Xabier Pikaza: “Mis reservas ante el documento sobre las cenizas de los muertos”

5:00 p m| 4 nov 16 (BLOG).- El nuevo documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre la Sepultura de los Difuntos (Ad resurgendum cum Christo – Para resucitar con Cristo) ha tenido una importante exposición en los medios de comunicación la última semana, provocando críticas e incluso confusión. Es importante observar que los medios han resaltado e insistido solo en las prohibiciones que menciona el texto, dejando de lado el resto del contenido.

Xavier Pikaza, teólogo español, hace una valoración del documento completo, y aunque rescata que ayuda a entender el sentido de la vida humana y la esperanza de la resurrección, lo cuestiona desde dos perspectivas: una circunstancial, al percibir que era un buen momento (final del Año de la Misericordia) de tratar de los vivos, no de los difuntos; y otra desde el enfoque y el contenido del documento, del que piensa que pudo perfilarse de manera positiva, y que se centra en prácticas que dejan ver una Congregación que anda desfasada con lo que pasa ahora mismo en el mundo.

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El valioso documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre la Sepultura de los Difuntos suscita algunas reservas significativas, tanto por lo que omite, en este final del Año de la Misericordia, como por lo que quiere exigir.

Es un documento antiguo, aprobado y firmado hace ya meses (como verá el lector que siga hasta el fin de esta postal para leerlo), pero publicado cuando se acercaba la fiesta de difuntos, para caldear el ambiente con el tema. Como resulta normal en estos casos, la prensa oral y escrita ha omitido sus valores, para insistir sólo en sus cuatro prohibiciones principales, con aire de reserva y veces de crítica fuerte:

(a) Se prohíbe esparcir las cenizas de los muertos por campos y valles, ríos y mares, pues ello implica un menor respeto por los difuntos, y lleva el riesgo de volver a una religión naturalista, que vincula a los muertos con la naturaleza sagrada, sin fe en la resurrección.

(b) Se prohíbe conservar las cenizas en casas o espacios privados (fuera de cementerios sagrados o iglesias) porque ese gesto “encierra” a los muertos con el ámbito familiar, sin más, como se ha hecho en muchos pueblos, en vez de insistir en su apertura hacia un misterio de vida y resurrección que va unido a las iglesias o cementerios cristianos.

(c) Se prohíbe dividir las cenizas en pequeñas unidades (una quizá para cada familiar), y así repartirlas, como si se dividiera al difunto y no se admitiera su unidad personal ante Dios.

(d) Se une a las tres anteriores una opinión a mi juicio poco ajustada con la Biblia sobre la separación del alma y del cuerpo… y una arriesgadísima decisión, diciendo a los párrocos y ministros que no ofrezca la oración de la Iglesia (los funerales) por aquellos difuntos (o en el ámbito de aquellas familias) que no acepten en este campo la doctrina de este Documento y quieran que sus cenizas se esparzan por montes y mares, pensando que ello va en contra de la costumbre y compromiso de los cristianos que han orado siempre por todos los difuntos.

Dos son, a mi juicio, las reservas principales que suscita este valioso documento, que nos ayuda a entender el sentido de la vida humana, la esperanza de la resurrección y el gran don y compromiso creyentes de la comunión de los santos que, según la doctrina de la Iglesia, vincula a los vivos y a los muertos. Una reserva es circunstancial, de tiempo; otra de fondo.


Reserva circunstancial: éste era buen momento de tratar de los vivos, no de los difuntos (al menos de esta forma)

Ahora, al final del Año de la Misericordia, que el Papa Francisco había promulgado a favor de los vivos más necesitados, de toda raza y religión, la Congregación de la Fe promulga este documento por los muertos cristianos. Es como si el Papa fuera por un lado (quiere ayudar a los vivos, en la línea de Mt 25, 31-46 y sus obras de misericordia), pero ellos, los de la Congregación, van a lo suyo y se ocupan de los muertos de su rebaño creyente.

No creo que lo hayan hecho a propósito, pero sí que parece “poca idea” (por no decir “mala idea”), ésta de ir en una línea opuesta a la del Papa y de gran parte de la cristiandad actual (así me lo ha repetido un amigo bien enterado).

El Papa está empeñado en ofrecer el amor activo de Jesús por los hombres y mujeres más necesitados (hambrientos, sedientos, extranjeros, encarcelados…), pero estos de la Congregación van a lo suyo, la oración por los muertos cristianos, su signo sagrado, para después de haber sufrido este infierno de tierra si es que todos no cambiamos, como ha dicho el Papa Francisco, con palabras dramáticas, en Laudato Sí, sobre la justicia y la tierra de todos.

(Así dice mi amigo, no sé si tiene razón, pero lo parece).

Está muy bien el orar por los difuntos y expresar con (en) ellos el misterio de la vida que vence a la muerte, con la esperanza de Cristo, a favor de todos los hombres, no sólo de los cristianos,

pero la primera intención y obra de Cristo Jesús ha sido acompañar, ayudar y elevar a los vivos, como sabe cualquiera que haya empezado a leer los evangelios (no hace falta que los haya terminado, como deben haber hechos los autores de este Documento).

