades, lo cual es bueno, tanto más aumentan las personas que no pueden acceder a ello. Es una gran injusticia que nos tiene que preocupar, mucho más que el saber cuándo y cómo será el fin del mundo. Porque no se puede estar tranquilo en casa mientras Lázaro yace postrado a la puerta; no hay paz en la casa del que está bien, cuando falta justicia en la casa de todos”.

El Papa exhortó a pedir la gracia de no cerrar los ojos “de Dios que nos mira y del prójimo que nos cuestiona. Abramos nuestros ojos a Dios, purificando la mirada del corazón de las representaciones engañosas y temibles, del dios de la potencia y de los castigos, proyección del orgullo y el temor humano. Miremos con confianza al Dios de la misericordia, con la certeza de que ‘el amor no pasa nunca’. Renovemos la esperanza en la vida verdadera a la que estamos llamados, la que no pasará y nos aguarda en comunión con el Señor y con los demás, en una alegría que durará para siempre, sin fin”.

Sobre los débiles y marginados “apunta la lupa de la Iglesia. Que el Señor nos libre de dirigirla hacia nosotros. Que nos aparte de los oropeles que distraen, de los intereses y los privilegios, del aferrarse al poder y a la gloria, de la seducción del espíritu del mundo”.

Hoy, añadió el Papa sin leer el texto escrito preparado, “yo quisiera que fuera el día de los pobres”.

El domingo 13 de noviembre de 2016, se cerraron todas las Puertas santas del mundo a excepción de una. Se trata del primer acto del final del Jubileo extraordinario de la Misericordia; todavía quedará abierta durante la próxima semana la puerta de la Basílica de San Pedro, hasta el próximo domingo 20 de noviembre, cuando terminará el Año Santo.


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Fuentes:

Vatican Insider / Radio Vaticana

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