Jesús, el látigo y justificar la violencia

11.00 p m| 12 mar 15 (PATHEOS/BV).- “El látigo de Jesús con nosotros es su misericordia” porque “Jesús no da palos nunca”, aseguró Francisco en la homilia del último domingo. A propósito de este pasaje bíblico descrito por los Evangelios (Jesús en el templo), Nathan O’Halloran, teólogo y filósofo jesuita, analiza este texto que en ocasiones se utiliza para justificar una “violencia justa”, y demuestra que en realidad carece de esos argumentos, más bien nos muestra un Jesús que guarda la compostura a pesar de que siente que han convertido en un mercado la casa de su Padre.

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En un reciente intercambio en un feed de Facebook acerca de las posibles respuestas a las decapitaciones de cristianos coptos de manos de ISIS, se me sugirió, que debido a una deficiencia en una parte particular de mi anatomía, no tuve el coraje de hacer lo que realmente había que hacer. Entonces mi atención fue llevada al hecho de que Jesús no era un cobarde. No señor, sabía cómo hacerse cargo cuando era necesario. A continuación, me adjuntaron el típico texto que sirve como “prueba”, el Evangelio para el tercer domingo de Cuaresma, Juan 2: 14-16, que dice:

[14] Encontró en el recinto del templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados. [15] Se hizo un látigo de cuerdas y expulsó a todos del templo, ovejas y bueyes; esparció las monedas de los cambistas y volcó las mesas; [16] a los que vendían palomas les dijo: —Quitad eso de aquí y no convirtáis la casa de mi Padre en un mercado.

Me dijeron -como se me ha dicho tantas veces antes, en discusiones sobre cualquier tema, desde los conflictos en Medio Oriente, pasando por la carrera armamentista, posesión de armas en casa hasta simples peleas a puño limpio- que este texto prueba que Jesús no estaba en contra del uso de la violencia. Él estaba dispuesto a atacar a la gente con un látigo. Podía subirse las mangas y tomar acción con sus propias manos. Dicen que según lo que se describe en ese pasaje bíblico, es lo que Jesús haría.

El uso de ese texto para justificar la violencia (la quema de herejes, pasando por las cruzadas y la participación en “guerras justas”) tiene una larga historia. Dado que la descripción de este pasaje en los otros evangelios (Mateo 21:12; Marcos 11:15; Lucas 19:45) no incluyen un látigo en absoluto, la gente tiende a usar la versión de Juan como su texto “de prueba”. De hecho, en Marcos (como en Juan), la palabra “expulsó” es la misma palabra que se usa cuando Jesús “expulsa” demonios de la gente a lo largo del Evangelio. Es una palabra fuerte, pero el poder coercitivo que ello implica se basa en la autoridad de la voz de Jesús, una voz que se mueve por el Espíritu de Dios, y no por ningún tipo de fuerza física.

Entonces, ¿qué es lo que realmente sucede en ese pasaje? Jesús, improvisando un látigo con unas cuerdas que encontró por ahí, expulsó a las ovejas y los bueyes (presumiblemente seguidos por sus dueños). Luego volcó las mesas de los cambistas. Por último, le dice a la gente que vende palomas que se retiren. En ningún momento se afirma que golpea a las palomas en sus jaulas, ni azota alguna persona. Usa una cuerda para expulsar a las ovejas y los bueyes, como cualquier pastor haría.

Y eso es todo.

¿Jesús se fastidia con lo que está pasando? Sí. ¿Realiza una calculada acción profética que evoca lo ocurrido en el templo en Jeremías 7: 1-15? Sí. ¿Pierde el control y llega a enojarse tanto que empieza a golpear a las personas con un látigo? No, nunca hace eso (aunque casi cada imagen que aparece en Google bajo este pasaje de la Escritura muestra un Jesús amenazante con la gente. Puede revisarlo, busque). Nunca le pega a las personas.

