Mozart, música de Dios

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4.00 p m| LIMA 06 dic. 10 (TODOSLOSSANTOS/BV).- Wolfang Amadeus Mozart fue, sin discusión, el mayor compositor de música clásica de todos los tiempos. ¿Era asimismo una suerte de santo? Juzgando por su piedad personal y su carácter, la respuesta sería, probablemente, no. Si bien fue bautizado católico y escribió mucho de su música para ocasiones litúrgicas, se sentía atraído también por la filosofía de la francmasonería y tendía a tener una actitud bastante cínica con respecto a la Iglesia (a la que había experimentado como una forma bastante decadente).

Pero estaba su música. El escritor George Bernard Shaw, que no se caracterizaba por su piedad, llamó una vez a la música de Mozart: “La única música escrita hasta ahora que no sonaría fuera de lugar en boca de Dios.” El gran teólogo protestante Karl Barth, sólo uno entre los teólogos modernos que se interesaron de manera profesional en Mozart: escribió su certeza de que “cuando los ángeles llevan a cabo su tarea de loar a Dios, tocan sólo Bach”. Pero estaba seguro que “cuando están juntos enfamille (en familia) tocan Mozart y entonces también el buen Dios escucha con especial placer”.

Mozart nació en Salzburgo, Austria, en el año 1756. Su prodigioso talento musical fue evidente desde su temprana niñez. A los cinco años estaba componiendo minués para clave. A los seis, su padre lo llevaba en viajes de concierto a través de la mayoría de las cortes reales de Europa. En el año 1770, tocó en el Vaticano para el Papa Clemente XIV, luego de lo cual fue recompensado con el título de caballero papal.

La fama de Mozart como compositor rápidamente sobrepasó su reputación como ejecutante. Escribió para casi todos los géneros, desde misas y oratorios, hasta música de cámara, sinfonías, y operas profanas. Aun así, pasó gran parte de su vida en la inseguridad financiera, dependiendo de la voluble ayuda de los patronos de la Iglesia y las cortes reales. Su corta vida terminó en la pobreza y en una dilatada enfermedad. En el año 1791, un misterioso extraño le encargó un Réquiem. Mozart trabajó febrilmente en la composición, convencido de que escribía para su propio funeral. Fue su última obra y una de las más sublimes. Finalmente se desmayó de agotamiento y murió pocos días más tarde, el 5 de diciembre de 1791.

Los que consideran a Mozart como un gran artista religioso no están interesados simplemente en su extenso cuerpo de música religiosa. Sostienen que en toda su obra existe deleite de la creación, equilibrio, sentido del orden, y una afirmación de la luz y del triunfo final de la vida sobre la muerte y la oscuridad. Barth sostenía que hallaba en Mozart más que en cualquier otra persona “un arte del juego” que presupone “una conciencia infantil de la esencia o el centro -también del comienzo y fin- de todas las cosas”. Al escuchar a Mozart, escribió, uno queda “transportado al umbral de un mundo que, soleado o tormentoso, de día o de noche, es un mundo bueno y ordenado”.

Mozart tenía una gran capacidad para gozar de los placeres de la vida. Pero resulta notable, a la luz de las cualidades de “afirmación de la vida” de su música, considerar hasta qué punto se preocupaba, en profundidad, por el tema de la muerte. A través de la constante meditación sobre esto, “el verdadero objetivo de nuestra existencia”, había llegado a la conclusión de que la muerte es la “mejor y más verdadera amiga de la humanidad, de que su imagen ya no es no sólo aterradora para mí, sino que es, en verdad, muy tranquilizadora y consoladora. Y doy gracias a mi Dios por haberme otorgado graciosamente la oportunidad… de aprender que la muerte es la llave que abre la puerta de nuestra verdadera felicidad…”
De manera que Mozart, luego de una vida fenomenal mente industriosa, logró su verdadera felicidad a los treinta y cinco años. Fue enterrado en una fosa común de Viena.

Jamás me acuesto a la noche sin reflexionar en que –aun siendo joven como soy- puedo no vivir para ver otro día. Sin embargo, ninguno de mis conocidos podría decir que, en compañía, estoy malhumorado o descontento. Por esta bendición doy gracias a diario a mi Creador y deseo con todo mi corazón que todos mis prójimos puedan gozar de ella.

Imagen: Retrato póstumo de Wolfgang Amadeus Mozart, pintado por Barbara Kraft a petición de José Sonnleithner en 1819.

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