Recordando a Pablo VI en el 50º aniversario del Concilio Vaticano II

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1.00 p m| MADRID 18 ene. 12 (BV /VIDANUEVA).-Desde el comienzo de su ministerio, Pablo VI sentó ya las bases de lo que quería para la Iglesia: conciencia, renovación y diálogo. Cuando nos disponemos a celebrar el cincuentenario de la apertura del Concilio Vaticano II, cuyas sesiones él mismo continuó tras la muerte de Juan XXIII, recordaremos aquí su figura y revisaremos hasta qué punto se ha cumplido o no esa triple propuesta suya a lo largo del último medio siglo de andadura eclesial.

En la ciudad de Brescia (en el norte de Italia) se encuentra el Instituto Pablo VI, un centro de recogida de datos sobre la persona del papa Montini. En Brescia se respiran aires montinianos por todas partes. Brescia, como se sabe, es la patria norteña de Pablo VI, donde él nació y recibió su formación juvenil. Aunque, para ser más exactos, él nació a ocho kilómetros de Brescia, en el pueblo de veraneo de sus padres, Concesio.

Pues bien, a la ciudad de Brescia se dirigía, el domingo 8 de noviembre de 2009, el papa Benedicto XVI para honrar la figura de este gran Papa que fue Giovanni Battista Montini. En la plaza llamada así, de ‘Pablo VI’, en el atrio de la catedral, bajo una lluvia intensa y un cielo gris, el papa Ratzinger, a quien precisamente Montini en su momento había ordenado obispo, se refirió a él como un “apasionado de la Iglesia”.

Es verdad. Si por algo se puede resumir la vida de Pablo VI, es por esto mismo: por haber sido “un apasionado de la Iglesia”. Recogía en este contexto Benedicto XVI una cita del propio papa Montini: “Podría decir que siempre he amado a la Iglesia (…), y que por ella, no por otra cosa, me parece haber vivido. Pero quisiera que la Iglesia lo supiera”.

“¿Qué se puede añadir a palabras tan altas e intensas?”, decía el papa Ratzinger en Brescia. “Solo quisiera subrayar esta última visión de la Iglesia pobre y libre (…)”, añadía el Papa actual. Y decía también: “Pablo VI dedicó todas sus energías al servicio de la Iglesia, siendo lo más conforme posible a su Señor Jesucristo, de modo que, al encontrarla, el hombre contemporáneo pudiera encontrar a Jesús, porque de Él tiene necesidad absoluta”.

Conciencia, renovación, diálogo: estas son las tres palabras claves, elegidas por Pablo VI para expresar sus “pensamientos dominantes” –como él los define– al comenzar su ministerio.

Las tres palabras tienen que ver con la Iglesia: toma de conciencia de lo que ya es la Iglesia (y de lo que está llamada a ser con más empeño); renovación y reforma permanentes, promovidas por el Concilio (en el que él tuvo desde el principio de su ministerio puestos los ojos); y diálogo (ad intra y ad extra) o “coloquio”, tal y como él llama al diálogo. La palabra “coloquio” introduce un matiz familiar y cercano, importante, porque es muy difícil dialogar desde fuera.

Estos son, precisamente, los tres grandes capítulos de la encíclica Ecclesiam Suam, su primera encíclica programática, aparecida en el Ferragosto romano de 1964, con un tema único: los “caminos de la Iglesia”. Y estas son, también, las tres grandes líneas de fuerza que compendian el primer gran discurso que el papa Montini dirige a la asamblea conciliar (y al mundo entero) en la solemne apertura de la segunda sesión del Vaticano II, casi un año antes de que apareciera la encíclica.

El documento papal ve la luz un de agosto de 1964. Y la apertura de la segunda sesión conciliar fue un 29 de septiembre de 1963 (casi un año antes). Se pueden poner en paralelo para ver las coincidencias, no casuales, entre la encíclica y el trascendental discurso de apertura de la segunda sesión del Concilio, solo tres meses después de la elección de Montini como papa. Todo un programa pastoral.

En torno a estos tres quicios (conciencia de lo que está llamada a ser la Iglesia, renovación y diálogo) quisiera yo que girara este Pliego de Vida Nueva.

¿En qué momento de estas tres grandes propuestas (“conciencia eclesial”, “renovación o reforma eclesiales” y “diálogo ad intra y ad extra” nos encontramos hoy día? ¿Qué tareas, a mi juicio, quedan pendientes todavía después del Vaticano II?

Un nuevo modelo de Iglesia

Lo más importante de la encíclica Ecclesiam Suam sigue siendo que, detrás de su estilo dialogante, hay un modelo de Iglesia que el Papa propone. Un modelo que ya no tiene que ver con el de la “Iglesia piramidal”: una Iglesia en la que las responsabilidades se van diluyendo o esfumando conforme se va descendiendo por la pendiente de la pirámide en la que en la cúspide están los pastores de la Iglesia, en el vértice el Papa, hasta llegar a la base en que se situarían los fieles, los laicos, que sostendrían la pirámide sobre sus hombros y cuya tarea sería la de obedecer sin más.

El modelo de la Iglesia como communio (ierarchica communio) es otro modelo distinto al que estábamos acostumbrados antes del Vaticano II. Este modelo (el de Iglesia como “Pueblo del encuentro” o el de “familia corresponsable”) sigue abierto a ulteriores profundizaciones teológicas y prácticas.

Nos parece, efectivamente, que todavía resta mucho camino abierto en una visión de la Iglesia como “comunión de Iglesias”. Dios quiera que lo vayamos recorriendo en el presente ya, para forjar el futuro.

Imagen: Pablo VI

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