Rohinyá: Cuestión de paz y humanidad

5:00 p m| 22 set 17 (LOR/AF/BV).- Son cientos de miles los musulmanes de etnia rohinyá que huyen de sus poblaciones a causa de la violencia incesante que desde hace semanas está llenando de sangre Rakáin, el estado noroccidental de Myanmar (Birmania) en el que viven. Muchos han conseguido alcanzar el vecino Bangladés, pero otros todavía están bloqueados en “tierra de nadie” entre los dos países asiáticos, por la indecisión en las medidas de apoyo para los refugiados y la distancia que deben recorrer.

Aunque la represión y el conflicto tiene décadas de antecedentes, esta última crisis escaló desde el 25 de agosto, cuando un grupo de rebeldes rohinyá atacó decenas de enclaves del ejército y de la policía, que respondieron con una violencia inusitada (las comunidades afectadas denuncian la quema de poblados enteros, ejecuciones y violaciones en grupo), tras la orden de combatir a los “terroristas” dada por el Ejecutivo encabezado por Aung San Suu Kyi, Premio Nobel de la Paz en 1991.

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La Iglesia llama al diálogo

La Iglesia local no permanece en silencio ante este drama humanitario. En declaraciones a Fides, el obispo Raymond Saw Po Ray, presidente de la Comisión Episcopal de Justicia y Paz, ha alertado de que estamos ante “un verdadero conflicto armado”, puesto que los rohinyá “han formado un ejército, el Arakan Rohinyá Salvation Army (ARSA)”, que es el que, a modo de guerrilla, ha atacado a las fuerzas de seguridad birmanas.

“En la actual crisis en el estado de Rakáin, es urgente mostrar humanidad. Lanzamos un llamamiento por la humanidad a ambos lados, los militares rohinyá y la guerrillas. Debemos respetar y construir un futuro de paz y justicia basado en el respeto de los derechos humanos. Recordamos que durante el período de la dictadura, todas las minorías étnicas en Birmania fueron marginadas y penalizadas. Ahora queremos un cambio de enfoque del gobierno. En el estado de Rakáin (en Birmania occidental) aconteció un verdadero conflicto armado porque los rohinyá han formado un ejército, el Arakan Rohinyá Salvation Army (ARSA)”, declaró el obispo.

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En el estado birmano de Rakáin desde el 25 de agosto, se producen combates entre el Arakan Rohinyá Salvation Army y el ejército de Myanmar. Y los que sufren más son la población civil de la minoría étnica, que se está moviendo hacia Bangladés, alcanzando hasta la fecha cerca de medio millón de refugiados. Bangladés empezó a poner resistencia a la entrada de los desplazados para evitar otra invasión de personas refugiadas en un país marcado por la pobreza y la superpoblación.

El obispo dice a la Agencia Fides “la Iglesia birmana sigue orando por la paz y manteniendo esperanza en la reconciliación. En este sentido, la visita del Papa Francisco a Myanmar del 27 al 30 de noviembre parece muy oportuna y preciosa: el Papa será un apóstol de la reconciliación. Pero hay que recordar que la paz debe prepararse con un enfoque que no se centre sólo en uno mismo, sino que tenga en cuenta las necesidades y expectativas de los demás”.

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“El Papa ha hablado de los rohinyá -continúa Mons. Raymond Saw Po Ray- y esperamos que su llamamiento por la paz sea bien recibido por todas las partes en conflicto. El problema de los rohinyá es muy delicado, y el uso mismo del término ‘rohinyá’ es bastante polémico si uno lee su historia. La cuestión hoy es un tema muy sensible por las relaciones con el gobierno, que los define como ‘minoría bengalí’. Por esta razón, como Obispos hemos sugerido al Papa que no use ese término en sus mensajes de paz y de respeto a las minorías”.

Ya desde 1982, la junta militar birmana había puesto en marcha una ley sobre la nacionalidad que negaba la birmana a los rohinyá: esta minoría étnica de religión islámica no es reconocida por el Estado y está privada de cualquier derecho. La violencia comenzó en el estado en 2012 (una campaña anti-musulmana fue promovida por un grupo extremista budista) y luego a partir de octubre de 2016 cuando, como resultado del desorden fronterizo, se desencadenó una caza que ha llevado a la ONG a hablar de “limpieza étnica” y “genocidio”.

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A principios de 2017, más de 30.000 refugiados estaban hacinados en campamentos de refugiados. Según el informe del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, publicado el pasado 20 de junio, Día Mundial del Refugiado, hay 490.000 rohinyás que han abandonado sus hogares en estos años y 276.000 de ellos están en Bangladés.

 

Un poco de historia

El odio entre comunidades no siempre fue una norma en Rakáin. El gran cisma entre musulmanes y budistas forma parte del pesado fardo que el oeste de la actual Birmania heredó de la era colonial, como recuerda el Ashraful Azad, profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad de Chittagong, y un experto en la historia de los rohinyá.

En plena Segunda Guerra Mundial, cuando las tropas británicas que controlaban Birmania se retiraron en 1942 hacia sus posesiones de la India, armaron a los rohinyá para intentar frenar el avance japonés. Las tropas niponas buscaron la alianza con los budistas.

