¿Dónde está Dios en una pandemia?

5:00 p.m. | 25 mar 20 (NYT/PE).- A propósito de la pandemia causada por el coronavirus, en recientes publicaciones se destacó la solidaridad como el camino para superar esta crisis, así como la importancia del vínculo entre fe y ciencia, y nuestro accionar cristiano durante la cuarentena. Esta vez nos enfocamos en las cuestiones que nos hacemos en este momento de temor, dolor e incertidumbre: ¿Cómo se manifiesta Dios? ¿Es un castigo por nuestros pecados? ¿Se necesita un milagro? Encontramos varias reflexiones, pensadas desde lo que Jesús vivió entre nosotros y la libertad que nos da Dios, que pueden ayudarnos a comprender.

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Sobre la presencia de Dios (P. James Martin)

En las últimas semanas, millones de personas han empezado a temer por la pandemia de COVID-19. La preocupación por lo altamente contagioso de la infección, se une al shock por su aparición repentina. Como sacerdote, he escuchado una avalancha de sentimientos en el último mes: pánico, miedo, ira, tristeza, confusión y desesperación. Cada vez más siento que estoy viviendo una película de terror, pero del tipo que instintivamente dejo de ver porque es demasiado perturbadora. E incluso la gente más religiosa me pregunta: ¿Por qué está sucediendo esto? Y… ¿Dónde está Dios en todo esto?

La pregunta es esencialmente la misma que la gente se hace cuando un huracán arrasa con cientos de vidas o cuando un solo niño muere de cáncer. Se llama “el problema del sufrimiento”, “el misterio del mal” o la “teodicea”, y es una pregunta con la que los santos y los teólogos han lidiado durante milenios. La cuestión del sufrimiento “natural” (por enfermedades o desastres naturales) difiere de la del “mal moral” (en el que el sufrimiento fluye de las acciones de los individuos -piense en Hitler y Stalin). Pero dejando de lado las distinciones teológicas, esa pregunta consume ahora la mente de millones de creyentes, que se estremecen ante el constante aumento del número de muertos, entran en conflicto al escuchar historias de médicos obligados a clasificar a los pacientes y están incrédulos ante las fotos de las filas de ataúdes: ¿Por qué?

A lo largo de los siglos, se han ofrecido muchas respuestas sobre el sufrimiento natural, todas ellas insuficientes de alguna manera. La más común es que el sufrimiento es una prueba. El sufrimiento pone a prueba nuestra fe y la fortalece: “Hermanos y hermanas míos, siempre que se enfrenten a pruebas de cualquier tipo, considéralo como una alegría, porque saben que poner a prueba la fe resulta en fortaleza”, dice la Carta de Santiago en el Nuevo Testamento.

Pero aunque explicar el sufrimiento como una prueba puede ayudar en las pruebas menores (la paciencia es puesta a prueba por una persona molesta), falla en las experiencias humanas más dolorosas. ¿Dios envía el cáncer para “poner a prueba” a un niño pequeño? Sí, los padres del niño pueden aprender algo sobre la perseverancia o la fe, pero ese enfoque deja a Dios prácticamente como un monstruo.

Lo mismo ocurre con el argumento de que el sufrimiento es un castigo por los pecados, un enfoque todavía común entre algunos creyentes (que suelen decir que Dios castiga a las personas o grupos que ellos mismos desaprueban). Pero el propio Jesús rechaza ese enfoque cuando se encuentra con un hombre ciego, en una historia que se relata en el Evangelio de Juan: “Rabino, ¿quién pecó, este hombre o sus padres, para que naciera ciego?” “Ni este hombre ni sus padres pecaron”, dice Jesús. Este es el rechazo definitivo de Jesús a la imagen del Padre castigador. En el Evangelio de Lucas, Jesús responde a la historia de una torre de piedra que se cayó y aplastó a una multitud: “¿Piensas que fueron peores ofensores que todos los demás que vivían en Jerusalén? No, te lo digo yo”.

La confusión general para los creyentes está encapsulada en lo que se denomina la “tríada inconsistente”, que puede resumirse de la siguiente manera: Dios es todopoderoso, por lo tanto Dios puede evitar el sufrimiento. Pero Dios no previene el sufrimiento. Por lo tanto, Dios o no es todo poderoso o no es todo amoroso.