Nada en ese texto sirve como justificación para llegar a la violencia física hacia otros seres humanos, y mucho menos para una “guerra justa”. Jesús no era cobarde, pero no porque se la pasara azotando comerciantes. Si queremos un ejemplo de su “valentía”, nos basta con repasar la segunda lectura del pasado domingo, 1 Corintios 1: 22-25: “Anunciamos un Mesías crucificado… [pues] la debilidad de Dios es más fuerte que los hombres”. Desafortunadamente (para algunos), tales pasajes no justifican una paliza al prójimo. Tal vez solo nos queda lidiar con el hecho de que somos nosotros, y no Jesús, quienes queremos y necesitamos esa justificación.

Sin embargo, ya que he escuchado a la gente justificarse de ese modo tantas veces, puede ser útil proporcionar una explicación detallada, para ayudar a expulsar cualquier duda acerca de lo que Jesús hace en ese pasaje.

Hace poco leí un excelente artículo en el Biblical Interpretation Journal de Andy Alexis-Baker sobre este pasaje de Juan, y me gustaría destacar y resumir algunos de sus principales puntos (tomo las citas de Agustín y Cosmas de este artículo, así como la mayoría del comentario gramatical).

Hasta Agustín, nadie interpreta Juan 2:15 a condonar la violencia o incluso dar a entender que Jesús había golpeado a algún ser humano. En los primeros trescientos años de la vida de la Iglesia, Orígenes fue la única persona en comentar este pasaje, y le dio una lectura puramente espiritual en lugar de literal.

Y Cosmas Indicopleustes en 550 d.C. argumentó:

Lo que se alega es falso, pues de ninguna manera golpea algún ser humano, más bien adoptó un comportamiento apropiado, y lo que hizo fue retirar los animales, como está escrito: “Y después de haber hecho un látigo con cuerdas expulsó a todos del Templo, las ovejas y el ganado”. Más bien a las personas las castigó con el habla, como está escrito: “Y a los que vendían palomas les dijo: Llévense esto de aquí, y no hagan de la casa de mi Padre un mercado”.

San Agustín fue el primero en usar este pasaje para justificar la fuerza, incluido el uso “justo” de la fuerza en la guerra. ¿Se justifica esta interpretación? Un rápido vistazo a la gramática del pasaje muestra que no.

Para aquellos que quieran ver el griego, el pasaje de Juan 2:15 dice:

Καὶ ποιήσας φραγέλλιον ἐκ σχοινίων πάντας ἐξέβαλεν ἐκ τοῦ ἱεροῦ τά τε πρόβατα καὶ τοὺς βόας, καὶ τῶν κολλυβιστῶν ἐξέχεεν τὸ κέρμα καὶ τὰς τραπέζας ανέτρεψεν.

Mi traducción literal sería:

“Y haciendo un látigo con las cuerdas expulsó a todos ellos del templo, tanto ovejas como bueyes, y desparramó las monedas de los cambistas, y volcó las mesas”.

Luego, en el versículo 16, le dice a los que venden palomas que se retiren de allí también.

Ahora la pregunta es: ¿A qué se refiere con el “pantas”, el “a todos”? ¿Está Jesús azotando a las personas y animales, o solo a los animales? Sin llegar a tecnicismos la respuesta es: Se refiere a las ovejas y los bueyes.

La primera razón obvia de esto es que claramente no expulsa a las palomas y sus propietarios, ya que recién los hace en el versículo 16. Así que el “a todos” no incluye a todos los mencionados en el versículo 14.

Luego, el uso de la estructura “te… kai” es importante. “Te… kai”, que figura 90 veces en el Nuevo Testamento, siempre significa “tanto… como”. También se utiliza a menudo, cuando sigue a un sustantivo plural, como partitivo apositivo, lo que significa que se utiliza como un adjetivo que rompe con el significado de su referente. En este caso, “tanto ovejas como bueyes” está en aposición a “todos”, colocado allí por Juan para aclarar a quién se refiere exactamente con “todos ellos”.

La perspectiva de Francisco: El látigo de Jesús con nosotros es su misericordia ¿Le permito hacer limpieza?

Texto completo de la alocución del Papa

¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días!

