Se cumple un siglo del nacimiento del beato Oscar Arnulfo Romero

9:00 p m| 23 ago 17 (LPG/LO/BV).- Con motivo del centenario del natalicio del beato monseñor Óscar Arnulfo Romero, ofrecemos una recopilación de comentarios y reflexiones que nos permiten dar varias miradas cercanas a la figura del arzobispo de San Salvador que se convirtió en una poderosa voz contra la pobreza, la injusticia social, los asesinatos y la tortura en El Salvador, y que fue asesinado durante una misa en 1980. Por ello es importante, como indica una columna en “La Prensa Gráfica” salvadoreña, considerar muchos rasgos de su perfil sacerdotal, que apuntan a una búsqueda “de seguir a Cristo con coherencia, haciendo plena la vida olvidándose de ella, pues solo así es posible entregarla a los demás”.

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Romero, Centenario
(Federico Hernández Aguilar – La Prensa Gráfica)

En esa aparente contradicción de “morir para vivir” encontraba Óscar Arnulfo Romero otra extraordinaria paradoja, quizá la más feliz que pueda hallarse en cualquier doctrina religiosa: la gracia de Dios. No somos las criaturas, en definitiva, las que nos salvamos con nuestras propias fuerzas, sino el amor incomprensible de una Persona –divina y humana a la vez– que dejó trazado un camino, un itinerario, una ruta luminosa. Por eso el Beato, cuando dirigía el semanario “Orientación”, escribió muy a conciencia estas líneas preciosísimas: “Hemos hecho ver que el cristianismo, si no es para hombres de carne y hueso, ni es humano ni es cristianismo”.

En 1967, al cumplir un cuarto de siglo como sacerdote, Romero recibió el título honorífico de Monseñor –hoy casi un pronombre suyo– y en paralelo se le dio el cargo de secretario de la Conferencia Episcopal, por lo que tuvo que trasladarse a la ciudad capital. Su capacidad de trabajo fue recompensada en 1970 con el nombramiento de obispo auxiliar de San Salvador, responsabilidad que mantuvo hasta que en 1974 fue enviado a dirigir la diócesis de Santiago de María, donde cumpliría poco más de dos años de labor. En febrero de 1977, sin que mediara ningún periodo de preparación, sucedió a Mons. Luis Chávez y González en el complejo Arzobispado de San Salvador.

Para entender los tres años en que Óscar Romero fue figura protagónica de la historia salvadoreña, poniendo a su pequeño país en el mapa mundial, es necesario considerar muchos rasgos de su perfil sacerdotal que, con dolo o sin él, han sido frecuentemente ignorados. Uno de esos elementos es su vida ascética; otro es su irrenunciable identificación con el magisterio de la Iglesia.

La ardua tarea de purificación espiritual que Monseñor emprendió a lo largo de sus 62 años de existencia casi no tiene parangones en la documentación eclesial salvadoreña. Ya desde su adolescencia acusaba Romero un deseo de santidad inusualmente intenso para alguien de esa edad. Las numerosas fichas de su estadía en el Vaticano, sus apuntes de ejercicios espirituales y el “Diario” que llevó como Arzobispo, revelan a un hombre de profunda vida interior, apasionado tanto por Cristo como por quienes lo han representado en la tierra.

Por extraño que pueda parecer a algunos, ni su ascetismo ni su fidelidad a la doctrina católica pueden comprenderse sin las diversas espiritualidades que Monseñor albergó en su corazón, y que únicamente la ignorancia (o la malicia) suele contraponer. Un ejemplo es el clásico axioma ignaciano “Sentir con la Iglesia”, elegido como lema episcopal de Romero desde que fue nombrado auxiliar de San Salvador. He aquí un elemento inequívoco de la identificación del futuro Beato con un ideal de conducta anclado en la vivencia coherente de la fe.

El francés Louis Lallemant, gran personaje de la Compañía de Jesús en el siglo XVII, abundó como pocos en esta docilidad al Espíritu Santo como condición para la acción cristiana. “El aspecto esencial de la vida espiritual”, enseñaba, “consiste en disponernos de tal modo a la gracia por medio de la pureza de corazón que, de dos personas que se consagran al mismo tiempo al servicio de Dios, si una se dedica enteramente a las obras de caridad, y la otra se aplica plenamente a purificar su corazón y a suprimir todo lo que en ella se opone a la gracia, esta última llegará dos veces antes que la primera a la perfección”.

Aunque el beato Romero no leyera al padre Lallemant, es indudable que puso en práctica, toda su vida, estas sabias palabras. De no haberlo hecho, su singularísima actividad pastoral, así como su martirio, serían incomprensibles, igual que lo serían sus airados reclamos contra la violencia (viniera de donde viniera), su absoluta adhesión al papa y al magisterio, su defensa intransigente de la dignidad humana –lo que incluye incontrovertibles posturas sobre la defensa de la vida y la familia–, sus continuas reprimendas a las ideologías en boga –comunismo y capitalismo como sistemas–, su marcadísima preferencia por los desposeídos de la tierra y esa heroica lucha que sostuvo siempre contra sus defectos de carácter.

Y eso es, por cierto, un santo: alguien que tiene como meta la salvación prometida por Cristo, pero acude a esta pelea confesando sus debilidades y clamando por la gracia inmerecida. En otras palabras, atreviéndose a “seguir a Jesús”, que es exactamente lo que hizo aquel hombre incomparable que vio la luz en Ciudad Barrios, San Miguel, el 15 de agosto de 1917. Hace 100 años.


Óscar Romero, más actual que nunca

Una de las primeras cosas que hemos entendido quienes hacemos L’Osservatore Romano es la condición temporal de nuestro trabajo: la información vaticana tiene que ver con el presente, no con el pasado. Sin embargo, el pasado es algo que irrumpe de la nada bajo las formas más inesperadas. Y lo hace con contundencia, a través de documentos, testimonios y recuerdos que son la historia y memoria, en este caso, de monseñor Óscar Romero, un servidor más de la Iglesia de Roma.

Desempolvando nuestros archivos, la crónica del 29 de mayo de 1977 nos lo confirma: en la página 4, un artículo simple pero muy detallado nos narra las distintas visitas de cortesía que varios obispos de diversos países de América Latina realizaron a nuestras oficinas durante los primeros meses de ese año. Entre ellos se encontraba monseñor Óscar Romero que visitó la sede de nuestro semanal durante los primeros días de abril.

Tal y como afirma el artículo: “Desde que se hizo cargo del gobierno de la arquidiócesis, está fomentando con diversas iniciativas, la difusión de las enseñanzas del Papa —por medio de suscripciones a L’Osservatore Romano— entre sacerdotes, seglares, movimientos apostólicos y comunidades religiosas” dejándonos además en esa ocasión un detallado elenco, con nombres y apellidos, para realizar las suscripciones a las 104 parroquias de su diócesis.

Un pequeño episodio “público” de entre los muchos que ha habido y no han transcendido. La notoriedad no se encontraba entre las prioridades de la vida cotidiana de un hombre de la institución eclesiástica, de un obispo, que como tantos otros en aquellos difíciles tiempos, demostraba también de esta manera su pertenencia al cuerpo de la Iglesia de Roma. Amable, cordial, cercano a los sacerdotes de su diócesis pero además muy exigente con la disciplina eclesiástica, con la obediencia a la Iglesia y con el estricto uso de los hábitos religiosos y de los ornamentos sagrados.

Primera homilía transcrita

Por aquel entonces, Romero ya había sido marcado profundamente por el asesinato del sacerdote Rutilio Grande y había celebrado la histórica misa exequial del 14 de marzo de 1977, por los tres asesinados, junto a más de 150 sacerdotes y más de 100.000 personas reunidas en la catedral.

Aquella fue la primera homilía transcrita que se tiene del entonces arzobispo de El Salvador. Para dicha predicación se inspiró en una afirmación de Pablo VI, de quien era profundamente devoto, sobre lo que es el verdadero liberador cristiano. Pues se da el caso de que casi toda la doctrina de la liberación cristiana de Romero se remite a la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi.

El contexto salvadoreño de 1977, en donde Romero desarrolló su actividad pastoral, es fácil de retratar a través de algunos datos inequívocos: el 65% de su país era campesino, entre los cuales un 40% de ellos eran analfabetos, más de un 80% no tenían agua ni servicios higiénicos en sus humildes casas y más de un 92% carecían de energía eléctrica. También existía una minoría rica y extraordinariamente fuerte que poseía más del 77% de la tierra. En El Salvador, 2.100 familias tenían tanto como el resto de todas las familias del país.

Amenazados. Esa era la palabra habitual que circulaba entre los cristianos de El Salvador. Amenaza y pobreza como dos conceptos aparentemente incompatibles, pero fundidos en una violencia sin igual entre los años 70 y 80 en América Latina de mano de las dictaduras y sus brazos armados.

Las dificultades del obispo

Monseñor Romero sentía el peso de la responsabilidad que suponía, durante esos primeros meses, su nueva sede episcopal y a la luz de la situación en la región, necesitaba sentirse escuchado y animado. Pero la distorsión sobre su vida junto a la incomprensión de su pensamiento, en gran parte fruto del desconocimiento de esa realidad lejana que era y es en Europa América Latina, le crearían no pocas dificultades.

En esos años América Central se convertiría en una de las áreas estratégicas de la “Guerra Fría” en el continente e incomprensiblemente la acción pastoral de muchos sacerdotes y miembros de la Iglesia fue vista, desde una perspectiva bipolar del mundo, con espejos curvos que deforman la imagen de los objetos que reflejan.

Monseñor Romero exhortaba a un humanismo discreto, inquieto e incansable. Se presentaba a los poderosos de la tierra y a los humildes, transmitiendo a todos por igual el mensaje de amor y de esperanza, con la firmeza de la caridad que había podido admirar y conquistar. Algunos días antes de partir hacia Roma en 1977, en la fiesta de la Pascua, dio a conocer el 10 de abril su primera Carta Pastoral.

Contra la calumnia

Fue en su saludo de presentación a sus fieles y a tan solo 45 días de su nombramiento cuando tuvo que puntualizar que “en esta Arquidiócesis que, desde su fidelidad al Evangelio, rechaza la calumnia que la quiere presentar como subversiva, promotora de violencia y odio, marxista y política; en esta Arquidiócesis que, desde su persecución, se ofrece a Dios y al pueblo como una Iglesia unida, dispuesta al diálogo sincero y a la cooperación sana, mensajera de esperanza y amor”.

Este documento, donado en una sencilla fotocopia por Romero a L’Osservatore Romano durante su visita, representa una verdadera hoja de ruta del pensamiento teológico pastoral de monseñor Romero en donde la insistencia incansable hacia la referencia del “camino de la conversión de los corazones” como alternativa a la violencia, conduce de pleno a la bella fórmula de Pablo VI de la vocación para construir la “civilización del amor”. Es decir, el progreso y la historia de los hombres se mueven por el amor y hacia el amor.

Porque en la teología cotidiana de Romero entre la Iglesia y el mundo, el único camino posible —poco fácil, pero recto— pasa por Cristo. Romero amó a la Iglesia, se entregó totalmente a ella. Sin limitaciones. Su fidelidad dinámica le condujo, en efecto, a un inevitable “martirio”.

Protagonismo de los pobres

Y su herencia pastoral, basada en un grande esfuerzo para que las reformas del Concilio Vaticano II no se interpretasen en clave de ruptura, ha permitido retomar además un protagonismo histórico de solidaridad con los pobres de América Latina que la Iglesia había perdido.

También hay que señalar que, en el espacio religioso, la pérdida de monseñor Romero tuvo algunas consecuencias directas del todo inesperadas. Se trata de la proliferación de sectas, en algunos países de América Central, en particular en Guatemala y El Salvador, marcadas por un mesianismo religioso que nada tiene que ver con el Evangelio las cuales estaban al orden del día.

Sin duda la historia de la Iglesia agradecerá a monseñor Óscar Romero su defensa tenaz del aspecto más trascendental que roza al misterio de Dios: la vida humana en sus fuentes, en su curso y en su fin. “Si me matan, resucitaré en la lucha del pueblo salvadoreño”. Hoy es evidente que esa profecía no era una simple metáfora de ocasión, sino la expresión de un conocimiento real del Pueblo de Dios, pasado y presente.


Cien años de Óscar Romero: profeta hasta las últimas consecuencias

El centenario del natalicio de Óscar Arnulfo Romero y Gadálmez (Ciudad Barrios, 15 de agosto de 1917 – San Salvador, 24 de marzo de 1980) entusiasma einterpela al mismo tiempo: ¿qué representa Romero hoy?, ¿qué le dice a la Iglesia latinoamericana?

Tres Romeros en la historia, y el de hoy

He conocido tres Romeros. El primero lo descubrí en los años 90, a través del filme de John Duigan (Romero, 1989) protagonizado por Raúl Juliá, de la mano de sus biógrafos –en especial, Jon Sobrino– y en la pluma de Pedro Casaldáliga. Lo denominéRomero profeta y mártir, testimonio vivo de la Iglesia de los pobres preconizada en Medellín y ratificada en Puebla, políticamente incorrecto e incómodo,‘vino nuevo en odres viejos’ o, como escribió Casaldáliga, “vida nueva en nuestra vieja Iglesia”. Es el Romero valiente cargado de denuncias y de esperanzas, como sus homilías dominicales en la Catedral (ver aquí texto completo).

Iluminar con la fe una realidad de dolor

El beato monseñor Romero no solo abrió el numeroso martirologio del año 1980, fue también el primer obispo asesinado en El Salvador. Y llegó así el final de una paz aparente que reinaba en el país, augurando una sangrienta guerra civil. Detenida únicamente por los incesantes ruegos que él dirigía a las partes contrarias. Así lo recuerda José Luis Escobar Alas, arzobispo de San Salvador, en su segunda carta pastoral, con ocasión del 40º aniversario de la muerte martirial del siervo de Dios, el padre Rutilio Grande y el Centenario del natalicio del beato monseñor Óscar Arnulfo Romero, titulada “Ustedes también darán testimonio, porque han estado conmigo desde el principio”.

La carta pastoral del arzobispo de San Salvador muestra claramente que el martirio no es un fracaso. “Es victoria, es un don y el consuelo mayor que Dios regaló en las casi tres décadas de persecución contra la Iglesia en El Salvador”. Tortura, exilio, difamación, inculpación de falsos delitos o ideologías, abandono, incomprensión, son sólo una muestra del dolor experimentado. Pero ante esto, es importante exaltar su “humilde actitud de perdón dado a sus perseguidores” (ver aquí reseña completa de la carta pastoral).

Otros enlaces recomendados:

Fuentes:

La Prensa Gráfica / L’Osservatore Romano / Religión Digital / Vida Nueva

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