El déficit femenino del Sínodo: la última de la fila

1:00 p m| 13 nov 15 (VIDA NUEVA/BV).- La directora del suplemento mensual Donne Chiesa Mondo (“Mujeres de la Iglesia Mundial”), producido por el diario oficial del Vaticano, L’Osservatore Romano, fue una de las 35 mujeres invitadas a participar de la Asamblea del Sínodo, clausurada el 25 de octubre. Una experiencia que ahora narra con un poco de humor, no exento de cierta indignación y que resume el papel que aún se le asigna a la mujer dentro de la Iglesia. Asimismo comenta sobre la importancia de la noción de misericordia en los debates sinodales, sobre el matrimonio y su interacción con otras mujeres participantes de la Asamblea, que en varios casos asistieron como miembros de familias que dieron testimonio.

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Me lo repetí muchas veces en estas pasadas tres semanas del Sínodo sobre la Familia para refrenar la rebelde impaciencia que me asaltaba: en el fondo, me han invitado, y hasta me han hecho hablar. Precisamente a mí, una “feminista histórica” (como he leído en un blog flamenco), no demasiado dotada de diplomacia y de paciencia –como seguramente se habrán dado cuenta–. Para una mujer como yo, que ha vivido el Mayo del 68 y el feminismo, que ha enseñado en una universidad pública y participado en comisiones y grupos de trabajo de todo tipo, esta es verdaderamente una experiencia inédita. Solo yo llevaba pantalones. Porque, aunque me ha ocurrido anteriormente –cuando era joven y las mujeres eran todavía pocas en ciertos ambientes culturales y académicos– de encontrarme en alguna ocasión siendo la única mujer presente, se trataba siempre de hombres que tenían una cierta familiaridad con las mujeres: como mínimo, estaban casados y, tal vez, tenían hijas.

Lo que más me impactó en el grupo de cardenales, obispos y sacerdotes que componían la Asamblea de los padres sinodales era su ajenidad a las mujeres, su poca familiaridad en el trato con mujeres consideradas inferiores, como las hermanas que suelen servirlos en casa. Naturalmente, no para todos –con alguno de ellos tenía también lazos de amistad previos al Sínodo–, pero, por lo que respecta a la inmensa mayoría, lo incómodo en el trato con una mujer como yo era palpable para mí, sobre todo al comienzo. Por otra parte, no tenían gesto alguno de la habitual caballerosidad que todavía se encuentra, sobre todo en los hombres que han dejado de ser jóvenes, como ellos. Con suma desenvoltura omitían cederme el paso en las escaleras, pasaban por delante de mí en el bufé durante la pausa para el café. Hasta que el camarero, sin piedad, me preguntaba qué deseaba beber…

Desde la entrada, todo parecía conjurarse para hacer que me sintiera una extraña: a pesar de mis acreditaciones sinodales, sufría controles sumamente rígidos, con la tentativa de requisarme el móvil y la tableta. En el mejor de los casos, me tomaban por una periodista, cuando no por una mujer de la limpieza. Después comenzaron a conocerme, y así, a tratarme con gentileza y respeto. Cuando, pasados tres o cuatro días, los guardias suizos en uniforme de gala que custodiaban la entrada adoptaron la postura de firmes cuando yo pasaba, me pareció estar tocando el cielo con las manos.

Pero, aun así, yo era una presencia solo tolerada: no “fichaba” al comienzo de los trabajos, como los padres sinodales, ni podía tampoco intervenir, como no fuese en el espacio final concedido a los auditores, ni tampoco votar. También en los círculos menores, aparte de no votar, no podía proponer modificaciones al texto en discusión y, en teoría, no habría podido ni siquiera hablar: gentilmente, de vez en cuando, se me preguntaba la opinión y yo, armándome de valor, comencé a levantar la mano y a hacerme valer un poco. ¡Durante la última reunión pude hasta proponer modificaciones! En síntesis, todo contribuía a hacerme sentir inexistente. También mis intervenciones en el grupo de trabajo caían casi todas en el vacío: por ejemplo, intenté señalar que en el capítulo diecinueve del Evangelio de Mateo, Jesús habla de repudio y no de divorcio, y que, en la situación histórica en la que él vivía, significaba repudio de la mujer por parte del marido. Y que, por tanto, la indisolubilidad que defiende Jesús no es un dogma abstracto, sino una protección para las personas más débiles de la familia: las mujeres. Como si hubiese hablado al viento: siguieron diciendo que Jesús estaba contra el divorcio.


