‘Evangelii Gaudium: profundizando el mensaje’ escribe Antonio Spadaro director de la Civiltà Cattolica

Evangelii Gaudium reflexiona Antonio Spadaro

10.00 p m| 13 mar 14 (MENSAJE/BV).- Estamos ante el fruto maduro de una reflexión que el Pontífice lleva adelante desde hace mucho tiempo, expresándose de manera orgánica cómo él ve la evangelización en el mundo contemporáneo. Para el Papa Francisco, hay algo absolutamente claro: la Iglesia está llamada a anunciar la alegría del Evangelio, en correspondencia con su naturaleza misionera.

La Revista Mensaje publicó esta reflexión del P. Spadaro, la que inicia con una breve introducción considerando los antecedentes y las raíces de la Exhortación Apostólica, para luego pasar a un análisis parte por parte, acompañado con pasajes textuales del documento.

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La palabra “alegría” (gozo) es una de las más recurrentes del vocabulario bergogliano. Él la menciona a menudo junto con adjetivos como “nueva”, “creativa”, “espiritual”, “profunda”, “íntima”, “inmensa”, “irrefrenable”, “eterna”, “plena”, “escatológica”.

Lo ideal es relacionar Evangelii Gaudium, la primera exhortación apostólica del Papa Francisco, con la carta que él, como cardenal Jorge María Bergoglio, escribió a la diócesis de Buenos Aires para la apertura del Año de la Fe y en la que desde sus primeras líneas hablaba de una Iglesia de puertas abiertas, “símbolo de luz, amistad, alegría, libertad, confianza”. Ahora dirigiéndose a la Iglesia universal, el Papa Francisco reivindica la convicción de querer una Iglesia no preocupada de fortificar sus fronteras, sino de buscar el encuentro que comunica la alegría del Evangelio, a la que en una misa crismal había definido “envolvente como el perfume, penetrante como el óleo” y que es, en definitiva, “el signo de que nuestro corazón está persiguiendo el bien”, el “signo de la presencia de Cristo”. Como se lee en la encíclica Lumen Fidei (LF), es también “el signo más claro de la grandeza de la fe”: la alegría cristiana es la fidei laetitia (LF, nn. 47 y 53).


Las raíces de una exhortación a la alegría

El Papa Francisco retoma también el llamado de Benedicto XVI, quien cita la alegría diez veces en su carta apostólica, presentada bajo la forma de motu proprio, Porta Fidei, con la que iniciaba el Año de la Fe el 11 de octubre de 2012. “Hoy es necesario un trabajo apostólico más convencido en favor de una nueva evangelización para redescubrir la alegría en el creer y para reencontrar el entusiasmo en comunicar la fe”, escribía el Papa Benedicto, prosiguiendo: “Efectivamente, la fe crece cuando es vivida como experiencia de un amor recibido y cuando es comunicada como experiencia de gracia y de alegría” (n. 7).

Claramente, un estímulo para escribir esta exhortación provino del Sínodo de Obispos sobre “La nueva evangelización por la trasmisión de la fe cristiana” (7 a 28 de octubre de 2012), el que concluyó con la entrega al Papa Benedicto XVI de una lista de cincuenta y ocho propositiones votadas con antelación por los padres sinodales, que en Evangelii Gaudium son citadas treinta veces. En las propositiones, los padres tratan sobre la naturaleza de la nueva evangelización, su contexto y las respuestas pastorales a las circunstancias actuales y a los agentes de esas misiones. El Papa retoma y entrega estos contenidos, incorporándolos en una visión orgánica.

No podemos dejar de notar, además, que algunos temas y expresiones habían sido anticipados en la entrevista que otorgó a La Civiltà Cattolica y a otras revistas de la Compañía de Jesús, publicada el 19 de septiembre del año pasado. Y también observamos el refluir de algunas lecturas muy queridas por él: san Agustín, santo Tomás, el Gorgias de Platón y, después, Isaac de la Estrella, Tomás de Kempis, el jesuita Pedro Fabro y los modernos Teresa de Lisieux, John Henry Newman, Georges Bernanos, Henry de Lubac y Romano Guardini.

Pero el mismo título Evangelii Gaudium recuerda inmediatamente otras dos grandes exhortaciones apostólicas muy queridas por el Papa Francisco: la Gaudete in Domino (GD) y la Evangelii nuntiandi (EN), ambas firmadas por Pablo VI, una el 9 de mayo y la otra el 8 de diciembre de 1975. La segunda de ellas es fruto del Sínodo de Obispos de 1974 sobre la evangelización en el mundo de hoy. Montini había escrito sobre la “dulce y reconfortante alegría de evangelizar, también cuando hay que sembrar entre lágrimas” (EN, n. 80). Y el llamado del Papa Francisco es: “¡No nos dejemos robar la alegría evangelizadora!” (83). El título de la Exhortación recuerda también el discurso del Papa Juan XXIII en la solemne apertura del Concilio Vaticano II, Gaudet Mater Ecclesia, que significativamente es citada dos veces (41 y 48).