Al final, la respuesta más honesta a la pregunta de por qué el virus COVID-19 está matando a miles de personas, por qué las enfermedades infecciosas asolan a la humanidad y por qué hay sufrimiento, es: No lo sabemos. Para mí, esta es la respuesta más honesta y precisa. También se podría sugerir cómo los virus forman parte del mundo natural y contribuyen de alguna manera a la vida, pero este enfoque falla abyectamente cuando se habla con alguien que ha perdido un amigo o un ser querido. Una pregunta importante para el creyente en tiempos de sufrimiento es esta: ¿Puedes creer en un Dios que no entiendes?

Pero si el misterio del sufrimiento no tiene respuesta, ¿a dónde puede ir el creyente en tiempos como éste? Para el cristiano, y quizás incluso para otros, la respuesta es Jesús.

Los cristianos creemos que Jesús es completamente divino y completamente humano. Sin embargo, a veces pasamos por alto la segunda parte. Jesús de Nazaret nació en un mundo de enfermedad. En su libro “Piedra y estiércol, aceite y saliva”, sobre la vida cotidiana en la Galilea del siglo I, Jodi Magness, una erudita del judaísmo temprano, llama al entorno en el que vivió Jesús, “sucio, maloliente e insalubre”. John Dominic Crossan y Jonathan L. Reed, estudiosos de los antecedentes históricos de Jesús, resumen estas condiciones en una frase aleccionadora en “Excavando a Jesús”: “Un caso de gripe, un resfriado fuerte o un absceso dental podría matar”. Este era el mundo de Jesús.

Además, en su ministerio público, Jesús buscaba continuamente a los enfermos. La mayoría de sus milagros eran curaciones de enfermedades e incapacidades: condiciones debilitantes de la piel (bajo la rúbrica de “lepra”), epilepsia, “flujo de sangre” de una mujer, mano seca, “hidropesía”, ceguera, sordera, parálisis. En estos días que nos sentimos atemorizados, los cristianos pueden encontrar consuelo en saber que cuando rezan a Jesús, están rezando a alguien que los entiende, no sólo porque es divino y lo sabe todo, sino porque es humano y lo ha experimentado todo.

Pero aquellos que no son cristianos también pueden verlo como un modelo para el cuidado de los enfermos. No hace falta decir que cuando se cuida a alguien con coronavirus, hay que tomar las precauciones necesarias para evitar el contagio. Pero para Jesús, el enfermo o el moribundo no era el “otro”, no el culpable, sino nuestro hermano y hermana. Cuando Jesús vio a una persona necesitada, los Evangelios nos dicen que su corazón fue “movido por la compasión”. Es un modelo de cómo debemos cuidarnos durante esta crisis: con los corazones movidos por la compasión. No entiendo por qué la gente muere, pero puedo seguir a la persona que es el mejor modelo para mi vida.

¿Dios tiene poder para librarnos de este mal definitivamente? (Consuelo Vélez)

¿Dónde está Dios mientras pasa todo esto? Es la pregunta que nos hacemos siempre que topamos con momentos límite y algunos aprovechan para interpretar esa realidad como un “castigo divino”. Ya escuché a un clérigo decir que Dios nos estaba castigando porque la gente no estaba celebrando las Semana Santa, sino que se iba a pasear. Por supuesto, esto es falso, aunque bastante gente se lo cree y más todavía cuando se nos invita a hacer oraciones casi tipo exorcismos como “espantando” ese mal que ahora nos ha caído encima.

En realidad, Dios está acompañando este momento y acompañándonos a cada uno/a para que asumamos esta realidad y salgamos adelante. Él muere con cada víctima del contagio, se cura con todos los que se han podido recuperar, tiene miedo con todos los que están llenos de temor a contagiarse, sufre con las consecuencias que trae esta situación, especialmente, a nivel económico, para los más pobres. Pero ¿acaso Dios no tiene poder para librarnos de este mal definitivamente?

Una vez más podemos constatar cómo es el Dios del reino, anunciado por Jesús: no es un Dios de poder que cambia por arte de magia las cosas, sino que es el Dios encarnado en esta humanidad que cuenta con cada uno/a de sus hijos e hijas para llevar adelante la historia humana. Para salir de la pandemia necesitamos del esfuerzo humano a nivel de la ciencia para detener el virus y producir una vacuna y necesitamos de la generosidad de todas las personas para sobrellevar esta dificultad y vencerla. Así lo ha dispuesto Dios en su manera de crear este mundo y confía que sepamos hacerlo… (click aquí para leer el artículo completo).

