Monseñor Romero: nuevas luces camino a su beatificación

Monseñor Romero

4.00 p m| 25 jul 13 (REVISTA 21/BV).- En la historia de la humanidad seguramente existieron muchos más santos que aquellas personas que la Iglesia católica ha designado como tales. El catolicismo cuenta con apenas 7.000 santos y santas declarados, pero es fácil deducir que en la trayectoria de la humanidad ha habido muchas más personas que han vivido en olor de santidad.

No llegaron a ser santos, tal vez, porque pertenecían a otras religiones, quizá porque nadie impulsó sus causas de canonización, porque llevaron a cabo su tarea de forma callada… o bien porque su proceso para llegar a los altares se ralentizó por motivos diversos. En este último grupo está monseñor Romero, cuya causa de canonización lleva abierta desde hace más de tres décadas.

El proceso de ser santificado, según el derecho canónico, tiene una serie de etapas y requisitos. Esto con las primeras comunidades cristianas no era así, porque los santos se elegían por “aclamación popular”, pero a medida que la Iglesia católica se fue burocratizando, los trámites se fueron también complicando. Hoy consta de cuatro fases en las que la persona va siendo designada primero como sierva de Dios, luego como venerable, después como beata y, por último, como santa. Óscar Romero sigue, de momento, en el primer paso de este proceso y es considerado siervo de Dios desde 1996.

Normalmente el camino de beatificación y posterior santificación requiere un trabajo arduo de quienes postulan las causas -nombre que reciben las candidaturas-. Hay que demostrar milagros y peticiones cumplidas de la feligresía, recopilar datos y documentos sobre estas acciones milagrosas. Sin embargo, no todos los santos y beatos han hecho milagros, sino que algunos llegaron a dicha consideración por haber sido mártires, es decir, por haber dado su propia vida por defender el Evangelio. Esa es la vía que han seguido para Romero los postuladores de su causa, primero monseñor Rafael Urrutia en la fase diocesana y, desde 1996, monseñor Vicenzo Paglia, cuando el caso pasó a la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos en el Vaticano.


Mártir del pueblo

Aunque su historia es bien conocida, vale la pena recordar que monseñor Romero fue asesinado el 24 de marzo de 1980 mientras oficiaba una eucaristía en la capilla del hospital de “La Divina Providencia” en la capital de El Salvador. Justo cuando iba a iniciar el momento de la consagración un francotirador le disparó directamente al corazón. El país sufría entonces una guerra civil y Romero -que inició su trayectoria como sacerdote de pensamiento conservador- se posicionó firmemente en defensa del pueblo que estaba siendo víctima de una represión violenta.

La investigación de la Comisión de la Verdad sobre el conflicto salvadoreño determinó que Romero había sido ejecutado por un escuadrón de la muerte formado por civiles y militares de ultraderecha, bajo la dirección del mayor del ejército Roberto d’Aubuisson y, a su mano derecha, el capitán Álvaro Saravia.

El día antes de su muerte había pronunciado palabras como éstas, dirigiéndose en su homilía dominical a los soldados: “Hermanos, son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos y ante una orden de matar que da un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice ‘No matar’. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla”.

Parece obvio que sufrió martirio, pero para que el asesinato que los represores cometieron sea considerado como tal por el derecho canónico es necesario –al igual que con cualquier otro mártir– que se verifiquen dos puntos, tal y como explica la oficina de la causa de canonización de Romero. Por un lado, que el perseguidor que infligió la muerte al posible mártir lo haya hecho “por odio a la fe y/o a otra virtud cristiana”, es decir, o bien por causas doctrinales o bien por causas morales. Y, en segundo lugar, la persona asesinada ha de aceptar voluntariamente dicha muerte, “soportarla pacientemente por amor a Cristo y por serle fiel”. Una vez comprobado esto, a la Iglesia le toca declarar dicha muerte “como expresión de fortaleza heroica, fundada sobre la caridad” y proponer a la persona con solemne declaración “a la imitación y veneración de los fieles”.


Imitarle y venerarle 

Desde hace décadas el pueblo reclama que monseñor Romero sea declarado santo. De hecho, en muchos ámbitos ya se le conoce como san Romero de América. ¿Para qué piden esto tantos cristianos de base latinoamericanos?, para que se puedan desarrollar libremente esas dos acciones: la imitación y la veneración. 

Para la oficina de la causa, tenerle como santo “contribuirá a la renovación de la fe de muchos cristianos en el mundo, enriqueciéndola con la más intensa espiritualidad del pobre de Nazaret, con su misma convicción, entrega y esperanza”.

Cabe recordar también aquí que, según el derecho canónico “solo es lícito venerar con culto público a aquellos siervos de Dios que hayan sido incluidos por la autoridad de la Iglesia en el catálogo de los santos o de los beatos”. Tomado así, en sentido estricto, ahora mismo quien venerara públicamente a Óscar Romero o lo imitara estaría cometiendo una especie de herejía.


Aire esperanzado

El proceso de canonización del santo salvadoreño recibió una pequeña bocanada de aire cuando Benedicto XVI afirmó en 2007 que Romero fue “ciertamente un gran testimonio de la fe, un hombre de gran virtud cristiana, que se comprometió con la paz y contra la dictadura y que fue asesinado durante la celebración de la Misa”. La causa se seguía examinando y el entonces Papa declaró que “esperaba con confianza lo que dirá al respecto la Congregación para la Causa de los Santos”. Pero los años pasaron y el silencio siguió.

Ahora el nuevo pontificado parece que se muestra más proclive a acelerar el proceso. Así, el pasado 20 de abril el postulador Vincenzo Paglia, tras un encuentro con el Papa Francisco, anunció que la causa de beatificación de monseñor Romero había sido “desbloqueada”. Tal y como explicó en esos días el jesuita Jon Sobrino, el gesto del Papa latinoamericano “tiene las trazas de haber sido una ruptura”, ya que “jerarcas de diversas curias durante años han hecho lo posible para impedir la canonización”.

Ya hay quien expresa grandes esperanzas, como el sacerdote José María Tojeira, director pastoral en la jesuita Universidad Centroamericana (UCA) de San Salvador, quien declaró recientemente que espera que el sucesor de Benedicto XVI complete el proceso, de forma que “en tres o cuatro años podamos tener beatificado a monseñor Romero”.

Toca esperar. Entretanto, monseñor Romero va aumentando en seguimiento y amor del pueblo latinoamericano y sigue engrosando la lista de todos esos creyentes que no son santos súbitos, pero que también están, seguro, seguro, “en el cielo”.


Texto de Cristina Ruiz Fernández publicado en “21 La revista cristiana de hoy”

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