Podemos observar que el mismo kerygma es una noticia de alegría. Así lo escribe Pablo VI: “Como núcleo y centro de la Buena Noticia, Cristo anuncia la salvación, don grande de Dios, que es liberación de todo lo que oprime al hombre, pero que es, sobre todo, liberación del pecado y del Maligno, en la alegría de conocer a Dios y de ser conocidos por él, de verlo, de abandonarse a él” (EN, n. 9). “Nosotros —proseguía Pablo VI— podemos apreciar la alegría propiamente espiritual, que es un fruto del Espíritu Santo: ella consiste en el hecho de que el espíritu humano encuentra reposo y una íntima satisfacción en poseer a Dios Trinidad, conocido mediante la fe y amado con la caridad que viene de él” (GD, III).

A estas raíces ligadas a Pablo VI se debe añadir aquellas que se sumergen en el documento de Aparecida (2007), que respira en las páginas de Bergoglio. Allí el llamado a la alegría resuena a menudo (cerca de sesenta veces). En el documento conclusivo de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, la alegría del discípulo tiene un impacto directo en la sociedad y en la vida social además de la individual, como leemos en la Exhortación.

Las conexiones entre la Evangelii Gaudium y la Evangelii nuntiandi, la Gaudete in Domino y la Conferencia de Puebla (1979) podemos revisarlas ya en el discurso del entonces cardenal Bergoglio en la reunión plenaria de la Pontificia Comisión para América Latina, realizada en Roma en enero de 2005. En él, en particular, encontramos algunos puntos fundamentales que hoy leemos con mayor profundidad y extensión en esta primera exhortación apostólica del Papa Francisco. Eso significa que el texto que tenemos enfrente es el fruto maduro de una reflexión que Bergoglio lleva adelante desde hace mucho tiempo, y expresa de manera orgánica su visión sobre la evangelización y la misión de la Iglesia en el mundo contemporáneo.

Dada la extensión de la Exhortación, aquí entregamos un itinerario para su lectura, reservándonos la opción de profundizar posteriormente sobre algunas de sus partes.


Conducir la fragilidad del pueblo hacia la alegría evangélica

El documento se abre con lo que Pablo VI llamaba la “dulce y reconfortante alegría de evangelizar”: “Nuestra alegría en Dios es misionera”. Y desde aquí se despliega, en la segunda parte, una visión de la Iglesia misionera “Madre y Pastora”, una Iglesia con las puertas abiertas, con el corazón abierto. En esta exhortación la Iglesia aparece como “una madre con el corazón abierto”.

Desde este punto de partida el Papa ilustra, en la tercera parte, algunos desafíos del mundo contemporáneo relacionados, sobre todo, con la corrupción, la exclusión, las tentaciones actuales que tocan a quien es llamado a anunciar el Evangelio: más que nada, alude al pesimismo y a la mundanidad espiritual.

El Papa Francisco pasa directamente al anuncio del Evangelio. En esta sección, la cuarta parte de la Exhortación, surge con decisión su prioridad absoluta: el anuncio del mensaje cristiano a todos, cualquiera sea la condición en que se encuentre cada uno. No son las grietas exteriores de la Iglesia las que preocupan al Papa Francisco, sino la falta de solidez en el anuncio kerygmático.

La quinta parte de la Exhortación está dedicada a la dimensión social de la evangelización. Aquí se siente fuerte el eco de la experiencia pastoral del cardenal Bergoglio, siempre atento a las situaciones de pobreza y marginación. Y se percibe el documento de Aparecida, que afirma la exigencia social de la alegría del Evangelio, “antídoto” para toda forma de exclusión y corrupción.

La sexta parte recoge motivaciones espirituales para lograr un renovado impulso misionero: el encuentro personal con Cristo, el gusto espiritual de ser pueblo de Dios, la acción misteriosa del Espíritu del Resucitado, la importancia de la intercesión. María es presentada como la estrella de la nueva evangelización, verdadero don del Señor a su pueblo. Para el Papa Francisco, María ha sido siempre la referencia para hablar de la alegría cristiana, porque ella, desorientada, desconcertada, sorprendida por el anuncio del ángel, “no se defendió de la sorpresa”. En ella, la sorpresa del Evangelio se une a la alegría (“yo desbordo de alegría”).