A este respecto quiero recordar una sabrosa anécdota medieval que ahora se repite, una anécdota a la que le dedico unas páginas en mi libro Las Obras de Misericordia, escrito con J. A. Pagola (Verbo Divino, Estella 2016).

1. Hacia finales de la Edad Media, en catecismos y obras de moral se quiso añadir una séptima obra de misericordia a las seis de Mt. 25 (dar de comer y beber, vestir, cuidar a los enfermos y encarcelados, acoger a los extranjeros…), para completar así el número armónico de siete (sacramentos, pecados, virtudes, cielos…). Había dos opciones más extendidas entre catecismos, libros de moral y predicadores:

(a) Una ayudar y promocionar a las mujeres necesitadas y en peligro de explotación personal y social, es decir, la liberación de la mujer.

(b) Otra era la de enterrar bien a los muertos, y orar mucho por ellos, con funerales, misas y cementerios.

Triunfó esta última: Orar por los difuntos, con buen enterramiento y misas. Fue buena la promoción de esa obra, de manera que una parte considerable de la Iglesia (y del clero postridentino) se especializó en orar por los difuntos, más que ayudar a los vivos.

Hubiera sido mejor la otra, ayudar a los mujeres en riesgo de destrucción personal y social, como ha dicho implícitamente el Papa Francisco.

Lo mismo pasa ahora. El Papa quería poner de relieve las obras de Mt. 25, a favor de los vivos. Estos de la Congregación han optado por los muertos, que son muy importantes, pero con riesgo de olvidar a los vivos en necesidad.

No sé si lo han hecho queriendo, pero peor no lo podían hacer, en este final del Año de la Misericordia, en el que todos esperábamos que la Congregación dijera algo profundo, comprometido, en la línea de las Obras de Misericordia de la Biblia y del Papa Francisco, pero ellos a lo suyo, que es importante, pero no lo definitivo.

No quiero pensar mal, pero corre la de de que está detrás la mano de Card. Müller en contra de Bergoglio Papa. El Cardenal no está de acuerdo (dice mucha prensa) de la “deriva” del Papa y el gesto de publicar este documento ratificaría esa impresión. Más leña al fuego. No creo que sea así, pero así parece serlo. Sería un caso más de disputa vaticana, en temas que son de todos los cristianos.


Reserva interna. Las deficiencias del documento

No es malo, como he dicho; al contrario, es muy bueno y recuerda cosas importantes para cristianos y no cristianos, pero debería haberse perfilado más, en forma positiva, de gozo y alabanza por la vida, en un momento en que parece que muchos banalizamos a los muertos.

Pero quizá no era el momento de decirlo, con un documento así, que es en principio positivo pero que, para la prensa (¡y no es la prensa impía, sino también la católica!) se resume en las cuatro prohibiciones que he señalado arriba (echar las cenizas por montes, tenerlas en casas particulares, repartirlas en trozos menores y rezar por los que así lo han dispuesto).

Quiero recordar sólo de paso que una de las cristianas mejores que conozco (¡alma de Dios, madera de santa!) perdió a su hija mayor en un accidente, y cumpliendo su voluntad, tras misas y funerales, recogió las cenizas del crematorio y las esparció por los lugares favoritos de la niña). Algún cura le ha dicho que así su alma vaga errante, que no puede salvarse. Ahora si lee este documento llorará de pena otra vez, por su hija y por los “curas” vaticanos que no conocen lo que es el sufrimiento por la muerte de una hija.

Vuelvo al tema. Es un Documento bueno, como todos los de la Congregación, bien organizado y construido, pero no parecía necesario, por la consecuencia práctica que saca:

‒ Ciertamente, admite la cremación de los cadáveres, cosa que la Iglesia había admitido hace ya tiempo, aunque con la oposición de algunos eclesiásticos, pero insiste en las cuatro prohibiciones que he señalado. Ciertamente, comparto la preocupación del Documento por el respeto a los muertos, a sus cuerpos y cenizas. Pero pienso que en este momento el tema no es el que plantea ahora la Congregación. Un amigo me ha dicho después de leerlo:

‒ O la Congregación para la Doctrina de la fe no tiene mejor tema en el que pensar, y debe hacer algo para justificar su existencia, o no sabe ya nada de lo que pasa en el mundo.

‒ La inmensa mayoría de los párrocos no van a preguntar a los familiares sin van a enterrar al difunto o incinerarle, ni sin van conservar su cenizas en un columbario del cementerio parroquial o esparcirlas en la naturaleza (mar, río o montaña).

