Actitud de la Iglesia para enfrentar la pandemia

2:00 p.m. | 13 may 20 (TF/MR).- Para el cardenal Michael Czerny SJ, vivimos un momento en la historia que nos pone en la encrucijada de permanecer inmóviles -a salvo- mientras todo pasa o nos enfocamos en actuar por quienes sufren por la pandemia, los “invisibles”. Como “Pueblo de Dios” tenemos el deber de “discernir los signos de los tiempos a la luz del Evangelio”, clave que nos ofrece el Concilio Vaticano II para responder a la devastación por el COVID-19.

Además de la reflexión (publicada en Thinking Faith), Czerny recién ha presentado la publicación “Orientaciones Pastorales para desplazados internos” -población ahora más vulnerable por el coronavirus- para tratar las migraciones forzadas dentro de los países en los que reconoce que “la Iglesia no siempre ha trabajado activamente para su resolución”. El documento parte de cuatro pilares para apoyar a más de 40 millones de refugiados: acoger, proteger, promover e integrar.

——————————————————————————————–

Tiempo de restablecer el rumbo de la vida el Señor, y hacia los demás (Michael Czerny)

La emergencia del COVID-19 está poniendo a prueba la resistencia física, mental y social de muchas naciones. El contagio se ha extendido rápidamente y a nivel mundial, lo que ha causado una profunda crisis de salud y ha puesto a la economía mundial de rodillas. Como una lupa, también ha revelado las debilidades de la organización social y la vulnerabilidad de muchas personas.

Pensemos en las familias que viven en la pobreza, los ancianos, los presos, las personas sin hogar, los migrantes y los solicitantes de asilo, y las víctimas de la trata de personas. Así y todo, el Santo Padre ve en ellos “un verdadero ejército invisible que pelea en las más peligrosas trincheras. Un ejército sin más arma que la solidaridad, la esperanza y el sentido de la comunidad que reverdece en estos días en los que nadie se salva solo”.[1]

A finales de abril, el coronavirus ya habrá infectado a varios millones de personas en todo el mundo. Nos está enseñando duras lecciones, que se pagan con vidas humanas. “No podemos permitirnos escribir la historia presente y futura de espaldas al sufrimiento de tantos”. La capacidad de dar una respuesta adecuada al dolor y la pobreza de los marginados y los “invisibles” será una medida del desarrollo genuino, integral y sostenible de nuestros países. Solo se puede resistir a esta pandemia con “los anticuerpos de la solidaridad”.[2]

Al mismo tiempo, podemos leer lo que estamos viviendo con los ojos de la fe. La siempre oportuna invitación del Concilio Vaticano II nos llama a sintonizar nuestros oídos con la voz de Dios que habla a través de los eventos y experiencias humanas (Gaudium et Spes, 4). Este foco en la historia, entendida como el lugar donde tiene lugar la salvación, es uno de los temas cruciales en la enseñanza de Francisco. Desde la encíclica Laudato si’ hasta las exhortaciones apostólicas Evangelii Gaudium, Gaudete et Exsultate y Querida Amazonia, el Sumo Pontífice nos exhorta a leer los signos de los tiempos y nos muestra cómo hacerlo.

Estas señales nos dicen que estamos en una especie de encrucijada. Dos caminos se abren, entonces, ante nosotros, dos maneras diferentes de abordar la emergencia.

Un primer camino consiste en permanecer inmóviles, esperando que la epidemia siga su curso (pensando que tal vez “tarde o temprano esto pasará”) e intentando mantenernos a flote en el pantano de los problemas diarios. Esta resignación se alimenta de la necesidad de seguridad; esta regla de “lógica sustitutiva” nos lleva a pensar solo en cómo adaptarnos a las incomodidades actuales, quizás solo para seguir haciendo lo mismo que antes sin contravenir las restricciones de las autoridades.

El otro camino, en cambio, nos lleva a acoger estos tiempos y a cultivar activamente una relación vital con Cristo, y a salir en la búsqueda de aquellos que necesitan nuestra ayuda. Abrazar la “lógica salvadora” del Evangelio es llegar a través de la incertidumbre y captar una identidad y una misión renovadas como cristianos bautizados y discípulos misioneros.

Podemos ayudar a mostrar (¡y a ser!) el bello rostro de una Iglesia al servicio de nuestro hermano y hermana, solidaria con su sufrimiento y abierta a sus necesidades. Una Iglesia consciente de ser “Pueblo de Dios” en camino (Lumen Gentium, 9), que afronta con valentía los desafíos del presente, poniendo su esperanza en Cristo ahora y en miras hacia el futuro.