En su conjunto, el documento comunica una convicción similar a aquella expresada hace tiempo por el cardenal Bergoglio: “Debemos conducir la fragilidad de nuestro pueblo hacia la alegría evangélica, que es la fuente de nuestra fuerza”.


¿Qué es la alegría del Evangelio?

La primera parte de la Exhortación nos introduce en el significado de la Evangelii Gaudium: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús” (1). Esta es la certeza fundamental del Papa Francisco: “Las palabras del Maestro no son más que gozo y alegría”.

¿De qué alegría está hablando el Papa Francisco? Es un fruto del Espíritu Santo, que brota del corazón de Cristo resucitado (cfr. 2). Aquí resuena la petición que Ignacio de Loyola pone en sus Ejercicios Espirituales cuando, meditando sobre la Resurrección, quiere que se pida gracia “para me alegrar y gozar intensamente de tanta gloria y gozo de Cristo, nuestro Señor” (Ejercicios Espirituales, 221).

La alegría para Bergoglio es la “consolación espiritual” de la que habla Ignacio, la “alegría interior que estimula y atrae hacia las realidades celestes y la salvación del alma, dándole tranquilidad y paz en su Creador y Señor” (Ejercicios Espirituales, 316). Es este “el estado habitual de quien recibe la manifestación de Jesucristo con disponibilidad y simplicidad de corazón”. El cristiano, por tanto, no puede tener “cara de funeral” (10). Está llamado a “vivir en un nivel superior” (ibíd), porque participa de la vida divina.

Solo el encuentro con el Señor puede dar esta alegría; no la da una decisión ética o la adhesión a una idea. El Papa Francisco retoma lo que su predecesor había dicho en la encíclica Deus caritas est (n. 1): “No me cansaré de repetir aquellas palabras de Benedicto XVI que nos llevan al centro del Evangelio: No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (7).

Y la alegría es, por sí misma, amplia, difusiva, atrayente. El cristianismo no se difunde por proselitismo, sino por “atracción” (cfr. 14), escribe el Papa Francisco, citando a Benedicto XVI. Crea un contexto en el cual se comparte una alegría que “señala un horizonte bello, ofrece un banquete deseable” (14), y el núcleo del Evangelio ofrece “sentido, hermosura y atractivo” (34). El Papa Francisco, por lo demás, sabe por su experiencia espiritual personal que, como escribe Ignacio de Loyola, el Señor llama para sí a los discípulos en un contexto “humilde, hermoso y agradable” (Ejercicios Espirituales, 144).


El sueño de la transformación misionera de la Iglesia

Se condensan en las páginas de la Exhortación las líneas que el Papa Francisco había trazado en sus discursos de Río de Janeiro, en la entrevista publicada en La Civiltà Cattolica y, luego, en varias expresiones públicas y homilías. Toda la Iglesia es misionera, no solamente los pastores, y el Evangelio es para todos y para cada uno: debe llegar a todos, porque “todos tienen el derecho de recibir el Evangelio” (14); “donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio” (114).

Y, entonces, la alegría es para todo el pueblo: “La alegría del Evangelio es para todo el pueblo, no puede excluir a nadie. Así se lo anuncia el ángel a los pastores de Belén: No temáis, porque os traigo una Buena Noticia, una gran alegría para todo el pueblo” (Lc 2, 10). El Apocalipsis se refiere a “una Buena Noticia, la eterna, la que él debía anunciar a los habitantes de la tierra, ‘a toda nación, familia, lengua y pueblo’ (Ap 14, 6)” (23).

La Iglesia, por tanto, no debe perder el contacto inmediato con la gente, no debe seleccionar a sus destinatarios; debe permanecer “en contacto con los hogares y con la vida del pueblo” y no convertirse en “un grupo de selectos que se miran a sí mismos” (28). Varias veces y en distintos contextos, el Papa ha insistido en el hecho de que la Iglesia no respira a través de pequeños grupos de personas seleccionadas, comunidades de élite espirituales o culturales que “se miran el ombligo”.

Recordemos que en Río de Janeiro, en los discursos de la Jornada Mundial de la Juventud, surgió el retrato de una Iglesia samaritana, de la calle, de las encrucijadas y de las fronteras, lo opuesto a la Iglesia entendida como “una pequeña capilla que puede contener solo un grupito de personas”, como el Papa dijo a los jóvenes la tarde de la Vigilia en Copacabana. “Jesús —les expresó el Papa— nos pide que su Iglesia viva sea tan grande para poder acoger a toda la humanidad, ¡que sea la casa para todos!”. La Iglesia, por tanto, está en “dinamismo de salida” (20) porque está animada por la “potencia liberadora y renovadora” (24) de la Palabra de Dios: “La Iglesia debe aceptar esa libertad inasible de la Palabra, que es eficaz a su manera, y de formas muy diversas, que suelen superar nuestras previsiones y romper nuestros esquemas” (22).