El Evangelio de hoy nos presenta el episodio de la expulsión de los vendedores del templo. Jesús “hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo, junto con sus ovejas y sus bueyes ” (Jn 2,15). El dinero, todo. Este gesto suscitó una fuerte impresión, en la gente y los discipulos. Aparece claramente como un gesto profético, tan es así que algunos de los presentes preguntaron a Jesús: “¿Qué signo nos das para obrar así?” (v. 18) ¿Quién eres tú para actuar así? – o sea una señal divina, prodigiosa que muestre a Jesús como enviado de Dios.

Y Él respondió: “Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar” (v. 19).Le replicaron: “han sido necesarios cuarenta y seis años para construir este Templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?” (v. 20). No habían entendido que el Señor se refería al templo vivo de su cuerpo, que habría sido destruído con la muerte en la cruz, pero que habría resucitado al tercer día. Por esto, en tres días. “Cuando Jesús resucitó – escribe el Evangelista- sus discípulos recordaron que él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en la palabra que había pronunciado” (v. 22).

En efecto, este gesto de Jesús y su mensaje profético se entienden completamente a la luz de su Pascua. Aquí tenemos, según el Evangelista Juan, el primer anuncio de la muerte y resurrección de Cristo: su cuerpo, destruído en la cruz por la violencia del pecado, en la Resurrección se convertirá en el lugar del encuentro universal entre Dios y los hombres. Y Cristo Resucitado es precisamente el lugar del encuentro universal – ¡de todos ! – entre Dios y los hombres. Por esto su humanidad es el verdadero templo, donde Dios se revela, habla, se deja encontrar; y los verdaderos adoradores de Dios no son los custodios del templo material, los detentores del poder y del saber religioso, sino aquellos que adoran a Dios “en espíritu y verdad” (Jn 4,23).

En este tiempo de Cuaresma nos estamos preparando para la celebración de la Pascua, donde renovaremos las promesas de nuestro Bautismo. Caminemos por el mundo como Jesús y hagamos de toda nuestra existencia un signo de su amor por nuestros hermanos, especialmente los más débiles y los más pobres, nosotros construimos a Dios un templo en nuestra vida. Y de esta manera lo hacemos “encontrable” para tantas personas que encontramos en nuestro camino. Si somos testimonios de este Cristo vivo, mucha gente encontrará a Jesús en nosotros, en nuestro testimonio.

Pero – nos preguntamos y cada uno de nosotros se puede preguntar – ¿en mi vida el Señor se siente verdaderamente a casa?. ¿Lo dejamos hacer “limpieza” en nuestro corazón y expulsar a los ídolos, o sea aquellas actitudes de codicia, celos, mundanidad, envidia, odio, aquella costumbre de hablar mal de los otros? ¿Lo dejo hacer limpieza de todos los comportamientos contra Dios, contra el prójimo y contra nosotros mismos, como hoy hemos escuchado en la primera Lectura? Cada uno se puede responder, en silencio en su corazón: “¿Dejo que Jesús haga un poco de limpieza en mi corazón?”. “¡Padre, tengo miedo que me apalee!”. Jesús jamás apalea. Jesús limpiará con ternura, con misericordia, con amor. La misericordia es su manera de limpiar. Dejemos, cada uno de nosotros, dejemos que el Señor entre con su misericordia – no con el látigo, no, con su misericordia – a hacer limpieza en nuestros corazones. El látigo de Jesús es su misericordia. Abrámosle la puerta para que limpie un poco.

Cada Eucaristía que celebramos con fe nos hace crecer como templo vivo del Señor, gracias a la comunión con su Cuerpo crucificado y resucitado. Jesús conoce aquello que hay en cada uno de nosotros, y conoce también nuestro más ardiente anhelo: ser habitado por Él, sólo por Él. Dejémoslo entrar en nuestra vida, en nuestra familia, en nuestros corazones. Que María Santísima, morada privilegiada del Hijo de Dios, nos acompañe y nos sostenga en el itinerario cuaresmal, para que podamos redescubrir la belleza del encuentro con Cristo, que nos libra y nos salva.

Fuentes:

Patheos / Vatican.va

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