Ciertamente, un tipo de Iglesia sigue prefiriendo el entierro de los cadáveres, por tradición, por cercanía afectiva al cementerio y por pervivencia de una profunda religiosidad cósmica, de la que procedemos la mayoría de nosotros. Como hombre de antigua Iglesia, también yo prefiero afectivamente el camposanto, un cementerio de pueblo o aldea, cerca de la Iglesia, como en éste en el que vivo, donde vienen a rezar las mujeres del lugar a sus muertos. Pero cinco razones me llevan a poner en duda el valor y actualidad de lo que dice la Instrucción Ad resurgendum cum Christo, sobre funerales y entierros (que viene reproducida a continuación):

1. Por recuerdo de infancia. Mi abuela, como las mujeres de la aldea, se acercaba cada domingo tras la misa al Camposanto a rezar por sus difuntos… y mi padre nos dijo que eso era muy santo. Pero añadió que también era santo el cuerpo de los muertos que no habían tenido sepultura de Iglesia, como el de aquel marino al que acababan de “sepultar” por la borda en el mar, dos semanas antes, bajo el toque de sirenas, con la oración de capitán y de toda la tripulación y los pasajeros, sabiendo que sería inmediatamente devorado por los peces, en las aguas llenas de tiburones del Caribe. Como lobo de mar, cristiano viejo, sabía que las aguas del mar son uno de los mejores cementerios para los difuntos, esperando la resurrección. Si las cosas fueran de otra forma (nos dijo) y sólo se salvaran los del buen cementerio de Iglesia Dios sería injusto.

2. Por novedad cristiana. Los seguidores de Jesús veneramos a un hombre cuya memoria no se encuentra vinculada con un cementerio. Cuando el ángel de la pascua dice a las mujeres que van a rezarle (como hacía mi abuela) “no está aquí” estaba iniciando una nueva forma de entender la vida de los muertos, más allá de la simple sepultura, entiendan como entiendan luego los teólogos lo que ese pasaje de la Biblia implica sobre el cuerpo del Crucificado. A la Biblia de Jesús le importa la preocupación por los vivos, más que el buen rito de los muertos, como acabo de poner de relieve el el Comentario de Marcos, cuyo comentario he finalizado estos días, con un largo análisis sobre tumba y resurrección, algo que, al parecer no les importa a los clérigos de este Documento, que pueden saber mucha teología de un tipo, pero poca Escritura y Evangelio.

3. Por respeto religioso. Los hombres y mujeres han venerado desde antiguo de diversas maneras los muertos, de manera que los han enterrado, incinerado o recordado de otras formas (como indicará el adjunto de esta postal). Todavía hoy me emocionan los enterramientos funerarios de los viejos pueblos, en colinas y montañas, dólmenes, trilitos… Ellos me siguen recordando la presencia y victoria de la vida en la misma naturaleza. Pero sé que han existido también otras formas de expresar el respeto a los muertos, y entre ella sobresale la “siembra” de las cenizas enterradas o incineradas en los más diversos lugares de tierra, en el mundo entero convertido en gran cementerio de miles de generaciones de vivientes. .

4. Por inutilidad. Diga lo que diga la Congregación de la Doctrina de la fe, la inmensa mayoría de los párrocos van a seguir haciendo lo que pueden, lo que mejor saben, sin entrar demasiado en la cuestión de si los que piden un funeral por su muerto van a enterrarlo o incinerarlo, van a conservar su cenizas en un columbario de cementerio o esparcirlas con respeto y amor en los ríos o montes, los mares y los campos. Nadie cree ya que los agentes de pastoral van a seguir sin más, en ese campo, las directrices de la Congregación para la Doctrina de la fe, simplemente porque tienen otras cuestiones más importantes a las que atender, especialmente las obras de misericordia por los vivos, las seis de San Mateo. Y además ¿qué pasa con los cuerpos empleados en las facultades de medicina, con mayor o menor respeto, para fines de estudio, se va a prohibir también su uso?

5. Finalmente, en este momento de cambio de mentalidad, en este umbral de un tiempo nuevo, los pastores cristianos (obispos y presbíteros, teólogos y catequistas…) debemos preocuparnos de ofrecer una doctrina y experiencia esperanzada sobre la vida de los difuntos, la comunión de los santos (más que ocuparnos de pequeños ritos como los de este Documento). Sigue siendo admirable el fervor de los cristianos que crearon inmensos cementerios bajo tierra (catacumbas…) para enterrar a sus difuntos. De su fe vivimos, desde ella debemos avanzar. Pero hoy ya no se puede imponer una costumbre y experiencia antigua en las inmensas megápolis, por falta de terreno, por cambio de mentalidad… y quizá por fe cristiana, pues nuestro Dios es Dios de vivos, no de muertos, como dijo Jesús.

Leer aquí instrucción Ad resurgendum cum Christo.


Fuente:

El Blog de Xavier Pikaza

Puntuación: 5 / Votos: 5

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Un pensamiento en “Xabier Pikaza: “Mis reservas ante el documento sobre las cenizas de los muertos”

  • 4 noviembre, 2016 al 9:02 pm
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    Me identifico totalmente con este artículo. La resurrección no depende de la ceniza de un ser que ya no existe. Por otro lado, el agua ¿no es símbolo de vida?, ¿no somos lavados en las aguas del bautismo? Jesús quiere salvar a todos y no excluye a nadie, esté la ceniza en un columbario o en el mar o un monte,

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