Misericordia, la clave

En la pausa para la comida, cuando pude, me escapé a casa y comía mirando la serie “Belleza y poder” para “desintoxicarme” con una dosis de vida real: también allí todos hablan siempre de familia, de sufrir porque no se tiene una familia… y los continuos matrimonios son siempre con la idea de eternidad: me vino entonces la sospecha de que también los padres sinodales siguen la serie…

He procurado intercambiar estas reflexiones mías con las otras pocas mujeres presentes: me miraron sorprendidas. Para ellas, este tratamiento era obvio. Por lo demás, la mayor parte de ellas había venido como miembro de una pareja y, en el momento de la intervención final, iba a escuchar improbables relatos de matrimonios irreales leídos a medias con el marido. La única que se apartaba de este clima de resignación era una hermana joven y batalladora que, en el curso de un intercambio de saludos con el Papa, descubrió que las cuatro cartas que su asociación le había enviado –pidiendo más espacio para las religiosas– no se le habían hecho llegar nunca. Comprendí que las hermanas, siendo tantas, muchas más que los religiosos, dan miedo: si ellas entran, estamos aplastados, me decían. Así, mejor hacer como que no existen…

Frente a mis ojos interesados y asombrados, la Iglesia mundial tomó cuerpo e identidad: es verdad, hay alineamientos entre quienes quieren cambiar alguna cosa y quienes solo quieren defender lo existente, y esto es claro. Y después hay un sector de inercia que no se alinea, que dice cosas vagas y espera a ver cómo va el debate. Los conservadores aseguran a los pobres fieles que seguir las normas no es una carga inhumana porque Dios los ayudará con la gracia. Y hablan con lenguaje florido de la felicidad del matrimonio cristiano, del “canto nupcial”, de “Iglesia doméstica”, de “Evangelio de la familia”. En definitiva, de una familia perfecta que no existe, pero de la que está previsto que las parejas invitadas den fe de ello con su historia. Tal vez hasta creen en ello. No quisiera estar en su piel. Los progresistas son más diversos entre sí; algunos más audaces hablan hasta de mujeres y de violencia doméstica, y se distinguen porque hablan siempre de misericordia. En cambio, como es natural, las familias perfectas no tienen necesidad de misericordia.

Misericordia es la palabra clave del Sínodo: en los grupos de trabajo la lucha de los unos es borrar siempre esta palabra del texto; la de los otros, defenderla y multiplicarla. En el fondo, ni siquiera es difícil: me imaginaba una situación teológicamente más compleja, más difícil de descifrar por una externa como yo. Pero poco a poco voy comprendiendo que un cambio profundo está en curso: aceptar que el matrimonio es una vocación, así como ha sido considerada siempre la vida religiosa, es un gran paso adelante.

Supone reconocer el significado profundo de la encarnación, que ha dado un valor espiritual a lo que se hace con el cuerpo y, por tanto, también a la esfera sexual considerada como camino espiritual, tanto en la castidad como en la vida conyugal. E igualmente importante es la insistencia en la verdadera intención de fe, en la preparación al sacramento: se acabó el tiempo de una adhesión de fachada, de una honorabilidad aparente sin verdadera opción consciente. La gran propuesta de Jesús, para el cual lo único que cuenta es la intención del corazón, se está haciendo praxis real. Y esto significa que estamos dando pasos importantes en la comprensión de su palabra. En las mil polémicas centradas en la doctrina y en la normativa, este nivel no parece existir, pero, si se mira bien, se entrevé y, sin duda, hay un cambio positivo.