Las noticias que llegan diariamente de los cinco continentes hablan de una Iglesia que se moviliza en cada vez más frentes. Muchos católicos, entre tantos otros, se han arremangado y no dudan en darlo todo. Muchísimas iniciativas de caridad dan testimonio del amor de Dios que actúa de manera oculta, como la levadura que fermenta toda la masa (Mt 13, 33). Pensemos en las muchas personas que siguen suministrando alimentos, servicios esenciales, seguridad pública.

Pensemos en los muchos médicos y enfermeros, sacerdotes y religiosos que, arriesgando sus vidas, permanecen en primera línea y se mantienen cerca de los enfermos. Dándose a sí mismos “hasta el final” (Jn 13:1), ofrecen un brillante testimonio de las enseñanzas y el ejemplo de Jesús, recordando a todos que el cuidado de los que sufren tiene prioridad. En estos momentos es toda la persona la que sufre y necesita ser curada; y los casos son numerosos. Es por ello que la oración, que todos pueden intentar hacer y ofrecer, también es indispensable.

En estas condiciones excepcionales, en este tiempo “en suspenso”, como una cámara lenta que se nos impone a todos, nos vemos obligados a reducir nuestros ritmos frenéticos, a cambiar nuestros hábitos, a inventar nuevas percepciones, criterios y respuestas. La cuarentena ha desgarrado la red habitual de relaciones de cada uno de nosotros. La soledad puede ser una sorpresa incómoda. El creciente número de muertes es profundamente perturbador para aquellos que nunca han enfrentado el misterio de su propia muerte.

Al aceptarse a sí mismos y a la propia vida interior, o al buscar consuelo y tranquilidad, o al redescubrir las tradiciones en las que se criaron, muchos han sentido la necesidad de buscar a Dios. Este es un giro novedoso en una época en la que el progreso tecnocientífico puede alejar a la gente de la religión.

Un paso importante para buscar a Dios es revisar seriamente la propia vida. Las certezas sobre las que hemos construido nuestra existencia parecen ahora tambalearse y esto permite que surjan preguntas sobre el sentido: ¿Para qué he vivido? ¿Para qué viviré? ¿Soy capaz de ir más allá de mí mismo? La fe, que inquieta a la persona moderna, puede ayudar a que las preguntas surjan lentamente, mientras que Dios es rápido para responder.

Los medios de comunicación pueden allanar el camino a estos nuevos “buscadores” y pueden facilitar el acercamiento a aquellos que se han alejado de la Iglesia. Tal vez, los que no tienen el coraje de entrar en una iglesia pueden hoy en día aprovechar las oportunidades online: para escuchar la Palabra de Dios proclamada y enseñada; para conocer mejor el contenido del credo; para unirse al Santo Padre en una hora de adoración en una dramática y vacía Plaza de San Pedro; o para “visitar” la iglesia parroquial del barrio. Por supuesto, estas ofrendas también sirven a los muchos fieles que echan de menos el encuentro y que ahora participan en las celebraciones y ritos de la Iglesia desde casa.

En estos momentos, las predicciones no tienen mucho sentido porque hay demasiadas variables en juego, pero si abrazamos el presente y nos dejamos guiar por el Espíritu Santo, podemos discernir lo que es esencial. Se trata del “tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es. Es el tiempo de restablecer el rumbo de la vida hacia ti, Señor, y hacia los demás”.[3]

Referencias:

[1] Carta del Papa a los Movimientos Populares
[2] El papa Francisco diseña “un plan para resucitar” a la humanidad ante la crisis del coronavirus
[3] Momento extraordinario de oración en tiempos de pandemia

Migrantes y Refugiados: la Iglesia no es indiferente a los desplazados internos

En el mundo hay en este momento 50,8 millones de personas que, sin dejar su país, han tenido que huir de sus hogares. Solo en 2019 se produjeron 33,4 millones de nuevos casos. El Vaticano ha presentado unas Orientaciones pastorales sobre desplazados internos en las que recomienda a la Iglesia atenderlos de forma específica, y reclama a los gobiernos que los campos de emergencia no se conviertan en solución permanente.

El documento busca, entre otras cosas, “alentar a los obispos locales a adoptar estructuras pastorales y programas específicos que aborden las necesidades materiales y espirituales de desplazados internos y asignar recursos financieros y humanos adecuados para su funcionamiento”. Señala, al mismo tiempo, que “el lugar de esta acción pastoral es, ante todo, la parroquia”; aunque apunta que también se pueden erigir parroquias dirigidas específicamente a los desplazados.

