¿Qué podemos aprender de los 7 nuevos santos?

11:00 a m| 24 oct 18 (VN/LOR).- Son siete, mujeres y hombres, los cristianos proclamados santos por el Papa durante una gran celebración que se llevó a cabo en la anteiglesia de la basílica vaticana. Acompañaron el evento más de la mitad del colegio de cardenales, doscientos obispos de todas las partes del mundo, y decenas de miles de fieles, venidos incluso desde lejos, como los de El Salvador y de Bolivia.

Una imagen visible de la variedad y de la universalidad de la Iglesia, precisamente como la que ofrece la constelación de los nuevos santos. Un joven obrero víctima del trabajo y de la crueldad de los hombres, dos mujeres de valor, dos sacerdotes cercanos al pueblo, un arzobispo mártir y un Papa. ¿Qué resalta en estos ejemplos de vida cristiana?

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Nunzio Sulprizio, Nazaria Ignacia March Mesa, Katharina Kasper, Vincenzo Romano, Francesco Spinelli, Óscar Arnulfo Romero Galdámez, Pablo VI. Canonizaciones que subrayaron así un dato esencial en la tradición cristiana, es decir, que la santidad es para todos.

Como el Pontífice explicó comentando el pasaje evangélico sobre el joven rico, porque “Jesús cambia la perspectiva: de los preceptos observados para obtener recompensas al amor gratuito y total”, mientras que “el problema está en nosotros: el tener demasiado, el querer demasiado, ahoga, ahoga nuestro corazón y nos hace incapaces de amar”.

Por eso, es necesario pedir “la gracia de saber dejar por amor del Señor: dejar riquezas, dejar nostalgias de puestos y poder, dejar estructuras que ya no son adecuadas para el anuncio del Evangelio, los lastres que entorpecen la misión, los lazos que nos atan al mundo”, insistió Francisco. El ejemplo de los cristianos ahora canonizados muestra que se trata de una elección valiente pero posible.

Y “es hermoso” que junto a Pablo VI “y los demás santos y santas de hoy, se encuentre Monseñor Romero, quien dejó la seguridad del mundo, incluso su propia incolumidad, para entregar su vida según el Evangelio, cercano a los pobres y a su gente, con el corazón magnetizado por Jesús y sus hermanos”, dijo el Papa que improvisó algunas palabras sobre “el gran muchacho abrucense-napolitano, Nuncio Sulprizio: el joven santo, valiente, humilde, que supo encontrar a Jesús en el sufrimiento, el silencio y en la entrega de sí mismo”. Sin esta elección de valor “nuestra vida y nuestra Iglesia se enferman”, repitió el Pontífice, que en pocas palabras sintetizó después el ejemplo de su predecesor Montini.

Inspirándose en san Pablo, “al igual que él, gastó su vida por el Evangelio de Cristo, atravesando nuevas fronteras y convirtiéndose en su testigo con el anuncio y el diálogo, profeta de una Iglesia extrovertida que mira a los lejanos y cuida de los pobres. Pablo VI, aun en medio de dificultades e incomprensiones, testimonió de una manera apasionada la belleza y la alegría de seguir totalmente a Jesús. También hoy nos exhorta, junto con el Concilio del que fue sabio timonel, a vivir nuestra vocación común: la vocación universal a la santidad. No a medias, sino a la santidad”.

 

Pablo VI, el papa que reseteó a Iglesia

El primero de ellos, Pablo VI ofrece perfiles tan diferentes como el del sacerdote implicado en la pastoral universitaria mucho tiempo antes que esta existiese como entidad suficiente, el diplomático en el que tanto confió Pío XII durante la II Guerra Mundial o el de pastor que en Milán impulsó importantes movimientos de renovación para acercar la Iglesia a los más alejados.