Durante las largas horas de los debates de la Asamblea observo fascinada la elegancia de los padres: todos en “uniforme de gala”, con las túnicas negras fileteadas en violeta o escarlata, con los solideos a tono, algunos con una elaborada muceta, todos con largas filas de botones de su color. Los orientales lucen cofias de terciopelo recamadas en oro y plata, altos sombreros negros o rojos. El más elegante de todos tiene una larga túnica violeta: al final descubriría que se trata de un obispo anglicano. Cada tanto, un dominico, con la túnica blanca, era confundido desde lejos con el Papa, que democráticamente se mezcla con nosotros en la pausa del café. Verdaderamente vienen de todo el mundo, verdaderamente la Iglesia es católica.

En general, los obispos que provienen de los países otrora coloniales hablan la lengua de los viejos conquistadores: francés, inglés, portugués. Los que provienen de Europa del Este hablan italiano. Me doy cuenta de cuántos obispos hay en India, en África. Cada uno es un pedazo de historia y de realidad, sea que hablen de sus problemas concretos o se limiten a parrafadas teóricas en defensa de la familia. Y así descubro que los más rígidos defensores de la tradición son aquellos que viven en países con realidades más difíciles, como los orientales, los eslavos, los africanos. Y hasta un cardenal europeo. Quien ha conocido las persecuciones del comunismo propone resistir con la misma dureza e intransigencia a las lisonjas de la modernidad; quien vive en países de realidad difícil y sangrienta, donde la misma identidad cristiana está en peligro, piensa que solo la firmeza en las reglas puede ayudar a defender la religión amenazada.

Excepto casos raros y muy apreciados por mí, todos hablan un lenguaje autorreferencial, casi siempre incomprensible para quien esté fuera del restringido círculo del clero y de quienes colaboran muy de cerca: afectividad en lugar de sexualidad, natural para decir inmodificable, “sexualidad madura”, “arte del acompañamiento”… Y casi todos piensan que bastaría con hacer buenos cursos de preparación al matrimonio para resolver todo, quizá también un poco de Catecismo antes del casamiento.


La mujer, invisible

En cambio, de la realidad emergen muchas situaciones diversas y complicadas: en particular, el problema de los matrimonios mixtos, que, aunque con modalidades diversas, se encuentran en todo el mundo. Los problemas son muchos y diversos, pero hay uno compartido en todos los casos: la religión católica es la única que prevé la indisolubilidad del matrimonio y, por tanto, los pobres católicos se encuentran a menudo abandonados y en la imposibilidad de volver a casarse. Muchos padres defienden con fiereza a sus familias tradicionales sin pensar que casi siempre se trata de situaciones que penalizan a las mujeres.

Pero las mujeres son casi invisibles y, cuando en mi intervención hablo con fuerza de ello, lamentando su ausencia, también cuando se discute un tema como la familia, se me considera “muy valiente”. Muchos aplausos, hasta un buen número de padres que me da las gracias: quedo un poco sorprendida, pero después comprendo que, al hablar yo con claridad, les he evitado a ellos hacer otro tanto. En este torbellino de sensaciones contradictorias –entre la rabia de una evidente exclusión y la satisfacción de, a pesar de todo, estar allí–, no puedo sino pensar qué extraordinario es, a día de hoy, participar en una Asamblea que se abre con el canto del Veni creator Spiritusy concluye con el tedeum. Pero justamente por esto siento más fuerte el dolor por la injusta exclusión de las mujeres de esta que, en definitiva, es una reflexión sobre la relación de la humanidad toda –y por tanto, de mujeres y hombres– con Dios.


Mujeres y Sínodo y viceversa

Autor: María Gómez

Pero las mujeres son casi invisibles, y cuando en mi intervención hablo con fuerza de ello, lamentando su ausencia también cuando se discute un tema como la familia, se me considera muy valiente”. Sorprende (y duele) leer a Lucetta Scaraffia (p. 11). Si mirar al Aula sinodal y sacar porcentajes es “muy valiente”, es que el listón de lo que se espera de las mujeres en la Iglesia no está muy alto. Las cifras hablan solas: de 335 participantes en el Sínodo con derecho a voz, solo 35 eran mujeres, y de estas, 17 estaban allí porque son la mitad de un matrimonio. Una de cada diez. Cierto que era un Sínodo ‘de los obispos’; pero precisamente por eso el papa Francisco tuvo la visión de ir más allá y traer a las mujeres a la Asamblea, laicas y religiosas, esposas y célibes, madres y/o profesoras con un currículum equiparable al de cualquier otro auditor que no tiene que estar continuamente justificando (ni a los demás ni a sí mismo) su derecho a estar y participar.

