El cristianismo no es un puritanismo

7:00 a m| 3 jul 18 (SdT).- Se dice que si existe el placer, este no es cristiano, o al menos raramente lo es. Predomina la opinión de que la fe es ascesis y renuncia, y de que la religión se asemeja a un proceso de culpabilización del placer con un aire de gravedad que se lo toma todo al pie de la letra en detrimento del espíritu. Pero no hay sustento que apoye realmente la identificación entre la fe y el rechazo de cualquier forma de placer.

Más bien el humor en la espiritualidad sigue siendo la mejor protección contra cierto puritanismo. De todos modos, la teología ha intentado prevenir de la amenaza de la ascesis culpabilizante, a través de la noción de recrearse en el placer, que es concebido como una virtud. Es el exceso del placer el que conduce a la adicción y, en consecuencia, a su carácter insano, pero no el placer en sí mismo. Compartimos este artículo publicado en la revista Selecciones de Teología.

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“El cristianismo dio de beber veneno a Eros, pero éste no ha muerto sino que ha degenerado en vicio”, declara Nietzsche en Más allá del bien y del mal. Es el mismo caso de la caridad, que se corrompe en compasión: la pena que sentimos por las desgracias de los otros es proporcional a nuestra lentitud por alegrarnos de su felicidad, como si “la otra cara de la compasión cristiana ante el sufrimiento del otro” fuese la de la “profunda sospecha ante las alegrías del otro”. ¿Cómo distinguir entonces entre lo que es caridad y lo que es puro resentimiento? Parece que es más fácil ser cristiano en los problemas que en las alegrías.

Recrearse en el placer

Tradicionalmente, la teología ha intentado prevenir de la amenaza de la ascesis culpabilizante, mediante el concepto, en apariencia secundario, de “eutrapelia”, que significa recrearse en el placer y que es concebido como una virtud. Es el exceso del placer el que conduce a la adicción y, en consecuencia, a su carácter insano, pero no el placer en sí mismo.

Debemos a Tomás de Aquino el haber insistido en lo saludable del juego, del placer gratuito como medio para distraerse: “Hay un dicho de Agustín: ‘Por último quiero que os cuidéis: porque es bueno que la inteligencia se relaje de vez en cuando del vigor de su dedicación al deber’. De ahí que una cierta relajación de la mente en relación con el deber se obtenga a través de la conversación y el juego”.

No debe haber ni espiritualidad ni oraciones sin una cierta levedad. Un cristiano que no sea capaz de jugar, no de una manera superficial o petulante sino con naturalidad y con humor, será según Tomás de Aquino un “vicioso”, es decir un inútil: “Sin embargo, aquellos que rechazan el juego” y que no dicen nunca bromas y además rechazan a los que las dicen, porque no aceptan los juegos moderados de los otros, es porque ellos son viciosos, y se les llama, con Aristóteles, penosos y malos alumnos” (Summa Teologica I-IIae, q.168, a. 4.).

El vicio no residiría tanto en el placer sino en el displacer manifiesto ante los placeres de los otros. Fue, pues, Tomás de Aquino, antes que el mismo Nietzsche, quien realizó una critica del resentimiento religioso, esta incapacidad para soportar la frivolidad y el humor. Así se podría decir que la invitación a amar a los enemigos contiene indirectamente la exhortación a disfrutar del placer en general, y el de los otros en particular.

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Fuente:

“El cristianismo no es un puritanismo” de Laurence Devillairs. Publicado en la revista Selecciones de Teología, Vol. 54

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