Papa desde el 21 de junio de 1963, confirmó el gran proyecto de Juan XXIII, el Vaticano II. Con prudencia y determinación, discerniendo la auténtica Tradición y soltando lastres de la nostalgia, puso a toda la Iglesia en diálogo con el mundo y mantuvo la unidad en tiempos de profundas crisis y desafecciones ante el vendaval del Espíritu que había entrado en la institución. A través de sus 7 encíclicas y los demás documentos, consolidó un estilo renovado de evangelización y puso todos los medios para una vuelta a las auténticas fuentes de la fe.

ENLACE: San Pablo VI: la cruz y el diálogo (Pedro Miguel Lamet)

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Óscar Arnulfo Romero Galdámez, el obispo que murió por su pueblo

Carpintero de niño y un tanto enfermizo, quienes conocieron al joven sacerdote Óscar Romero, tímido de talante y clásico en su forma de entender la fe, no se imaginaban que llegaría a ser la persona más influyente de El Salvador contemporáneo. El sufrimiento de los más pobres y de los sacerdotes a él encomendados como arzobispo de la capital salvadoreña le harán abrir los ojos a la realidad de opresión y violencia gratuita de los poderosos.

En medio de la represión social y política hizo oír su voz con claridad. Teniendo como aliada la radio sus palabras impregnaron las esperanzas de los más sencillos y humildes. Fue arzobispo de San Salvador durante apenas tres años y sus homilías, más allá de una lectura materialista o marxista de la realidad, siguen siendo expresión de cómo el Evangelio reclama que el “sentir con la Iglesia” ignaciano –que Romero eligió como lema episcopal– reclamaba encarnarla en el sufrimiento de los más pobres.

Su martirio en el hospital de la Divina Misericordia para cuidados paliativos de enfermos con cáncer, donde el mismo Romero vivía, mientras celebraba la misa queda como testimonio de la entrega de quien habiéndolo dado todo amó a su pueblo “hasta el extremo”.

ENLACE: San Romero de América (Pedro Miguel Lamet)

 

Nazaria de Jesús March Mesa, la misionera que rompió moldes

Aunque nació en Madrid y murió en Buenos Aires, Nazaria Ignacia de san Teresa de Jesús March Mesa –la Madre Nazaria– es una de las bolivianas más universales. En el país americano fundó las Misioneras Cruzadas de la Iglesia para romper moldes defendiendo la dignidad de las mujeres.

Presentes en una veintena de países, las religiosas son herederas del impulso misionero de esta religiosa que se metió a poner orden en los abusos que había contra las mujeres en los mercados y que puso en marcha el primer sindicato femenino de Bolivia. A esto seguirían hospicios, escuelas nocturnas… como reflejo de un “espíritu: guerrero, fiel, nada de cobardías, todo amor, amor sobre todo a Cristo y en Cristo a todos. Repartirse entre los pobres, animar a los tristes, dar la mano a los caídos, enseñar a los hijos del pueblo, partir su pan con ellos, en fin, dar toda la vida, el ser entero por Cristo, la Iglesia y las almas”, escribió.

ENLACE: Madre Nazaria: a los altares la santa obrera que fundó una congregación con 40 centavos

 

Francesco Spinelli, el sacerdote que difundió “la venganza del amor”

Este sacerdote milanés del siglo XIX que, como tantos otros pioneros del momentos, puso en marcha una respuesta a las necesidades de los jóvenes más pobres de Bérgamo. Para ello un grupo de jóvenes se le unió en este proyecto del que surgió el Instituto de Hermanas Adoratrices del Santísimo Sacramento, que para diferenciarlas de las Adoratrices fundadas por santa María Micaela se las conoce como las Adoratrices del Santísimo Sacramento de Rivolta d’Adda, las sacramentinas de Rivolta d’Adda, en recuerdo de la primera comunidad que abrieron esta localidad en 1884.

Más de 300 religiosas continúan hoy en unos 50 países de todo el mundo este legado que en sus comienzo debió superar un sinfín de pruebas y dificultades. Y es que las autoridades eclesiásticas impidieron que la fundación fuese en Bérgamo. Actitudes como la fidelidad o la entrega a los más pobres encuentran su fuente en la eucaristía que es quien “enciende la llama de la caridad al servicios de los más pobres entre los hermanos”. El lema del sacerdote muestra la paradoja de la entrega como “la venganza de un amor infinito”.