Las impresiones de Lucetta Scaraffia en el Sínodo, siendo subjetivas, no son aisladas. La también auditora Marcela Mazzini, doctora en Teología y profesora en la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Católica de Argentina, coincide: “No vi que la mayoría de las auditoras se hayan sentido así, pero sí lo percibí en varias de nosotras, con las que conversé, en especial las que veníamos solas, porque fuimos invitadas no tanto para dar un testimonio, sino en función de alguna tarea o ministerio que guarda relación con el tema del Sínodo. Y me parece que esto lo notamos más fuerte las mujeres de Europa Occidental, las de América y las de Oceanía, que las de Europa Oriental, Asia o África”.

No es lo mismo ser invisible, que ser invisibilizada, que sentirse invisible. En todo caso, el tema se examina desde hace décadas también en la propia Iglesia. Mazzini pertenece a un colectivo de mujeres teólogas, Teologanda, dedicado a la investigación, estudio, publicación y promoción de las “teologías hechas por mujeres. Y entre los temas que vivimos y estudiamos, está este”. De vuelta ya en Buenos Aires, Marcela explica: “Lo adjudico sobre todo a una cierta cultura intraeclesial. Hay obispos, presbíteros y laicos muy acostumbrados a trabajar con nosotras, pero en muchos ambientes eclesiales no lo están. Muchos varones no saben qué hacer con nosotras. Pienso que es temor a lo desconocido”.

El problema no está solo en los obispos, sino que surge desde las etapas de formación. “Me ha pasado con seminaristas que, por ejemplo, tienen una cierta extrañeza ante el hecho de que en la facultad de Teología les enseñe una mujer. Luego los conoces y te das cuenta de que, en general, no es algo personal, sino cultural”.


Las que se exponen

Volviendo al párrafo que encabeza este artículo, sigue Scaraffia: “Comprendo que, al hablar yo con claridad, les he evitado a ellos hacer otro tanto”. Su conclusión aclara el calificativo “muy valiente”: mujeres reclamando un espacio propio en la Iglesia son “muy valientes” en un contexto el que la mayoría de miembros considera que esta reivindicación es un capricho egocéntrico, protestar por protestar, por el afán de notoriedad; son valientes las que se exponen a estos juicios y les aplauden los que, estando de acuerdo, no gritan todo lo que algunas, muchas, querrían.

No le importó exponerse, por ejemplo, al arzobispo Paul-André Durocher, presidente de la Conferencia de Obispos Católicos de Canadá, quien propuso en el Aula que las mujeres puedan ser ordenadas diáconos y que ocupen más cargos de responsabilidad en la Curia vaticana. No es la primera vez que se habla de esto. El propio papa Francisco, que suele zanjar la cuestión del sacerdocio femenino con un “Juan Pablo II dijo que no. Esa puerta está cerrada”, se ha referido en varias ocasiones a la oportunidad de que ellas adquieran más responsabilidades en puestos clave.

La Relación final recoge estas demandas tímidamente. Al final del n. 27, titulado ‘La mujer’, se dice: “Puede contribuir al reconocimiento social del papel determinante de la mujer una mayor valoración de su responsabilidad en la Iglesia: su intervención en los procesos de decisión, su participación en el gobierno de algunas instituciones, su colaboración en la formación de los ministros ordenados”. Y hasta aquí. El resto de referencias a la mujer (el término aparece 57 veces en todo el documento) aborda una dimensión femenina concreta: lo que ha primado en la XIV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos es la visión de la mujer-madre. Una figura de valor incontestable que el mensaje conclusivo sí realza en varios puntos.

