Una santa para este tiempo: Dorothy Day

8:00 p.m. | 15 jul 20 (NCR).- Cuatro décadas después de su muerte, Dorothy Day -periodista, activista política y convertida católica- recibe una atención que merece. A propósito de la publicación de un nuevo y amplio libro sobre su vida, un artículo reseña algunos pasajes importantes que nos permiten conocer su historia y por qué se está considerando su canonización. Cofundadora del Movimiento del Trabajador Católico (1933 en EE.UU.) fue una mujer que, a pesar de una vida complicada, abrazó tenazmente el servicio a los pobres y la vida en comunidad, la no violencia activa y la pobreza voluntaria.

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Una biografía sobre la asombrosa vida de Dorothy Day (Eric Anglada – NCR)

Me topé por primera vez con el Movimiento del Trabajador Católico poco después de graduarme de la escuela secundaria. Habiendo tomado varios meses para viajar por el país, viví por algunas semanas en una sección deteriorada de Baton Rouge en Solidarity House, una de las más de cien casas-refugio del movimiento. Cada noche, los dos fundadores ex-franciscanos de la comunidad servían arroz y frijoles a 30 personas del vecindario. Ofrecían alojamiento a un puñado de hombres sin hogar, mientras que con frecuencia hacían piquetes contra la pena de muerte. Su trabajo fue inspirado por los cofundadores del Movimiento del Trabajador Católico: Peter Maurin, un católico radical francés, y Dorothy Day.

El libro de John Loughery y Blythe Randolph, “Dorothy Day, Dissenting Voice of the American Century”, eclipsa la biografía de William Miller como la historia más completa de una mujer que la Iglesia católica está considerando su canonización. Por lo pronto hace muchos años atrás ya fue declarada “sierva de Dios”.

La obra claramente está hecha con mucho sentimiento, sustentada en una profunda investigación por parte de dos biógrafos experimentados. En el volumen de casi 400 páginas, aprendemos la historia de una mujer que abrazó tenazmente el servicio a los pobres y la vida en comunidad, la no violencia activa y la pobreza voluntaria. Aunque el libro puede tener partes con demasiados detalles, bien vale la pena leerlo para conocer una vida asombrosa.

Nacida en Brooklyn en 1897 en el seno de una familia de clase media secular, Day abandona la universidad a los 17 años para escribir en publicaciones socialistas en Nueva York. Cubriendo huelgas, protestas y la difícil situación de los desempleados durante el día, por la noche fue arrastrada a la angustiosa órbita de soñadores, poetas y artistas, disfrutando de las juergas nocturnas en las tabernas de Greenwich Village. (Un observador comentó “sentirse asombrado de que una mujer pudiera consumir tanto alcohol”).

Aunque a lo largo de los años se ha dicho mucho sobre de la vida de Day antes de la conversión, Randolph y Loughery proporcionan el relato más completo de esos días salvajes y bohemios, que incluyen un aborto, el divorcio y al menos un intento de suicidio. Pero, los autores dejan claro en las vívidas historias, que el impresionante y tenaz compromiso de Day con la resistencia también echó raíces durante ese tiempo. Una vez, condenada a 30 días de cárcel por una protesta a favor del sufragio femenino, una enfurecida Day hundió sus dientes en la mano del alcaide, lo que hizo que la golpearan dos veces contra una banca de metal. Al año siguiente, un policía la golpeó en las costillas cuando se dirigía a una protesta masiva por la paz.

A pesar de que se describía a sí misma como una “atea dedicada”, Day comenzó gradualmente a desviarse de la ortodoxia aceptada en Nueva York, que rechazaba la “superstición” de instituciones religiosas como la Iglesia católica. Misteriosamente, Day a menudo sintió el impulso de reclinarse en la iglesia para rezar. Poco a poco, se vio obligada por el llamado en “Las Variedades de la Experiencia Religiosa” de William James a hacerse “pobre para simplificar y salvar [su] vida interior”.

Pero fue la experiencia de alegría durante su embarazo y el nacimiento de su hija, Tamar, en 1926, lo que finalmente llevó a Day a unirse a la Iglesia católica. “Ahora era Dorothy Day, una católica romana”, escriben los autores. “Y esa designación, en su círculo secular y altamente político de familiares y amigos, desafió la razón y causó una notable incomodidad”. Su conversión fue solitaria.

