San Romero de América y la Iglesia de los pobres

5:00 p m| 12 oct 18 (BLOGS).- Oscar Arnulfo Romero, conocido popularmente como “Monseñor Romero” fue arzobispo de San Salvador entre 1977 y 1980. Se dejó impactar por el clamor de los empobrecidos, se apasionó por construir la fraternidad entre todos, y dio testimonio de amor con su propia vida. La metáfora central que configuró su experiencia y mensaje espiritual fue Cristo crucificado y el pueblo crucificado de El Salvador -la gran víctima de la violencia política en aquellos años.

Como él mismo decía: “Cada vez que miramos a los pobres, descubrimos el rostro de Cristo”. Ahora que la Iglesia quiere proponer su figura como ejemplo, no solo para los cristianos sino también para todos, es oportuno recordar algunos rasgos de su vida y espiritualidad. También reunimos enlaces con otras reseñas y los antecedentes publicados en Buena Voz.

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Un pastor inesperado (Texto de Patxi Loidi)

Romero fue elegido en 1977 por el papa Pablo VI para ser arzobispo de San Salvador. Venía de Santiago de María, a donde llegó después de ser obispo auxiliar en San Salvador. No lloraron por su partida de la capital, cuando marchó a Santiago de María. Antes ya había estado como secretario de la Conferencia Episcopal. Demasiados conflictos, pequeños, medianos y alguno grande. Era un hombre sumamente religioso, dado a la oración y a la caridad para con la gente pobre. Pero era también estricto en el cumplimiento de sus obligaciones, lo que lo llevaba a ser igualmente estricto con la gente que estaba a sus órdenes. De ahí nacían los conflictos, que lo hacían menos querido.

Como decíamos, no era Romero el arzobispo que esperaba el clero de San Salvador. En la capital estaba Monseñor Rivera y Damas, un hombre preparado y abierto, que había sido auxiliar del arzobispo Luis Chávez y González, recientemente fallecido. Había dos o más obispos que habían pugnado por dirigir la arquidiócesis. Este ambiente de buscar ascensos se percibía en otras personas, y daba lugar a un clima un poco turbio.

Pero Rivera y Damas no le puso dificultades a Monseñor Romero. Quienes saltaban de gusto por la elección de Romero eran los líderes laicos de la nación, la oligarquía, la gente del gobierno, que conocían las inclinaciones conservadoras de Romero y veían en él al hombre de su línea de pensamiento y acción.

Nada hacía presagiar que aquel hombre, más bien tímido y cerrado, no interesado en los acuerdos episcopales de Medellín, llegara a protagonizar, en solo tres años, un clima de cambio total en la Iglesia de San Salvador y en todo el país, con sus homilías tan religiosas como sociales y con la dirección que imprimió a la diócesis.

Nadie podía prever que Romero llegara a ser el profeta por excelencia en El Salvador, en América Latina y hasta en países de Europa. Y tampoco, que los pobres lo consideraran su padre, precisamente porque ya era caritativo con ellos antes de llegar a San Salvador. Su pasado no daba pie para tales esperanzas. No se podía ni pensar en que Romero cambiara hasta el punto de tener a casi toda la conferencia episcopal en contra y a los militares, la oligarquía y la gente importante del País dispuesta a quitarlo de en medio, como de hecho lo hicieron finalmente. ¿Qué es lo que ocurrió?

Dos factores del cambio

Tres años le bastaron a Monseñor para dar un giro radical a la Iglesia diocesana de San Salvador en la línea de la Iglesia de los Pobres. ¿Qué le ocurrió para que, en ese corto tiempo diera un cambio personal tan imprevisible como decíamos al principio, y una acción apostólica que marca para hoy y mañana los derroteros de la verdadera Iglesia de Jesús? Pudieron ser dos factores fuertes: el martirio de Rutilio Grande y el clima turbio que encontró en la Iglesia metropolitana de San Salvador, un clima amasado con ambiciones, envidias, empujones, en aras de conseguir ascensos y poder.

Romero quedó fuertemente conmovido por el martirio de Rutilio Grande. Tomo una decisión extraordinaria y grave: un domingo de misa única en toda la diócesis. Y empezó a reflexionar profundamente. Por otro lado, él mismo se encontraba rodeado y envuelto en el clima que hemos mencionado.

ENLACE: El P. Rutilio Grande y Mons. Oscar Romero. Mártires por el Evangelio

En sus reflexiones, vio la conveniencia de conversar con diferentes personas, entre ellas con algunos laicos. Frente a la rigidez anterior, fue una sorpresa inesperada para ellos escuchar que les pedía ayuda. Su humildad influyó en ellos positivamente. Monseñor estaba experimentando una profunda transformación. ¿Era la conversión?

Romero vivió la primera conversión –fe y entrega a Jesús- desde la infancia; por lo cual podemos considerar que la transformación que experimentó tres años antes de su martirio era parte de la segunda conversión, que dura toda la vida. Fue una transformación asombrosa para sus nuevos amigos, clérigos y laicos, y para sus nuevos enemigos, que habían recibido con gran alegría su nombramiento.

Entre las personas admiradas y encantadas de su inesperado viraje se hallaban el clero diocesano y los religiosos, que lo habían conocido anteriormente con otro estilo y actitud completamente diferentes. La misa única los ganó, así como el estilo de consultas que empezó a practicar Monseñor, a la vez que perdía la confianza de la oligarquía, del Nuncio y de la mayoría de la conferencia episcopal.

Todavía hoy nos asombra

Después de cuarenta años, sigue asombrándonos su cambio, que se manifestó en una actuación tan amorosa y compartida, y a la vez, tan firme, tan nítida y tan clarividente. Sin duda fue el paso del amor neutral que había practicado hasta entonces al amor diferenciado, preferencial y beligerante hacia los pobres: beligerante, digo, pero sin violencia. Porque ese amor lo llevó –aparte de la caridad que siempre había practicado- a tomar con su gente la defensa de los derechos humanos, sobre todo de los pobres, que eran eliminados a cientos y miles, como afirmó en Lovaina.

Y más todavía, porque esa defensa de dimensión política no partidista estaba acompañada de la creación de la Iglesia de los pobres, como el verdadero lugar de la Iglesia, en cualquiera de sus situaciones. Una Iglesia que podía estar formada no solo por la gente pobre, sino por todas las personas –pobres y no pobres- que tomaran la opción por las empobrecidas, como el verdadero camino de hacer Iglesia, hacer evangelio y hacer también un mundo humanitario.

Es lo que decimos en el padrenuestro: Hágase tu voluntad en la tierra, como se hace en el cielo. Trabajar por una sociedad más humana, más justa, más conforme a los parámetros de Jesús, es una vertiente fundamental de la misión cristiana. Por lo tanto, el compromiso social transformador no es un añadido a la caridad y a los demás elementos fundamentales de la Iglesia, sino que es definitorio; define y distingue a la verdadera Iglesia de Jesús. Romero lo expresó con dos frases rotundas:

1) “Una Iglesia que no se une a los pobres para denunciar desde el lugar del pobre las injusticias cometidas contra ellos, no es verdaderamente la Iglesia de Jesucristo”.

2) “Sobre este punto no hay neutralidad posible. O bien servimos a la vida de los salvadoreños o bien servimos a los ídolos de la muerte.”

Pero hay algo más

Se diría que está dicho lo principal. Pero no me quedo del todo satisfecho. Me parece que falta por descubrir algo más de la intimidad de Monseñor. Intuyo que en su interior hubo, junto con los cambios señalados, una experiencia mayor. Lo expongo como hipótesis plausible, mientras sigo buscando. ¿Hubo una inmersión de su persona en el mundo de Dios? ¿Hubo una invasión de Dios en su persona?

Como hipótesis, quisiera decir lo siguiente. Monseñor estaba entregado a Dios antes de estos acontecimientos transformadores; pero, al chocar con ellos, quedó agarrado, poseído por Dios de una manera nueva, para llevar a cabo su obra; poseído por Dios para proseguir la causa de Jesús sin rebajas. Esas páginas del discurso de Lovaina, en las que confiesa la obra de los pobres en ellos, son imponentes. Los pasos que antes nunca habían podido dar, los dieron con facilidad desde que se abrieron a la gente pobre. Los pobres les aportaron además una novedad: la persecución.

Monseñor lo cuenta como un regalo del Señor. Son páginas de tanta intensidad, que nos ponen cara a cara delante de Dios. Algo había, que no queda suficientemente explicado por los cambios visibles, a pesar de lo tremendos que eran. Algo íntimo que venía de Dios, muy de Dios, que intuyo, como he dicho, y lo presento como hipótesis plausible. Por ese cara a cara ante Dios al que me lleva, como decía antes, yo quisiera encomendar algo a San Romero.

Es una solicitud para que la presente a Jesús: que ese momento estelar de su segunda conversión se produjera también en quienes lo admiramos y queremos seguir su ejemplo, venciendo cansancios, rutinas, debilidades; y que superemos cualquier amago de trepar al poder, de acumular oro o de dejarnos llevar de afectividades debilitadoras.

 

Romero: Teología activa y Evangelio de justicia (Texto de Xavier Pikaza)

El eje en torno al cual giró la vida de Romero fue la vida, muerte y resurrección de Jesucristo. En ésa línea, él creyó que había sido llamado a “sentir con la iglesia”, especialmente en la medida en que ella sufre en el mundo.

Romero creía que la misión de la Iglesia consiste en proclamar el Reino de Dios, que es el reino de “la paz y la justicia, de la verdad y el amor, de la gracia y de la santidad… para conseguir un orden político, social y económico que responda al plan de Dios”. (R. Brockman, The Word Remains: A Life of Oscar Romero, Orbis Books, Maryknoll NY 1982, 5).

Una vez le visitó un funcionario eclesiástico y le hizo saber que sus modestas habitaciones, en el Hospital de la Divina Providencia, no eran “adecuadas” para un arzobispo. Él estuvo de acuerdo y le explicó que, dado que la mayoría de sus fieles vivían en chozas de cartón, sus habitaciones resultaban comparativamente demasiado lujosas. Para Romero, la conversión significaba abrir la propia vida a los pobres, viviendo en solidaridad con ellos, no como alguien superior que les da limosnas, sino como un hermano o hermana que camina en solidaridad con ellos.

Él insistía en que “una Iglesia que no se une a los pobres, a fin de hablar desde el lado de los pobres, en contra de las injusticias que se cometen con ellos, no es la verdadera Iglesia de Jesucristo”. Algunos percibían esa actitud como una deformación de la misión de la iglesia y como una contaminación de la iglesia con la política, pero Romero contestaba:

“La iglesia ha de ocuparse de los derechos del pueblo… y de la vida que está en riesgo… La iglesia ha de ocuparse de aquellos que no pueden hablar, de aquellos que sufren, de los torturados, de los silenciados. Esto no implica dedicarse a la política… Seamos claros. Cuando la iglesia predica la justicia social, la igualdad y la dignidad del pueblo, defendiendo a los que sufren y a los que son amenazados, esto no es subversión, esto no es marxismo; ésta es la verdadera enseñanza de la Iglesia”.

Ciertamente, Romero se enfrentó de lleno con los desafíos políticos de su tiempo, el no fue simplemente un activista social, sino también un hombre de honda oración y meditación, que le ayudaron a mirar más allá y debajo de la superficie de los acontecimientos, descubriendo las verdades más profundas de la realidad.

A menudo, él suspendía las discusiones más intensas y acaloradas con sus consejeros, a fin de orar sobre las decisiones que debían tomar. Romero supo que sin Dios no es posible alcanzar la verdadera liberación.

Él fue un testigo de que la justicia debe ocuparse de las dimensiones históricas de este mundo, pero nunca perdió de vista la dimensión trascendente de la liberación. En esa línea, él afirmaba siempre que sin Dios no puede hablarse de liberación. Ciertamente, “sin Dios se pueden alcanzar algunas liberaciones temporales; pero las liberaciones definitivas sólo pueden alcanzarlas los hombres y mujeres de fe”.

Manteniéndose en solidaridad con el Cristo del altar y con el Cristo crucificado en los pobres, Romero y otros como él han venido a ser conocidos como unos “entregados” [original en castellano], como personas que no solamente dan su vida por el pueblo, sino que, a través de su testimonio fiel, son una revelación de la vida de aquel a quien llamamos como a su ciudad: El Salvador.

 

Más enlaces sobre Óscar Arnulfo Romero y su canonización:

 

Antecedentes sobre Óscar Arnulfo Romero en Buena Voz Noticias:

 

Fuentes:

Blogs de Paxti Loidi y Xavier Pikaza

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