La auditora más mediática ha sido Patrizia Calabrese, la mamá del llamado “bebé del Sínodo La imagen del pequeño Davide en brazos de su madre, o entrando y saliendo del aula en su sillita, transmitía esa “verdad y belleza de la familia” a la que hace referencia el número 51 de la Relación final. “Muchos nos han dicho: ‘Es hermoso escucharos y veros, porque sois la confirmación de que lo que nosotros decimos en la teoría puede ser llevado a la realidad'”, explicaba a Vida Nueva (nº 2.959) Patrizia, de 41 años, del Camino Neocatecumenal y que actualmente reside en Holanda con su marido y sus 12 hijos. Y añadía: “A pesar de los combates diarios, puedo testimoniar que vivir la fidelidad conyugal, así como la apertura a la vida, no ha sido un peso. Hoy me siento feliz y realizada como mujer, esposa y madre”.


En el matrimonio

Similar fue la experiencia sinodal de Clara Rubio y su marido Andrés Galindo, secretarios ejecutivos de la Comisión Episcopal de Familia de la Conferencia Episcopal de México. Llevan casados 46 años e intervinieron en la primera jornada del Sínodo para hablar sobre cómo las dificultades sociales y económicas les afectaron al comienzo de su matrimonio: Andrés acababa de perder el trabajo y un familiar llegó a traerles los papeles del divorcio. “Nos veíamos solos e incluso atacados, pero el amor que nos había unido nos hizo querer luchar por la familia que ya estábamos empezando a formar”, recuerda Clara. Entre sus preocupaciones principales como agentes de pastoral familiar está concienciar a los matrimonios jóvenes sobre el valor de la opción cristiana: “Queremos hablarles de a qué nos estamos comprometiendo cuando tomamos el sacramento del matrimonio. Necesitamos una formación más profunda sobre a qué vamos y cuál es el proyecto de Dios para nosotros”. Y entre las causas de los fracasos, apuntan a la incorporación de la mujer al mundo laboral y a la falta de apoyos sociales y políticos.

El Sínodo profundizó en estos asuntos y lo reflejó en la Relación final, en los puntos 12 (‘Políticas a favor de la familia’), 49-50 (‘Los bienes de la familia’), 57-58 (‘La preparación al matrimonio’) y 60 (‘Los primeros años en la vida familiar’), además del ya citado punto 51 (‘Verdad y belleza de la familia’). La Relación final del Sínodo, en definitiva, sí recoge muchas de las preocupaciones y demandas de la mujer. Cabe esperar que la exhortación postsinodal del Papa también lo haga, e incluso más. Su pensamiento es conocido. Su última declaración al respecto fue el 31 de octubre. Ante la Unión Cristiana de Empresarios y Dirigentes, Francisco denunció la práctica de los jefes que despiden a las empleadas que se quedan embarazadas, y reclamó: “La mujer debe ser protegida, ayudada en un doble derecho: el derecho a trabajar y el derecho a la maternidad”.


El feminismo “constructivo”

En la otra cara de la moneda, la gran mayoría de las auditoras han manifestado varias veces su satisfacción por estar y participar en el Sínodo. Moira McQueen, directora del Instituto Católico de Bioética de Canadá, hablando ante los periodistas acreditados en la Sala de Prensa vaticana, se mostraba “feliz” y aseguraba: “No veo diferencias cuando intervienen hombres y mujeres; en concreto, en los círculos menores, nos hemos sentido muy acogidas, y nuestro papel ha sido muy reconocido por los padres sinodales”. Incluso consideraba que “no es solo una sensación. Las conclusiones al final del día muestran que se nos ha escuchado”. En la misma rueda de prensa, la ruandesa Thérèse Nyirabukeye, consultora y formadora de la Federación Africana de Acción Familiar, insistía en que “me he encontrado muy bien en los círculos menores y me siento contenta de haber podido dar mi contribución”. “La Iglesia tiene en cuenta la evolución de la sociedad y puede enseñar al mundo un feminismo constructivo”, añadía.


Fuente:

Pliego publicado por la Revista Vida Nueva

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