De la creación y evolución con Darwin

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10.00 p m| MADRID 27 may. 10 (PERIODISTADIGITAL/BV).- ¿Puede un cristiano creer en la evolución?, ¿puede alguien suficientemente informado sobre este hecho seguir creyendo en el cristianismo?, ¿es compatible el azar evolutivo con la fe cristiana en el Dios creador?, ¿cómo compaginar la teoría de la selección natural con la idea tan asentada en el cristianismo de que el hombre ha sido querido específicamente por Dios?… Hace unos días, concluía el Año de Darwin, organizado desde febrero de 2009 para conmemorar el bicentenario del nacimiento del naturalista británico y el 150º aniversario de su obra cumbre, “El Origen de las Especies”. Coincidiendo con su reciente clausura, la periodista Almudena García Prieto, hace referencia a lo esencial de su pensamiento, que hoy sigue planteando retos muy sustanciosos al pensamiento religioso, y, sobre todo, cristiano Aquí un extracto:

Charles Darwin escribía en su cuaderno de viaje: “…Estos primeros meses a bordo del Beagle son unos meses muy tristes…”.

Darwin lógicamente no era consciente de que su viaje sería el acontecimiento más importante de su vida.

Voy a rememorar a Darwin desde otros puntos de vista. Sus teorías, aceptadas o no, siempre provocan la eterna discusión: ¿Creacionismo o Evolucionismo?

Si nos situamos en el contexto del 1800, veremos que las disciplinas académicas combinaban la ciencia –Medicina, Matemáticas (euclidianas por supuesto), Zoología…– con la Teología y la Filosofía Teosófica. Darwin no fue una excepción. Cursó la mayoría de estas disciplinas y, si bien se embarcó en “la expedición” como naturalista, su intención era ser un futuro pastor de la Iglesia anglicana.

Con este bagaje cualquiera se hubiese limitado a recoger muestras y catalogar nuevas especies. Pero paradójicamente a veces, en la rutina, se produce una anomalía. Darwin, criado en la cuna de lo “políticamente correcto”, cuenta con poderosos aliados: curiosidad, perseverancia y un elogiable sentido común.

Un momento relevante en la trayectoria de su viaje, lo encontramos en su periplo por Australia. Fue en ese contexto donde empezó a cuestionarse el principio de la teoría de la Creación. El continente oceánico albergaba una flora y fauna sorprendente a los ojos de un observador del antiguo continente. Para Darwin el hallazgo de especímenes como el ornitorrinco o el lobo marsupial fue la constatación de que algo no cuadraba con las ideas establecidas:

“… Al observar las especies australianas, tan diferentes a las europeas o americanas, dudo de que un solo Creador haya podido concebir algo tan bello y al mismo tiempo tan artificial…” El origen de las especies, 1859

Enumeró las posibles causas y padrones de la evolución:
1. Efecto de variación geográfica
2. Herencia biológica
3. Dimorfismo sexual
4. Registro fósil

Con ello, y entre otros efectos de su investigación, Darwin unificó disciplinas: Paleontología, Anatomía, Fisiología, Embriología… Es evidente que su obra “El Origen de las Especies”, constituye un antes y un después en la historia del hombre.

Ese joven Charles es el prototipo del individuo de 1800, destinado a la vida religiosa por propia voluntad, y fue capaz de prescindir de su “herencia cultural” para fiarse de sus propias intuiciones.
Si después de 200 años todavía provoca divergencias en la comunidad científica, no digamos nada la conmoción que ha supuesto en las creencias religiosas, con el rechazo frontal a determinados aspectos de sus teorías por parte de sectores de la Iglesia católica, pensadores cristianos y, sobre todo, sectas protestantes de EE.UU.

Pero no menos cierto es que gracias a este peculiar personaje, el hombre puede tener una concepción sobre si mismo libre de muchas leyendas.

Para aquellos que banalizan y trivializan la evolución en lo que al hombre afecta, quizá porque no se han enterado lo suficiente de lo que Darwin afirma, el hombre “no proviene del mono”. El antepasado de todos los mamíferos es un pequeño mustélido, parecido a una musaraña, que vivió hace más de 80 millones de años. De hecho se pierde la conexión hace 6 millones de años, momento en que nos separamos de los póngidos y aparecen los primeros Australopithecus (Africanus, Robustus, Boisei y Afarensis) a la vez que los primeros Primates. El Pitecantrtropus Erectus es considerado como el posible “eslabón perdido”.

Sin Darwin no hubiésemos podido llegar a estas teorías. Él fue el primero en relacionar los restos fósiles con los seres vivos. Yo no me cuestiono la incompatibilidad o no de su teoría con la doctrina de la Iglesia: simplemente, hoy, me “quito el sombrero” ante tal HOMBRE, con mayúsculas, que no homínido.

Imagen: Retrato en acuarela de Charles Robert Darwin a los 31 años realizado por George Richmond

Puntuación: 5 / Votos: 2

Comentarios

  1. Carlos P. Lecaros Zavala escribió:

    Estimada amiga / Estimado amigo,

    Aunque al parecer mi comentario está fuera de tiempo dada la fecha del artículo, anoto lo siguiente.

    Comparto el homenaje a Darwin. Es un mérito para quien ha hecho aportes importantes a la ciencia. Su lectura, obviamente me inquietó.

    Ahora bien, con respecto a la pregunta sobre la posición de un cristiano frente a la evolución (leyendo las tres preguntas iniciales), realmente eso no debería sorprendernos. Por lo menos, a mí como católico militante, no sólo me sorprende (positivamente), sino que marca un sentido a la fe. Y pensar así es el resultado de ser osado y sincero consigo mismo en plantearse preguntas ineludibles, dado que la realidad está ahí, frente a nosotros. Y si a alguien le debo esta posición es al P. Pierre Teilhard de Chardin. Un científico, jesuita él, que estudió del Hombre de Pekín (sólo para dar una referencia) y que tiene una visión de la evolución muy particular. Diría que si leemos a Darwin, también deberíamos leer a Teilhard. Mi invitación es ésta: no sólo leerlo, sino también estudiarlo. Sus obras están ahí esperando, en particular “El Fenómeno Humano”.

    Un fraterno abrazo,

    Carlos L.

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