“Las fuerzas coloniales armaron a los civiles y eso provocó una masacre. Murieron decenas de miles. Los musulmanes huyeron hacia el norte y los budistas hacia el sur. Eso creó una profunda división entre dos comunidades que habían vivido sin mayores problemas durante 700 años”, explica Azad.

El caos generó una transferencia de población que modificó la composición étnica de Rakáin y que ha perdurado hasta esta última oleada de violencia, con una mayoría musulmana rohinyá instalada en el norte de la región, en los distritos de Maungdaw, Buthidaung y Rathedaung, y el sur dominado por los budistas, con pequeñas minorías de otras confesiones y etnias -hindúes y cristianos incluidos- esparcidas por todo el territorio.

El retorno de los británicos volvió a ahondar el recelo comunitario cuando Londres concedió un trato de privilegio a los rohinyá e incluso les llegó a prometer un estado propio, algo que después olvidó. Con la independencia Birmania en 1948 retornó el caos y una primera insurrección de esta minoría bajo el liderazgo de los llamados Mujahid, que fue reprimida con una absoluta brutalidad por el ejército birmano sentando los precedentes de ofensivas sucesivas.

La dictadura militar que comenzó en 1962 recuperó la táctica británica del “divide y vencerás”, y la mejoró. A partir de esa fecha, los sucesivos uniformados que lideraron el país se esforzaron en estigmatizar a los rohinyá, replicando con el terror cada vez que surgía un pequeño grupo armado que pretendía enfrentar el creciente entramado de opresión. Las razzias de 1978, 1991, 2012 y 2016 han quedado grabadas en la memoria de esta población.

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“Se creó una cultura del odio alimentada por el ejército, parte del clero budista y grupos nacionalistas. Difundieron la idea de que los rohinyá no pertenecían a Birmania. Que iban a controlar el país, cuando son sólo el 5 por ciento de la población. Ha sido un proceso permanente durante años. Ahora, los militares quieren cumplir su sueño, echarlos definitivamente del país”, añade Azad.

“Los rohinyá siempre han sido un objetivo. Yo crecí en ese sistema destinado a dividir a las dos comunidades. El ejército tuvo éxito porque nunca quiso que ambas (musulmanes y budistas nativos de Rakáin) vivieran juntos”, reconoce Tun Khin, un conocido activista rohinyá instalado en Reino Unido y presente ahora en Cox’s Bazar. Su abuelo fue uno de los muchos parlamentarios rohinyá que llegaron a existir en el primer periodo democrático birmano -el país llegó a contar incluso con un ministro de Salud entre 1960 y 1962, Sultan Mahmud-, algo que contradice la versión oficial de Naipyidó, que los define como simples “inmigrantes ilegales”.

“Los rohinyá son una etnia de Burma (Birmania). Tienen el mismo estatus nacional que los Kachin, Kayah, Karen, Mon, Rakáin y Shan (otras minorías birmanas)”, reconoció públicamente en 1954 el entonces primer ministro birmano U Nu.

Toda una realidad que ignoran las autoridades actuales y en especial la cúpula militar. El mismo jefe del ejército birmano, el general Min Aung Hlaing, admitió hace días que para él los rohinyá son “un negocio que no hemos concluido”, aludiendo explícitamente a lo acaecido durante la II Guerra Mundial. “No dejaremos que ese terrible suceso pase de nuevo”, acotó. La historia, al menos la visión de esa historia por parte de los militares, se ha convertido en motor de la limpieza étnica de los rohinyá.

Para Ashraful Azad la aparición de Arsa era algo más que previsible. “Todas las minorías oprimidas de Birmania se defienden con una guerrilla: los Karen, los Kachin…”, argumenta. Aunque también cree que en este caso “lo único que han conseguido es ayudar al ejército, los militares deben estar felices porque ahora tienen una justificación para asesinar o echar a todos los rohinyá”.

 

Las lecciones no aprendidas de la historia

El proyecto fotográfico ‘Nunca jamás’ sobrepone imágenes del éxodo de los rohinyá de Myanmar con otras de distintas tragedias, como el genocidio armenio o la guerra de los Balcanes.

Un niño rohinyá en el campo de refugiados de Leda, en Bangladés, donde ha encontrado refugio esta minoría musulmana procedente de Birmania. La mayoría de los habitantes de estos campamentos son niños. Los refugiados cuentan que su situación en estos lugares es extremadamente difícil. Las raciones de comida son más pequeñas de lo que dicen las autoridades. En vez de seis kilos de arroz, aseguran que les dan cinco. Las raciones de comida y las cartillas (llamadas libro de familia) se han convertido en una forma de protección contra las deudas. Muchos niños sufren malnutrición. La atención médica es muy deficiente o inexistente.

Un solicitante de asilo afgano en la frontera entre Serbia y Hungría (2015) muestra sus manos infectadas mientras espera que llegue una ambulancia a la vieja fábrica de ladrillos abandonada de Subotica. El edificio se ha convertido en un refugio temporal para las personas de paso en su viaje hacia la Unión Europea. Los refugiados y los emigrantes han recorrido un camino lleno de dificultades y peligros para llegar a las fronteras europeas. Están cansados, a menudo heridos, y han contraído infecciones debido a la falta de asistencia médica. Con frecuencia han sido víctimas de malos tratos.

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Fuentes:

L’Osservatore Romano / Agencia Fides / Vida Nueva / El Mundo / El País

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