En el discurso del Papa Francisco existe una tensión dialéctica intra-eclesial entre la institución, por una parte, y el espíritu, por otra. El pasaje será profundizado más adelante, allí donde el Papa habla de la Iglesia, “pueblo peregrino y evangelizador, lo cual siempre trasciende toda necesaria expresión institucional” (111). Espíritu e institución: el primero debe animar a la segunda de manera eficaz, incisiva, de manera de contrastar la “introversión eclesial” (27) —como la había definido Juan Pablo II—, que es siempre una gran tentación. Escribe el Papa: “No quiero una Iglesia preocupada de ser el centro y que termine clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos” (49).

La opción misionera, que es el verdadero “sueño” (27) del Papa Francisco, es “capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se conviertan en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación” (27). Esto supone un proceso “de discernimiento, purificación y reforma” (30) que invalida “el cómodo criterio pastoral del ‘siempre se ha hecho así’” (33). La raíz de este proceso está en el Concilio Vaticano II, que “presentó la conversión eclesial como la apertura a una permanente reforma de sí por fidelidad a Jesucristo” (26).

En un párrafo particularmente denso, el Papa Francisco incluye en este proceso también al mismo papado. Lo hace a partir de la constitución dogmática Lumen Gentium, de la encíclica Ut unum sint y del motu proprio Apostolos suos, los dos últimos de Juan Pablo II: “Dado que estoy llamado a vivir lo que pido a los demás, también debo pensar en una conversión del papado. Me corresponde, como Obispo de Roma, estar abierto a las sugerencias que se orienten a un ejercicio de mi ministerio que lo vuelva más fiel al sentido que Jesucristo quiso darle y a las necesidades actuales de la evangelización. El Papa Juan Pablo II pidió que se le ayudara a encontrar ‘una forma del ejercicio del primado que, sin renunciar de ningún modo a lo esencial de su misión, se abra a una situación nueva’. Hemos avanzado poco en ese sentido. También el papado y las estructuras centrales de la Iglesia universal necesitan escuchar el llamado a una conversión pastoral” (32).


Una pastoral no obsesiva: “la Iglesia no es una aduana”

Entrando en materia de la pastoral misionera, el Papa expresa una preocupación: “El mensaje que anunciamos corre, más que nunca, el riesgo de aparecer mutilado y reducido a algunos de sus aspectos secundarios” (34). Y prosigue: “Una pastoral en clave misionera no se obsesiona por la transmisión desarticulada de una multitud de doctrinas que se intenta imponer a fuerza de insistencia. Cuando se asume un objetivo pastoral y un estilo misionero, que realmente llegue a todos sin excepciones ni exclusiones, el anuncio se concentra en lo esencial, que es lo más bello, lo más grande, lo más atractivo y, al mismo tiempo, lo más necesario. La propuesta se simplifica, sin perder por ello profundidad y verdad, y así se vuelve más contundente y radiante” (35).

Es necesario recordar que el carácter típico de las exhortaciones apostólicas, a diferencia de las encíclicas, es eminentemente pastoral. Y la preocupación pastoral mueve al Papa Francisco a pedir actitudes y lenguajes que permitan advertir la novedad del Evangelio. No basta la fidelidad a las fórmulas, si después se pierde el significado. No es suficiente concentrarse en cosas importantes, pero secundarias.

De aquí procede también la necesidad de usar la prudencia y, a la vez, la audacia en la pastoral de los sacramentos. Escribe el Papa, apoyado en citas de san Ambrosio y san Cirilo de Alejandría: “Todos pueden participar de alguna manera en la vida eclesial, todos pueden integrar la comunidad; y las puertas de los sacramentos no deberían cerrarse por una razón cualquiera. Esto vale, sobre todo, cuando se trata de ese sacramento que es ‘la puerta’: el Bautismo. La eucaristía, si bien constituye la plenitud de la vida sacramental, no es un premio para los perfectos, sino un generoso remedio y un alimento para los débiles. Estas convicciones también tienen consecuencias pastorales que estamos llamados a considerar con prudencia y audacia. A menudo nos comportamos como controladores de la gracia y no como facilitadores. Pero la Iglesia no es una aduana, es la casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas” (47). En esto, como en otros puntos, la Exhortación abre un discurso, sin cerrarlo de inmediato con conclusiones definidas. Su objetivo es poner en relieve cuestiones relevantes para que sean consideradas.


Los desafíos del mundo actual

La tercera parte de la Exhortación está dedicada a los desafíos para la fe. Benedicto XVI, anunciando su renuncia al ministerio pretino el 11 de febrero pasado, había imaginado una Iglesia “vigorosa” y, por tanto, fuerte para afrontar los desafíos de los rápidos cambios (in mundo nostri temporis rapidis mutationibus subiecto) y cuestiones de gran relevancia para la vida de la fe (quaestionibus magni ponderis pro vita fidei).

Y, precisamente, el Papa Francisco ofrece una mirada pastoral en aquellos que considera que son los desafíos mayores en este “giro histórico”, en este “cambio de época” (52). Señala, recordando la encíclica Ecclesiam suam, de Pablo VI (n. 19), que “no es función del Papa ofrecer un análisis detallado y completo sobre la realidad contemporánea, sino dar aliento a todas las comunidades a una siempre vigilante capacidad de estudiar los signos de los tiempos” (51). En otros términos: los desafíos requieren un atento discernimiento espiritual, no solo para “reconocer e interpretar las mociones del buen espíritu y del malo, sino —y aquí radica lo decisivo— (para) elegir las del buen espíritu y rechazar las del malo” (51).

Reconocemos en estos párrafos los males de la Iglesia y del mundo, así como el Papa los ha expresado en estos primeros meses de pontificado: el yugo de la competitividad, la cultura de lo desechable, la globalización de la indiferencia, la cultura del bienestar que anestesia, el consumismo y, luego, el fundamentalismo, la indiferencia relativista, los ataques a la libertad religiosa, la desertificación espiritual, la interrupción de la transmisión generacional de la fe, la reducción del matrimonio a simple gratificación afectiva y, aún más, mundanidad espiritual, funcionalismo, clericalismo, obsesión por la apariencia, divisiones belicosas al interior de la Iglesia.

El Papa se detiene después de manera específica en los desafíos puestos por las culturas urbanas (cfr. 71-75), que traen nuevas posibilidades, pero también nuevas dificultades. El Documento de Aparecida había dedicado a este tema una reflexión particular (números 509-519) y el mismo cardenal Bergoglio había vuelto varias veces sobre este argumento. Pero es interesante el enfoque positivo que muestra la actitud del Papa, tal como en el pasado. Él afirma que “necesitamos reconocer la ciudad desde una mirada contemplativa; esto es, una mirada de fe que descubra al Dios que habita en sus hogares, en sus calles, en sus plazas” (71).

Estos desafíos requieren de una Iglesia valiente que no se deje vencer por la “acedia pastoral” (82) ni por la “psicología de la tumba que, poco a poco, convierte a los cristianos en momias de museo” (83). “En algunos —lamenta el Papa Francisco— hay un cuidado ostentoso de la liturgia, de la doctrina y del prestigio de la Iglesia, sin preocuparles que el Evangelio tenga una real inserción en el Pueblo fiel de Dios y en las necesidades concretas de la historia. Así, la vida de la Iglesia se convierte en una pieza de museo o en la posesión de unos pocos” (95).

El Papa Francisco imagina una Iglesia viva, capaz de conocer los desafíos no solamente a través de los documentos, como tampoco concentrándose en esta exhortación apostólica, según él mismo afirma. Es suya, por tanto, la invitación a las comunidades cristianas a “completar y enriquecer estas perspectivas a partir de la conciencia de sus desafíos propios y cercanos” (108).


La lengua materna de la evangelización

La cuarta parte de la Exhortación se concentra temáticamente en el anuncio del Evangelio, el tema que en realidad une y justifica todo el documento. Los conceptos claros desde el inicio son la definición de la Iglesia como “sacramento de la salvación” (112) y como “pueblo peregrino y evangelizador, que siempre trasciende toda necesaria expresión institucional” (111).

Es interesante apreciar esta segunda tensión fructífera que anima el texto: tensión entre la Iglesia como “pueblo” y la Iglesia como “institución”, la cual refleja las dos definiciones de Iglesia predilectas del Papa Francisco, tal como surgía también en la entrevista en La Civiltà Cattolica: “Pueblo fiel de Dios en camino” (cfr. Lumen gentium, 12) y “santa madre Iglesia jerárquica” (cfr. Ejercicios Espirituales, 353).

Dios entra en una “dinámica popular”, donde el sujeto es “el pueblo de Dios en camino en la historia, con alegrías y dolores”. Así, el Papa Francisco retoma los temas surgidos en la recién citada entrevista, donde había dicho: “El conjunto de los fieles es infalible en el creer, y manifiesta su infallibilitas in credendo, mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo que camina”.

Y, de esta manera, surge en el texto otra tensión fecunda: entre diferencia cultural y unidad de la Iglesia. Escribe el Papa: “Este Pueblo de Dios se encarna en los pueblos de la tierra, cada uno de los cuales tiene su cultura propia” (115): “La diversidad cultural no amenaza la unidad de la Iglesia” (117). Esto significa que evangelizar no quiere decir, de ninguna manera, imponer determinadas formas culturales, por más bellas y antiguas que sean. El riesgo es sacralizar una cultura y caer en el fanatismo más que en un auténtico fervor (cfr. ibíd.).

La evangelización descrita en esta exhortación es una forma de diálogo, de conversación “respetuosa y amable” (128). No se trata de fair play o de captatio benevolentiae. Evangelizar significa, ante todo, hacerse cargo de la persona a la cual se anuncia el Evangelio, de modo que ella exprese y comparta “sus alegrías, sus esperanzas, las inquietudes por sus seres queridos y tantas cosas que llenan el corazón”. Solo en este momento la Palabra de Dios puede tener sentido para la vida de una persona.

El anuncio del Evangelio se comparte con una actitud humilde y testimonial de “quien siempre sabe aprender, con la conciencia de que ese mensaje es tan rico y tan profundo que siempre nos supera”. En fin, el anuncio debe comunicar que la Palabra de Dios habla realmente a la existencia de las personas. Y esta atención personal se expresa también plasmando una “lengua materna” de la evangelización, que se manifiesta en “un tono que transmite ánimo, aliento, fuerza, impulso” (139).

Y se expresa no por verdades abstractas y conceptuosas o por fríos silogismos, sino gracias a “la belleza de las imágenes que el Señor utilizaba para estimular la práctica del bien” (142). Y bien sabemos que los discursos del Papa Francisco son ricos en tonos afectuosos y en imágenes que tocan el corazón.

Una sección importante de este capítulo es la que se refiere a la homilía, que para el papa Francisco reviste una importancia fundamental. La había definido, precedentemente, como “la piedra de parangón para calibrar la cercanía y la capacidad de encuentro de un pastor con su pueblo, porque quien predica debe conocer el corazón de su comunidad para buscar dónde está vivo y ardiente el deseo de Dios”.

El Papa Francisco define al predicador como “un contemplativo de la Palabra y también un contemplativo del pueblo” (154). Él contempla la Palabra, pero también la situación específica de las personas a las que se dirige, sus necesidades, sus preguntas: “Nunca hay que responder preguntas que nadie se hace” (155), escribe.

Pero el Evangelio es anunciado también a las culturas en su conjunto y, en particular, a las culturas profesionales, científicas y académicas, para que haya un “encuentro entre la fe, la razón y las ciencias” (132). De ahí la importancia de la teología entendida, sobre todo, como “teología fundamental” capaz de alimentar el diálogo con otras ciencias y experiencias humanas. El teólogo debe tener en el corazón la evangelización: si no, su teología corre el riesgo de reducirse a “teología de escritorio” (133), es decir, al ejercicio académico o experimento de laboratorio. Y en esto el Papa Francisco comparte la convicción de su predecesor, que invitaba a cuidarse de una “teología que se agota en la disputa académica”.

De aquí entonces la importancia de las universidades, pero también de las escuelas católicas, “que intentan siempre conjugar la tarea educativa con el anuncio explícito del Evangelio; constituyen un aporte muy valioso a la evangelización de la cultura, aun en los países y ciudades donde una situación adversa nos estimule a usar nuestra creatividad para encontrar los caminos adecuados” (134).


Confesión de la fe y trabajo social

En la quinta parte de la Exhortación, el Pontífice se detiene en la dimensión social de la evangelización. El anuncio cristiano tiene en su corazón un contenido ineludiblemente social: la vida comunitaria y el trabajo con otros. Y el Espíritu Santo “procura penetrar toda situación humana y todos los vínculos sociales”; sabe “desatar los nudos de los sucesos humanos, incluso los más complejos e impenetrables” (178). Por tanto, “una auténtica fe —que nunca es cómoda ni individualista— siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor tras nuestro paso por la tierra” (183).

El Papa nos dirige al Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, cuyo uso y estudio recomienda vivamente. La Exhortación —escribe— no es un documento social. Repite, una vez más, que “ni el Papa ni la Iglesia tienen el monopolio en la interpretación de la realidad social o en la propuesta de soluciones para los problemas contemporáneos” (184). Por tanto, citando a Pablo VI, estimula a las comunidades cristianas a “analizar con objetividad la situación propia de sus países” (184). No todo debe partir del “centro”.

Sin embargo, el Pontífice decide concentrarse en dos grandes cuestiones que le parecen fundamentales en este momento de la historia, pues “determinarán el futuro de la humanidad”: la primera es la inclusión social de los pobres; la segunda, la paz y el diálogo social. Estos dos temas de esta parte de la Exhortación requerirían un tratamiento largo y autónomo.

Aquí nos detenemos en algunos pasajes que constituyen las principales ideas del pensamiento político social bergogliano. El primero había sido ampliamente expuesto por el cardenal Bergoglio el 16 de octubre de 2010 en Buenos Aires, en la XIII Jornada de Pastoral Social. Allí había hablado de la diferencia entre ser habitante, ciudadano y parte del pueblo. El habitante se transforma en ciudadano en cuanto participa en la vida política gracias a que puede “hacerse parte del dinamismo de la bondad en vista de la amistad social”.

Sin embargo, la plena ciudadanía se da solamente a la luz de la experiencia del pueblo, que comparte un horizonte común que trasciende el equilibrio fluctuante y provisorio de intereses: “Es imposible imaginar un futuro para la sociedad sin una fuerte contribución de energías morales en una democracia que permanezca cerrada en la pura lógica o en el mero equilibrio de representación de intereses constituidos”. Y, por tanto, “ser ciudadanos significa ser convocados por una elección, llamados a una lucha, a esta lucha de pertenencia a una sociedad y a un pueblo”.


Los cuatro principios clave del Papa Francisco

En la Exhortación, el Pontífice retoma estos conceptos (cfr. 220-221) y prosigue indicando, como lo había hecho en Buenos Aires, los cuatro pilares de su pensamiento: el tiempo es superior al espacio, la unidad prevalece sobre el conflicto, la realidad es más importante que la idea, el todo es superior a la parte. Estos cuatro principios, que a su vez requerirán una separada profundización, “orientan específicamente el desarrollo de la convivencia social y la construcción de un pueblo en el que las diferencias se armonicen en un proyecto común” (221).

¿Qué quiere decir aquí el Papa Francisco? Con el primer principio, pretende decir que el tiempo inicia procesos que requieren de sus propios tiempos: hay que ocuparse en iniciar procesos más que en ocupar espacios de poder. Es un principio muy rico, que dice mucho de la actitud del Papa con las reformas. Se manifiesta bien en la parábola del trigo y la cizaña (cfr. 225).

El segundo principio quiere decir que el ciudadano debe aceptar los conflictos, hacerse cargo sin lavarse las manos, pero no permanecer entrampado: hay que transformarlos en anillos de conexión con nuevos procesos que prevean la comunión en las diferencias, que son acogidas como tales. El Papa había reconocido en la parábola del buen samaritano un modelo de referencia, aunque no sea citada en la Exhortación.

En el tercer principio el Papa Francisco dice que la realidad “es”, mientras que la idea es fruto de una elaboración que siempre corre el riesgo de caer en el sofisma, separándose de lo real y generando el riesgo de llegar al totalitarismo, si quiere imponerse a la realidad. Para el Papa, la realidad es siempre superior a la idea. En política a veces existe el riesgo de formular propuestas lógicas y claras, posiblemente seductoras, pero no vinculadas con lo real y, por tanto, incomprensibles para la gente. La encarnación (1 Jn 4, 2) es el criterio guía de este principio.

En fin, el cuarto principio afirma que es necesario ampliar la mirada para reconocer siempre un bien más grande. En este sentido, se debe prestar atención a la dimensión global para no caer en el localismo, pero al mismo tiempo es importante no perder de vista la dimensión local de los procesos y “caminar con los pies sobre la tierra” (234). El Papa Francisco tiene una visión no “esférica” (donde todos los puntos son equidistantes del centro), sino “poliédrica”, en el sentido de que el poliedro es la unión de todas las parcialidades, que en la unidad mantiene la originalidad de todas las parcialidades individuales.

A la luz de estos cuatro principios, el Papa puede decir: “En el diálogo con el Estado y con la sociedad, la Iglesia no tiene soluciones para todas las cuestiones particulares. Pero, junto con las diversas fuerzas sociales, acompaña las propuestas que mejor respondan a la dignidad de la persona humana y al bien común. Al hacerlo, siempre propone con claridad los valores fundamentales de la existencia humana, para transmitir convicciones que luego puedan traducirse en acciones políticas” (241).