¿Por qué Dios permite la pandemia y calla? (P. Víctor Codina)

Los creyentes de tradición judeo-cristiana nos preguntamos por el silencio de Dios ante esta epidemia. ¿Por qué Dios lo permite y calla? ¿Es un castigo? ¿Hay que pedirle milagros, como pide el P. Penéloux en La peste? ¿Hemos de devolver a Dios el billete de la vida, como Iván Karamazov en Los hermanos Karamazov, al ver el sufrimiento de los inocentes? ¿Dónde está Dios?

No estamos ante un enigma, sino ante un misterio, un misterio de fe que nos hace creer y confiar en un Dios Padre-Madre creador, que no castiga, que es bueno y misericordioso, que está siempre con nosotros, es el Emanuel; creemos y confiamos en Jesús de Nazaret que viene a darnos vida en abundancia y se compadece de los que sufren; creemos y confiamos en un Espíritu vivificante, Señor y dador de vida. Y esta fe no es una conquista, es un don del Espíritu del Señor, que nos llega a través de la Palabra en la comunidad eclesial.

Todo esto no impide que, como Job, nos quejemos y querellemos ante Dios al ver tanto sufrimiento, ni impide que como el Qohelet o Eclesiastés constatemos la brevedad, levedad y vanidad de la vida. Pero no hemos de pedir milagros a un Dios que respeta la creación y nuestra libertad, quiere que nosotros colaboremos en la realización de este mundo limitado y finito.

Jesús no nos resuelve teóricamente el problema del mal y del sufrimiento, sino que a través de sus llagas de crucificado-resucitado nos abre al horizonte nuevo de su pasión y resurrección; Jesús con su identificación con los pobres y los que sufren, ilumina nuestra vida; y con el don del Espíritu nos da fuerza y consuelo en los nuestros momentos difíciles de sufrimiento y pasión… (click aquí para leer el artículo completo).

De plagas y castigo de Dios (P. Juan Bytton)

Es cada vez menos frecuente, pero lo sigue siendo, escuchar que lo que estamos viviendo con esta pandemia del COVID 19 es un castigo de Dios. En la historia humana se constata infinidad de veces la relación entre tragedia y voluntad divina. Es algo muy marcado en el imaginario social, independientemente de las culturas y/o la diversidad de confesiones religiosas.

Dios actúa en la historia, y cuando se vive una inesperada crisis letal no se puede hablar de un castigo divino, sino de asumir el momento como prueba de nuestra capacidad de reflejar las características del Dios que nos protege, un Dios de la vida, de la solidaridad, de la superación comunitaria del mal. Esto es evidente en la “décima plaga” asociada a la Pascua, es decir, al recuerdo del paso de Dios que salva al pueblo encerrado por el miedo en una noche inhóspita. Al igual que dicha plaga, estamos ante una realidad que pone en evidencia nuestra fragilidad humana y nuestras profundas brechas sociales, por ello pone a prueba nuestra capacidad de salir adelante juntos y la conciencia de actuar por el bien común, lo verdaderamente esencial en la vida. En estos días, nos confrontamos con esa soledad que se convierte en solidaridad cuando salimos de los lugares que nos encierran en el más puro egoísmo y mirada estrecha, y nos afincamos en la unión de un mismo sentir: la construcción de una sociedad que garantice el derecho a la vida, a la salud, a la justicia y a la paz.

Hoy estamos ante una pandemia y en tiempo de prueba. La solución está en la misma raíz de la palabra griega que define este momento: pan = todo – demos = pueblo. Es tarea de “todo el pueblo” hacer historia por su capacidad científica y empática de sentirse como tal cuando hace de la crisis oportunidad de nueva humanidad… (click aquí para leer el artículo completo).

Jesús cambia la mentalidad del Dios castigador (Arzobispo de Lima, Mons. Carlos Castillo)
Fuentes:

New York Times / Religión Digital / Palabra Encarnada (Blog) / Arzobispado de Lima / Pintura: “Cristo sanando al enfermo de Betesda” de Carl Bloch (1883)

Puntuación: 4.8 / Votos: 5

Buena Voz

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