Pero, como Randolph y Loughery notan perceptivamente, Dorothy Day era “una mujer que a menudo se veía involucrada en encuentros afortunados”. En diciembre de 1932, mientras cubría la Marcha del Hambre en Washington, D.C., Day rezó por una forma de unir su pasión por la justicia con su profunda fe. A su regreso, Peter Maurin la estaba esperando. Filósofo y campesino viente años mayor que ella, Maurin era un hombre que cambiaría la vida de Day para siempre. Habló, casi sin aliento, sobre el estado del mundo, de la iglesia, de los santos, de una “revolución verde” para volver a la tierra, de la hospitalidad a los empobrecidos y sus planes para un periódico católico. Él tenía una visión para revolucionar la sociedad, y ella tenía una respuesta a su oración.

En el Día del Trabajador de 1933, se publicaron 2,500 copias de El Trabajador Católico (periódico), y pronto los dos estaban albergando a los desamparados. No se registraron como una organización sin fines de lucro; eran simplemente católicos cumpliendo con su deber cristiano. Y los hambrientos, así como un flujo constante de idealistas de ideas afines, seguían apareciendo en su puerta. Otras comunidades surgieron en todo el país, y para 1938, las suscripciones al periódico alcanzaron un máximo de 190.000.

Como los autores dejan claro, Day nunca fue de las más populares. No era ni liberal ni conservadora. Aunque protestó con los sufragistas, fue una anarquista que nunca votó, creyendo, como el autor Jack London, que ambos partidos políticos eran “criaturas de la Plutocracia”. Durante la Segunda Guerra Mundial, Day mantuvo una ardiente postura pacifista, lo que resultó en que el FBI abriera un expediente sobre ella que abarcaría tres décadas. Su crítica pública hacia la guerra preocupó incluso a muchos dentro del movimiento, por el efecto que parecía producir: para 1942, la circulación había caído a 50.000 ejemplares.

Sin embargo, la vida del Movimiento Trabajador Católico, aunque precaria, continuaba. Durante las siguientes décadas, el movimiento estuvo al frente de las protestas contra los simulacros de ataques aéreos nucleares en los años 50 y estuvieron entre los primeros en quemar públicamente las tarjetas de reclutamiento durante la guerra en Vietnam. Y siempre estaban los comedores sociales. En una entrevista de 1973 con Bill Moyers, Day contó de una mujer que fue arrojada en el local del Trabajador Católico cubierta de piojos y apestando a orina y excremento. Randolph y Loughery comentan, “Eso fue lo que el movimiento tuvo que enfrentar, ella quería que la gente lo supiera”.

Aunque Day pueda finalmente ser canonizada como santa en la Iglesia católica, los autores son claros en que esto no significa que ella fuera perfecta. La hija de Day, Tamar, por ejemplo, a menudo no parecía ser su prioridad; a menudo se ausentaba por giras de conferencias, no solo para difundir el mensaje del movimiento, sino también para alejarse de las abrumadoras demandas de refugio. Un antiguo miembro del movimiento bromeó sobre Day a los nuevos voluntarios: “Oh, una vez que la conoces, es como cualquier otra vieja gruñona”.

Day nunca cedió en su radicalismo católico. Una vez, un estudiante de la Universidad de Fordham le preguntó a Day si su movimiento podría tener más éxito si se relajara en sus ideales exigentes, los cuales, el estudiante notó, eran “un poco difíciles de aceptar”. Day respondió que los Evangelios, también, son “un poco difíciles de aceptar”.

Cerca del final de la vida de Day en 1980, muchos se preguntaron qué pasaría con el Movimiento del Trabajador Católico. Un joven miembro comentó una vez, “Ahora tenemos a Dorothy, pero siempre tendremos el Evangelio”. En parte gracias a biografías como la de Randolph y Loughery, continuaremos teniendo el ejemplo de Dorothy Day, cuya vida demostró el camino subversivo de los Evangelios en nuestros tiempos.

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Fuente:

National Catholic Reporter

 

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