ENLACE: Francisco Spinelli

 

Vincenzo Romano, el párroco que reconstruyó el alma de su comunidad

Este párroco pasó toda su vida en Torre del Greco, cerca de Nápoles (Italia). Dejó su huella en el ejercicio ministerial en la parroquia de la Santa Cruz. Desde el templo irradió el mensaje de Cristo acompañando a los más jóvenes y ayudándoles a buscar el proyecto de Dios para su vida; estando cercana a las penurias de los campesinos y ganaderos en un deprimido mundo rural; atendiendo a los enfermos y necesitados; predicando apasionadamente la Palabra de Dios y la celebración de los sacramentos.

Aunque el momento más delicado vivido en Torre del Greco fue una devastadora erupción del Vesubio que destruyó casi toda la ciudad a su paso en 1794. La iglesia parroquial, como tantos otros edificios de la población, quedó arrasada. En su reconstrucción Vicenzo Romano se empeñará en levantar los muros a la vez que fortaleció el alma de quien habían sido testigos de tal destrucción.

 

María Katharina Kasper, la fuerza de la caridad

Esta modesta campesina alemana dejará todo para embarcarse en la vida religiosa y será quien abra la primer casa para pobres en todo el país en 1848, mientras Marx publicaba su ‘Manifiesto comunista’. Con este mismo espíritu fundó 50 años después el Instituto de las Siervas Pobres de Jesucristo.

La consagración a los más pobres fue una inquietud que se forjó en la religiosa desde la niñez. Su empeño hizo que pudiese dedicarse totalmente a las obras de caridad contemplando la pobreza con la que vivió la Virgen María, por eso a ella misma se la conocería como Madre María.

Sus obras llegarían pronto a Holanda, los Estados Unidos, Londres, Brasil, México o la India, donde se ha producido el milagro necesario para la canonización. Sin medios y a pesar de su escasa formación esta gran obra evangelizadora hizo que Pablo VI, en su beatificación, la definiera como “llena de fe y de fortaleza de ánimo”.

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Nunzio Sulprizio, el joven obrero

La inclusión de este joven huérfano del sur de Italia se incluyo este verano en esta canonización enmarcada en el Sínodo de los obispos dedicado a los jóvenes. Educado primero por su abuela y después por un tío del que recibió maltratos enfermó gravemente al trabajar en la herrería de este familiar. Tras esta desgracia, fue hospitalizado y sometido a un doloroso y largo periodo de recuperación. Esta no dio los frutos esperados y se le diagnosticó que su osteosarcoma era incurable y pasó el resto de su vida en la cama, hasta que murió con 19 años.

En medio de los sufrimientos vividos en la familia y durante la enfermedad, el muchacho encontró su consuelo en la Virgen María y su fuerza en la eucaristía. De hecho es frecuente la representación de este joven rezando el rosario.

Pablo VI, en su beatificación en 1963, subrayó el destacado binomio de ser “joven y obrero”, “un binomio de tal esplendor e importancia, que sobra para llenar de interés su breve y descolorida biografía”. “Les dirá [a ustedes jóvenes] que ninguna edad como la vuestra, es buena para los grandes ideales, para generosos heroísmos, para las exigencias de pensamiento y acción. Les demostrará que ustedes, jóvenes, pueden regenerar en ustedes mismos el mundo donde han sido llamados a vivir por la Providencia, y que les toca, en primer lugar, consagrase a la salvación de una sociedad que tiene precisamente necesidad de espíritus fuertes y decididos”, añadía.

ENLACE: Nunzio Sulprizio, un mensajero que la Iglesia y el mundo necesitan ahora mismo

 

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Fuente:

Vida Nueva / L’Osservatore Romano

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