Además, se invita a las conferencias episcopales a crear dentro de su organigrama una comisión episcopal específica para atender a estas personas, así como a encargar a las universidades católicas la tarea de “profundizar en los diferentes aspectos de las migraciones”.

Se invita también a trabajar en red tanto con las ONG católicas, como con los grupos de la sociedad civil que se ocupen de este fenómeno, así como con los funcionarios del Gobierno de cada país correspondientes y con representantes de otras religiones.

En la presentación de las orientaciones, el cardenal Czerny ha explicado que son el tercer gran proyecto de la sección de Migrantes y Refugiados, después de los 20 puntos de acción pastoral que se prepararon en 2017 de cara a los Pactos Globales de la ONU sobre migraciones y refugiados, y de las Orientaciones pastorales sobre la trata de seres humanos, publicadas en 2019.

A diferencia de los refugiados, los desplazados internos son personas que, por algún motivo, se han visto obligados a abandonar sus hogares, pero no han cruzado una frontera internacional y, por tanto, “no entran en el sistema de protección internacional previsto por el derecho internacional de refugiados”, señala el texto.

El documento también plantea una autocrítica por la acción de la Iglesia en la gestión de conflictos étnicos y tribales en los años recientes. “Conflictos étnicos y tribales pueden ser la causa de desplazamientos internos y la Iglesia no siempre operó de manera proactiva para la resolución de los mismos, denunciando las injusticias y promoviendo paz y reconciliación”, plantea el documento de 122 puntos colmado de citas del papa Francisco.

La estructura del documento destaca las respuestas y desafíos

En la presentación también intervino el Subsecretario de este Dicasterio, el Padre Fabio Baggio, C.S., quien explicó que estas Orientaciones se agrupan en torno a los cuatro verbos con los que el Papa ha querido sintetizar la pastoral de los migrantes: acoger, proteger, promover e integrar.

La estructura del documento destaca por un lado los desafíos y por otro las respuestas que deben ser reforzadas y/o implementadas por la Iglesia. Al primer verbo, “acoger”, se asocia un primer reto constituido por la frecuente invisibilidad de los desplazados internos, lo que, junto con la falta de datos y la ausencia de su reconocimiento formal, aumenta su vulnerabilidad.

Al segundo verbo, “proteger”, se le atribuye un segundo reto planteado por la falta de instrumentos internacionales de protección. Concretamente, se considera el aumento de la vulnerabilidad de las personas ya frágiles, la proliferación de la trata y las condiciones de riesgo en las zonas urbanas y los campos de refugiados.

Bajo el tercer verbo, “promover”, el documento introduce el desafío de la inclusión socioeconómica, que necesariamente implica el reconocimiento y la identificación personal. El tratamiento del último verbo, “integrar”, comienza con el reto de elaborar soluciones duraderas, que prevean tanto la integración de las personas desplazadas en las comunidades de acogida como, de ser posible, su retorno a casa.

Los desplazados internos y su invisibilidad

Finalmente, Amaya Valcárcel, del Servicio de los Jesuitas para los Refugiados (JRS), lamentó que a menudo “el mayor problema de los desplazados internos es su invisibilidad”.

Opinó que “la crisis económica producida por el COVID-19 puede resultar en una mayor invisibilidad y una mayor restricción a los desplazados internos”, y pidió mayor cooperación internacional “especialmente en tiempos de pandemia”.

Así, la experta citó el caso de Colombia, donde dijo que hay más de 5 millones y medio de desplazados internos, “cada más se invisibilizan más debido a dos factores: el acuerdo de paz con las FARC y la subsiguiente conclusión para muchos de que ‘ya no hay conflicto armado’ y, por tanto, ya no hay desplazados víctimas del conflicto armado; y el crecimiento exponencial de los refugiados venezolanos en Colombia, con más de 1,8 millones actualmente en el país”.

ENLACES: Presentación del documento / Comentario en Vatican News / Documento completo

Información relacionada:
Antecedentes en Buena Voz:
Fuentes:

Thinking Faith / Religión Digital / Alfa y Omega / Migrantes y Refugiados (Vaticano) / Foto: Aleteia

 

Puntuación: 4.67 / Votos: 3

Buena Voz

Buena Voz es un Servicio de Información y Documentación religiosa y de la Iglesia que llega a personas interesadas de nuestra comunidad universitaria. Este servicio ayuda a afianzar nuestra identidad como católicos, y es un punto de partida para conversar sobre los temas tratados en las informaciones o documentos enviados. No se trata de un vocero oficial, ni un organismo formal, sino la iniciativa libre y espontánea de un grupo de interesados.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *