El diaconado femenino. Un debate que continúa

7:00 p m| 14 jun 19 (CW).- El 10 de mayo en el Vaticano, el Papa tuvo una larga sesión de preguntas y respuestas con la Unión Internacional de Superioras Generales (UISG), compuesta por 850 mujeres, reunidas en su 21ª Asamblea plenaria. La reunión tuvo lugar tres años después de un encuentro similar en mayo de 2016, que resultó en la decisión de Francisco de crear una comisión de estudio sobre el diaconado femenino, anunciada en agosto de 2016.

Esta vez, frente a la Asamblea de superioras generales, Francisco anunció que el resultado de la comisión de estudio no era concluyente, ya que todavía no había consenso entre los miembros sobre la naturaleza del diaconado femenino en la iglesia primitiva. El Papa entregó a la presidenta saliente de la UISG, hna. Carmen Sammut, una copia del informe de la comisión, que aún no se ha hecho público. Massimo Faggioli, teólogo e historiador, analiza el contexto actual y proyección del debate y la comisión.

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Este es solo el último capítulo de una historia que comienza en el pontificado de Francisco con la Asamblea del Sínodo de obispos, en octubre de 2015, cuando el obispo canadiense y expresidente de la conferencia episcopal canadiense, Paul Durocher, propuso la ordenación de mujeres como diáconos. Ya han pasado casi cuatro años y la cuestión persiste.

De hecho,si se quiere precisar, el debate lleva encaminado medio siglo. Siguiendo una propuesta hecha durante la Asamblea del Sínodo de obispos de 1971, en mayo de 1973 Pablo VI creó una “comisión especial de estudio sobre la mujer en la sociedad y en la Iglesia”.

Estaba formada por veinticinco miembros: quince mujeres y diez hombres (entre sacerdotes y laicos). El secretario encargado de la comisión era un obispo italiano muy cercano a Pablo VI, Enrico Bartoletti (1905-1976). Fue asistido por una laica australiana, Rosemary Goldie (1916-2010), la primera mujer que ocupó un puesto ejecutivo en la curia romana. En esa época era subsecretaria del Consejo Pontificio para los Laicos y una de las auditoras a las que se permitió seguir los trabajos del Concilio Vaticano II en 1964.

Al inicio parecía que la comisión de Pablo VI sobre la mujer tendría un mandato muy limitado: iba a durar sólo un año y su misión no estaba clara. La curia romana no ocultó su hostilidad hacia el proyecto. Cuando la comisión comenzó su trabajo, alguien de la curia filtró a la prensa un memorándum dejando claro que la comisión no abordaría el tema de la ordenación de mujeres. La nota insistía en que la comisión se ocuparía sólo de la cuestión de las mujeres en el apostolado, mas no de las mujeres en el ministerio.

La comisión presentó un informe provisional a la Asamblea del Sínodo de obispos de 1974, mientras aumentaban las tensiones entre las mujeres miembros de la comisión y Pablo VI. En agosto de 1975, el arzobispo Bartoletti envió a Pablo VI un memorándum solicitando que el Papa proporcionara una justificación teológica y eclesiológica para la norma contra la ordenación de mujeres, señalando la insuficiencia de un juicio basado sólo en la disciplina y la tradición. Esto fue durante el período en que se estaba redactando Inter insigniores. Esa declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe, publicada al año siguiente, negó formalmente a las mujeres el acceso al sacerdocio.

En resumen, todo el contexto eclesiástico en el que la comisión de mujeres tenía que hacer su trabajo era hostil a cualquier cambio en el tema de la mujer y el ministerio. Un anterior motu proprio, Ministeria quaedam (1972), que instituyó los ministerios del lectorado y del accolitado, también excluía a las mujeres. Se pidió a la Comisión Teológica Internacional, que había publicado un documento sobre el ministerio sacerdotal en 1970, que preparara un informe sobre las mujeres en el diaconado, que nunca ha sido publicado.

El trabajo de la comisión de Pablo VI sobre la mujer se complicó también por la creciente división entre el papado y los círculos ultraconservadores en torno al arzobispo francés Marcel Lefebvre. Dos miembros francófonos de la curia expresaron abiertamente su oposición a dar a las mujeres un mayor papel en el ministerio: el arzobispo canadiense Edouard Gagnon, que más tarde se convirtió en el emisario papal de Lefebvre, y el P. Louis Ligier, SJ, profesor de la Universidad Gregoriana de Roma, que estuvo a cargo de preparar el primer borrador de Inter Insigniores.

Estas bases del magisterio trabajadas en los años setenta condujeron a la carta apostólica de Juan Pablo II de 1994, Ordinatio sacerdotalis, en la que se afirmaba que “la Iglesia no tiene autoridad alguna para conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres y que este juicio debe ser sostenido definitivamente por todos los fieles de la Iglesia”. Cabe señalar que la Ordinatio sacerdotalis se refiere a las mujeres en el sacerdocio, no a las mujeres en el diaconado.

Por otra parte, el documento conjunto de 2001 de la Congregación para la Doctrina de la Fe, la Congregación para el Clero y la Congregación para el Culto Divino sí cerró la puerta al diaconado femenino. Y un documento del 2002 sobre el diaconado emitido por la Comisión Teológica Internacional pareció poner bajo llave el asunto. Juan Pablo II trató de silenciar el debate, y la elección de Benedicto XVI fue tomada por muchos como prueba de que el debate sobre la mujer y el ministerio en la Iglesia católica había terminado. Pero el tema no desapareció.

La historia de la comisión de Pablo VI y sus consecuencias nos ayuda a comprender la situación actual del diaconado femenino. En primer lugar, la comisión creada por Francisco tenía (o tiene, en caso de que aún exista) más libertad que la “comisión sobre la mujer” de principios de los años setenta, que tuvo que enfrentarse no sólo con la doctrina papal que parecía desalentar su trabajo, sino también con toda la curia. Hoy la situación es diferente: el contexto eclesiástico-teológico está ahora mucho más dividido que hace cuarenta años. Hace un año el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el cardenal Luis Ladaria, SJ, publicó “En respuesta a ciertas dudas sobre el carácter definitivo de la doctrina de la Ordinatio sacerdotalis”, subrayando la continuidad de Juan Pablo II a Francisco en la enseñanza contra la ordenación femenina al sacerdocio, pero no al diaconado.

Pero entre los obispos -por no mencionar a todo el pueblo de Dios, incluyendo a los teólogos- hay una gran variedad de opiniones sobre el diaconado femenino, una variedad más amplia que la que había en la década de 1970. En las últimas dos o tres décadas, y especialmente durante los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI, el debate se ha limitado principalmente a especialistas, pero la reflexión teológica que apoya el diaconado femenino y la situación ecuménica actual (algunas Iglesias ortodoxas han reintroducido recientemente diaconisas) son mucho más favorables a tal desarrollo en la Iglesia católica de lo que lo eran en los años 1970.

El papel de la mujer en la Iglesia hoy es importante de una manera que no lo era en la década de 1970. Ya no se trata sólo del hemisferio norte, sino que se está discutiendo en África, Asia y América Latina. Y es probable que la discusión continúe y crezca en intensidad sin importar cuál sea la posición del Papa sobre el tema.

Pero la Iglesia católica hoy en día está más dividida que en la década de 1970. En el Concilio Vaticano II, por ejemplo, Pablo VI adoptó una línea de defensa firme que Francisco no puede asumir debido a los efectos del pontificado de Benedicto XVI, especialmente en cuestiones litúrgicas estrechamente relacionadas con el debate sobre el diaconado. A pesar de las severas críticas de Francisco al clericalismo, está de nuevo en ascenso, sacralizando el sacerdocio jerárquico como un “ordo”. La tendencia se alejó del clericalismo en la década de 1970, no hacia él.

El debate sobre las mujeres en el ministerio tiene que enfrentarse al mismo problema del tradicionalismo que Pablo VI tuvo que encarar, pero en aquel entonces el tradicionalismo de Lefebvre estaba más aislado. Ahora el tradicionalismo se ha convertido en una corriente dominante entre ciertos grupos de jóvenes católicos, incluyendo jóvenes sacerdotes y seminaristas. Estos jóvenes tradicionalistas y sus partidarios en el clero superior montarían una fuerte resistencia contra cualquier propuesta de reintroducir al diaconado femenino.

En resumen, la Iglesia católica ahora tiene una teología más establecida sobre el diaconado femenino que en los tiempos de Pablo VI, pero las condiciones políticas para tal desarrollo son ahora menos auspiciosas. Aún así, Francisco ha dicho que debemos continuar la discusión. ¿Cómo podemos asegurarnos de que este debate no conduzca a los mismos callejones sin salida a los que condujo en los años setenta?

Un primer paso sería publicar todos los informes sobre el diaconado femenino, empezando por los que se encargaron en los años setenta e incluyendo los que se encargaron bajo el mandato de Francisco. La discusión debe ser abierta si se quiere llegar a algún lado.

Un segundo paso sería hacer que la discusión fuera sinodal, lo que requeriría una Asamblea del Sínodo ad hoc sobre la mujer en la Iglesia. ¿Por qué una asamblea sinodal? Porque la discusión no solo debe ser sobre la historia del ministerio de las mujeres (que dominan los expertos) sino también sobre la teología. Una comisión de expertos solo puede -y debe llegar- hasta cierto punto en esta cuestión. Repito aquí lo que escribí en 2016 antes que Francisco anunciara la comisión: debemos desengañarnos de la creencia ingenua de que un acuerdo sobre la evidencia histórica del diaconado femenino y su rol en la iglesia primitiva puede resolver esta controversia. Los llamamientos a la historia rara vez son concluyentes en los debates teológicos, y pueden resultar contraproducentes. Son los católicos tradicionalistas, no los progresistas, quienes se supone que creen que algo es legítimo sólo en la medida en que no es nuevo.

La buena noticia es que tanto el debate teológico sobre el diaconado femenino, como el sensus fidei en la Iglesia global no son lo que eran en la década de 1970. Hoy en día es improbable que Roma se salga con la suya desestimando las peticiones del ministerio diaconal de las mujeres simplemente señalando la falta de consenso sobre los hallazgos históricos. La gente ahora exige mejores respuestas.

 

Antecedentes en Buena Voz:

 

Fuente:

Commonweal

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Comentarios

  1. ARTURO FRANCO escribió:

    Que recuerde, Jesús, nunca tuvo/creo diferencia entre personas, no recuerdo nada incluso sobre sexualidad. A no ser, para igualarlas. Siempre dijo que hay que amarse los unos con los otros como Él nos demostró amar. Nosotros no debemos de ser los que tergiversemos lo que dijo, comprendamos que hay circunstancias a evaluar en el tiempo. Y utilizar la libertad como nos la dio! con Fe y Amor por el próximo.
    ” …. Si el hombre tuviera la Fe del tamaño de un grano de Mostaza, le diría a un Árbol siembra te en el Mar y el Árbol los aria !” (sin ser exacta la cita).

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