Estos principios fundan luego, a su vez, en el texto de la Exhortación, el diálogo ecuménico (244-246), las relaciones con el judaísmo (247-249), el diálogo interreligioso (250-254) y el diálogo social en un contexto de libertad religiosa (255-258).

La última parte de la Exhortación está dedicada a subrayar la dimensión espiritual de la evangelización y la necesidad de recuperar un espíritu contemplativo: “No se puede perseverar en una evangelización fervorosa, si uno no sigue convencido, por experiencia propia, de que no es lo mismo haber conocido a Jesús que no conocerlo”, como “no es lo mismo tratar de construir el mundo con su Evangelio que hacerlo solo con la propia razón” (266).


Una Iglesia misionera que supera el centralismo

Varias veces el Papa Francisco ha subrayado los límites de la Exhortación. Él no quiere “ofrecer un tratado”, sino “mostrar la importante incidencia práctica de esos asuntos en la tarea actual de la Iglesia” (18). Sobre todo, está consciente de que existe el riesgo de que los documentos permanezcan como letra muerta: “No ignoro que hoy los documentos no despiertan el mismo interés que en otras épocas, y son rápidamente olvidados” (25).

Sin embargo, el Papa subraya que lo que trata de expresar aquí tiene “un significado programático y consecuencias importantes”. Y prosigue: “Espero que todas las comunidades procuren poner los medios necesarios para avanzar en el camino de una conversión pastoral y misionera, que no puede dejar las cosas como están” (25).

Sin embargo, el Papa lanza su mensaje a las comunidades cristianas no solamente para que sea “aplicado”. De hecho, no cree “que deba esperarse del magisterio papal una palabra definitiva o completa sobre todas las cuestiones que afectan a la Iglesia y al mundo”. Por tanto, “no es conveniente que el Papa reemplace a los episcopados locales en el discernimiento de todas las problemáticas que se plantean en sus territorios. En este sentido, percibo la necesidad de avanzar en una saludable ‘descentralización’” (16). La afirmación es clara y está confirmada por varias referencias a documentos de episcopados locales, que son citados explícitamente.

Además de las tantas veces que el Documento de Aparecida menciona la Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, encontramos alusiones a los episcopados de África (62), Asia (62 y 110), Estados Unidos (64 y 220), Francia (66), Oceanía (118), Brasil (191), Filipinas (215), Congo (230) e India (250). El Pontífice estimula a las comunidades cristianas a “analizar con objetividad la situación propia de su país” (184).

El Papa Francisco, apelando explícitamente al Concilio Vaticano II, afirmó que, de modo análogo a las antiguas iglesias patriarcales, las conferencias episcopales pueden “desarrollar una obra múltiple y fecunda, a fin de que el aspecto colegial tenga una aplicación concreta. Pero este deseo no se realizó plenamente, por cuanto todavía no se ha explicitado suficientemente un estatuto de las conferencias episcopales que las conciba como sujetos de atribuciones concretas, incluyendo también alguna auténtica autoridad doctrinal: una excesiva centralización, más que ayudar, complica la vida de la Iglesia y su dinámica misionera” (32).

De alguna manera, entonces, la reflexión del Papa tiene el objetivo de mover a las iglesias locales a profundizar y actuar. Quiere ser una suerte de consistente inicio de la reflexión y un estímulo a la acción, que no es algo exterior, sino parte de nuestra identidad: la misión “no es una parte de mi vida o un adorno que me puedo quitar; no es un apéndice o un momento más de la existencia. Es algo que yo no puedo arrancar de mi ser, si no quiero destruirme. Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo. Hay que reconocerse a sí mismo como marcado a fuego por esa misión de iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar. Allí aparece la enfermera de alma, el docente de alma, el político de alma, esos que han decidido a fondo ser con los demás y para los demás” (273).

Los medios, en cambio, son relativos: María, por su parte, “es la que sabe transformar una cueva de animales en la casa de Jesús, con unos pobres pañales y una montaña de ternura” (286). Y el sentido del llamado y de estímulo es reforzado por una serie de expresiones que están en el corazón de la Exhortación y que tienen un claro y definitivo tono exhortativo: “¡No nos dejemos robar el entusiasmo misionero!” (80); “¡No nos dejemos robar la alegría evangelizadora!” (83); “¡No nos dejemos robar la esperanza!” (86); “¡No nos dejemos robar la comunidad!” (92); “¡No nos dejemos robar el Evangelio!” (97); “¡No nos dejemos robar el ideal del amor fraterno!” (101); “¡No nos dejemos robar la fuerza misionera!” (109).

Fuente:

Revista Mensaje

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